Firmenich, ese hombre

De la Redacción de ZOOM. La biografía no autorizada escrita por Felipe Celesia y Pablo Waisberg y editada por Aguilar es el primer libro integral que logra ver la luz sobre el controversial líder de los años ‘70. Trazada con el mismo rigor y minuciosidad que su anterior La ley y las armas, los autores prescinden de la agenda de enemigos y admiradores de Firmenich para reflejar al hombre maldito de la política argentina en toda su dimensión.

Mario Eduardo Firmenich es la bestia negra de la política argentina del siglo XX. —¿Qué hizo para merecer tal condena? — se preguntan Celesia y Waisberg. —Fracasó—, se responden sin anestesia. Su revolución inconclusa dejó a la organización político-militar que más apoyo tuvo en el país diezmada y sin amparo. Firmenich tenía menos de 25 años cuando estaba en la cúspide del poder montonero y muy poco margen de error en un escenario de caníbales. Firmenich, la historia jamás contada del jefe montonero, de reciente aparición, logra superar la maldición que abortó por lo menos cuatro intentos anteriores de abordar su vida en un libro.

Esta biografía no autorizada (para la que Firmenich decidió no opinar y para la que obturó los grifos de la opinión de algunas fuentes extrañamente parcas durante la investigación) recurre a un pormenorizado relevamiento de fuentes documentales y múltiples entrevistas para reconstruir la vida del Pepe desde su nacimiento en 1948, su infancia, su paso por el Nacional Buenos Aires, su relación con el padre Mugica, sus inicios de militancia religiosa y su paso a la política. Y de ahí, a la lucha armada.

El enfoque de los autores ensancha los límites de la visión estereotipada que la democracia alfonsinista (y su propio aislamiento) le dieron a Firmenich una vez finalizada la dictadura. E ilumina una época conflictiva del pasado cercano cuyas huellas siguen candentes, de la que poco se conoce (en especial las nuevas generaciones) a través del rigor de la investigación y mucho se dice en términos de anécdota y leyenda.

Firmenich es un recorrido ágil y detallado a través de una época y de la vida de un hombre que cuando tuvo que hablar, calló. Y cuando tuvo que callar, habló. Cada capítulo, plagado de referencias, apellidos y detalles que sustentan la solidez del libro, está precedido por una historia que pinta momentos en las distintas etapas de la vida del jefe montonero. A continuación, Revista ZOOM ofrece uno de ellos.

1960-1966

El murmullo parece surgir desde la recova de avenida Pueyrredón. Pero también puede salir de un grupo muy activo que circula por Rivadavia. La muchedumbre no revela sus intenciones pero tampoco las oculta. Los grupos se arman sobre la marcha y se disuelven con el acecho de la Guarda de Infantería o la persuasión de algún jerarca de civil.

En ese cuadro dinámico, de voces y gritos superpuestos y cruzados, es difícil determinar el origen de las primeras estrofas. Pero apenas se insinúan, todos saben en Plaza Once y alrededores de qué se trata.

Mario y Carlos sienten un leve estremecimiento que puede confundirse con emoción o vértigo. No cantan inmediatamente. Carlos es el primero en articular unas palabras sin sonido, con la cabeza gacha, entre los laburantes y oficinistas que lo rodean, con la mirada intensa enfocada en los carros de la Policía Federal.

Mario se suma, un poco turbado al principio por la vergüenza de esa primera manifestación pública. Pero la confianza aparece a los pocos vocablos. Se aúna entonces a su amigo, que ya salta como poseso, y a sus nuevos compañeros, en el remate del estribillo del gran himno político. Mario grita “¡Viva Perón! ¡Viva Perón!”. Y aunque todavía no lo sabe, ese momento marcará el resto de su vida.

Están en la conmemoración prohibida del 17 de octubre, del “Día de la Lealtad”. En 1966, reivindicar la gesta peronista (como toda actividad política partidaria) es un delito para la dictadura de Juan Carlos Onganía.

El primer gas lacrimógeno sale de la esquina de Mitre y Pueyrredón. Enseguida vuelan tres o cuatro cartuchos más en una parábola ahumada, asfixiante. La estampida es radial. Los caballos encaran desde Plaza Miserere. Los dos amigos sienten las sacudidas de la marea de cuerpos. Poco a poco, como pueden, moviéndose entre los manifestantes, con los ojos ardidos y las pulsaciones al doble, desembocan en Rivadavia. Suenan los primeros vidrios rotos.

El camión hidrante entra por Jujuy tirando lo suyo, marcando a los “adictos al peronismo”, como dirá La Nación cuando imprima su versión. La desbandada es entonces más histérica, Rivadavia arriba. Hacia el centro hay muchos policías. Allí atraparon al Ford Falcon negro que oficiaba de vehículo de mando de la conmemoración prohibida.

Los muchachos se reagrupan. Aparecen las primeras piedras, unas hondas y hasta algunas molotov. Se concentran sobre Rivadavia mientras la policía presiona desde Pueyrredón y Jujuy e intenta avanzar desde Congreso. La línea de trinchera queda definida. Mario tira su primera piedra, sacada de un cantero destrozado a patadas. Siente que se puede. Carlos lamenta no haber ido más preparado. La invitación del Movimiento de la Juventud Peronista a los incipientes agitadores no había incluido la perspectiva de confrontación; a lo sumo, les dijeron, habría algún palo.

Pero la violencia escala rápido. La policía manotea a quien puede y la consigna sorda y espontánea es romper lo que se pueda, en la lógica natural del conflicto. Llegan más celulares. Dos, tres, cuatro estruendos más de vidrios rotos. Una pequeña multitud de brazos hamaca un auto hasta volcarlo. Más corridas.

La posición ya no puede sostenerse y no queda más que echarse a volar por la avenida. Corren. Tienen el entrenamiento de mucho fútbol estudiantil encima. Pasan raudos a los veteranos y sólo se dan vuelta para admirar el fuego de dos molotov que iluminan la esquina de Maza y Rivadavia.

Se miran, inflamados, el corazón golpeando: ya son peronistas. *

* Entrevista con Néstor Tato, 20 de enero de 2009; La Nación y Clarín, 18 de octubre de 1966.

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