Honduras: la vida no vale nada.

La matanza de 18 reclusos de la prisión de la capital hondureña es la trágica metáfora de un país que lucha contra la marginación y la pobreza que la somete desde hace décadas.

Al caer el sol, uno debe ampararse al refugio de las murallas de las colonias. Los guardias armados con escopetas del doce, con pistolas, o con simples machetes, velan grosera y salvajemente por nuestra seguridad. La ley del más fuerte es la ley del mejor pagador. Como en el pasado, el impuesto de guerra mantiene una absurda e incongruente soldadesca privada garantizando tu vida, solo si pagás, solo si te callás, solo si no ambicionás demasiado.

Universidades tomadas, la justicia colapsada, los fiscales hace casi un mes en huelga de hambre, solicitando se hagan públicos los juicios por corrupción guardados por el propio poder judicial. La investigación sobre la corrupción en Hondutel (la empresa telefónica estatal de Honduras) ya se cargó una apreciable cantidad de muertos. Las organizaciones sindicales tienen delegados asesinados en forma semanal. La hambruna y la violencia doméstica se clava una considerable cantidad de muertos todos los dias, mientras las distintas iglesias le piden al todopoderoso que pare la mano, y reparten calcomanías de “NO MATARAS”.

En ese mundo que hipotecó su economía con tratados de libre comercio con los yanquis o con Taiwán, que vive de las remesas, de las domésticas, de la mano de obra barata, de los limpiainodoros de los yanquis, esos mismos que deportan el excedente de mojados a un ritmo de 300 por día, devolviéndolos en aviones para que regresen a juntar unos pesos y traten de volver, una y otra vez, como la condena de Sísifo, como si emigrar fuera la mágica solución para el buen vivir. Así, en este mundo tan absurdo, los marginados, los ambiciosos desheredados de la tierra, los que viven en la mayor hacinación y promiscuidad, las maras, las hormigas marabuntas, se matan en las cárceles ante la cínica mirada de una sociedad que condena el crimen solo porque es poco cristiano hacerse el boludo. La indiferencia está mal vista. Mientras se masacran a machetazos, el propio presidente conmocionado les regala los ataúdes. Solo para reconfortar tanto dolor de los pobres.

Aquí se debe estar atento: la injusticia no fabricó revolucionarios. Fabrica todos los días mujeres y hombres llenos de rencor.

La masacre del penal de Támara

Una muerte anunciada por todos lados. Aun así, muy poco se hizo para evitar la matanza de 18 reos el sábado pasado en Tegucigalpa. Antes de trasladar a 31 reclusos de San Pedro Sula (la ciudad comercial e industrialmente más importante del país) a la capital, los propios reclusos, sus familiares, y la propia policía habían anunciado el riesgo de que fueran asesinados. “Ellos ya sabían que los descuartizarían en esa cárcel y lo más triste es que la policía no les hizo caso”, denunció Amparo Galeano, madre de uno de los reclusos ultimados en la penitenciaría nacional, al recordar que su hijo le comentó de un anónimo que recibieron antes de que los trasladaran.

Los parientes de las victimas no cesan de culpar a las autoridades del penal porque, según ellos, ya sabían de la tragedia que se avecinaba con el traslado de los internos a la cárcel de Támara, ubicada en Tegucigalpa.

Esto solo es parte de otra pavorosa cadena de crímenes dentro de las cárceles del país. Esta vez, reos comunes o paisas mataron ayer con machetes, cuchillos y punzones a 18 ex integrantes de pandillas, conocidos como pesetas, en la penitenciaria nacional de Támara, en venganza por la muerte del jefe de secuestradores, alias Chele Volqueta en el centro penal de San Pedro Sula. “Afortunadamente, 13 de estos reclusos sobrevivieron de milagro, al ser protegidos por líderes en el pabellón de casa blanca”. El Chele Volqueta había sido ejecutado a balazos el sábado 26 de abril en San Pedro Sula, supuestamente por el líder de los pesetas denominado El inmortal, disputándose el amor de una pandillera.

Ese día la población de los paisas estalló en violencia en represalia por el crimen, al punto de masacrar sin misericordia a ocho amigos de El inmortal y jurar odio contra los retirados de pandillas. Autoridades policiales determinaron trasladar el pasado viernes desde San Pedro Sula a diferentes cárceles del país a 57 pesetas, 31 de ellos a la penitenciaría central. Frente al conocimiento cómplice y morbosamente desidioso de la policía, (que a cambio de 150 dólares, ofrecía previamente el traslado a otras cárceles) los paisas habían conformado equipos de ejecución que esperaban a los ex integrantes de la mara salvatrucha ms-13 y pandilla 18 para darles la bienvenida mortal.

Indignación

Entre las reacciones de los familiares se escuchan frases como estas: “Mi hermano sabía que en Támara venía a morir”. “Dijeron que los traían por seguridad pero no fue así”. Mientras los familiares lloran por los suyos, los reclusos sobrevivientes explican que de antemano sabían que iban directo al matadero, por lo que piden ahora que los trasladen a otro centro penal. Con tanto crimen y delincuencia, el hacinamiento de las cárceles no permite muchas opciones ya que la mayoría están repletas, a punto de reventar. El problema es mucho más profundo. La ola de violencia también incluye el abominable crimen de la dirigente sindical Altagracia Fuentes, secretaria general de la CGT de Honduras, crimen efectuado por paramilitares que constituyen la tan conocida mano de obra desocupada, en la última semana de abril.

Hoy Honduras es uno de los países con mayor tasa de criminalidad del mundo, con presencia de grupos paramilitares, sicarios pertenecientes a los distintos carteles de la droga o a las mafias enquistadas en los negocios del Estado y una población con un altísimo índice de analfabetismo, que circula mayoritariamente armada, enfrentando ineficaces controles del gobierno a través del ejército o la policía nacional.

El caso de Douglas

Aída Beneranda Irías Cruz (59) denunció que la masacre fue planificada, ya que policías penitenciarios de San Pedro Sula estaban solicitando 3.000 lempiras para no enviar a los “pesetas” a la penitenciaría nacional de Támara.

“A mi hijo no lo voy a revivir, pero quiero denunciar que los policías son unos sinvergüenzas. Como no les dieron el dinero, los mandaron derecho al matadero. Era un plan premeditado traerlos a Támara y ubicarlos en una parte donde no tuvieran seguridad, revueltos con los matones”, denunció.

“No les importó el dolor que sentíamos. Los trasladados fueron 57 a diferentes penales, me lo dijo mi hijo en vida, él pidió ese dinero para dárselos.” Ella cree que la muerte de su hijo Douglas Guadalupe Irías Cruz quedará en la impunidad. Sin embargo, pide para que otras madres y reclusos no sufran el dolor que ella experimenta.

“La justicia quedó tendida en un chorro de sangre en ese penal. De qué sirven las huelgas de hambre. Si fuera una persona importante se hubieran dignado en darle más seguridad pero como era un simple ex pandillero lo trajeron a Támara sin ninguna seguridad”, lamentó.

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