Hay premios para todos

Los criterios utilizados para otorgar los premios Nóbel son tan intrigantes como los de Aptra para decidir los Martín Fierro. El galardón entregado en memoria del inventor de la dinamita comenzó su lista de desaciertos en 1919 entregándole el de Química a uno de los desarrolladores del gas mostaza. Pero compensó en 1945 al premiar en Medicina a Alexander Flemming, el descubridor de la penicilina.

En 1964 el elegido para tener el de la Paz fue el luchador de los derechos civiles Martin Luther King, pero nueve años después, Henry Kissinger, el secretario de Estado de Estados Unidos, quien entre otras muchas cosas planificó el golpe contra el gobierno de Salvador Allende, recibió la misma distinción.

Este año, para mantener la tónica, se premió a dos economistas que realmente parecen tener muy poco en común. Edmund Phelps, investigador estadounidense de la Universidad de Columbia, recibió el premio de Economía por sus trabajos de hace casi cuarenta años sobre la relación entre desempleo e inflación; y Muhammad Yunus, otro economista, pero de origen bengalí, que fundó un banco para entregar microcréditos a los pobres, obtuvo el de la Paz.

Hay que prevenir confusiones. Phelps no es el ideólogo de Bush, y Yunus tampoco es que sea el Espartaco del siglo XXI. Aun así, sigue siendo difícil comprender cómo es posible que estas dos personas tan diferentes hayan obtenido el mismo premio.

Sobre los premios

Un primer tema que no se puede soslayar, aunque pueda parecer un tecnicismo, es que la gente que otorga el Nóbel de Economía no es la misma que la que da el de la Paz. Al primero lo seleccionan miembros de la Real Academia Sueca de Ciencias, mientras que el segundo lo elige un comité de cinco personas seleccionadas por el parlamento noruego.

Entonces, una primera explicación es que los parlamentarios noruegos y los académicos suecos tienen perspectivas bien diferentes sobre quiénes son los merecedores de los premios.

Además, ni siquiera la plata de esos premios sale del mismo bolsillo. Mientras el millón trescientos mil dólares que este año recibirá Phelps son financiados por el Banco de Suecia, el dinero para los premiados en el resto de las disciplinas viene de la Fundación Nóbel.

Entonces, una primera lectura sobre la incoherencia de que personas aparentemente tan distintas ganan el mismo premio no debe recurrir a hipótesis sobre la esquizofrenia de quienes lo otorgan y financian. En un caso es el Banco Central de Suecia y el parlamento noruego, y en el otro la Fundación Nóbel y la Real Academia Sueca de Ciencias.

Incluso, para quienes guste este tipo de explicaciones, estos premios llevan distinto nombre. El de Economía, instituido en 1968, se llama “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nóbel”. Y el otro es el más breve “Premio Nóbel”.

Otro tema que hay que considerar si se evalúa la coherencia en la entrega de estos galardones es que premian cosas distintas: uno aportes a la Paz, y el otro a las Ciencias Económicas.

En concreto, el primero busca elegir a la persona que “haya hecho el máximo trabajo para la fraternidad entre las naciones, para la abolición o reducción de los ejércitos contendientes y para el mantenimiento y promoción de congresos de paz”. Y el de economía, por su parte, a quienes “en el campo de las ciencias económicas hayan producido trabajos de importancia destacable”. Al menos eso es lo que dicen en sus estatutos los organismos que entregan los premios.

En la práctica, este parece un criterio adecuado para evaluar la lógica de los premios de este año. De hecho, ha sido el más destacado en la prensa internacional. Claro que no para cuestionar el de Economía, sino para denostar el de la Paz. La revista conservadora inglesa The Economist es uno de los mejores exponentes de este planteo.

Textualmente: “El banco que él creó (el Grameen), que luego ha sido imitado exitosamente en docenas de países, entrega microcréditos a personas que están en la pobreza más desesperante, casi siempre mujeres que son jefas de hogar, para que puedan comenzar pequeñas actividades económicas que les permitan vivir honestamente y cuidar a sus hijos.
Eso es loable, pero su relación con la violencia y la guerra es muy tangencial”.

Paralelamente, en la edición del 12 de octubre, la misma revista elogió la elección de Phelps con un título que decía que se trató de “una elección natural”. Un poco de historia económica puede aclarar el porqué del título.

Economía a pedido

Hasta que John Maynard Keynes, en la década del treinta, demostró que el gobierno podía jugar un rol crítico en la reducción del desempleo a través del manejo del gasto público, el consenso entre los economistas era que las fuerzas de mercado, a través de la reducción de salarios, automáticamente iban a recomponer el estado de pleno empleo. En consecuencia, el Estado no tenía nada que hacer en la promoción de la creación de empleo para los trabajadores que lo habían perdido. El mercado se iba a hacer cargo.

Pero todo vuelve, en especial los consensos conservadores. Alban William Phillips, un ingeniero inglés, en base a series históricas británicas de fines del siglo XIX y principios del XX, a fines de la década del cincuenta del siglo pasado encontró una relación negativa entre desempleo e inflación que es lo que desde entonces se conoce como la Curva de Phillips. La implicancia teórica era inmediata: si se busca bajar el desempleo, entonces se debe aceptar un incremento en la inflación.

Acerca de las implicancias concretas de la investigación de Phillips, unos años después, escribieron Paul Samuelson y Robert Solow. Estos dos economistas, que luego recibieron el mismo premio que Phelps, le plantearon dos escenarios posibles al gobierno de Estados Unidos: para mantener la inflación en cero era necesario aceptar un nivel de desempleo de entre 5 y 6%. Y a la inversa, si las autoridades procuraban el pleno empleo, entonces el pueblo estadounidense iba a tener que aceptar una incremento de precios de 4 ó 5%.

Previsiblemente, el eje del debate económico se fue corriendo: del objetivo de Keynes de alcanzar el pleno empleo hacia cuánto desempleo se está dispuesto a aceptar para que la inflación no se dispare. Y del Estado activo keynesiano al contemplativo de los nuevos clásicos.

Pero los modelos y elucubraciones de los académicos del desempleo fueron sacudidos por la realidad. En los años sesenta y setenta, en el mundo desarrollado ocurrió lo inesperado: aumentaron simultáneamente la inflación y el desempleo. Es decir, el mundo se salió de la Curva de Phillips y masificó un concepto que los argentinos conocen bien: estanflación, o sea estancamiento más inflación.

Lógicamente, era una derrota intelectual del modelo que cumplía el doble propósito de justificar el desempleo y racionalizar la inutilidad del Estado como agente estimulador de la demanda.

Pero llegó Edmund Phelps, encontró una explicación para este fenómeno, resucitó la curva de Phillips, y cuarenta años después le dieron el Nóbel en su versión de nombre largo.

Básicamente, el planteo es que si el desempleo está por debajo de un nivel específico, las empresas se ven forzadas a elevar los salarios de sus trabajadores para evitar que se vayan a otras firmas. Una vez que este comportamiento se masifica, suben los costos de las empresas, éstas buscan mantener sus niveles de rentabilidad a través del elevamiento de los precios finales de sus productos y ahí aparece la inflación con un nivel de producción constante. En la jerga económica: estanflación.

Pero Phelps, que es partidario de la hipótesis de racionalidad de los agentes económicos, amplía el análisis señalando que ante esta situación, los trabajadores entienden que el incremento de salarios nominales previo fue comido por la inflación, por lo que la próxima vez negociarán mayores aumentos de sueldos, lo que a su vez dará impulso una vez más a la rueda de la inflación.

Los trabajadores adaptan sus expectativas en base a su experiencia pasada, de ahí que muchos conozcan el aporte de Phelps como Curva de Phillips ampliada por expectativas, y que estos modelos se inscriban en la tradición de los de “expectativas adaptativas”.

En cualquier caso, la conclusión de política económica es la misma que la que surgía de la Curva de Phillips: el gobierno no puede determinar el nivel de desempleo. En particular, si quisiera ubicarlo por debajo de ese nivel específico, que Phelps llamó “tasa natural” (de ahí el título de The Economist), entonces habrá que esperar crecientes niveles de inflación. Lo que, por supuesto, no es deseable.

Los premios importan

Edmund Phelps, lo mismo que Samuelson, Solow y tantos otros economistas ortodoxos son sólo eso, investigadores sociales ortodoxos que construyen modelos de comportamiento económico con supuestos más o menos arbitrarios, dejan que los agentes interactúen en el marco de esos modelos, deducen las consecuencias lógicas y las comparan con los datos empíricos disponibles. Si salen airosos de la comparación, entonces se considera que el modelo es exitoso pues aportó algo para la comprensión de fenómenos económicos.

Ninguno de ellos mató, ni torturó. Pero no hay que ser ingenuos. En ninguna disciplina la investigación científica es motivada exclusivamente por la curiosidad intelectual. Y en economía, en particular, esto es muy notable. La razón más evidente de por qué es así es que los resultados de estos trabajos son un insumo central para la justificación de políticas económicas, las que invariablemente crean ganadores y perdedores.

Entonces, hay grupos económicos, políticos y sociales que para mantener sus posiciones de privilegio financian la investigación en determinadas líneas. Si no, sería difícil explicar por qué hay tan pocos profesionales en temas vinculados con la economía política, y tantos en áreas metodológicas vinculados con la economía neoclásica.

Es en este sentido que parece relevante la interpretación del premio a Phelps. El Nóbel, entre tantos otros premios, becas y distinciones, genera una señal muy clara para los investigadores de hacia donde conviene orientar la carrera profesional.

Por eso es que a pesar de haber sido nominado para el de Economía, el premio de Yunus fue por el de la Paz. En una conferencia que dio hace un par de años en España, el economista bengalí explicó por qué abandonó su promisoria carrera académica en occidente: “no es agradable enseñar economía, de todas las asignaturas, en el aula, explicándoles a los alumnos las elegantes teorías económicas, lo perfectas que son, que se pueden resolver todos los problemas económicos con esas poderosas teorías económicas, cuando sales del aula y no ves más que hambre, personas hambrientas y muriéndose de hambre. Te preguntas para qué valen tus teorías económicas de libro de texto si no son útiles para las personas que están muriéndose o a punto de morir, y no por ninguna enfermedad en particular. Se mueren porque simplemente no tienen un poco de comida.
Es una cosa muy dolorosa cuando uno está comiendo y justo en la puerta de al lado alguien se está muriendo porque no tiene comida”.

No hace falta mucha imaginación para imaginar que bien podría ser Phelps uno de esos profesores en los que Yunus decidió no convertirse. Pero el hombre de Bangladesh tomó calor en la conferencia y fue más lejos: “Y pensé que no tenía sentido y que era totalmente inmoral enseñar aquellas teorías que no significaban nada”.

Igualmente, no hay que exagerar. Como se planteó al inicio, así como Phelps no es el malo de la película, Yunus no es el muchachito bueno. Es cierto que el Grameen Bank otorga créditos sin garantía, principalmente para las mujeres, y exclusivamente para los pobres. Pero también es cierto que cobra intereses extremadamente altos, que su utilidad como herramienta para el desarrollo sustentable es discutida, y que se sigue tratando de un banco con niveles de rentabilidad comparable al de las entidades financieras con fines comerciales. Igualmente, como señal para promover el desarrollo económico y la mejora en la calidad de vida de los pobres, parece que este año estuvieron mejor los noruegos que los suecos.

Ver Ganadores y perdedores

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