Evita: variaciones de una melodía inmortal

"¿Es posible reescribir a Evita, ya no como texto literario sino como legado político?" se pregunta el autor. Interpelación, irreverencia y desafíos de una presencia indeleble.

¿Desde dónde hablar de Eva? La pregunta viene desde el fondo de la historia, y de las bellas palabras escritas por Vicente Zito lema, quien tituló así uno de sus poemas. ¿Desde dónde y para qué, entonces? O más bien: ¿cómo reescribir a Evita, ya no como texto literario, sino como legado político, que contribuya a asumir con mayor firmeza los desafíos que la época impone?

 

Eva sentenció en la década del 50: “el peronismo será revolucionario o no será nada”. El peronismo (o al menos algunos de sus contornos) fue revolucionario en los años 70 y nada (al menos como identidad popular con vocación de cambio) en los años noventa, cuando en su nombre un oscuro personaje llevó adelante un verdadero peronismo del revés (ni socialmente justo, ni económicamente libre, ni políticamente soberano). El peronismo siempre fue un fenómeno ambivalente: fue rebelión y burocracia, y Evita –siempre– memoria popular activa en disputa con sus momificadores. Por eso su nombre suele ser de los más invocados del movimiento, incluso –mucho a veces—más que lo que se invoca el nombre del propio fundador.

 

Evita apasionada, despertó siempre apasionadas reacciones: fervor de admiradores, odio de impugnadores. Cuando los gorilas pintaban “Viva el cáncer”, con ella padeciendo profundos dolores en la cama, se vengaban de su irreverencia: no sólo la de instaurar el criterio de la dignidad de la justicia social frente a la infamia de la caridad, sino también la de haber osado la lengua del desafío: la de una Eva diciendo a los oligarcas que se cuidaran de atacar, porque ella no iba dejar en pie “un solo ladrillo que no fuera peronista” si esto sucedía. De allí que Evita comprara armas para entregar a los trabajadores, vía la CGT, bajo el anhelo de conformar milicias populares que defendieran lo conquistado cuando comenzaran los ataques. Porque los ataques –ella lo sabía bien– más temprano que tarde iban a llegar.

 

El peronismo se decretó fallecido en más de una oportunidad, pero como de manera brillante supo decir en los setenta el filósofo marxista Carlos Olmedo (también militante e incluso comandante guerrillero), el peronismo no es un club o un partido político, como cualquiera, sino “una experiencia de nuestro pueblo”, y como toda experiencia, nunca es igual a sí misma, y siempre es susceptible de ser reactualizada en otra clave. De allí que peronismo haya sabido ir hasta el infinito, y más allá.

 

Sin lugar a dudas, en ese ir y venir del peronismo, la figura de Eva no estuvo exenta de interpretaciones diversas. En la literatura argentina ese proceso de mutación es más que claro, y así lo hemos abordado en el libro Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo (editorial Punto de encuentro, 2016).

 

Entonces: ¿es posible reescribir a Evita, ya no como texto literario sino como legado político?

 

En 1972, Leónidas Lamborghini publicó “Eva Perón en la hoguera”, una reescritura de La razón de mi vida totalmente atravesada por la lectura de “Mi mensaje” –el texto final de Evita, su testamento–. Allí propone el método literario de las “Partitas”, que funciona como “equivalente a variaciones”, término que toma de la “partida musical”, donde el juego completo que se hace sobre un tema, variándolo y transformándolo, melódica, contrapuntística y rítmicamente, es lo que se verifica disponiendo de una serie de diversas jugadas o variaciones que el compositor hace sobre el tema compuesto. Así, las reescrituras literarias como las de Lamborghini, son como ejercicio de destrucción y reconstrucción, no de un modelo, sino de una pieza que puja por hacer surgir algo nuevo a partir de ese darle una forma diferente a la obra anterior. La ruptura con la tradición allí es muy fuerte: hay un quiebre profundo con quienes colocan a Evita en el lugar de las conmemoraciones vacías, los rituales estériles, las placas frías alejadas del calor de las pasiones, es decir, con quienes pretenden hacer de la repetición de lo pasado la fuente de autoridad en el presente (su método: petrificar todo lo que nombran).

 

Siguiendo las pistas de John William Cooke, podríamos decir que hoy también necesitamos proponer a Evita en su “significado político concreto”, como “problema revolucionario”, como “proyección” y no como “figura histórica desteñida”. En tal sentido, incluso las palabras mismas de Evita –por, en “Mi mensaje”– pueden ayudarnos a encender la llama de pasión (y sabemos: una sola chispa puede encender una inmensa pradera).

 

“No he podido vencer todavía nuestro ´resentimiento´ con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo! Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuando quema…”.

 

Y también:

“El mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo; pero enardecernos significa quemarnos para poder quemar, sin escuchar la sirena de los mediocres y de los imbéciles que nos hablan de prudencia. Se olvidan de que Cristo dijo: ´¡Fuego he venido a traer sobre la tierra y que más quiero sino que arda!´. Él nos dio un ejemplo divino de fanatismo”.

 

Odio a la oligarquía, entonces, por qué no… Y amor por los descamisados. Pasión que tiene indeleble una marca de clase. Fanatismo que a su vez enciende pasiones encontradas. Y el fuego, que enciende esperanzas y consume el cuerpo, para que queden girones, que hoy reclaman ser recuperados, y también, resignificados.

 

 

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