Gualeguaychú: Nosotros llegamos primero

Al compás de una homogeneidad cultural camuflada de multiculturalidad, y de una reingeniería social marcada por la concentración de la riqueza en el Norte y el saqueo de los recursos naturales del hemisferio sur, en las dos últimas décadas se ha configurado un nuevo escenario económico basado en la primacía de los flujos financieros y la actividad terciaria. Todo puede terminar siendo una burbuja especulativa mundial, y de allí la renovada importancia de los Estados nacionales para acotarla.

Entre todos los servicios, el turismo masivo compite con las principales actividades productivas, y en muchos países se ha convertido en la única fuente de ingresos. Entretanto, se diversifica el mercado de productos primarios y los consumidores de los países centrales pagan más por alimentos naturales, no contaminados, ecológicos, todo entre comillas.

Cinco estrellas

El turismo, tal como se lo concibe en la actualidad, puede poner en jaque la construcción y supervivencia de las identidades nacionales. Con el argumento unilateral de que es una fuente de divisas, las políticas públicas descuidan o no tienen en cuenta las distorsiones que provoca en la sociedad.

El turismo masivo es un estereotipado “como si”, en el que quienes reciben y entretienen al viajero se inventan una alteridad para servir a su esparcimiento, mientras en su genuino presente gozan o sufren las consecuencias de un modelo económico impiadoso. El turista exige un escenario y unos actores a tiempo completo o part time, intérpretes del personaje que ha venido a buscar y al que demanda que el tiempo se detenga.

En la industria sin chimeneas, parte constitutiva del culto gestionado de lo superfluo, las maquinarias que producen esparcimiento son seres humanos, como en un nuevo tipo de representación colectiva.

Nuevas propuestas se agregan todos los días a la oferta turística:
– Visite la casilla del “asentamiento” (ya no una villa miseria) y comparta el guiso chirle de un desocupado.

– Participe en un piquete y tenga una vivencia directa del contrapoder, alternativa viable en los países emergentes según Negri.

– Visite un pueblo fantasma con su estación de ferrocarril abandonada.

– Aprenda a bailar auténtico tango orillero en una milonga: será llevada en brazos por descendientes de aquellos guapos.

– Ejemplo viviente del culto al coraje, déjese servir un asado con cuero por un auténtico gaucho de las pampas. Más tarde, una “china” le cebará mates (¡no olvide las propiedades afrodisíacas de la ilex paraguariensis!).

La lista es infinita, y si adquiere esta forma en Argentina, la multiculturalidad reproducirá la oferta en todo el mundo con las particularidades de cada lugar. Bangkok pasa por ser capital mundial del turismo sexual, pero como actividad sólo para extranjeros, ya que la sociedad local rechaza un libertinaje convertido en tópico del marketing turístico: ¡todas las variantes sexuales imaginables al alcance de la mano siempre que haya dólares!

Todo es tan auténtico como quiera creerlo el visitante: el tiempo se ha detenido para entretenerlo, y los dinosaurios danzan para él un programa contratado al detalle con la agencia de viajes.
La Tierra es una postal turística: sólo se requiere encontrar la veta empresaria.

Sacarse una foto con el fondo de los saltos de Moconá o frente al glaciar Perito Moreno esconde un aspecto estratégico, el de los países de origen de los tours, para los cuales esos depósitos de agua potable son un objetivo militar de futuro y no un paisaje sobrecogedor. Mientras tanto, poderosos del Norte adquieren millones de hectáreas baratas en el Sur para fotografiarse con sus amistades de vez en cuando o saborear un auténtico cordero patagónico y los mapas escolares de EEUU muestran una Amazonia administrada por Washington.

El turismo masivo ha surgido como una oportunidad luego de que entrara en crisis el modelo industrial.

Miles de desocupados se convierten así en sirvientes del visitante; lo entretienen, llenan sus horas. No hace mucho, algunos psicólogos de orientación lacaniana discutieron si acaso ellos no se habían transformado también en criados calificados del nuevo modelo económico, como gourmets de las neurosis de la clase alta.

Mientras la homogeneización cultural globalizada acaba con las costumbres ancestrales, millones de personas se sienten dispuestas o arrastradas a interpretar esas costumbres del pasado, olvidadas mucho tiempo atrás, ahora recirculadas como opción laboral, cristalizadas, detenidas en el tiempo, para un público que paga con divisas fuertes, aplaude, y quizás vuelva.

Alrededor de él se mueve un mundo organizado de transporte, agencias de viaje, espectáculos, gastronomía, cadenas multinacionales de hoteles (que se llevan la parte del león), y otras actividades no tan lícitas como prostitución y distribución de drogas.

En pos del turismo masivo también se importan, se calcan, se falsifican costumbres y creaciones culturales que ya han probado en otros lados su eficacia para atraer viajeros y dólares.

Si el carnaval de Río convoca a millones de turistas, ¿por qué no intentar con unas comparsas nativas; o con festivales musicales que celebren al salame, la bagna cauda, el queso de cabra, la producción local cierta o fingida, en fin, o una pérdida convertida en oportunidad, como el pueblo abandonado por la desaparición del sistema ferroviario, silencioso testimonio de otra época?

Gym sibarita

Otro de los aspectos del nuevo modelo económico es el de una producción primaria cualificada y centrada en un marketing personalizado.
Hay mayor valor agregado en una producción con certificado de “natural”, sin aditivos, que en la exportación de soja transgénica a granel.

La hiperdesarrollada industria de la alimentación masiva ha acabado por hacer sospechar a muchos consumidores -sobre todo los opulentos del Primer Mundo y los opulentos en general- que se les está vendiendo gato por liebre, y de allí que busquen productos “alternativos”, libres de contaminación.

El valor agregado es su eventual condición de “producto natural”.
Pero no siempre lo es, o puede dejar de serlo cuando ingresa al circuito comercial. El culto a la imagen, la vida sana, el entrenamiento obsesivo, la lucha contra la obesidad y el colesterol, todas ellas consignas movilizantes de la cultura global, buscan alimentos alternativos cuyas virtudes eventuales se explotarán comercialmente.

Así como las ganancias globales de Pfizer se basan en un remedio contra el colesterol, los brócolis combaten el cáncer; las remolachas, la celulitis; el apio, alguna disfunción sexual, y la leche adicionada con calcio, la osteoporosis.

La carne de conejo aporta ácidos grasos no saturados, los codiciados omega-3, pero los ejemplares que se comercializan son criados con balanceados que contienen antibióticos para prevenir plagas y hormonas de crecimiento, que se depositan en los tejidos y luego son ingeridos por el consumidor. Si engordaran con vegetales verdes, se retardaría el producto terminado, haciéndolo antieconómico y desagradable al paladar, para no hablar del incomible ejemplar silvestre. Todo criador de conejos sabe que el producto debe estar listo para el matadero a los 45 días, pasados los cuales ya no es rentable. Por lo tanto, el uso de balanceado -con sus hormonas y antibióticos- es imprescindible.

Con tales limitaciones impuestas por la propia dinámica de la compraventa, esa producción alternativa o cualificada debe contar al menos con cierto hábitat que sea -término mágico- sustentable.

Una huerta ecológica, si ello significa algo preciso, no podría estar localizada al borde del Riachuelo. El agua, el aire y los recursos naturales deben ser los típicos de las áreas rurales, que no padecen la contaminación propia de los grandes conglomerados urbanos.
Y eso también puede ser un argumento comercial.

Turismo o saqueo de recursos

No es que la crisis del modelo industrial haya acabado con la industria, pero la ha transformado. Las actividades se “deslocalizan” y automatizan, buscando mejores oportunidades para el saqueo de los recursos primarios. La flexibilización laboral aporta mano de obra barata porque se cuenta con un vasto ejército de reserva. Unos y otros, escasamente calificados.

Zambia se ha convertido en zona de guerra por la existencia de minerales raros usados en superconductores y baterías de celulares, pero ese patrimonio natural es un padecimiento adicional para los nativos.

El caso de Botnia es otro buen ejemplo: ¿para qué fabricar celulosa cerca de las papeleras europeas si resulta mucho más barato al pie del eucalipto? Su costo es tan bajo que justifica plenamente el transporte marítimo a granel y a grandes distancias, puerto extraterritorial mediante. Al utilizar un sistema muy automatizado, ni siquiera es una solución para la desocupación uruguaya.

El problema de Botnia es que es fronterizo con otro aspecto del mismo modelo, un complejo integrado por el turismo y un ramillete de producciones alternativas cuyo valor agregado consiste precisamente en su condición de “producto natural”: miel, berrys, dulces, conejos, pollos, quesos, etc.

En Gualeguaychú, el vendaval neoliberal de los 90 acabó con parte de sus industrias tradicionales y mucha gente se vio obligada a optar por ingresar al circuito del turismo. Otros eligieron dedicarse a esas producciones alternativas en pequeñas parcelas, o combinan una y otra.

La contaminación provocada por Botnia, y las pasteras que se construirán en el futuro, acabarán con buena parte de esas opciones. Mientras tanto, nada indica que el Banco Mundial tuerza su estrategia de trasladar al Sur las fábricas de celulosa: árboles que crecen rápidamente, recursos hídricos que nadie preserva y se saquean convertidos en celulosa, sueldos 10 veces inferiores a los escandinavos, son los alicientes del modelo, mientras en Suecia se cierran plantas para trasladarlas al Sur.

De allí que el conflicto no tenga solución. Uno u otro, la convivencia es imposible porque representan extremos antagónicos que no se resuelven con una isla artificial que oculte la fábrica, ni las que se construyan próximamente, ya que esa solución responde a la misma lógica del placebo y lo “auténtico/falsificado” del turismo.

Si Botnia estuviera ubicada a 500 kms de distancia, a nadie le preocuparía la contaminación, comenzando por los mismos asambleístas de Gualeguaychú. Pero se ha tornado “bandera de lucha”, objetivo, enemigo identificado, cercano, visible, a quien se le pueden echar todas las culpas, incluso las derivadas de la propia incapacidad para abrir nuevas opciones.

La industria contamina. Pero no sólo ella. La concentración urbana y la “revolución verde” de los transgénicos también lo hacen.

En el caso entrerriano, aunque los finlandeses decidieran utilizar el sistema libre de cloro, construyeran plantas de tratamiento de efluentes y arrojaran los desechos al sur de Gualeguaychú, no podrían evitar ni la contaminación aérea ni la visual. Se podría aceptar la convivencia con esta última, pero no el perjuicio económico derivado de la primera. Además, los finlandeses deberían hacerse cargo de que con estas inversiones adicionales la actividad no tendrá la rentabilidad prevista.

El acuerdo de protección de inversiones finlandesas (TBI) firmado por Uruguay, que llega al colmo de habilitar la indemnización a Botnia si la planta no produce lo esperado, tiene su equivalente en la incapacidad diplomática argentina dentro del CARU para resolver el conflicto binacional: en ambos casos, estructuras estatales divorciadas de los intereses de sus respectivas sociedades.
Acaso el argumento más sólido de los entrerrianos, incluso frente a la propia Corte de La Haya, sea que ellos “llegaron primero”.

Al fin y al cabo, son más “originarios” que los finlandeses en la mesopotamia argentina, y eso debería constituir un derecho adquirido, reconocido universalmente, al menos en el discurso.

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