“Esta elección es a todo o nada”

Consultor del gobierno y miembro de Carta Abierta, Rouvier afirma que el kirchnerismo seguirá siendo la primera minoría tras los comicios del 28 de junio pero se verá obligado a implementar una política de alianzas, si los resultados no alcanzaran para mantener el quórum propio en el Congreso.

Ricardo Rouvier trabaja para el Gobierno pero mantiene su independencia de criterio, su capacidad crítica y propositiva. En momentos muy complejos para el kirchnerismo en Capital Federal, Córdoba, Santa Fe y Mendoza, sostiene que debe jugarse a fondo y no sólo reemplazar las leyes de medios audiovisuales y entidades financieras heredadas de la dictadura, sino también poner a consideración de la sociedad una reforma impositiva progresiva para conseguir que, de una vez por todas, paguen más los que más tienen. En cualquiera caso, postula, el kirchnerismo seguirá siendo la primera minoría pero deberá darse una política de alianzas.

—¿Cómo caracterizás esta encrucijada política?

—Precisamente así: es una encrucijada. Argentina se encuentra hoy en un punto culminante en la lucha por el poder. Desde 2003, el dominio lo tiene el kirchnerismo, que hasta el conflicto con el campo acumuló poder. El kirchnerismo fue un emergente casi azaroso de la crisis de 2001. La retirada de Menem de la contienda para evitar la derrota en la segunda vuelta de las elecciones hizo que Néstor Kirchner asumiera el gobierno con poco más del 22 por ciento de los votos, a pesar de lo cual rápidamente adquirió mucha popularidad, sostenido por el consenso de la opinión pública y con pleno apoyo del duhaldismo de la provincia de Buenos Aires. La ruptura con el duhaldismo no interrumpió ese proceso de acumulación, que recién se amesetó con la reaparición de la inflación y se interrumpió cuando estalló el conflicto en torno a las retenciones a las exportaciones de soja. Fue un punto de inflexión tras el cual el kirchnerismo empieza a abandonar las ideas de transversalidad y concertación, viendo que no le daban las suficientes garantías para mantener el poder. Y se produce el fenómeno de pejotización al que asistimos. Un proceso que comenzó casi imperceptiblemente antes de las elecciones del 2007, y que hace que, a partir de entonces, el kirchnerismo no sume más poder. Por el contrario, el conflicto con el campo le hizo perder consenso entre las clases medias, y al mismo tiempo se produjo un quiebre hacia adentro, en el apoyo compacto del Partido Justicialista. Porque si bien el PJ acompañó en el Parlamento al Gobierno, hubo dudas de senadores y diputados. De otro modo no se hubiera llegado a un empate en el Senado. Desde entonces empezó a producirse un drenaje hacia afuera, por izquierda y por derecha.

—¿Quiénes son unos y otros?

—Por derecha, el pankirchnerismo: el kirchnerismo extendido a los “radicales K”. Y hacia la izquierda, Libres del Sur y (Miguel) Bonasso. La pérdida de estas alas hace que el kirchnerismo quede mucho más acotado al Partido Justicialista.

—El conflicto con el poder sojero y los ruralistas fue un punto de inflexión…

—Para la idiosincrasia peronista, el conflicto fue demasiado largo. El peronismo en general tiene una concepción de que los conflictos deben ser de corta duración, que deben ser resueltos rápidamente. Y el conflicto con el campo lleva más de un año, un tiempo muy largo para un PJ que además se ve en contradicción con algunas bases consensuales en el interior del país como en Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos. Eso llevó a la ruptura con (Carlos) Reutemann y con (Juan) Schiaretti.

—Ya antes se había peleado con un aliado natural, Luis Juez.

—Sí, pero en grandes líneas podemos decir que el kirchnerismo acumuló poder hasta el conflicto con el campo, y que a partir de su estallido, comenzó a sufrir un proceso de desgaste y desagote, de pérdida de poder. Por lo que hoy enfrenta las elecciones legislativas planteándolas como plebiscitarias. Si bien no son propiamente plebiscitarias, no cabe duda de que son elecciones de relegitimación del poder kirchnerista y se presentan como cruciales. El mismo kirchnerismo las presenta así, agitando la palabra clave en una elección legislativa de medio período, la palabra “gobernabilidad”. El mensaje del Gobierno es claro. Pone en juego la mitad de sus diputados y plantea que si no obtiene una cantidad similar, tendrá problemas de gobernabilidad.

—Pero, salvo un imprevisto, es casi seguro que perderá diputados…

—Para tener la misma cantidad de diputados, evidentemente tendría que hacer una muy buena elección. Sacando el 40 por ciento de los votos a nivel nacional no sería difícil que pudiera lograr los mismos 60 diputados que pone en juego. Hoy las encuestas marcan el triunfo del kirchnerismo como primera minoría pero en proporciones en las cuales no lograría tener la misma cantidad de legisladores nacionales. Lo que no se sabe, nadie lo sabe, es de cuánto sería la pérdida.

—¿Cómo ves a la oposición?

—Está en una etapa de cierta reorganización, pero también es muy criticada. Hay una lucha en la cual ninguna fuerza tiene el dominio completo del país. No estamos en la época del bipartidismo, ni en la época en la que el oficialismo tenía el 48 o el 50 por ciento de los votos, ni a fines del 2007 cuando con el 45 por ciento Cristina hizo una gran elección. El kirchnerismo está por debajo de eso, y la oposición está fracturada, atomizada, sin una fuerza que tenga un posicionamiento nacional. El PRO es fuerte en la Capital, donde gobierna, y avanza hacia la Provincia de Buenos Aires con el properonismo —con el problema que representa la omnipresente sombra de Duhalde detrás— pero casi no existe en el resto del país. Y la Coalición Cívica tiene un posicionamiento en la Capital y es la tercera fuerza en la provincia, también tiene algo en Santa Fe —donde quizá haga una alianza con (Hermes) Binner— y algo en Córdoba, pero tampoco tiene un verdadero posicionamiento nacional.

—En este contexto ¿cuáles son las alternativas?

—¿El peronismo será oficialismo y oposición y la Coalición Cívica será la tercera fuerza? ¿O la Coalición Cívica logrará conservar su posición de segunda fuerza como en octubre de 2007? Esa es la duda, porque no la hay acerca de que el kirchnerismo seguirá siendo la primera minoría. Lo que está en juego es de qué tamaño será esa primera minoría.

—El gobierno plantea que esta es una elección crucial, que en ella se juega el destino nacional. ¿Y la oposición?

—No plantea nada muy distinto. Se queda quieta ante ese planteo porque prevé que el oficialismo no podrá lograr todo a lo que aspira. No está haciendo ninguna propuesta. Simplemente se deja llevar por lo que llamo “el contraciclo K”. Considera que estamos transitando los finales de un ciclo y se posiciona en ese sentido, sin tener ninguna propuesta de poder. Se limita a ponderar el diálogo, propone una salida organizada, levanta los valores de la democracia, los valores institucionales clásicos sobre los que se asienta la clase media. Quizá estemos asistiendo una vez más a una situación en la cual los valores de la clase media vuelven a ser dominantes. Un proceso en el cual los medios de comunicación juegan un papel central. Porque juegan en línea con la clase media.

—Una clase media que a suele actuar en contra de sus intereses materiales en procura de la gratificación simbólica de creerse parte de los dueños del país, lejos de las oscuras mayorías que pueblan los arrabales. Pero hubo momentos en que las clases medias postulaban otro tipo de alianzas. Por ejemplo, en 2001, cuando se cantaba aquello de “piquete y cacerola / la lucha es una sola”.

—Eso se acabó hace rato. La alianza de las clases medias con los sectores populares que se había forjado en 2001 se rompió con dos conflictos del Ejecutivo: con la administración pública —particularmente lo del INDEC— y con el campo. Dos conflictos que se prolongaron mucho en el tiempo, lo que fue y es muy perjudicial en términos electorales.

—¿Qué es lo que el medio pelo más abomina de los Kirchner?

—A la clase media le preocupan mucho los procedimientos, las formas, las buenas maneras. Considera que las que utiliza el kirchnerismo para gobernar son formas “canallas” y las contrapone a “las buenas maneras”, esas que son acentuadas y elogiadas por los medios de comunicación. Con una insistencia tal que empalidecen las reformas hechas a partir de 2003, que son muchas, profundas y yo estoy personalmente convencido de que en el futuro serán reconocidas, que pasarán a la historia.

—Desde tu perspectiva, ¿qué tiene que hacer el kirchnerismo?

—Debe cumplimentar todo lo estipulado en las normas y gobernar sí o sí hasta el 2011. Si los resultados no son todo lo favorables que se pretenden, deberá implementar una política de alianzas.

—¿Ir hacia un sistema parlamentario en reemplazo del presidencialista?

—Eso es lo que plantea (Raúl Eugenio) Zaffaroni: como las candidaturas testimoniales ponen en tensión el sistema presidencialista que es culturamente el tradicional, propone pasar a un sistema parlamentario. Y es que el problema lo vamos a tener ahora en el parlamento. Necesitamos que el kirchnerismo, que será la primera minoría, tenga quórum propio para poder gobernar. Lo que implica que si no alcanzan los diputados kirchneristas, hay que tener una política de alianzas. Mi opinión es que es posible y deseable. Y que habrá que desplegarla cualquiera sea el resultado.

—Zaffaroni plantea que la crisis del presidencialismo no es un problema argentino sino suramericano…

—No es desatinado. Fijate lo que pasa en Bolivia, donde hay una tensión entre el proyecto político de transformación que lidera Evo Morales y un sistema electoral que obliga a que todos los años haya que relegitimar el modelo. Hay ahí mucha tensión. Tanta que indujo a Evo Morales a hacer algo inusitado: una huelga de hambre en el Parlamento.

—Casi nadie fuera del kirchnerismo creía posible que se planteara una Ley de Medios Audiovisuales en reemplazo de la todavía vigente Ley de Radiodifusión, en realidad un decretazo de la dictadura. Sin embargo…

—El Gobierno la impulsa para redoblar la apuesta. Es una ley que electoralmente no le conviene, pero la puso en juego para afirmar un modelo de pensamiento, un modelo ideológico. Es una apuesta estratégica. Se resolverá después de las elecciones, pero el debate ya está instalado.

—Carlos Heller plantea que, además, el Gobierno debe plantear la derogación de la Ley de Entidades Financieras que le da carta blanca a los bancos. Una ley que en realidad es un decreto que también data de la dictadura y es conocida como Ley Martínez de Hoz.

—Estoy de acuerdo con él. Y plantearía una cosa más que no fue planteada en la campaña electoral del 2007: una reforma impositiva. Si se trata de redoblar la apuesta y jugar a todo o nada, creo que hay que hacerlo a fondo. Y por lo tanto poner a la sociedad a debatir una Ley progresiva, por la cual paguen más los que más tienen. Y también impondría un impuesto a las transacciones financieras. Dos cosas que se analizaron y desecharon en la campaña del 2007. Creo que éste es el momento para plantearlas. Es ahora o nunca.

—¿Por qué?

—Plantear la reforma de la Ley de Entidades Financieras es mucho más fuerte que la resolución 125. Y también es más fuerte poner en consideración de toda la sociedad una reforma impositiva integral. En mi opinión hay que poner en una columna todo lo hecho por el Gobierno desde el 2003 hasta la fecha, que es mucho (Derechos Humanos, Corte Suprema, lo de las AFJP, la reforma del Código militar, etc.) y en la otra lo que se quiere hacer en los próximos dos años. Esa es la plataforma, la razón por la que el Gobierno necesita tener suficientes diputados. Esta campaña hay que plantearla como si fuera una elección presidencial. No es una elección legislativa más. Es a todo o nada y conviene tenerlo muy presente.

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