Gorilas eran los de antes

Hablan del voto gorila. ¿Es para tanto? Por mas que la mayor parte de los candidatos con esperanza de triunfo provenía del poder tradicional, y que la Carrió alentó una especie de antinomia entre ladrones y virtuosos, a mí me parece que esto no llega a voto gorila. Este es el reino del chetaje.

Un periodista narraba el resultado de 80 entrevistas (en inglés, para un canal de no se dónde) que realizó antes de las elecciones a vecinos de los barrios acomodados de la ciudad. Ninguno de ellos votaría a Cristina Fernández, y todos se quejaban por considerar al de K. un gobierno confiscatorio, la peor administración imaginable.

Hay que ver si eran sinceros, porque eso también es posible.

Nadie duda, y el entrevistador tuvo suficiente perspicacia como para advertirlo, que ese sector tiene hoy una capacidad de consumo de la que carecía hace 4 años, para no hablar del 2001, por lo que no entendía el rechazo masivo.
El tipo tenía que encontrar votos a favor y en contra, y no encontró ni uno solo a favor.

Todos los entrevistados respondieron en idioma inglés, gente bien educada: intercalaban bai-de-güei, is-tuu-mach…, que es precisamente la misma jerga de Cristina, de modo que por primera vez en la historia, el chejate tendrá una presidenta que se comunica muy bien con ellos. Lo que me preocupa es que intente representarlos.

Este “gorilaje” no tiene el odio visceral que se explicaba en el pasado, y que recorría la frontera de dos países superpuestos.

Convengamos que los verdaderos gorilas se sentían amenazados por una horda de negros que les estaban quitando parte de la torta, la que tuvieron siempre o la adquirida.
En estos últimos años la brecha se sigue ampliando en lugar de reducirse. En general, los kirchneristas de línea se esfuerzan por parecer tan liberal-progresistas como los que más y califican las derrotas como “errores de comunicación”.
La dominación cultural se profundiza sin pausa, y no creo que solamente en los centros urbanos.

Estamos en presencia de una enfermedad generalizada de superficialidad, de un pensamiento light que se ha apoderado de gran parte de la población, y sobre todo de aquellos sectores más expuestos a los tópicos de la neocultura globalizada.

Una especie de chetaje convertido en pensamiento dominante, heredero de la trivialidad que antes se refugiaba en ciertos pliegues históricos de los sectores medios ligados al funcionariado estable y al pequeño comercio. La gente de Santa Fe y Coronel Díaz, o de Caballito, los que hoy prefieren salir a hacer shopping; los mismos que hace cincuenta años atrás compraban en Gath & Chaves, se educaban con El Tesoro de la Juventud y se suscribían a Selecciones. Me recuerdan a una tía mía que era peronista pero leía La Prensa.

Anclado en grupos sociales (inmigrantes) que habían sufrido la discriminación oligárquica, aquel gorilaje originario (no tan originario como nuestros paisanos los aborígenes) fue una reacción a la irrupción de los trabajadores en aquella alianza imposible entre sindicatos, ejército y empresarios nacionales que convirtió a la Argentina en algo distinto de lo que había sido.

Hoy están Gran Hermano (canal 11 lo siguió transmitiendo mientras el resto de la televisión informaba sobre las elecciones), Cuestión de Peso, History Ch., Discovery, etc.
Este chetaje, que para mí no llega a gorila, es el mismo del por algo se los llevaron, el alfonsinismo, los menemistas, incluso los progresistas, porque todos somos progresistas (las riquezas ya están distribuidas, ahora hay que luchar por distribuir los derechos humanos).

Aquel era violento (el capitan Gandhi, el Hormiga Negra, colmo del chetaje de Santa Fe y Malabia); estos andan entre el swinger y el metrosexual, no problem.

No olvidemos que este país estuvo a un pelito de traerlo a Menem en 2003.

Graham Greene escribe en El americano impasible: “Todos somos o conservadores liberales o socialistas liberales; todos tenemos la conciencia tranquila”.

Obvio, diría el cheto.

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