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Fargosi, el prócer viviente de la patria financiera

Del vaciamiento de empresas públicas al fervor libertario: la historia de Alejandro Fargosi y una familia ligada al poder económico desde hace décadas. Por Ricardo Ragendorfer

El doctor Alejandro Fargosi había tenido la dicha de encabezar la lista libertaria de candidatos a diputados nacionales por la CABA en las elecciones legislativas del pasado 26 de octubre. ¿Cuál habría sido su mérito al respecto? Porque no es un tipo que se destaque por su popularidad, ni por su oratoria, ni por su carisma.

Sin embargo, el destino lo hizo merecedor de una banca. Un logro no sin riesgos, algo que él comprendió con rapidez. 

Muy activo en su cuenta de X (antes Twitter), acababa de repostear la frase “¡Ganamos el juicio de YPF!”, acuñada por el presidente Javier Milei. Lo cierto es que, unos minutos después, el bloque de Unión por la Patria (UxP) solicitó su inmediata expulsión de la Cámara Baja por haber sido en este litigio –según la información disponible– el abogado del fondo buitre Burford Capital (BC) desde el bufete jurídico Fargosi & Asociados.    

Pero, con la velocidad de un rayo, el doctor Fargosi lo mandó al frente a su medio hermano, el doctor Diego Fargosi Bond, argumentando que había sido éste el representante legal de BC, ya que –según su descargo– él se desvinculó del mencionado estudio en 1987, cuando el fondo en cuestión ni siquiera existía.

El medio hermano aún no se pronunció al respecto.   

Cabe aclarar que, si bien ellos no se gestaron en el mismo vientre, sí son hijos del mismo padre, el ya fallecido doctor Horacio Fargosi, otro especialista en patrocinar privatizaciones sospechosas de empresas del Estado. 

Razón de más para explorar este maravilloso linaje.

Cuervos de alto vuelo

Corría la mañana del 3 de enero de 2014 cuando don Horacio, luego de exhalar su último suspiro a los 87 años, era inhumado en el cementerio Jardín de Paz. A los costados del féretro, Diego y Alecandro se miraban con un dejo de recelo. 

Hasta entonces, el finado había conducido la Bolsa de Comercio porteña y se lo consideraba un lobo en los oscuros manejos del mercado financiero local.

En ese plano, fue un verdadero maestro para sus dos vástagos, aunque era un secreto a voces su favoritismo hacia Diego, en cuyas manos había depositado el gerenciamiento del estudio Fargosi & Asociados, siendo quizás esa la razón de que Alejandro buscara nuevos horizontes societarios.

Aun así, los tres estuvieron enlazados en una memorable gesta posterior: la privatización de Aerolíneas Argentinas y Austral por Carlos Menem en 1990. Porque el viejo Fargosi las presidió –designado por el Grupo Marsans, el cártel de capitales españoles que, después de varios pasamanos, las había adquirido– y los medio hermanos fueron sus laderos en su rol de directores y abogados.

Pues bien, los Fargosi no dejaron trapisonda sin cometer; siempre, desde luego, en nombre de sus patrones.

La más exitosa fue el lento y silencioso vaciamiento de esas líneas aéreas. Ocho años después, su fase culminante fuera la presentación en concurso de acreedores realizada por la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI), la entidad ibérica que regula los intereses de las empresas privatizadas por inversores con pasaporte peninsular.  

Ya en este punto saltó a la vista una grosería: la SEPI no dudó en designar nada menos que al estudio Fargosi & Asociados como apoderado de Aerolíneas Argentinas en semejante concurso, además de entregarle al Grupo Marsans unos 300 millones de dólares para comprar esa deuda, pero en vez de ser usados para su cancelación, sirvieron para convertirse en sus principales acreedores. Y con esa maniobra logró alzarse con un botín de 124 millones. Su ingeniería incluía balances dibujados con pasivos inexistentes, además de transferir bienes y rutas de las dos empresas aéreas a otras líneas controladas por Marsans. 

Hasta para renovar su flota solían adquirir naves de “descarte”, como el destartalado Boeing 737 de Austral que, a fines de 1997, cayó en las afueras de la ciudad uruguaya de Fray Bentos, con un saldo de 74 muertos. 

Los Fargosi fueron los héroes indiscutibles de todas estas hazañas sin enlodar su buen nombre y honor.

En cambio, la Justicia española ordenó el arresto de varios directivos del Grupo Marsans. Al CEO Gerardo Díaz Ferrán, por ejemplo, le tiraron el Código Penal por la cabeza, al ser llevado tras las rejas no sin exigirle la restitución de 400 millones de dólares, además de inhabilitarlo por 15 años hasta para la venta de ballenitas en la vía pública.      

En 2008, cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner volvió a estatizar ambas aerolíneas, el doctor Alejandro Fargosi no se privó de expresar su disgusto ante la prensa, calificando la medida de “imperdonable retroceso”. 

Seis años después, cuando la última palada de tierra terminaba de cubrir el féretro de don Horacio, este sujeto ya tenía la mente enfocada en su próxima meta: el ejercicio de la acción política, pero sin descuidar su profesión. 

La nueva política

Fargosi obtuvo su título de abogado a los 22 años. Fue a mediados de 1976 y, en medio de la última dictadura, él se sentía a sus anchas. 

Por entonces, ingresó al Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires (no confundir con el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal). Un privilegio. Porque ese cenáculo de profesionales del Derecho adscriptos al establishment fue afín al régimen cívico-militar, velaba por los intereses de los grupos económicos más concentrados y, por si fuera poco, era un semillero de provechosas relaciones de poder.

De hecho, con el paso de los años, él llegó a ser uno de sus miembros más prestigiosos. Aunque no para siempre.

Es que, representando a esa institución, había integrado en dos ocasiones el Consejo de la Magistratura (desde 2004 hasta 2006 y desde 2010 hasta 2014). Pero el final de la segunda derivó en su expulsión del Colegio de Abogados.  

El motivo: una travesura casi escolar: haber posibilitado con su venia un escandaloso concurso para elegir jueces y fiscales. Así fue que los postulantes se copiaron en las pruebas escritas con total impunidad, además de haber tenido acceso a los temarios antes del examen y su orden de mérito terminó adulterado. 

Aquella inconducta –dicho sea de paso– le provocó un gran disgusto a su padre justo antes de morir.

A partir de este escandalete, muchos socios del Colegio de Abogados le hicieron el vacío. Y su propio estudio –Oyhanarte & Fargosi– sufriría una leve merma en su cartera de clientes. 

¿Acaso estaba a punto de convertirse en una mancha venenosa? Pero su pecado no era tan grave, y menos en un país como este. Quizás sus tribulaciones fueran en realidad un guiño del Altísimo –él es muy católico– para volcarse de una vez por todas a la política. 

Dicho y hecho. Primero abrevó en la UCR. Pero allí no se sintió cómodo. Seguidamente, anunció su integración al partido conservador “Valores para mi país”, liderado por la ya olvidada predicadora evangelista Cinthia Hotton. Y su siguiente puerto fue la alianza Juntos por el Cambio (JxC), donde se toparía con su hada madrina: Patricia Bullrich, quien lo encuadró orgánicamente, primero en el PRO, y después, en La Libertad Avanza (LLA). 

En aquel momento, un hecho que incidió gratamente en su conversión al ideal libertario fue la presencia en ese espacio de Victoria Villarruel. Junto a esa mujer, Fargosi fue uno de los miembros fundadores del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus víctimas (CELTYV), creado para luchar por los represores condenados por delitos de lesa humanidad. 

Claro que, en esta coyuntura, Fargosi disimula a más no poder su cercanía con ella, en vista de la extrema animosidad que el propio Milei le profesa. 

De manera que, sin todavía un acceso directo a la Casa Rosada, Fargosi exagera su pleitesía hacia el presidente a través de las redes sociales.

El tipo repostea todos sus tuits. Y alaba, una decena de veces por día, sus discursos, resoluciones y anuncios. Tanto es así que, últimamente, no oculta su gran entusiasmo ante la alianza –unilateral– del Poder Ejecutivo con los Estados Unidos e Israel en su guerra con Irán. Es más, por momentos, el tipo se exhibe más sionista que el mismísimo Theodor Herzl. Una actitud que no deja de ser, a la vez, entre cándida y graciosa, en vista de su proverbial antisemitismo.

Al respecto, en estos días se ha vuelto a viralizar un posteo que subió a X hace ya un lustro con una fotografía de Myriam Bregman acompañada por una cita suya que, en realidad, jamás pronunció; a saber: “No canto el himno porque no me representa y porque soy de izquierda”. 

Una vulgar fake, ante la que Fargosi pregunta: “¿Vos la votarías?” Y su remate es: “Myriam Bregman, militante judía del Frente de Izquierda”.

En su momento, a este sujeto le cayó por ello una tormenta de repudios, ante los que solo atinó a responder: “Borré un tweet porque podría interpretarse como antisemita, algo que ni siquiera puedo concebir ni ser”. 

Qué su Dios se apiade de él. 

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