Hacia un nuevo Mercosur

Afortunadamente, algo está cambiando en América Latina. Lo prueba el nuevo panorama político, incomparable con la década pasada, en la que personajes nefastos como Carlos Andrés Pérez, Fujimori, Carlitos Menem, Collor de Melo o Sánchez de Losada crearon las condiciones para la más fenomenal distribución regresiva del ingreso y la expoliación de recursos naturales que haya soportado América desde la época colonial.

Aunque las decisiones sean diferentes, nada puede cambiarse de la noche a la mañana. Y todo cambio es imposible sin un concierto de voluntades, porque hay que enfrentarse a intereses muy poderosos: la unión, como se sabe, hace la fuerza.

Por eso, el Mercosur, creado hace 15 años, es una de esas buenas ideas capaces de cambiar el rumbo impuesto a América Latina desde el exterior.

Pero puede ser una idea mal concebida si en lugar de beneficiar a esos mismos pueblos, se limita a facilitar los negocios de los grandes grupos económicos.

Y es lo que había pasado hasta ahora: como no podía ser de otra manera con el apoyo que recibió en la década del 90, el Mercosur se había convertido a lo sumo en una autopista exclusiva para las la integración de las automotrices multinacionales que fabricaban una caja de cambios aquí, un tapizado más allá, de acuerdo a criterios de costos en los que el interés nacional y el desarrollo tecnológico local no tenían mayor incidencia.

De allí que no se cumplieran las metas teóricas previstas: “mercado común el 1° de enero de 1995, unión aduanera el 1° de enero de 2001”, porque ¿a quién podría interesarle?

Es que, visto desde una perspectiva productivista tradicional, no es lo mismo una planta que produce matrices de alta precisión que otra dedicada a pegar calcomanías.
Pero el desarrollo tecnológico, la automatización y la deslocalización han aportado una perspectiva nueva a esa visión, convirtiendo en secundario lo que en décadas anteriores podía considerarse primordial en el crecimiento.

Una empresa de altísima tecnología en Bangla Desh, puesta allí con el único objetivo de bajar costos, no cambia ni un milímetro la situación de ese pueblo. Hoy en día, las empresas, ante un aumento no previsto de costos (electricidad, impuestos, salarios, transporte, etc.), o si padecen presiones de la comunidad adyacente, desarman la planta y en un par de meses la instalan en otro país.

Pasó con la Shell de Dock Sud, luego de que los ciudadanos holandeses protestaran por la emisión de gases venenosos y las reglamentaciones de la Comunidad los prohibieran.
Algo similar ocurre con la forestación con especies aptas para la fabricación de pasta celulosa, cuya localización depende de países con escasa o nula vigilancia sobre su hábitat (como Argentina o Uruguay, por caso), y de la reducción de costos de transporte.

En este sentido, algunos especialistas han percibido que la implantación de eucaliptos y pinos no se hace sólo en tierras aptas para forestación, generalmente libres de impuestos o desgravadas, sino en otras que carecen de estos beneficios pero se encuentran cerca de grandes masas de agua, que es el insumo principal de la fabricación de celulosa, y esa cercanía reduce el costo de traslado de la materia prima.

En efecto, según esta nueva matriz, nuestros países (y hoy en especial el Uruguay), exportarán agua.

Sucede que mientras se definía si nuestros países producían acero o caramelos, se superponía en el mundo un cambio tecnológico que cambiaría la naturaleza de la producción industrial, creando islotes superdesarrollados en medio de países superempobrecidos, de lo que derivaría la quimera del “derrame”.

Paralelamente se ha mantenido inalterable el modelo apropiador de materias primas. Ya no es la plata de Potosí, ni el trigo o las carnes que alimentaban a los europeos, sino el petróleo, el cobre, la soja o el maíz para alimentar animales de esa misma Europa.

Las dificultades son infinitas.

Para nombrar sólo una: una imprevista tormenta de nieve en Mendoza ha impedido el paso de los camiones que hacen, vía Santiago-Buenos Aires-San Pablo, la ruta del Mercosur. Pero la virtual desaparición del sistema ferrovario, en especial el argentino, provoca la paradoja de que 5.000 vehículos detenidos que consumen gasoil deban estar funcionando para mantener la calefacción de sus cabinas, esperando un paso eventual en un futuro indeterminado, cuando unas pocas formaciones ferroviarias hubieran sido suficientes como para transportar esa mercadería a destino, sin detenerse ante las inclemencias climáticas.

Esos desafíos deberá encarar ahora el Mercosur, si se lo propone seriamente.

Los medios, obviamente, se limitaron a cubrir las anécdotas de la cumbre de Córdoba: la llegada de Fidel, su custodia, la situación de la médica Hilda Molina, los discursos maratónicos de unos y otros, la casa del Che.

Sin embargo, desde aquella reunión de Mar del Plata-donde se hundieron las esperanzas de EEUU por instrumentar un ALCA que nos hubiera perjudicado más allá de cualquier límite imaginable- a ésta, el encuentro de Córdoba ha engendrado un Mercosur distinto, de mayor calidad, encarado a la defensa de nuestros propios intereses.

No se recuerda en las últimas décadas un momento de mayor distanciamiento entre el Gran Hermano y los países del sur, pero aquél no cejará en su empeño de firmar Tratados Bilaterales de Libre Comercio con el país que esté dispuesto, en esa versión minimalista del ALCA.

Por lo pronto, tiene asegurados tratados de inversiones, también bilaterales, que han significado, sólo para la Argentina, estar obligada a desembolsar 165 millones de dólares por el arbitraje perdido en el CIADI contra el grupo Enron-Azurix, y otros 133 por las mismas razones, a favor de la dueña norteamericana de TGN (Transportadora de Gas del Norte), quedando pendientes -y con pronóstico desfavorable- similares con las distribuidoras de gas, Siemens, Metrogas (British Gas) y Suez-Aguas Argentinas, además de los suspendidos (por el momento) de Telecom, Telefónica, Edenor, Edesur, y Gas Natural BAN.

Perú y Uruguay son los próximos objetivos de Washington en los Tratados de Libre Comercio. Aunque el triunfo de Alan García no significa tirar manteca al techo, el nuevo presidente no tendrá la maleabilidad probada en Toledo.
Como sostienen algunos observadores, la indiferencia hacia la región se mantendrá mientras los afanes de EEUU sigan centrados en Irak, Irán, Líbano y Corea. Y mientras esto sucede, los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay, Venezuela y Uruguay firmaron un acuerdo histórico entre cuyos puntos sobresalen:

– 1) Acordar una política común respecto de los subsidios agrícolas de EEUU y la Comunidad Europea en las próximas rondas de la OMC.

Los países centrales declaman el librecambio para terceros pero sin ser tan tontos de aplicarlos para sí mismos.

Habiéndose convertido América Latina en un exportador nato de commodities, los subsidios del Norte nos perjudican. Es cierto que por el momento se vive un aumento generalizado de los precios de las materia primas, pero el ciclo se detendrá más tarde o más temprano, según dicen no más allá de 2007.
Hasta ahora, los veinte países liderados por la India (el G-20) no habían podido torcer esta asimetría.

Esta política común tiene sus bemoles, porque hay una lucha sorda contra las multinacionales que, luego de imponer el modelo sojero en los 90, pretenden cobrar regalías por las especies que han creado, esos adefesios genéticos resistentes a los glifosatos.

Con ser ciertas las críticas que se escuchan sobre estas oleaginosas diseñadas en los laboratorios del Medio Oeste de EEUU, lo concreto es que los países son como grandes transatlánticos que no pueden cambiar de rumbo instantáneamente sólo porque alguien se lo proponga o por voluntad de unos pocos.

La exportación de soja, trigo y maíz modificados está permitiendo a la Argentina de hoy, con las retenciones y no sin ellas, contar con una caja que permite poner en escena un cambio de rumbo. El abandono del “modelo soja-dependiente” necesita de la implementación de un patrón alternativo eficaz y probado, que sea compatible con los intereses en juego, y que requeriría atender la cuestión de la tenencia de la tierra y su rentabilidad presunta.

La negociación sobre este ítem no es simple: EEUU estaría dispuesto a reducir sus subsidios, no así los europeos. Pero esa rebaja no será gratuita, sino a cambio de un endurecimiento en la exigencias de cobrar regalías por las semillas modificadas, producidas por multinacionales de origen norteamericano

– 2) Impulsar la incorporación de Venezuela como miembro no-permanente y temporal al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En este punto se juegan distintas fichas: el país liderado por Hugo Chávez es uno de los principales productores mundiales de petróleo, y en ese nuevo rol diplomático no cederá fácilmente a las presiones tendientes a desarmar a Irán, otro socio mayoritario en la OPEP.

Por otra parte, Venezuela se está abasteciendo de armamento en Rusia y ya se ha previsto la instalación de una modernísima planta fabricante de AK-47 Kalashnicov en ese país. Compárese con la evaporación de las plantas de Fabricaciones Militares argentinas durante los 90.

Si Chávez forma parte del EDM (Eje del Mal), Estados Unidos quizás prefiera tener a Venezuela dentro del Consejo de Seguridad -donde no contará con el beneficio principesco del poder de veto-, y no fuera.

– 3) La creación de un fondo financiero para reparar desigualdades dentro del sistema. Aspiración prioritaria de los socios chicos (Paraguay, Uruguay, y próximamente Bolivia), esta propuesta, con ser todavía muy general, también contribuye a cambiar la naturaleza del Mercosur, que hasta ayer mismo era un negocio exclusivo de Argentina y Brasil, sobre todo del segundo, que es también una de las cinco potencias industriales del mundo. Este fondo abre una perspectiva de solidaridad continental -un giro sobre el eje- de alcance imposible de medir por el momento. Más allá de las opiniones del ministro uruguayo de Economía, Danilo Astori, esta perspectiva puede desarmar la tendencia de algunos sectores orientales dispuestos a firmar un tratado bilateral con EEUU, que actuaría como quintacolumna para beneficio exclusivo de Washington.

– 4) La creación de un Banco de Inversiones del Mercosur con un capital inicial de 7 mil millones de dólares, también conocido como Banco del Sur.
Esta propuesta central viene acompañada de otras: Argentina y Brasil impulsarán una serie de reformas en el FMI, entre las que se destaca la creación de una línea de crédito contingente que se desembolsaría incondicionalmente en casos de emergencias financieras.

Habida cuenta del estrecho margen de votos que tienen los países del Mercosur en las decisiones de ese organismo, es improbable que se obtenga algo semejante, pero más allá de las posturas radicalizadas que declaman la ruptura incondicional con el Fondo, lo cierto es que los principales países del Mercosur pagaron sus respectivas deudas y, sin quedar aislados del sistema financiero internacional, pueden plantearlo desde otra perspectiva.

Chávez fantaseó con la perspectiva de que los fondos de la OPEP se vuelquen a este banco, pero nada viene gratis: los petrodólares de la década del 70, que se creyeron capaces de financiar la independencia del Tercer Mundo, terminaron administrados por el FMI y constituyen hoy parte del cepo de la deuda externa.

Si a ello le sumamos la posibilidad de abandonar el dólar como moneda de cambio, y la emisión de un bono multilateral que coloque la deuda en otras manos (las nuestras), las perspectivas son alentadoras.

El Banco del Sur completa un nuevo sistema que, basado en gran medida en lo que diseñaron los países centrales luego de Bretton Woods, se acomode a nuestros intereses latinoamericanos, y no a los de ellos.

Esa nueva entidad (que Chávez propuso sea dirigida por Helio Jaguaribe o Aldo Ferrer) promovería créditos productivos y de infraestructura con una visión latinoamericana, situados, así como el Banco Mundial hace lo propio desde la de los países centrales.

Esto crearía la oportunidad de ir diseñando nuestras sociedades a la imagen que queremos tener de ellas, y no, como sucede actualmente, de acuerdo a las decisiones estratégicas del Norte.

Un ejemplo elocuente son los créditos del Banco Mundial para desarrollar el modelo forestal uruguayo, que no se canalizarían para un modelo alternativo si Uruguay lo planteara. O en otras palabras, los créditos existen, pero para qué y dónde, son exigencias que pone el Norte de acuerdo a sus propios intereses.

Si se hiciera realidad la designación de estos economistas, Jaguaribe o Ferrer, la mitad del camino estaría asegurada. Ambos tienen un largo historial asociado con una crítica persistente a las visiones según las cuales somos “subdesarrollados” porque tenemos que cumplir un rosario de exigencias tan inalcanzables como la zanahoria.

– 5) Acuerdos energéticos. Uno, entre Venezuela, Uruguay y Argentina para la explotación conjunta de la riquísima cuenca petrolera del Orinoco, una alianza sin precedentes, en el que la empresa venezolana retendrá el 51 por ciento, repartiéndose el resto entre Enarsa y Ancap. Voceros del gobierno argentino explicaron que la cuenca podrá producir 300 mil barriles diarios, casi lo que produce Repsol en toda la Argentina y equivalente a la producción actual de Venezuela.
Dos, avanzar en la construcción del gasoducto sudamericano. En este marco también se inscribe la resolución de comprar gas boliviano para abastecer, subsidiada por el Estado argentino, a la red chilena, donde no se juega sólo una cuestión de costos.

La reunión de Córdoba celebró el ingreso pleno de Venezuela, un país que puede aportar un PBI de 130 mil millones de dólares, grandes reservas de petróleo (79,7 mil millones de barriles) y gas (4,3 billones de m³), e importaciones equivalentes a 22 mil millones de dólares que ya de entrada abren un excelente panorama para la industria lechera argentina.

Las futuras incorporaciones de México y Bolivia permitirán aglutinar al 80% del producto bruto latinoamericano, y esa unión se podrá convertir en una fuerza considerable.

La apertura hacia Cuba, embargada desde hace 4 décadas por una decisión insensata de EEUU, es otro de los logros de esta reunión, criticada socarronamente por el poder tradicional, al subrayar esas características folklóricas, ya propias de la historia grande de América, de la participación de Fidel Castro en la cumbre de Córdoba.

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