Falleció el agente Octavio: Néstor Baguer Sánchez-Galarraga, el «disidente» de Reporteros sin Fronteras

Por Jean-Guy Allard ; Agencia Nacional de Cuba (AIN).-
Era una imagen fuerte que nadie ha olvidado: Néstor Baguer, en medio de la inmensa sala de la lujosa residencia del jefe de la Sección de Intereses Norteamericanos, James Cason, dirigiendo un taller de «ética profesional» frente a unos 34 informantes rodeados por oficiales de los servicios de Inteligencia de Estados Unidos. Con casi 80 años, el viejo periodista, veterano de tantas salas de redacción, seguía en combate como nunca, infiltrado entre los «periodistas independientes», mercenarios del enemigo, a solicitud de los Órganos de Seguridad del Estado de Cuba.

Néstor Baguer Sánchez-Galarraga acaba de morir, a la edad venerable de 83 años, dejando entre todos sus colegas el recuerdo de este heroico personaje, el agente Octavio, cubierto con su inseparable chapela, que seguía apareciendo en los actos públicos con aquella mirada tan viva y su cariñosa amabilidad.

Nacido en una familia de origen vasco llegada a Cuba en 1940, contaba que ya con 14 años de edad se dedicaba a escribir en una revista llamada Siboney, que había creado junto a un grupo de condiscípulos del Instituto de La Habana. Luego, aprendió la profesión redactando en El Crisol, donde su padre, François, era cronista de espectáculos.

Al triunfar la Revolución Cubana, participa de manera activa en la organización de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).

Incorporado al Ministerio del Comercio Exterior, se encarga de la publicación diaria de un boletín informativo. Ahí tiene sus primeros contactos con la Seguridad del Estado, una relación que continuará durante 40 años.

Trabajará sucesivamente en la radioemisora COCO y en Radio Metropolitana.

Gran defensor de la lengua española, se hace famoso en Juventud Rebelde con su crónica titulada En defensa del idioma, y se distinguió también por su aporte como miembro de la Academia Cubana de la Lengua.

Se destacó, igualmente, como periodista en Trabajadores, en Radio Habana Cuba y en Cadena Habana.

Hasta que, en 1990, la Seguridad del Estado pide su colaboración para penetrar los círculos mercenarios. Sorprendiendo a sus colegas que tenían para él el mayor respeto, se declara entonces «disidente» y hace contacto con Elizardo Sánchez Santacruz, el tristemente célebre «Camaján«, quien le facilita los contactos con la SINA y otros proveedores de fondos para la «disidencia» remunerada.

Así fue como Néstor Baguer llegó a ser presidente de la mercenaria Asociación de Prensa Independiente; trabajó entonces para la radioemisora anticubana Radio Martí, y con «agencias independientes» financiadas por la USAID y la NED y vinculadas a la CIA, tales como Cubanet y Cuba Press.

«Yo fui el primer representante en Cuba de Reporteros Sin Fronteras», contaba hace poco a Granma Internacional el veterano periodista al recordar cómo, en 1998, lo había reclutado, en un escenario digno de una película de James Bond, el secretario general de la ONG asociada a la CIA, Robert Ménard.

Así fue también que dirigió aquel «inolvidable» taller de ética mercenaria organizado en la residencia de James Cason, en el cual los funcionarios de la SINA le hicieron un homenaje por su «trayectoria en la prensa independiente», entregándole un diploma.

Néstor Baguer dominaba el idioma inglés, lo que, al parecer, le facilitó esa exitosa penetración de la SINA donde tenía acceso completo y permanente, día y noche, hasta que fue revelado su trabajo como agente Octavio de los servicios cubanos de Seguridad.

Su trayectoria revolucionaria y periodística fue avalada con varios reconocimientos, entre ellos, la medalla Eliseo Reyes Rodríguez (Primera Clase), Félix Elmuza y 28 de Septiembre y la Unión de Periodistas de Cuba le entregó el Premio a la Dignidad, en mayo del 2003, en reconocimiento a su consagración y fidelidad hacia la Revolución.

Al conversar acerca de sus hazañas, Néstor Baguer confiaba que lo más difícil de su tarea como agente fue perderse, durante esos años de “disidencia”, la amistad y el respeto de sus ex colegas decepcionados… una amistad y un respeto que le fueron restituidos mil veces después que se supo la verdad.

El viejo compañero, quien al momento de su deceso laboraba en la Agencia de Información Nacional (AIN), estaba trabajando en la redacción de un libro de recuerdos titulado Octavio.

Seguirá para siempre en la memoria de sus innumerables amigos que conservarán, de él, un recuerdo afectuoso.

Última entrevista a Néstor Baguer Sánchez Galarraga «Octavio»

¿Independientes de qué?

El Decano está escribiendo un libro. Nos pide que agilicemos la entrevista, porque va por la página 50 y él ya no tiene demasiado tiempo que regalar. En agosto cumplirá 82 años y quiere contar por sí mismo todo lo que vivió dentro del mundo de la “disidencia política” cubana, que conoció como la palma de su mano y de la cual puede dar fe con un abrumador anecdotario.

Néstor Baguer Sánchez Galarraga, tal vez el más veterano de los agentes activos de la Seguridad del Estado, no quiere prólogos en una conversación donde las horas vuelan. De modo que ahí va, sin mucho preámbulo.

Agente Octavio

– ¿Por qué escogió el nombre de Octavio?

Por Octavio Sánchez Galarraga, un tío mío que hubiera soñado con hacer este tipo de trabajo.

– ¿Qué hizo su tío?

Octavio Sánchez Galarraga era abogado, defensor de gente humilde. El otro Sánchez Galarraga conocido fue mi tío Gustavo, poeta y periodista, uno de los pocos que se enfrentó a la dictadura de Machado. Bateó un discurso en el Vedado Tennis (Círculo Social “José Antonio Echevarría”), en contra de Machado un 31 de diciembre y el dictador llamó a mi tía María, la madre de los Galarraga: “Oye, mira a ver qué hace usted con ese muchacho, que Crespo -el sicario- lo quiere coger y yo no puedo protegerlo siempre.”
Hay una cosa interesante. La familia Sánchez Galarraga es de origen vasco y llegó a Cuba en 1940. Por eso hemos conservado la chapela, como la que tengo puesta.

– Luis Ortega y Max Lesnik, dos periodistas cubano-americanos radicados en Miami, eran muy amigos de su padre y nos contaron que la última vez que lo vieron fue en México.

Sí, mi padre se exilió porque a su segunda mujer -mi madre se había divorciado de él cuando yo tenía dos años- le dio un ataque de histeria y decidió irse de Cuba. Mi padre la siguió y con él emigró mi hermano.

– Su padre también era periodista…

Tenía una columna en El Crisol, que era un periódico que salía al mediodía. La redacción estaba en Manrique y Virtudes, en Centro Habana. Él escribía sobre espectáculos. Se llamaba Francois Baguer.

– ¿Cuándo comenzó usted en el periodismo?

Escribí mi primer artículo a los 14 años. Varios estudiantes fundamos la revista Siboney. Por supuesto, me encargué de la sección de espectáculos.

– Dijo en la entrevista que le hizo el Fiscal, antes del juicio y que fue transmitida por la televisión, que usted le debe ser antiimperialista a su familia…

Si hay alguien que me enseñó a ser así fue mi padre. Se fajaba con mi tío Gustavo Sánchez Galarraga, que se dedicaba a la crónica social. En los días de la República Española, Gustavo decía que si a él le iban a dar patadas, que se las dieran con botas de 50 dólares. Mi padre le respondía que él las prefería con alpargata, que dolían menos.
Mi padre fue el primer cronista cubano condecorado con una orden cultural de la Unión Soviética.

– ¿Antes del triunfo de la Revolución?

Sí. Cuando vinieron las primeras películas soviéticas, mi padre escribió crónicas magníficas. Cuando todo el mundo decía que eran una basura, él afirmaba que eran obras de arte y que debían apreciarse. La embajada le dio una medalla por la Cultura.

– ¿Qué ocurrió con su papá?

Imagínate: aquel hombre, a su edad, para poder sobrevivir tuvo que trabajar de reportero en el aeropuerto de Ciudad de México. Iba a las tres o las cuatro de la mañana a recibir a la gente. Sin embargo, había sido en Cuba un reconocidísimo profesional, maestro de periodistas. Le escribí, mi hermano me devolvió la carta sellada, así que mi padre nunca supo lo que le decía. Murió en 1986 y me enteré un año después.

No tenía necesidad de irse de Cuba. Tenía dos retiros, uno como oficial de la marina y otro como periodista. Él vivía solo con la mujer. Nos tenía a nosotros dos que lo ayudábamos, y eso le hubiera alcanzado para vivir perfectamente, pero la ambición de aquella mujer era una cosa terrible.

– ¿Qué hizo al triunfar la Revolución?

Vivía en el reparto Mulgoba, en Santiago de las Vegas, que entonces era un reparto de gente rica. Me encargaron que organizara los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). En eso se produjo la invasión por Playa Girón, y cuando me presento en la unidad de Milicias, el que estaba al frente me dijo que me necesitaba más aquí, que me quedara a hacer labor política, a fundar más CDR y ayudar en todo lo que fuera necesario. Como en el Aeropuerto “José Martí” hacía falta alguien de confianza, me pusieron a trabajar en ese lugar, a cuidarlo como miliciano.

Después pasé a Comercio Exterior, donde hacía falta un periodista. El Ministerio tenía un boletín diario que publicaba los precios, análisis económicos, planificaciones.

– ¿Usted es graduado de periodismo?

Sí. Cuando empecé en el periodismo no existía la escuela. Trabajaba en El Crisol y escribía. Esa fue mi escuela. Después se abre la “Márquez Sterling”, y mi padre fue profesor de allí, pero ya yo había olido el plomo y no había quien me sacara de al lado de la rotativa. Lo mío era escribir.

Cuando triunfó la Revolución, me llamó Elio Constantín, un extraordinario reportero deportivo y el secretario de la comisión que se creó para validar los títulos de los periodistas. Él me preguntó si quería pasar la escuela o prefería examinarme. Le dije que me hiciera un examen completo. Sin compasión. Al otro día lo hice y me dieron el título.

– Sin embargo, en un despacho de Reuters que reprodujo el The New York Times el pasado 10 de abril, lo llaman “supuesto” periodista. “Alleged journalist Nestor Baguer”, decía exactamente…

¡Qué extraño! Cuando era un “disidente” la prensa norteamericana jamás me llamó “supuesto” periodista, ni “supuesto disidente”… A nadie se le hubiera ocurrido… Les voy a dar a ustedes una copia de mi título, para que la publiquen en el libro y se acaben las dudas.

– ¿Cuándo se vincula a la Seguridad del Estado?

Desde el momento en que comencé a trabajar en Comercio Exterior.

– ¿Cómo fue?

Era una institución muy codiciada por el enemigo, como podrán imaginarse. Había hecho varios trabajos sobre productos cubanos. Por ejemplo, un estudio para organizar la exportación de miel de abeja de Cuba. Estudié los mercados, el costo. En Cuba se puede producir miel el año entero, la miel más fina que se pueda conseguir en el mundo está aquí.

Entusiasmado con la miel de abeja, un buen día se habla de la necesidad de dragar la Bahía de Cienfuegos y la de La Habana, y había que comprar el equipo necesario. No era fácil adquirirlo, pues Estados Unidos había declarado el bloqueo contra Cuba. Pero yo tenía un vecino inglés que facilitó la compra.

Armando Pérez Roura

– ¿Quién era?

El gerente en Cuba de la Lloyds, de Londres. Era un inglés muy británico. Todas las tardes, cuando yo llegaba del trabajo, me decía: “Baguer, su whisky.” Era un ritual implacable. No podía ser a las 5:15, ni a las 4:45. Tenía que ser a las 5:00 en punto.

Cuando me oyó decir que hacía falta una draga, y que Holanda y Japón se habían negado a vendérnosla debido a las presiones de los norteamericanos, me propuso comprarla en Inglaterra. “En Escocia se fabrica ese tipo de draga”, y me dio una tarjeta y hasta me pagó el pasaje. Me pidió una comisión por su diligencia. Y así fue.

Arranqué para Londres con un compañero que era de la Seguridad. Cuando llegamos, nos encontramos que en el mismo hotel había un señor muy cariñoso. Se sentó a mi lado. En la cantina del bar se acostumbraba a presentar a los habituales, como me sentaba en el mismo sitio y él también siempre escogía la misma banqueta, nos presentaron.

Aquel hombre era un norteamericano, que sin muchos preámbulos empezó a preguntarme por mis negocios. Me llamó la atención su persistencia, y empecé a indagar. Me enteré de que él había ido, justo porque yo estaba.

– ¿Esa empresa británica es la que garantiza los precios a la exportación?

Es una empresa de las más grandes del país. Logré que en lugar de cinco años, le dieran al gobierno cubano siete años de plazo para pagar. Me fui a Escocia, al astillero, pero me informaron que a Cuba no le podían vender absolutamente nada porque caerían en la lista negra. Le propusimos organizar una compañía radicada en Londres, con mi vecino inglés al frente y yo de secretario. Contestaron que así sí.

A la noche siguiente me encontré con el norteamericano. Se me presentó como agente de la CIA, me dio la mano y me dijo: “Tú ganaste, y yo perdí. Por eso lo respeto.” Así vino la famosa draga para Cuba.

Por supuesto, cuando llegué lo informé a la Seguridad, a partir de ese momento -era el año 1969- comencé a colaborar. No dejé de hacerlo desde entonces.

– ¿Siguió vinculado al Comercio Exterior?

No, me trasladé para la radioemisora COCO, como jefe de turno. Luego estuve en Radio Metropolitana. Cuando empiezo a trabajar en la defensa del idioma, me llamaron de Juventud Rebelde para que me encargara de hacer una columna, que titulé así mismo: “En defensa del Idioma.” Luego estuve en Trabajadores, en Radio Habana Cuba y en Cadena Habana, con una vida muy activa en el periodismo, hasta que me declaré “disidente”.

– ¿Por qué se declaró “disidente”?

La Seguridad me pidió que hiciera contacto con los mercenarios y me fui a ver a Elizardo Sánchez Santacruz, la puerta de entrada a ese mundo.

– ¿Cómo lo recibieron?

Llegué a su casa y cuando pregunté por él, la mujer me dijo: “¿Usted se refiere al Señor Presidente?” “Bueno”, le dije, “Si es el Presidente de Cuba con más razón quiero hablarle. Dígale que Néstor Baguer está aquí.”

– Su Ministro de Información…

En ciernes, no te olvides… Pasé al salón mientras le avisaban al “Señor Presidente”, me trajeron un vaso con whisky y unas aceitunas aliñadas. “¡Oye, qué bien se vive en Palacio, carajo!”, pensé.

– Era el año 1993…

La peor época del Período Especial, con una escasez tremenda. Llegó Elizardo, me abrazó y me dijo: “¡Bienvenido! Aquí haces mucha falta porque mi cuñado, Yndamiro Restano, no sabe escribir y necesito un periodista de puntería para que se haga cargo de la dirección de la Prensa Independiente de Cuba.” Acepté en el acto.

– Así, sin más ni más…

Estaba desesperado. Me aconsejó irme primero a una beca a Costa Rica, a no sé qué instituto de Periodismo. “Te vas dos o tres meses, y te aseguramos todos los gastos.” Le contesté: “Mira Elizardo, yo no puedo aceptar que, después de tantos años en la prensa cubana, me manden a Costa Rica a aprender. Costa Rica es una mierdita así…; conozco a ese país. Manda a otro.” Eso hizo, y el hombre que fue se quedó después allá.

Me dijo entonces que primero me iba a conseguir quien me comprara los artículos. Me habló de una revista que se hacía en Puerto Rico, el Disidente, donde él tiene dinero invertido -Elizardo es socio de ese negocio-; luego, cuando teníamos más confianza, me pidió que si quería, fuera todos los días a leer la prensa y a conversar con él para orientarme.

– ¿Lo hizo?

No. Yo no iba a dejar que hicieran conmigo lo que hacían con otros infelices…

– ¿Qué cosa?

Que los usaban lo mismo para servir el café que para escribir a máquina.

Le dije a Elizardo que no podía estar yendo en guagua todos los días a su casa, que iba a hacer los artículos y que me dijera a quién mandárselos. Que luego me pagaran y todo el mundo en paz. ¿Sabe lo que me contestó? “Así no puede ser, porque tengo que tener todo bajo control.” “Pues, Elizardo, yo creo que no podemos seguir trabajando.”

Elizardo es un tipo astuto.

Sí. Él era profesor de Filosofía en la Universidad. Tiene un discurso que es el mismo desde hace 20 años. No lo varía. Es un verdadero lagarto, que públicamente dice que no acepta dinero de los norteamericanos, salvo si se lo mandan por Europa. Los que más le mandan dinero a él son los suecos, los franceses y los españoles. No le ha faltado nunca una buena provisión de monedas. Es una persona con un ego desenfrenado, que entra y sale del país cada vez que quiere. Es un caso muy raro.

Se “fajó” públicamente con los norteamericanos por problemas de financiamiento. Hay que oírlo a él y a sus socios hablar de eso. Eso es un carnaval, señores, con muñecotes y todo.

– ¿Perdió entonces el contacto con Elizardo?

No del todo, pero pude zafarme de sus redes porque ya tenía vínculos en Miami. Los otros “periodistas” me decían: “Oye, no seas bobo, allí vas a comer todo lo que tú quieras, y a tomar whisky.”

– ¿De dónde provenían?

La embajada española, le mandaba todos los meses 100 dólares en víveres, y me consta, porque en una ocasión, estando yo en su casa, llegó el carro de esa sede diplomática que le traía la cuota del mes. La jaba incluía unas botellas de coñac y de buen vino español. Mes tras mes. No le ha faltado desde que se metió en la “disidencia”. También recibe dinero de otros lugares.

– Por ejemplo…

Del Partido Liberal de Suecia, que también estuvieron en mi casa. No recuerdo ahora el nombre, pero tengo las tarjetas de presentación de todos ellos.
Por cierto, tengo una anécdota muy buena sobre el Partido Liberal. Resulta que Osvaldo Alfonso, el mismo que está preso, un día me fue a ver para que ingresara al Partido Liberal. Le pregunté: “Dime una cosa: ¿ustedes son del Partido Liberal Cubano? ¿Del mismo de las tradiciones?” “Sí, sí, claro…”, me dijo. “Coño, ¿del de Machado y de todos sus asesinos?” “No, no, espérate -me contestó. Nosotros tendremos que hacer una aclaración: Machado fue un error del Partido.” Me reí: “No jodas, chico; no me hagas cuento. Mira, si tú eres del Partido Liberal, yo pertenezco al Partido Conservador. Así que arranca…”

– ¿Cuándo fundó usted la Agencia de “Periodistas Independientes” de Cuba (APIC)?

Con Elizardo. Me llegaron las felicitaciones de Miami, las muestras de amor y cariño. Me consideraban el mejor de los patriotas; Reporteros sin Fronteras me alababa por todas partes y me mandaba dinero. Aquello era tremendo. En cuanto se supo que yo estaba a cargo de la agencia y que daba dinero, empezaron los “periodistas” a caerme en la casa como hormigas. ¿Tú sabes, yo no conocía que en Cuba había tantos periodistas solapados en los oficios y profesiones más inverosímiles? Tenía un corresponsal que era trabajador de los ferrocarriles en Cienfuegos y toda su vida lo único que había hecho era darle con una mandarria a la línea del tren. Ese está preso.

– ¿Pero sabían redactar seguramente, porque no pocos periódicos y páginas en Internet publicaban sus notas?

Si hablando tenían faltas de “ortografía”; dime tú escribiendo. Para mí fue un sufrimiento terrible tener que arreglar algunos de aquellos bodrios.

– ¿Por qué iban entonces a una agencia que supuestamente era de periodistas serios?

Había dos grandes atractivos.

Primero, la visa que les daban inmediatamente. Bastaba con un mes que estuviera la gente escribiendo ahí y se iba para Estados Unidos en el primer avión. Se ahorraban la cola, los disgustos y la humillación en la Sección de Intereses.

Segundo, el pago. De 20 a 40 dólares al mes, solo por inflar globos. Llegó un momento en que pasaban tantos que no podía llevar aquello. En eso, Raúl Rivero decidió separarse de la APIC y fundar su propia Agencia.

– ¿Cómo era su relación con Rivero?

Muy buena. Raúl Rivero me dolía. Era el único periodista de verdad que conocía en aquel mundo, un hombre que había tenido prestigio, por su poesía, porque había luchado en Girón. Un hombre a quien la Revolución le salvó la vida.

– ¿En qué sentido?

Yo era el amigo más cercano que tenía y nos conocíamos bien. Era alcohólico y sufrió mucho. Todo el mundo le dio la espalda, no tenía dinero, se le cayó la casa. Llegó a tener serios problemas de salud, y la Revolución lo metió en un hospital. Mejoró al extremo de que ya no tomaba.

– ¿Y qué pasó con él?

Lo compraron. Raúl Rivero tiene miles de dólares en Estados Unidos gracias a los premios que ha ganado. Todos los cabecillas también tienen dinero fuera de Cuba, porque querían tenerlo seguro, lejos de las ambiciones de los otros y de que el Gobierno se los interviniera, por las razones que ya se saben. Hasta un niño se puede dar cuenta de que la vida de disidente en Cuba es tremendo negocio.

– ¿Cómo recibía usted el dinero?

Por Transcard. Me negué a recibir nada de esos mensajeros que continuamente llegaban de Miami o de otros lugares. Por eso fui el que menos dinero y regalos obtuvo.

– ¿Por qué?

Mis crónicas disidentes no eran iguales a las otras. Siempre escribía con respeto. Por ejemplo, yo me refería al Comandante diciendo: “el Presidente de Cuba, señor Fidel Castro”, mientras que otros lo llamaban “el dictador y esto y lo otro”.
Hasta a los norteamericanos les llamó la atención: “Señor Baguer, usted no odia a Fidel Castro”, y yo les contestaba: “No tengo por qué odiarlo.”

– ¿Quién de los norteamericanos le dijo eso?

El que atendía prensa y cultura en esa época, el gordo Gene Bigler. Se hizo muy amigo mío. Cuando se fue, Bigler me escribió desde Roma, asegurándome que cualquier cosa que necesitara se la pidiera a él enseguida.

– ¿Qué le contestó a Bigler, cuando le llamó la atención sobre sus textos?

Que yo era miembro de la Real Academia de la Lengua y que no podía escribir insultos. No estaba dispuesto a que me botaran de allí.
Un “independiente” me sacó en cara que jamás le decía “gendarme” a los policías. ¡Qué bestia! “Mira, viejo, gendarmes hay en Francia; aquí se dice policía”, y así lo ponía yo.

– ¿Qué noticias enviaban sus corresponsales a la APIC?

Si no me lo hubiera tomado tan a pecho, creo que me hubiera divertido más. Recuerdo, por ejemplo, que un día llamó por teléfono uno para dictarme una supuesta noticia, muy urgente. El hombre escribió algo así: “En Manzanillo hay 10 000 personas en una esquina que protestan porque están desalojando a una familia.” Me acuerdo que le grité: “Oye, espérate un momento, ¿en qué esquina de Manzanillo o de cualquier otro lugar caben 10 000 personas juntas?… Y, además, dime, ¿por qué lo están haciendo?” Y me contesta: “Es que una familia quería vivir en Manzanillo y la otra en Bayamo, y empezaron a mudar los muebles de un lugar a otro, sin papeles ni nada.” “Por favor, señor mío, en qué lugar del mundo, sin papeles, usted puede hacer trámites legales. Mira, discúlpame, pero trae otra noticia.” Eso era así todos los días.

– ¿Recuerda otro ejemplo?

Una persona vino diciéndome que su padre le había contado que a un primo de él, en la cárcel, le dieron cuatro palos. Le pregunté que si su padre lo había visto, y me dijo que no, que se lo habían dicho. Le dije: “Lo primero que tiene que hacer un periodista es verificar la fuente”, y lo planché.

– ¿Nunca llamaron la atención esas opiniones suyas?

No veían ninguna conexión entre el Gobierno y yo, y sí que atacaba muy finamente, con corrección. Por eso se me fueron yendo los periodistas para las agencias, que crecieron como hongos, donde se atacaba de otra forma y eran, por tanto, mejor pagados.
En eso vino el anuncio de que el Gobierno norteamericano iba a dar muchísimo más dinero a través de la National Endowment for Democracy (NED). Seguí con mis modestos 50 dólares al mes, como cabecilla de la APIC, pero empezó a llegar una parte de ese dinero y la gente se fue embullando, sobre todo los de Miami.
Les puedo decir que el 80% de esos millones se quedó en la Florida.

– ¿Le consta?

Por supuesto. El chorro de dinero se iba debilitando en el camino de Miami a La Habana y de aquí a las provincias. Los representantes nuestros se quedaban con el pedazo más grande del pastel; luego, los cabecillas de los grupúsculos; después los otros.
Para poder cobrar ciento y pico de dólares que me debía Cubanet, tuve que ir a la SINA a denunciar al de la agencia, que se había embolsillado el dinero de los periodistas.

– ¿Funcionó?

¿Que si funcionó? El de la Oficina Diplomacia Pública (Prensa y Cultura) de la Sección de Intereses llamó para allá y les dio un plazo para que me liquidaran la deuda. Le contestaron del otro lado con evasivas, que estaban sin dinero ahora… El de la SINA ordenó: “Tienen que pagarle a Baguer inmediatamente y liquidar la deuda. Voy a llamarlo a fin de mes para verificar si ha recibido el dinero.” Remedio santo.

Cubanet

– ¿Cómo se involucra usted con Cubanet?

Es una historia culinaria. Rosa Berre, la que inventó Cubanet, grababa las notas que yo le dictaba. Tenía el teléfono en la cocina de su apartamentico en la sagüesera. Mientras cocinaba recibía las noticias y después las trasmitía. Vivía muy modestamente, y al principio solo recibía una pequeña comisión. Un día me dice que se muda para el corazón de Miami, porque se había comprado dos apartamentos. Uno sería su residencia particular y otro la oficina de Cubanet. Se agenció también un carro que costó miles de dólares “con sus ahorritos”, pobrecita, porque era muy ahorrativa.

– ¿Cambiaron sus condiciones de trabajo después de eso?

Sí, porque al parecer a ella le daban más plata, mientras más gente sumaba a la causa del “independentismo”. Era tan fácil ganar unos dólares, que casi todos los días tenía noticias de un nuevo grupo de prensa y de la gente que se peleaba por el dinero. Los que más robaron fueron los de Nueva Prensa Cubana, Prensa Libre y Rosa Berre. Todos eran cubanos y estaban robándoles el dinero a los periodistas.

Recuerdo un muchacho que había trabajado en una imprenta y que se hizo pasar por periodista y llegó a ser jefe, se cogió el dinero de seis meses y desapareció. Por esa fecha también hubo un cambio en los pagos. De 50 dólares que pagaban pasaron a 15 ó 20, aún cuando llegaba más o menos el mismo dinero que repartían los “jefes”. Recibían 50 para repartir y solo entregan 15. Era un robo descarado, y las broncas que eso provocaba eran sonadas.

– ¿Cualquiera abría una oficina de prensa?

Se llegaron a abrir más de 30 oficinas. Mientras más capacidad tuvieras para insultar, más subías en la escala de valores de Miami y de la SINA. Mientras más grupos de supuestos periodistas, mejor. Mientras más gritaban, mejor.

– ¿Usted revisaba los artículos y después los mandaba a Cubanet?

Por eso me fui quedando sin clientes. Una persona con un mínimo de cultura, de experiencia en la profesión que se pasara media hora con esa gente, salía enferma, chico.

– ¿Cómo reaccionaba la SINA?

Si no era alguien que, como yo, iba y peleaba, ellos se hacían los de la vista gorda. Estaban más en otra cosa.

– ¿En qué?

En la conspiración para promover ante la opinión pública internacional a los “perseguidos periodistas independientes” y a proveerlos de premios y de las mejores condiciones para trabajar. Y que no nos faltaran visitantes y diplomáticos a los que hacerles el cuento.
Relátenos algunas de esas visitas…

Por ejemplo, el año 1995 fue muy intenso. Tengo anotadas en mi agenda más de 60 actividades en las que participé, promovidas por la SINA -las que hacía de relacionista pública-, tanto para facilitar encuentros con visitantes norteamericanos de casi todos los pelajes, como con representantes de medios de prensa internacionales y organizaciones de periodistas.

– ¿Qué otros hechos recuerda?

– 15 de enero: Reunión en la casa del jefe de la SINA, Joseph Sullivan. Entrevista con editores norteamericanos.

– 20 de julio: Encuentro con delegación norteamericana que asistió a las conversaciones sobre asuntos migratorios. No les cuento de qué hablamos, porque es obvio.

– 12 de agosto: Reunión en la residencia del diplomático Gene Bigler, donde se les explica a un grupo de funcionarios de la SINA las incidencias de la creación del Colegio de “Periodistas Independientes”, que había nacido en mi casa un par de días antes.

– 30 de agosto: Reunión con la Comisión del Departamento de Estado para Asuntos Migratorios. Se informó que en 1996 se entregarían 20 000 visas, repartidas de la siguientemanera: 12 000 a personas comunes que solicitaran la salida; 7 000 a refugiados políticos y 1 000 para ser manejados por la SINA.

– 20 de septiembre: Entrega de una donación de la organización con sede en Francia, Reporteros sin Fronteras. Robert Ménard, el secretario general, y Andrés Buchet me regalaron hojas, papel de cartas, cintas de máquinas de escribir, una docena de bolígrafos, y 1 000 dólares para financiar el llamado Buró de Prensa.

– 20 de septiembre: Fui citado por la funcionaria Robin Diane Meyer para regañarme a mí, y a Yndamiro Restano, Olance Nogueras, Julio Martínez y otros. Estaba muy molesta por un documento enviado sin consultar al Congreso de EE.UU., con la firma de 127 cubanos.

– 27 de septiembre: El periodista cubano-americano Roberto Fabricio, en aquel entonces secretario ejecutivo del Comité Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Periodismo (SIP), se reunió con un grupo en el que me encontraba. Este hombre fue director de El Nuevo Herald. Nos encontramos en la casa de los padres de Yndamiro Restano y nos pidió que elaboráramos una denuncia fuerte para presentarla formalmente ante la SIP.

– 7 de noviembre: Robert Witajewski y Robin D. Meyer nos citan a la casa del primero para que les explicáramos por qué algunos de nosotros no habíamos firmado el proyecto Concilio Cubano, a lo que le explicamos, con la cara más dura que pudimos, que éramos “periodistas independientes” y no podíamos inmiscuirnos en política. A ella le pareció razonable.

Hasta aquí la relatoría porque esta entrevista va a ser muy aburrida. Fui tantas veces a la SINA, que no te alcanzaría este libro para reseñar todos esos encuentros. Les confieso una cosa: cada vez que ponía un pie ahí, me preguntaba: “¿qué clase de periodistas independientes éramos? ¿Independientes de qué?”

Ernesto F. Betancourt

– Háblenos de la última vez que pisó la Sección de Intereses o sus dependencias oficiales…

El Día de la Prensa Cubana, el 14 de marzo. Hubo un Taller en la residencia de James Cason, con todos los “periodistas independientes”, me hicieron un homenaje por mi trayectoria en la prensa “independiente” y me entregaron un diploma. Tuvieron la mala idea de encargarme que dirigiera la discusión en el Tema de Ética. Allí estaban representantes del Gobierno norteamericano. Dije que no bastaría con una conferencia, sino que hacía falta un curso de ética, porque la inmensa mayoría de los que estaban ahí decían que eran periodistas y no tenían cultura alguna. Sus textos no alcanzaban a los de los niños de sexto grado. Con el perdón de los niños.

– Usted también creó una sección del idioma en Cubanet, ¿no?

Hacía zafra. Son tantas las barbaridades, que me sobraban para mi sección. Aparecían como si fueran la prensa cubana, pero en realidad eran de los “periodistas independientes”.

Por ejemplo, ¿tú sabes lo que es decir que un terremoto en Turquía hizo grandes destrozos en la isla de Samoa? Eso es no saber dónde rayos queda el Océano Índico. La que fue destruida fue la isla griega de Samos, la patria de Pitágoras. ¡Dios mío, qué ignorancia!
Es difícil imaginar a un Académico de la Lengua en esos menesteres…

A veces le decía a mi oficial que nada podría pagar los sufrimientos que he padecido oyendo a estos estúpidos hablando y leyendo las crónicas y las cosas que hacían. Oye, ni los muchachos de cuarto grado.

La “famosa periodista independiente” Tania Quintero no tiene ni idea de lo que es escribir, pero si consultas los periódicos norteamericanos, es una de las grandes fundadoras de la “prensa independiente” de Cuba.

Había uno ahí que era analfabeto hasta para hablar. Era santero, vivía en San Miguel del Padrón y había que ver lo que escribía. De verdad que los santos no estaban con él. Ni se le entendía lo que decía.

– ¿La Sección de Intereses le decía a usted lo que debía escribir?

Ellos no se atrevían porque me conocían bien.

– ¿Usted le daba los temas o ellos lo escogían?

– Yo no. La SINA le daba los temas a los incapacitados mentales, pseudoperiodistas… Y no solamente eso, sino que después que escribían, antes de trasmitir, iban a la Sección de Intereses para que se los revisaran por si tenían algo que políticamente no conviniera. Después que eran aprobados se trasmitía. Se quejaban de la censura en Cuba y yo los veía plegarse a la de Estados Unidos.

Ojos abiertos

Entre eso y las sandeces que decían, aquello se estaba haciendo inaguantable. Los norteamericanos hicieron esfuerzos para mejorar un poco el nivel de los “independientes”, blanco de burlas y de peleas dentro de las “aguerridas filas de disidentes”. Nos ofrecieron, a Raúl Rivero y a mí, crear una escuela dentro de la Sección de Intereses. Ninguno de los dos aceptamos. Después, me pidió lo mismo Ricardo González Alfonso: que les diera clase a los periodistas.

– ¿Cuándo fue eso?

Eso fue hace poco tiempo. Ya Ricardo era el jefe de la Sociedad de Periodistas “Manuel Márquez Sterling”.

– ¿Una escuela para todos?

No. Para su gente. Sería allí en Miramar, donde él vive. Acepté y le pegunté cuánto me iba a pagar por dar clases. Me contestó que si yo pretendía ganar más que Raúl Rivero y que él. Le dije: “¿Por qué no? Rivero es periodista, pero tú no sabes ni escribir tu nombre.” Me prometió decirme cuánto me pagaría, pero en eso llegó el Comandante y mandó a parar.

– ¿Qué decía Raúl Rivero de esa gente?

Que eran unos imbéciles. Estaba totalmente de acuerdo conmigo. Cuando la SINA quiso que diéramos clases, me dijo: no, no, cómo vamos a meternos tú y yo en eso. Son unos estúpidos, unos ignorantes. No saben ni de gramática ni de redacción, ni de nada. No nos vamos a romper la cabeza con esos estúpidos, para nada. Vamos a decirle que no. Eso hicimos.

– ¿Entrevistó a algún alto funcionario norteamericano a instancias de la SINA?

El último fue mi amigo James Carter. Digo amigo porque cuando él era presidente, me invitó a ir a Estados Unidos para que diera clases de español en la universidad donde él estudió. Cuando vino a La Habana me mandó a buscar a mi casa para que almorzara con él.

– ¿En privado?

No, había más gente. Me distinguió sentándome cerca de él, solo una persona por medio para hablar conmigo. Me preguntó sobre el Proyecto “Varela”, y le hablé con total honestidad.

Roberto Rodríguez Tejera

– ¿Qué le contó?

Es un fracaso. Oswaldo Payá no es más que un monaguillo arrepentido. A él en Cuba nadie le hace caso. Se me aparecía a cada rato en la casa: “Oye, Baguer, hágame usted una entrevista.” Regresaba al mes con lo mismo y yo le daba de largo.

Lo conocía del Cerro, donde vivíamos. Lo vi con los pantalones rotos y ahora anda con ínfulas de presidente, en un microbús. Dice que se lo regaló la Iglesia, pero todos sabemos que él lo compró. Un día le dije a boca de jarro lo que la mayoría de los “disidentes” comentan: que él daba dinero por las firmas.

– ¿Y qué le contestó?

Que era mentira, que era cosa de los comunistas. Y a mí me lo dijeron los propios contrarrevolucionarios: que lo había hecho en Oriente. Y además conozco casos de personas “disidentes”, cuya firma había aparecido en los papeles y ellos no la habían dado, porque no soportan a Payá. Ese es el caso de María Valdés Rosado.

Esa gente vive engañándose entre ellos mismos y luchando por ser el presidente que finalmente tome posesión del jamón, para empezar a repartir becas, dinero, puestos, como ocurre todos los días en casi todos los países de este mundo.

– Con Payá son dos los “futuros presidentes” cubanos que usted conoce. ¿Fueron ellos los únicos que se presentaron como tal?

¡Qué va! Ahí hay que poner también entre los candidatos a presidente de la Nueva República de Cuba Dependiente, a ese otro mafioso, a Ricardo Bofill. En realidad hay muchos aspirantes, muchas agencias de prensa y muchos partidos. Lo único que no tiene es gente que los siga. Como aquella flamante agencia de prensa que conocí en Santiago, integrada por la mamá y el hijo, y ninguno de los dos eran periodistas.

– ¿Qué decirles de los partidos? Al Demócrata Cristiano le conocí cuatro miembros.

¡Ah!, se me olvidaba otro “presidente”: Vladimiro Roca.

– ¿Por qué dice eso?

Porque él tiene ínfulas. La mujer de Vladimiro -la anterior, no la actual- era amiga mía. La visitaba y ella más de una vez me invitó a almorzar. Si iba a aquella casa, era por ella, que es una buena persona.

Voy a decir una herejía: que Blas Roca me perdone, pero qué pesado y bruto es su hijo. Es un tipo insoportable. Un día le solté algo que me salió del alma: “Si tu padre te oye, sale de la tumba y te escupe.” Blas fue un hombre leal a la Revolución y una buena persona.

¿Saben lo que me dijo de él? Que su padre había sido un imbécil, porque al triunfo de la Revolución le había regalado su partido a Fidel para que este le diera a cambio solo un puestecito cualquiera.

¡Imagínate!, yo conocí al viejo. ¡Mira qué cerebro el de este bandido! .

– Cuando se encontró con los demás agentes, ya investidos de su verdadera personalidad, ¿quién lo sorprendió más?

Tania fue mi mayor sorpresa

– ¿Por qué?

Jamás me lo hubiera imaginado. Era amiga mía, pero era una de las más duras y antiguas “disidentes”. Una fiera.

– ¿Quién más?

Orrio, el agente Miguel. Antes teníamos unas peleas olímpicas, y cuando nos vimos en el momento de la verdad, nos abrazamos y me salió del alma:

«¡Tú aquí, con lo hijo de puta que eras! ¡Y hasta tomándonos un trago juntos, carajo»

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