¿Hacia un régimen parlamentarista?

El Diputado Nacional por el FPV-PJ bonaerense alerta sobre un discurso que condena el presidencialismo para evitar que desde el Poder Ejecutivo pueda emerger alguien que decida patear el tablero de la gobernabilidad de las clases dominantes.

Hace tiempo que escuchamos reiteradamente la necesidad de poner fin al presidencialismo argentino y avanzar hacia un régimen parlamentarista. El presidencialismo sería un resabio institucionalizado del caudillismo bárbaro. Todos sus rasgos estarían cristalizados en un régimen político que no sería más que la consagración del autoritarismo, de la participación marginal de las minorías y del decisionismo más crudo que opaca el debate colectivo.

No son posiciones abstractas. Hay modelos y, una vez más, nos vienen de Europa. Los regímenes políticos del viejo continente son presentados como ejemplos de estabilidad política que garantizan el desarrollo, la prosperidad y la paz social.

Nuestro sistema presidencialista fue tomado de la Constitución norteamericana. En rigor no tuvo mucha estabilidad y proyección en el tiempo en razón de los golpes de estado que frustraron los ciclos constitucionales en nuestro país. Pese a estos avatares llegamos al mayor ciclo democrático de nuestra historia, que es el que se inició en 1983 y sigue hasta la actualidad. En este período crecieron las voces que piden el parlamentarismo bajo la idea fuerza de que así se podrían evitar las crisis institucionales que cada no tantos años hacen tambalear al país. Esta idea llega a sostener que la crisis de 2001, por ejemplo, se podría haber evitado desde la vigencia de un sistema parlamentarista.

Si el presidencialismo cobija las tradiciones bárbaras donde manda uno sólo, el parlamentarismo sería la expresión cenital de la democracia más excelsa. ¿Es realmente así?

La idea que va a instalarse con fuerza los próximos meses parte de la intención no confesada de evitar que desde el Poder Ejecutivo pueda emerger alguien que decida patear el tablero de la gobernabilidad de las clases dominantes. Esa gobernabilidad se asienta sobre las reglas de una democracia formal y restringida pensada para dar un barniz de institucionalidad al saqueo y la desigualdad social. Si aparece un “loco” como Kirchner o una “inconsciente” como Cristina, para eso estará el parlamentarismo: para frenarlos, para ponerles límites, para aportar la racionalidad perdida. Un “error en la matrix” puede aparecer cada tanto, pero la ecuanimidad de la clase política sería la garantía de la cristalización del statu quo. Así los cambios estructurales no llegarían jamás a nuestras tierras.

El debate sobre el parlamentarismo elude además que algunas crisis estructurales tuvieron que ver no con nuestro régimen político sino con el agotamiento de políticas económicas que nos endeudaron y que alentaron la especulación, que desindustrializaron y que masificaron el desempleo y la pobreza. La arquitectura institucional y política no fue la causa de tamaños descalabros. ¿O acaso el parlamentarismo español puede frenar una crisis económica descomunal? No, la clave estará en las políticas económicas que se articulen como respuesta a los desafíos de la crisis mundial.

El liderazgo firme, las fuertes convicciones y la obstinación ante las presiones foráneas nunca serán anomalías políticas a diluir en el espacio de la componenda y del acuerdismo de un régimen parlamentarista. Serán valores que tendremos que defender si queremos desatar los nudos del privilegio y construir un país con más igualdad social.

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