Grito de los Pingüinos: Desigualdad, Crisis de Cohesión y Exclusión Social

La gran ebullición provocada por la “revolución de los pingüinos” el 2006 y la continuación de su lucha callejera en estos días, debiera llamar a una reflexión más profunda sobre los significados de sus acciones y lo que ellas revelan. La repetición majadera y muchas veces superficial del rechazo al desorden, anarquía y violencia que reproducen los medios de comunicación, el gobierno chileno y la oposición de derecha, debieran dar paso a una indagación más rigurosa acerca de las causas de tanta rebeldía juvenil.

Parece ser que las voces juveniles nos advierten de fenómenos sociales a los que no se da respuesta y que podrían ser consecuencia de una seria crisis de cohesión social expresada en un rechazo a las instituciones, a lo establecido y a la gran desigualdad social que se manifiesta hoy en el país. Asistimos a una época en que pareciera que ya no hay nada en común entre distintos sectores de la sociedad, el sentido de unidad y solidaridad social parece haberse fracturado agudamente. Domina la desconfianza y el temor por el otro.

Considerando la «refundación» del país a partir del golpe militar de 1973 en que la permanente violación a los derechos humanos deja su huella con una terrorífica secuela de desapariciones de personas, ejecuciones, tortura y exilio, seria difícil pedir que muchos chilenos tengan la misma idea de país. Seria mucho pedir que nos sintamos pares con el torturador, que compartamos el mismo sentimiento respecto a lo que somos. Para muchos el país parece extraño. Según el informe del PNUD del 2002(Larrain, 2005: 181), «la mayoría de los chilenos se sienten excluidos del desarrollo nacional y, mas aun … no se reconocen en las imágenes tradicionales de ‘lo chileno’, se ha perdido confianza en «lo chileno» como una identidad creíble».

La idea de nación como comunidad imaginada, ese sentido de identidad nacional, de lo que se conocía como chilenidad, ya no es algo común o unánime. Con esto queda claro que el discurso conservador que postula que las identidades son esencias inmutables es derrotado por los hechos. No hay esencias que hacen inmutables a las identidades, estas no pueden entenderse como almas eternas.

Vivimos por lo tanto un pasaje de nuestra historia en que nuestra sociedad pareciera continuar despedazándose. Junto al triste legado de división de la dictadura provocado por la violación sistemática de los derechos humanos, no es muy difícil apreciar que no solo los pobres y los ricos ya no tienen nada en común y desconfían los unos de los otros.

La fragmentación también alcanza ribetes culturales y generacionales, propios de una sociedad más compleja donde al fenómeno de la desigualdad hay que agregarle el proceso de crisis de cohesión social del que somos parte. Es interesante por lo tanto reflexionar acerca de la irrupción de los jóvenes en este cuadro, los que han hablado fuerte de estos fenómenos desde el ámbito de la educación pero cuya acción ha ido mucho mas allá de ese sector involucrando a la sociedad toda.

Si bien apreciamos que se diversifican las identidades juveniles urbanas, se puede constatar también que los jóvenes han encontrado en sus asambleas, carretes y en la calle un lugar común de expresión y rechazo a una élite política, cultural y económica que pareciera negar la existencia de una generación que más que llamarla “hijos de la democracia” podríamos reconocerla también como “los hijos de la exclusión y la desigualdad”.

Estamos por lo tanto viviendo en medio de procesos marcados por una profunda desigualdad y una gran desintegración social. Este telón de fondo surge también como consecuencia del reinado del mercado, fenómeno acentuado en los’90 en que la economía creció sin que ello se reflejara en un progreso social equitativo. A estas alturas parece ser mas bien que este crecimiento ha llevado a la exclusión social de miles de chilenos, a la enajenación de otros tantos inmersos en los laberintos del consumo, el individualismo y la competencia, y significativamente, ha llevado también a la postergación de los sueños y expectativas de una generación joven a la que se le criminaliza y condena por alzar la voz contra una realidad virtual discursiva,a la que ya no le creen en cualquiera de sus representaciones políticas, culturales o económicas.

Sobre esta realidad de ausencia de cohesión e igualdad social, provocada en un grado muy alto por la pérdida del rol social del estado y el dominio de criterios de mercado, se pretenden lograr metas educativas más altas, apuntando a una mejor calidad de la educación ¿Será esto posible? ¿Puede la educación resolver y dar lo que una sociedad fracturada y desigual no puede dar?

He aquí donde surgen los pingüinos, que han erigido la escuela como espacio de la contra cultura, de protección de lo social. Los estudiantes han hecho evidente que no hay posibilidad de acceder a porciones significantes de una riqueza de la cual sus padres ni siquiera han participado en sus mecanismos de gestación.

Hoy es posible el crecimiento económico con trabajo informal y altos índices de desempleo, un éxito para algunos posibilitado por un nuevo funcionamiento de los mercados de trabajo, un mercado fragmentado, flexibilizado y desintegrador socialmente. Si ayer la educación y el trabajo fueron puentes de integración social, pareciera ser que hoy ya no lo son. Sin duda que esta es, como dicen los pingüinos, una sociedad de ganadores y otra de perdedores.

Cierto es que se han logrado metas educativas de cobertura con un crecimiento entre los sectores más marginalizados. Hoy un 80% en promedio ha terminado la educación media en América Latina. Sin embargo es cada día más evidente que parte de la población difícilmente puede ser educada por la ausencia de condiciones sociales mínimas (pobreza, destrucción de la familia, adicciones, delincuencia).

Pero eso no es todo. Junto con esta terrible constatación, es posible también afirmar que la calidad ha bajado. Sube el piso, pero también el techo. El diploma de cuarto medio es condición necesaria pero no suficiente para tener un empleo, y lo más probable es que con ese ‘título’ solo se consiga un empleo precario, en el fondo del mercado laboral.

Ayer un egresado de enseñanza media (un bachiller) recibía un titulo de un valor diferente al de hoy. El diploma de hoy casi equivale al logro de la educación primaria de hace 30 años. Se adquiere por lo tanto un piso de conocimiento básico. Lo que muestra que el logro tiene un valor relacional y no intrínseco. No existiría entonces correspondencia entre los certificados y las competencias que tienen los poseedores de esos diplomas. Una vez más se puede afirmar que no hay esencias inmutables en el tema educativo y social, sino relaciones.

Estamos entonces en medio de altos índices de escolarización en medio de altos índices de pobreza, y los pobres tienen escuelas pobres. Vivimos en la paradoja de exclusión social con inclusión escolar, lo que magistralmente han mostrado los estudiantes en sus luchas. Se debería insistir entonces en la pregunta ¿Es posible logros de calidad en este contexto de exclusión social e inclusión escolar? Esto es muy difícil a no ser que se responda de una forma distinta la cuestión del logro de equidad social.

Desde la educación no es mucho más lo que se puede hacer, pero al menos una oferta educativa “desigual” en que se priorice por los que tienen menos puede dar indicios de acercamiento a índices de equidad. Sin embargo el estado subsidiario al que nos arrastró la dictadura y los gobiernos tutelados posteriores a ella ha hecho hasta ahora una oferta pobre a los más pobres cuando ellos debieran tener los mejores colegios, los mejores profesores, más horas de clases, de deportes, de arte, mejor infraestructura, medidas que ayudarían a palear la desventaja del clima educativo del hogar de la mayoría de los pingüinos, del pobre capital escolar de sus familias, de su innegable condición de clase.

La escuela debiera «dar forma», como dice Emilio Tenti, formar a los futuros ciudadanos para que se sientan orgullosos de la sociedad en que viven. Hoy por hoy estamos enfrente de escuelas de plasticina, formadas o deformadas por quienes están ahí, como dice Tenti, “las escuelas son cada vez mas como son los que las ocupan” (escuelas pobres de pobres marginalizados, escuelas de elitistas conservadores de los de las élites conservadoras como el Opus Dei; escuelas mercantiles y arribistas de padres y alumnos arribistas).

Asistimos a una época que evidencia un debilitamiento de las instituciones, de pérdida de su legitimidad a los ojos de la juventud, en que cada día será más difícil formar a los jóvenes y que ellos participen activamente de esa formación. Los jóvenes tienden entonces a ser más autónomos, contestatarios, rebeldes, pero no solo contra las instituciones y los agentes de la política oficial sino contra las élites que se benefician de la desigualdad y la exclusión, contra la cultura del hedonismo y la frivolidad de la televisión; contra la distorsión y la mentira reiterada de los medios de comunicación; contra toda forma de autoridad que no les concede espacios.

Surge entonces una juventud de identidades diversas, más autónoma, más anárquica, tal vez en alguna forma desorientada por consumos culturales que los distinguen de otros grupos de su generación y que los ponen en oposición a la generación mas vieja, la que no les da ninguna posibilidad de desarrollo, inclusión y logros en términos de equidad.

Lo cierto es que hoy al menos hay un sistema social y educativo bajo sospecha en Chile. No se puede seguir diciendo que los ‘jóvenes son irresponsables y que no se interesan por nada’. Esto revela una falta de comprensión y de comunicación inmensa con ellos. Se trata de identificar y reconocer sus intereses que son evidentes si se mira desprejuiciadamente. En los jóvenes siempre va a existir el interés por el amor, el sexo, la naturaleza, la cultura, la estética, la política, la participación, la justicia social.

Esto demanda de «los viejos» prejuiciosos sacudir las telarañas de sus cabezas y echar a andar la imaginación, abrir espacios de expresión a un movimiento social que ya ha ayudado a avanzar sobre lacras como la desigualdad y la exclusión social. Por lo menos las ha puesto sobre la mesa para que debatamos con altura de miras y no con sermones simplones pre-fabricados pretendiendo que aquí no pasa nada. Los jóvenes van construyendo camino debatiendo en sus asambleas, siendo irreverentes y saliendo a la calle.

Se trata entonces de ayudar a que este camino sea más amplio y más significante que la confrontación violenta a la que han sido arrastrados y de la cual muchos pueden terminar enajenados. Lo cierto es que con ellos y desde ellos se pueden lograr cambios hacia la equidad y la integración social, hacia la construcción de una sociedad más justa, solidaria e inclusiva. Sin ellos esto no será posible.

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(*)Rene Leal Hurtado es Doctor en Sociolgía y Director Académico del SIT.

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