Hay que matar a los negros

Manteros y mapuches fueron protagonistas de un enero caliente. De la criminalización de la pobreza y la represión al accionar del “periodismo patova”.
Foto: Adrián Escandar | Infobae
Foto: Adrián Escandar | Infobae

El desalojo de los manteros del barrio porteño de Once, ocurrido algunas semanas atrás, transita por la misma línea macrista de limpiarle la cara a la ciudad que encuentra su correlato en otras acciones como la remodelación de Plaza Constitución, en donde el transeúnte atento habrá podido ver esos afiches del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con dos cuadrados en donde el de la izquierda dice “Antes” y el de la derecha “Después”. Debajo de la primera palabra, una foto de uno de esos puestos que solía haber frente a la estación de trenes, con su estética típicamente tercermundista y sus vendedores con claros rasgos latinoamericanos. Junto a la otra palabra, una sugerente imagen: un limpio y prolijo “Carrito-Pro” (un hombre con delantal y puesto amarillo).

 

La Buenos Aires pensada e ideada para el “turismo blanco” es el revés de un racismo que trasciende las fronteras de la Gran Ciudad Capital, y que en estos días también pudo verse expresada en la represión desatada contra los integrantes de la comunidad Lof Cushamen en Chubut, la provincia gobernada por Mario Das Neves, quien -según denunciaron desde la comunidad mapuche. actúa “en connivencia” con la familia Benetton, dueña de más de un millón y medio de hectáreas en la zona. El emprendimiento minero que está por detrás del conflicto, destacan los pobladores chubutenses, podría afectar la provisión de agua de toda la provincia.

 

No solo la represión de Infantería (que actúa en la zona junto con Gendarmería Nacional), sino los “operativos periodísticos” que acompañaron la violenta respuesta del Estado, acompañan a la represión desatada contra los manteros en Buenos Aires y el ideal de ciudad antes mencionado: un espacio donde el crisol de razas que caracterizó a la patria desde sus orígenes sea sometido a una profunda revisión. Ya no inmigrantes europeos al estilo Sarmiento para habitar el desierto, sino gringos para el paseo turístico; gringos para invertir en proyectos laborales en donde la mano de obra, cada vez más flexibilizada, sí sea de esos negros tercermundistas, pero lejos de la vista de los hombres y las mujeres de bien.

“La Buenos Aires pensada e ideada para el “turismo blanco” es el revés de un racismo que trasciende las fronteras de la Gran Ciudad Capital, y que en estos días también pudo verse expresada en la represión desatada contra los integrantes de la comunidad Lof Cushamen en Chubut”

En simultáneo, pero en la otra punta del país, también el racismo se hizo presente para recordar que Milagro Sala continúa detenida, desde hace ya un año, junto a otros tupaqueros y tupaqueras, igual de indios (coyas, mapuches, lo mismo da), igual de negros, igual de tercermundistas que los del sur del país.

 

Lo preocupante, además de la abierta política represiva del Estado ante los conflictos sociales, es la tendencia que instauran las experiencias de Jujuy y Chubut: suspensión del Estado de derecho bajo una mascarada de constitucionalidad.

 

El periodismo patova

La cobertura de los conflictos sociales y gremiales desarrollada por casi todos los medios de comunicación (radio, televisión, diarios, sitios webs) viene siendo cada vez más patética y cada vez más alejada de cualquier parámetro ético. Me refiero a las realizadas por aquellos periodistas que trabajan para las grandes empresas del rubro, no a quienes -cada vez más- oponen con honestidad las prácticas de su oficio a esos relatos, sean las distintas expresiones de medios de comunicación populares, autogestivos y comunitarios o, incluso, aquellos pequeños emprendimientos comerciales que se corren de las lógicas hegemónicas. Este tipo de cobertura no es nueva, e incluso desde hace años se estudian en las escuelas de periodismo y las carreras universitarias de comunicación. Pero con la exasperación general que se vive en la actual sociedad argentina, también las prácticas periodísticas se exasperan. Operadores políticos a sueldo vociferan en programas -como los que pueden escucharse en la emisora Cadena 3- cuestiones que ruborizarían a más de un conservador y en televisión los programas de informes políticos o incluso los noticieros ya no se distinguen casi de los de chimentos, al menos en sus lógicas.

 

Tal vez teniendo en cuenta los mencionados episodios, ocurridos durante los últimos días, alguien haya pensado en otorgarle un premio a Daniel Malnatti, el notero de Canal 13 (Grupo Clarín) así como McDonalds lo hace desde hace años con sus famosos cuadritos del “Empleado del mes”. Lo que le ocurrió al “trabajador de prensa” en su cobertura del conflicto con los manteros de Once (en la cual llegó a decir segundos antes de que se escuchara el primer disparo de la policía que “algo tenía que pasar” porque se “respiraba la tensión en el ambiente”, y luego de la represión, se puso a recolectar las piedras que los manteros le arrojaron a las fuerzas de seguridad para mostrarlas a las cámaras como “prueba” de la necesidad policial de reprimir), lo que le ocurrió -decía- da cuenta de una advertencia que deberían tener en cuenta quienes -tan alejados ya de cualquier mínimo criterio de rigor periodístico- se dedican a operar como “periodistas-patovicas”. Malnatti, y los de su calaña, tal vez tendrán que pensar un poco que ya no están en el lugar de quien va a un lugar e intenta dar cuenta de lo que allí pasa y, por lo tanto, comenzar a asumir los “riesgos” de sus dichos (el patovica de un boliche sabe que si bien suele actuar en una clara relación asimétrica, también puede “cobrar”). “¿Quién dice que nos estamos enfrentando con la policía?”, lo increpa un mantero al notero en Once, quien responde: “Bueno, no, están cara a cara”. Tal como puede verse en el video de 26 segundos que circula por Youtube, “El Chipi” -tal como se lee en el zócalo de la pantalla que presenta al mantero- agrega: “estas tergiversando”. Como si fuera poco, en su actitud patotera, el periodista-patova insiste: “entonces explicame, decime qué hacen cara a cara contra la policía”. Y el muchacho remata: “yo no tengo nada que explicarte Malnatti, vos vivís tergiversando las cosas, así que andá, vos vivís cambiando las cosas, tomátelas Malnatti, sos un tarado, tomátelas”. Seguramente “El Chipi” no leyó a Roberto Arlt (o tal vez sí, pero seguro no lo tenía en mente al arrojar su frase), pero las reminiscencias con El juguete rabioso son claras: “Rajá turrito, rajá”.

“Con la exasperación general que se vive en la actual sociedad argentina, también las prácticas periodísticas se exasperan”

Similar actitud tuvo Cecilia Moncalvo, la periodista de Perfil que días antes de la represión en Chubut escribió un artículo titulado “Denuncian vínculos de grupos mapuches con las FARC”.

 

Con periodistas así se entiende luego que, más que informarse el lector, oyente o televidente, termine desinformándose. Situación que recientemente advirtió la propia Comisión Interna de Clarín, cuando ridiculizando una nota del diario referida al conflicto por los 380 trabajadores despedidos de la planta de impresión de AGR en el barrio porteño de Pompeya (titulado “Un grupo de 40 empleados tomó con violencia un taller gráfico”), y dando una clase gratuita de periodismo, afirmó que “lo que no se puede ni se debe hacer es disfrazar la comunicación institucional de información periodística”.

 

Micro-fascismos o racismos en goteos de la vida cotidiana, ejercidos por “ciudadanos bien”, suelen acompañar con comentarios, actitudes y omisiones estas operaciones del poder económico, político y comunicacional. Tal vez no esté de más recordar aquel bello texto escrito por Jean Paul Sartre, a modo de prólogo del libro del psiquiatra argelino Frantz Fanon. Allí puede leerse aquella famosa frase que dice: “Nuestras bellas almas son racistas”. En Los condenados de la tierra, el escritor, filósofo y dramaturgo francés también recuerda que, mientras su humanismo pretendía universalidad, sus prácticas racistas particularizaban a los colonizados, convirtiéndolos en monstruos. “Ustedes, tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre”, escribe Sartre, y advierte sobre el “beneficio” que obtienen los franceses de la explotación colonial (aún quienes se expresan en contra de ella).

 

En Argentina también parece que a veces nos olvidamos que se encarcela, se reprime y también se mata (fueron récords los índices de gatillo fácil de los últimos meses). El que calla otorga. Es más: ya no basta con expresar palabras de indignación. El boomerang de violencia ya fue lanzado. Después, como dice el dicho popular, “a llorar, a la iglesia”.

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