Golpes

Tan pronto vi la cobertura que hacía TN del sitio de la ciudad por patrones agropecuarios alzados comencé a decir que había un golpe en marcha. Me refería -creí que se sobrentendía- a un golpe mediático, no a un golpe de estado tradicional, ya fuera en sus variantes cruentas o de palacio. Pero quedé estupefacto cuando algunos amigos tomaron aquella expresión al pie de la letra y me replicaron silabeando didácticamente —como si yo fuera sordo y/o lelo— que no estaban reunidas las condiciones para que fuera posible un golpe militar.

¡Chocolate por la noticia! Ya en los ’80, cuando tuvieron lugar las tres primeras rebeliones carapintadas, no había tales condiciones. Lástima que Alfonsín no lo creyó, y se entregó sin luchar cuando dijo aquello tan desgraciado de «héroes de Malvinas» y «la casa está en orden». Y concedió el punto final y la obediencia debida.

Lástima también que Gorriarán no entendió que un golpe era imposible y (alimentándose con carne podrida que le pasaban agentes del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército) se hundió en la ciénaga de La Tablada, cuartel hoy en estado de abandono, al igual que lo está la histórica sede del Batallón 601 en Callao y Viamonte (donde, entre otras muchas cosas, estuvo secuestrado y oculto el cadaver momificado de Eva Perón y se planificó la intervención militar en Centroamérica). Ambas imágenes son muy ilustrativas acerca de la pérdida de poder de las Fuerzas Armadas.

No había condiciones entonces, cuando los batatas echaron a rodar el bulo de que era inminente una «Noche de San Bartolomé» (la matanza masiva de hugonotes por los píos católicos romanos de París) en la que serían asesinados o fusilados unos quinientos dirigentes políticos y sociales, periodistas, etcétera. Mucho menos puede haberlas ahora.

Pero, al menos, entonces cabía la pequeña posibilidad de que un alzamiento militar pudiera tomar el poder por unas horas, unos días, acaso unas semanas, antes de desplomarse por su imposibilidad de conseguir algún consenso, algún reconocimiento internacional. Lapso en el que podía hacer estragos. Hoy, ni eso.

Desde aquellos años, los golpes de estado se dan dosificados, en grageas, en cuotas, diseminados homeopáticamente a través de medios, que ofician de vanguardia en la tarea de desbrozar el camino haciendo cundir la desinformación y el desánimo, carcomiendo la moral y limando las resistencias populares al autoritarismo, encomiando la supuesta felicidad de los esclavos.

Así fue en la Guerra del Golfo, que casi nadie sabe cómo se desarrolló, ya que sólo quedó dando vueltas en el éter el fantasmagórico relato cuajado de lucecitas multicolores que trasmitió CNN, cuyo vínculo con la realidad cualquiera podía sospechar que era más que laxo, vago, remoto e impreciso.

Así fue con la guerra de desmembración de la Federación Yugoeslava (germen de Unión Europea que nada le debía al Gran capital). Dicen los que la vivieron que las disputas entre Milosevic y Tudjman fueron ampliadas y exacerbadas por las televisiones de Belgrado y Zagreb que a la hora de preparar para el cainismo a los pueblos eslavos del sur (serbios y croatas hablan el mismo idioma, que escriben con distintos caracteres), recordaron desde Belgrado la crueldad del régimen ustacha del croata Ante Pavelic, aliado a los nazis (Curzio Malaparte narró con maestría cómo Pavelic tenía junto a su escritorio una bolsa llena de los ojos arrancados a sus prisioneros) mientras la emisora de Zagreb recordaba las muchas ofensas recibidas a comienzos de siglo de los monarcas serbios.

Así fue con los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, perpetrados por una banda local mercenaria que resultó amparada por las supuestas víctimas, cuyos dirigentes estaban y siguen estando muy interesados en que nunca se averigüe quiénes, cómo y sobre todo por qué detonaron esas bombas.

Así fue con el derribo de las Torres Gemelas (y de la nada dañada torre 7, horas después), el rastrero ataque al Pentágono y el derribo de un avión (que se pretende producto de una inverosímil sublevación del pasaje contra sus maléficos secuestradores árabes) sobre un campo de Pennsylvania el 11-S del 2001. Cualquiera interesado en averiguar la verdad puede ver rápidamente hasta qué punto la Historia Oficial es una patraña y los múltiples indicios de que los propios servicios de inteligencia norteamerianos (y los saudíes, y los pakistaníes, y los israelíes) estuvieron implicados.

Así fue con la invasión de Irak so pretexto de las inexistentes relaciones entre Sadam Hussein y la fantasmagórica galaxia Al Qaeda, que fue una creación de la CIA y en enorme medida parece ser, sobre todo, el nombre de una vasta operación de inteligencia en la que aparecen aliados aquellos mismos servicios.

Quizá hubiera bastado con que los medios señalaran con claridad que no había relación posible entre el dictador laico y secular de Bagdad y el fantasmático Osama Bin Laden para que Bush y su camarilla (Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Perle & Co.) no hubieran podido consumar esa agresión. Nunca se sabrá porque lo cierto es que prácticamente no hubo disidentes ni voces discordantes. En Estados Unidos rige la libertad de empresa, y sólo para ellas, y limitadamente, la libertad de prensa.

Los medios, en síntesis, ya no solo ofician de falange del poder económico concentrado sino que suelen ser parte del mismo. Sabemos cómo ese poder sometió a todo tipo de lijados, esmerilamientos y torceduras para doblarle el brazo a Alfonsín, que tiró la toalla después de sufrir un rudo golpe de mercado. Imagínense ahora, con el know how que han desarrollado desde entonces los grandes medios integrantes de ese poder.

Sabemos que Menem resolvió evitar toda violación rindiéndose en una orgía de entrega de nuestro patrimonio común. Pero solemos olvidar que, al mismo tiempo que se producía una sublevación popular contra Fernando de la Rúa, también estaba en marcha un golpe de los intendentes pejotistas y sus mesnadas que, desde muy temprano, aquel 19-D instigaron a los saqueos, e indujeron a la policía a silbar bajito y mirar para otro lado.

Aquí, en la Capital, policías provenientes de los grupos de tareas de la dictadura ordenaron a un grupo de policías de Asuntos Internos salir a matar pibes barbudos al buen tuntún para garantizar que el odiado jefe de la repartición, el comisario «científico» Rubén Santos, cayera en la volteada. Solemos olvidar que hubo tres fuerzas distintas pugnando por las suyas por desalojar a De la Rúa de la Rosada: el pueblo, que buscaba echarlo por traidor; Duhalde, que quería reemplazarlo, y la arcangélica banda que parasitaba a la Federal como un alien.

El último gran salto se dio con el golpe que logró tumbar por una horas al presidente Hugo Chávez en Venezuela. No sólo la CNN y los canales venezolanos, también TN falseó groseramente la realidad. Por entonces, Andrés Repetto estaba como quien dice debutando y durante aquellas horas aciagas trató a Chávez de dictador derrocado. Decía que con Chávez había caído un enemigo de la democracia, un tirano… a pesar de que Chávez era, con mucho, el presidente más validado por el voto popular de toda Latinoamérica y probablemente de todo el ancho mundo.

Por entonces era más ingenuo que ahora. Pensaba que si bien TN no era, para nada, «periodismo independiente», al menos en honor a ese lema mentiroso cuidaba las formas. Le escribí una indignada carta al director de noticias, Luis Clur, haciendo notar cuan groseramente había pisoteado Repetto el abc del periodismo para encima (por suerte) haber tenido luego que tragarse sus bravatas.

No tuve respuesta y hoy está muy claro por qué. Clarín, Monsanto, Cargill, Dreyfus, Bunge y Born, la Sociedad Rural, Feriagro, Expochacra, etcétera, son una piña.

Que tira golpes, uno tras otro. No se trata por ahora de echar a este gobierno (porque todavía no tienen cómo reemplazarlo) que antes les concedió absolutamente todo, pero que ahora se resiste a cumplir sus dictados. Se trata de hacerlo «entrar en razones», doblarle el brazo, ponerlo de rodillas, someterlo.

Más allá de las muchísimas críticas que se le pueden y deben hacer al gobierno, para hacerlo conviene aclarar con quién se está. Porque está en curso una ofensiva para acabar con la voluntad de pelea del gobierno elegido por el pueblo. Golpes continuos, rítmicos, mentiras dichas miles de veces que aspiran a volverse ciertas a fuer de repetidas. Insidiosos comentarios acerca de la Presidenta y su condición de mujer. Dardos y jabalinas arrojados para mellar y lastimar mientras se busca alguien que esté en condiciones de gobernar traicionando el mandato popular sin proclamarlo.

Así que, antes de ponernos a contar y aquilatar los innúmeros defectos, debilidades, contradicciones, etcétera., de nuestro gobierno, el de todos los argentinos; antes de verbalizar lo mucho que nos parece que colabora en los hechos con sus enemigos; es imprescindible dejar claro de qué lado de la calle se está. Si se está por la defensa del Estado de Derecho o por la dictadura del gran capital. Porque hay demasiados vociferantes que no tienen en cuenta que si este gobierno cayera, no vendría ninguna expresión polìtica «progre» sino el retorno de la derecha pura y dura.

Y muchos periodistas obsecuentes de los dueños de los grandes medios. O mercenarios. Y/o barras bravas del oficio, periodistas-hoolligans, que escupen denuestos porque aspiran a entrar en las nóminas de mensualizados.

Todo ese croar de sapos, esa polución auditiva, dificulta tener claro lo que no debería perderse de vista cuando se discute una nueva Ley de Radiodifusión, así como el papel sedicioso del Grupo Clarín y otros medios. Que lo primero no es «la libertad de prensa» sino el derecho de todos a estar bien informados. Es decir: la propiedad social de los medios.

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