Et sæcula seculorum

Historias reales que son de no creer.

Atanasio

Con un nombre que quiere decir “inmortal”, cualquiera puede pasarse la vida peleando contra los arrianos y hacerse expulsar hasta cinco veces de la sede arzobispal, seguro de que todo terminará bien.

El año 325, siendo secretario del obispo de Alejandría, Atanasio defendió la ortodoxia contra los ataques de Arrio en el Concilio de Nicea. Así siguió, y durante medio siglo fue el más destacado luchador contra la herejía arriana.

La herejía arriana puede ser vista por los menos avisados como un simple problema fonético, pero –luego de la de Lutero– fue la mayor amenaza cismática a que tuvo que hacer frente la Iglesia a lo largo de su historia.

No la había inventado Arrio (que sí fue el que con mayor denuedo la defendió), sino su maestro Luciano de Antioquia, quien aseguraba que el Hijo de Dios, llamado también Logos o el Verbo, había sido la primera y más perfecta creación de Dios, hecha a partir de la nada. Fue así que Logos se encarnó en el cuerpo de Jesús, pero su alma no era humana, de manera tal que el Hijo es creación de Dios y en consecuencia no plenamente Dios. A la vez tampoco es plenamente hombre.

Una herejía blasfema que trataremos de explicar más sencillamente: para Luciano, Arrio y sus seguidores, Cristo no era idéntico (homo-ousios) sino semejante (homoi-ousios) al Creador. Los palurdos no hubieran podido advertir la diferencia, pero entre los hombres de Fe, versados en la Ciencia y en la Ley, la polémica se prolongó durante años y no quedó zanjada sino hasta que el último arriano fue quemado en la hoguera, que resulta el modo más eficaz de dirimir cualquier disputa entre intelectuales.

La paradoja original

Mirando las cosas con la perspectiva que nos dan el tiempo y la objetividad, es justo decir que la descripción de Dios que el cristianismo había recibido de sus fuentes era un contrasentido, aunque en tren de ser respetuosos diremos que “contenía una paradoja”: habiendo heredado la convicción judía de un Dios único, los Evangelios hablan de Dios bajo distintos nombres que, naturalmente, no pueden referirse a la misma persona: Padre, Hijo y Espíritu Santo aparecen en realidad como entidades diferentes. De no ser así, en vez de la conjunción copulativa y habría correspondido la disyuntiva o .

Hasta la aparición en el mercado del aceite tres en uno, la pregunta que durante siglos desveló a los cristianos fue: “¿cómo puede ser Dios uno y tres al mismo tiempo?” ¿La respuesta? Diversas herejías como el adopcionismo o el modalismo y un disparate no menor que pasaba por ser la ortodoxia: el Padre y el Hijo eran Personas diferentes de un solo Dios, doctrina que con toda razón Luciano de Antioquia tildó de incomprensible.

Inconciliador

El primer round entre la facción que a la postre se impondría, por eso llamada ortodoxia, y la que sería conocida como arrianismo, finalmente derrotada y en consecuencia, herejía, tuvo lugar en el Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino, temeroso de que la disputa teológica del cristianismo arrastrase al imperio a su propia destrucción. No era una presunción extravagante: desde que había sido excomulgado por Alejandro, obispo de Alejandría, Arrio reaccionó buscando el apoyo de otros obispos, especialmente en las provincias orientales del imperio. También tuvo éxito en ganarse a las masas mediante extraños ritos, como venerar restos mortales de gentes piadosas o entonar himnos cuyas letras divulgaban su tesis, lo que desembocó en la formación de dos bandos que solían enfrentarse en las calles y no muy dialécticamente que digamos.

En el Concilio, gracias a la elocuencia de Atanasio y al apoyo de Constantino se impuso el llamado Credo de Nicea: “Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma Naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho…”

En síntesis, que Atanasio puso las cosas en claro, pero eso le granjeó poderosos y acérrimos enemigos. Arrio, a su vez, no se iría con las manos vacías, ya que obtuvo la distinción de ser el primer escritor censurado por la autoridad secular siguiendo la indicación de la jerarquía religiosa: “Si se descubre algún tratado compuesto por Arrio–dictaminó Constantino– sea consignado al fuego a fin de no dejar memoria de tal abominación

La temible ira de Dios

De todos modos, en los años siguientes los arrianos fueron recuperando posiciones y convencieron al emperador de la conveniencia de volver a admitirlos dentro de la jerarquía eclesiástica a fin de facilitar la tan ansiada pacificación. Y maniobraron con gran habilidad, desplazando a los más importantes defensores de la ortodoxia, de manera que al morir Constantino, consiguieron que Atanasio, ya obispo de Alejandría, fuera condenado a muerte. El santo huyó al desierto de Tebas, donde tuvo oportunidad de conocer al anciano anacoreta san Antonio, del que escribió su biografía en su célebre Vita.

A todo esto, el hereje Arrio quiso celebrar su victoria en Alejandría, pero la comunidad católica del lugar se mantuvo fiel a Atanasio, por lo que tuvo que trasladar su fiesta a Constantinopla. Ahí ocurrió algo curioso: de repente, en la gran procesión, los herejes echaron de menos a Arrio. Luego de buscarlo por todas partes, lo encontraron en un retrete con los intestinos afuera. Se le habían desgajado también el bazo, el hígado y el corazón, lo que le provocó atroces tormentos. Pero no conforme con esto, Arrio se encogió por completo y desapareció por el desagüe, cayendo en el fiemo. Tenía 84 años, pero muchos vieron en el suceso ni más ni menos que el dedo de Dios.

La Trini

En Oriente la disputa se prolongó durante sesenta años más, hasta que el emperador Teodosio convocó el Concilio de Constantinopla, que empezó por aceptar las conclusiones del Concilio de Nicea en cuanto a la definición del Padre y el Hijo como de la misma naturaleza, y dio un paso más al proclamar que también el Espíritu Santo es de la misma naturaleza que Dios pues se trata de la tercena persona de la Persona de la Trinidad, doctrina que viene a ser desde entonces el meollo de la ortodoxia católica.

Los arrianos fueron condenados como herejes, tal vez por creer en sólo dos dioses y no en tres.

Pero todavía quedaban arrianos, aquí y allá. Especialmente muy allá, entre las tribus vándalas y visigodas del Lejano Occidente. A fin de atraerlos, Ambrosio, un obispo de Milán que llegaría a santo, promovió algunas perdurables modificaciones del rito católico tomadas de la técnica propagandística de los arrianos: himnos a la Trinidad, creencia en el poder milagroso de las reliquias, solemnes y fastuosas ceremonias religiosas.

La consecuencia más trascendente de la disputa y en especial de su corolario en el Concilio de Constantinopla fue que el catolicismo quedó establecido como religión de Estado. Gracias a eso, cinco años después cupo a Prisciliano obispo de Ávila, la gracia de ser el primer hereje ajusticiado por el poder secular. Desde entonces, fue posible apalear escépticos, quemar sinagogas, destruir templos o asesinar brujas sin temor a recibir sanciones legales. En justa retribución, los asesinatos políticos, los genocidios y las masacres realizadas por el poder secular han contado con la correspondiente bendición de las autoridades eclesiásticas.

COMPARTÍ ESTE ARTÍCULO

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Recibí nuestras novedades

Puede darse de baja en cualquier momento. Al registrarse, acepta nuestros Términos de servicio y Política de privacidad.

Últimos artículos

En esta nota descomponemos los resultados de las elecciones del domingo pasado. Pensamos en los debates internos de las diferentes coaliciones y las estrategias que deberán ser llevadas a cabo.
A 66 años de la autodenominada Revolución Libertadora, leemos nuestro presente y encontramos sombras de la misma, la cual amenaza el futuro y la existencia de la sociedad argentina.
El 8 de septiembre se concretó el «Dialogo de alto nivel sobre acción climática en las Américas». El mismo dejó algunos interrogantes para discernir.