«Esta crisis pone en ridículo al neoliberalismo»

Arceo se recibió de abogado en la UBA y de Doctor en Economía del Desarrollo en la Universidad de París. Investigador Asociado del Área de Economía y Tecnología de la FLACSO y Profesor Asociado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, ha sido consultor de CEPAL e INTAL y es autor, entre otros, de El ALCA. Un nuevo pacto colonial; Argentina: de la periferia próspera al subdesarrollo; La nueva estructura exportadora y los dueños del poder económico; y La Argentina de los granos y la carne. Renta internacional, conformación del bloque hegemónico y formas de producción en la región pampeana. En una extensa charla con ZOOM, desarrolla un análisis pormenorizado de las causas y efectos de la crisis financiera global, su impacto en América latina, el rol de los movimientos políticos en la elaboración de salidas y la incidencia para nuestro país de la reacción del este asiático a esta debacle. Una entrevista imperdible para leer toda la semana y guardar un tiempo largo.

—La intención de esta entrevista es realizar una caracterización del impacto político de la crisis mundial actual. A modo de introducción, ¿cuáles cree que son las características más sobresalientes de esta crisis?

—Esta crisis es mucho más compleja que el simple estallido, en Estados Unidos, de una burbuja financiera centrada en el mercado inmobiliario. Se desarrolla favorecida por la fijación de una tasa de interés negativa durante la recesión de 2000-02, resultante del estallido de la burbuja centrada en la informática y las telecomunicaciones. El objetivo de esta tasa de interés negativa era impulsar la recuperación de la economía y evitar, en un contexto de un endeudamiento ya elevado de los hogares, un desplome aún mayor del mercado accionario. El efecto fue impulsar el préstamo hipotecario y el crecimiento del precio de los inmuebles, lo cual es potenciado por el desarrollo de nuevos instrumentos de crédito. Los bancos hacen “paquetes” con los títulos hipotecarios y transfieren esos créditos (y el consiguiente riesgo de cobro) al mercado, con lo cual los sacan de sus balances y pueden seguir prestando. Se trata de un negocio altamente rentable cuyo mantenimiento y ampliación exige, paulatinamente, el otorgamiento de préstamos sin ningún tipo de requisito de acreditación de ingresos por parte de los compradores o en los que durante los primeros años se pagan sólo intereses fijos, pasándose luego a pagar intereses ajustables y capital. La mayoría sabe que va a haber un momento en que no puedan pagar. Pero la expectativa es que el precio de las viviendas siga subiendo, lo que permitirá venderlas obteniendo una ganancia sobre lo pagado. Se genera así una avalancha crediticia; los bancos crean financieras a las que transmiten los paquetes de hipotecas, que se fraccionan en bonos, es decir en títulos que dan un derecho a la participación en los ingresos generados por las hipotecas y los venden a otros bancos y financieras, así como al público. Pero la economía se reactiva también en base al crédito al consumo. El aumento del precio de las casas incrementa el patrimonio de los hogares, que acceden a mayores créditos vía la obtención de segundas y terceras hipotecas sobre las casas, ampliación de los créditos de tarjetas de crédito, etc. El ahorro de los hogares se reduce a menos del 1% y se agiganta el endeudamiento de la economía familiar. Finalmente, cuando comienzan a incrementarse, ya en un contexto de tasas de interés más elevadas, los incumplimientos en el pago de las deudas hipotecarias y las ventas de casas se desaceleran como consecuencia del creciente desequilibrio entre su precio y el ingreso de los hogares, la burbuja estalla y con ella la cotización de los bonos hipotecarios, que constituían una porción importante del patrimonio de muchísimos bancos y entidades financieras. Al caer la cotización de los títulos hipotecarios, los bancos pierden capital y deben contraer el crédito y reequilibrar sus balances mediante la ampliación de su capital. Lo cual resulta, para muchos, imposible en estas circunstancias. Se produce así una crisis de crédito y, finalmente, una crisis de solvencia bancaria. Esto determina una contracción de la actividad económica y la crisis se amplía a los créditos de tarjetas de crédito, préstamos estudiantiles y de venta de automotores, que también han sido transformados en paquetes de títulos y fraccionados en bonos que integran los activos de múltiples entidades financieras de todas las economías centrales, adquiriendo la crisis un alcance mundial.

—La crisis ¿sólo pone de manifiesto la actitud aventurera de las entidades bancarias, fundamentalmente norteamericanas, en un marco de desregulación que hizo posible todas las maniobras?

—Yo creo que no. La recuperación de la tasa de ganancia en los Estados Unidos (y en el conjunto de los países centrales) tiene lugar, a partir de mediados de los ochenta, mediante un aumento del producto mayor al del capital, en el marco de un lento crecimiento del capital por obrero y de un crecimiento de la participación de los beneficios en el producto como resultado de salarios estancados y de la apropiación por el capital de los débiles incrementos en la productividad del trabajo. Esto dio por resultado una recuperación de la tasa de ganancia con reducidos niveles de crecimiento.

Sin embargo, a partir de 1995, la economía de los Estados Unidos crece más que la de los restantes países centrales. Lo hace apoyada en dos burbujas especulativas y el privilegio de poder sustentar un déficit externo creciente y de gran magnitud gracias al papel del dólar como moneda de reserva y como reserva de valor.

El hecho de que este crecimiento se dé bajo el impulso de burbujas no debe sorprender: el aumento de los beneficios en mayor medida que la inversión, determina la existencia de una plétora de capital en busca de oportunidades de ganancias financieras. Esto se traduce en sucesivas burbujas que asuelan durante los años ochenta y buena parte de los noventa a la periferia y ahora a la mayor economía del mundo. El punto de partida es un sector de la economía que presenta condiciones excepcionales de rentabilidad (el sector de las telecomunicaciones a partir del ‘95, el inmobiliario, luego), cuyo crecimiento acelera la expansión de la economía. Paralelamente se produce un rápido incremento de la especulación financiera, con el consiguiente aumento de las cotizaciones bursátiles y del precio de los bonos y una acelerada expansión del consumo y del crédito a éste como resultado del “efecto riqueza” derivado de la elevación del precio de los activos financieros. Hasta que la sobreinversión en el sector líder determina, finalmente, el comienzo del derrumbe.

Pero lo que interesa destacar es otro aspecto de este proceso. En ambos ciclos, aunque en distinta medida, se produce una elevación de la inversión ligada a una caída de la tasa de beneficios que tiene lugar en 1997 (aunque el ciclo expansivo dura hasta el 2000) y, luego, en 2006. Por una parte,el producto tiende a crecer menos que el capital y, por otra, los salarios tienden a aumentar, disminuyendo la participación de los beneficios cuando el desempleo es aún del 4%. Esto remite, en definitiva, a un insuficiente crecimiento de la productividad cuando aumenta la inversión de capital por obrero.

Se trata de un problema estructural y no coyuntural.

—Exactamente. Los crecimientos de productividad se producen, fundamentalmente, en un sector muy restringido de la economía (la producción de maquinaria, incluida electrónica y bienes de consumo durable) y la caída del precio relativo de sus productos no genera, al menos con la distribución del ingreso existente y el actual grado de internacionalización de su producción, una expansión de la demanda capaz de ampliar sustancialmente el campo de la inversión real. Esta ampliación se da en el marco de burbujas y, cuando ello ocurre y se expande la inversión, la economía choca con el debilitamiento de la tasa de ganancia resultante de un aumento insuficiente de la productividad en la economía en su conjunto. Esto significa que el problema que enfrentan las economías centrales es mayor que la superación de la crisis.

Esta se resolverá en un plazo más o menos largo y tendrá, seguramente, una profundidad elevada. El sector financiero, no sólo norteamericano, deberá reestructurarse y ello determinará una mayor concentración y centralización de éste, pero también el desarrollo de mayores controles tendientes a evitar burbujas de similar magnitud.

En el caso norteamericano, además, se producirá un ajuste importante en la tasa de crecimiento del consumo, dado el insostenible nivel de endeudamiento de los hogares y esto supondrá, probablemente, que Estados Unidos tendrá, al menos en el mediano plazo, tasas de crecimiento similares a las de los otros países centrales. Es decir, tasas mediocres, dados los límites que impone la tasa de ganancia a la elevación de la inversión y cuya superación implica modificaciones en la dinámica de la acumulación que van mucho más allá de la resolución de la actual crisis.

—¿Este descenso en la tasa de crecimiento de los Estados Unidos implicará la aceleración de su pérdida de peso relativo en la economía mundial?

—No solo eso, sino también una crisis del modelo global de crecimiento de los últimos quince años, en el que el exceso de demanda de Estados Unidos y su consiguiente déficit externo se traducía en un impulso al crecimiento liderado por las exportaciones de la Unión Europea, y en especial Alemania y del Este de Asia.

Estas regiones van a tener que pasar a un modo de acumulación centrado en mayor medida en el mercado interno o experimentarán, sobre todo en el caso de China, una notoria desaceleración. El Este de Asia, en especial, basaba buena parte de su dinámica en lo que se ha dado en llamar el segundo Bretón Woods, donde el desequilibrio externo de los Estados Unidos era financiado por los grandes exportadores a fin de mantener la tasa de expansión de sus ventas. Una menor tasa de crecimiento de mediano plazo de los Estados Unidos va a limitar tanto el desequilibrio externo como el crecimiento de sus importaciones, independientemente que, tras la crisis, haya un rebote importante en su crecimiento facilitado por la caída de los salarios y el aumento de la desocupación. Se trata de un escenario que, además, puede ser notoriamente agravado por la aplicación de políticas más proteccionistas por parte de Estados Unidos.

—¿Y cuál sería la repercusión en las economías periféricas proveedoras de China, como la nuestra?

—Un caída del crecimiento chino, que hasta ahora no se produjo en términos significativos, arrastrará a las economías que, como la argentina, son fuertemente dependientes, directa o indirectamente, de su demanda de alimentos y materias primas y además generará una fuerte presión sobre las economías periféricas exportadoras de manufacturas, que deberán enfrentar, en un contexto recesivo, una competencia acrecentada.

—Relacionado a esto, vemos que tiene poca prensa el impacto de la crisis en China, ¿esto se debe a un manejo político?

—En China ya cayó la tasa de crecimiento del 12 al 9%, lo cual no es una caída excepcional, pero sus exportaciones han experimentado ya una fuerte desaceleración y ha tomado medidas muy fuertes para neutralizar, en alguna medida, su impacto: baja de la tasa de interés, incremento del crédito y un plan de casi seiscientos billones de dólares, cuya magnitud es evidente si se compara el tamaño de su economía con la norteamericana y que el sonado rescate financiero de Estados Unidos es de 700 billones de dólares. Este plan está orientado al mejoramiento de la infraestructura (condición indispensable para la efectiva unificación de su mercado interno) y aparentemente a la mejora de la educación y la salud, sobre todo en las áreas rurales. Esto, creo, se relaciona no sólo con la crisis, sino también con la orientación adoptada en el último congreso del PC en el sentido de achicar la creciente brecha entre el campo y la ciudad y extender a las áreas rurales la seguridad social. También, me parece, se orientan en la misma dirección ciertas medidas, como la sanción de una nueva legislación laboral a nivel nacional que establece indemnizaciones por despido, eleva el salario mínimo, regula en mayor medida las condiciones de trabajo, etc. y la exhortación, en la zona costera, a la creación de sindicatos no controlados por el partido y orientados a defender los derechos de los trabajadores frente a sus empleadores. Todo esto tiende, creo, no sólo a un mayor equilibrio social sino también a un paulatino cambio del eje de crecimiento hacia el mercado interno, el cual es acompañado de crecientes críticas a la política de las transnacionales, a las que imputan no transferir tecnología y de un ambicioso plan destinado a la creación de tecnología local.

Ahora bien, incluso si esta es la intención, el cambio de eje del crecimiento no va a ser ni fácil ni rápido. El crecimiento chino se apoya en una tasa de ahorro del 40%, con la cual, más las inversiones extranjeras, alcanza un crecimiento del 10 u 11% anual, y el gobierno chino estima que necesita un crecimiento mínimo del 8% para que no se produzcan graves desequilibrios en el mercado de trabajo. Por lo tanto, no cabe esperar una brusca reducción del ahorro a favor del consumo de bienes industriales relativamente sofisticados (lo cual sería una salida para la capacidad excedente que se va a crear en el sector exportador), ya que la disminución de la brecha ciudad-campo requiere que el estado se apropie de ahorros urbanos y los transfiera al campo, respecto al cual ha tomado importantes medidas destinadas a aumentar la producción.

Resumiendo, si el gobierno chino perdura en esta línea, que sin duda va a ser reforzada por la crisis, es probable que la tasa de crecimiento de mediano plazo baje, lo cual va a tener un impacto sobre el resto de la periferia más allá de la actual crisis.

—¿Qué se entiende hoy por periferia?

—La periferia ha estallado en los últimos 30 años. Hoy tiene un núcleo dinámico, periférico pero dinámico, en el sudeste asiático, que está inserto en una nueva división del trabajo en el plano internacional. Es una nueva división interindustrial del trabajo internacional, en la que estos países luchan duramente por aumentar la sofisticación de sus exportaciones por estar sujetos a un deterioro muy fuerte de sus términos del intercambio. La periferia inserta en la anterior división del trabajo –productos primarios por industria– principalmente América Latina y África, es, en términos globales, la gran perdedora de este período, aunque en los últimos años se ha visto beneficiada por el boom en el precio de las materias primas y de los alimentos. Creo que lo que está sucediendo al respecto en este terreno pone de manifiesto, por otra parte, un fenómeno muy relevante. Hasta el año 2007, la demanda de China e India, pero también el rápido crecimiento de la economía mundial en su conjunto, eleva los precios de los alimentos y las materias primas, pero éstos no superan el nivel de otros períodos de término de intercambio favorables. Sin embargo, a medida que se desinfla la burbuja del inmobiliario se crea un nueva burbuja como resultado del desplazamiento de capitales especulativos a los mercados de futuro de bienes primarios, generando aumentos de hasta un 50% de sus precios. Muchos se apresuraron a anunciar una nueva etapa histórica, extremadamente favorable para los productores primarios. Sin embargo, no bien se complicó la situación financiera, estos capitales se retiraron, generando, aún antes que la demanda experimentase cambios significativos, una caída que barrió con los aumentos experimentados durante 2008, provocando luego descensos suplementarios por la amenaza de recesión mundial. Esto demuestra que muchas de las expectativas sobre que la demanda china cambiase la suerte de estos países eran ilusorias.

En general, los fuertes giros en los términos del intercambio duran menos de cinco años, el tiempo que la producción tarda en expandirse lo suficiente, aunque en las presentes circunstancia, en el mediano y largo plazo, el petróleo puede ser una excepción.

—¿Cuál cree que será el impacto de la crisis en América Latina?

—Va a depender, en gran medida, de la duración de la crisis. Si la fase aguda de la crisis dura dos o tres años, en nuestra región habrá una contracción de las tasas de crecimiento y, muy probablemente, para bastantes países, crecimiento negativo, deterioro de las condiciones sociales y no mucho más. Esto significa la agudización de los conflictos. Hace unos días leí una entrevista a Eric Hobsbawm, en la que le preguntaban qué impacto tendrá la crisis. Él afirma más o menos lo siguiente: si yo miro la crisis del ’30, hubo un viraje hacia la izquierda en Estados Unidos y un viraje hacia la derecha en todos los países del centro. Él dice que teme que esté pasando lo mismo ahora, ya que lo que se ve en Europa es xenofobia, avance de los partidos de derecha, intentos para defenderse cada uno y echar a los extranjeros, etc. En nuestra región, la crisis del ’30 generó otras cosas. Un frente popular en Chile, por ejemplo, pero no podría decirse que fue un avance de las izquierdas latinoamericanas. Pero esa etapa duró mucho, casi 15 años, si se tiene en cuenta la interrupción del comercio por la guerra. En ese tiempo surgieron muchos nuevos actores que van a eclosionar en la posguerra con el surgimiento de diversos movimientos populistas en América Latina. Lo mismo pasaría ahora si la crisis fuera de similar profundidad y extensión.

Si la crisis es, en cambio, relativamente corta, como es probable, va a haber crecientes conflictos sociales pero sin posibilidades de cambios estructurales y de surgimiento de nuevos actores. Además, uno cosecha lo que siembra, y la izquierda latinoamericana ha sembrado más bien poco en los últimos años, sobre todo en nuestro país. No ha denunciado con suficiente fuerza las implicancias de un proyecto que pretende hacer descansar el crecimiento en la producción primaria, los límites que tiene la burguesía para imponer un programa alternativo, y no ha generado un programa de transformación económica y social que le permita capitalizar la crisis.

No soy, por consiguiente, optimista en lo inmediato. Y sin duda va a haber problemas muy graves en Venezuela y Bolivia, pero también, aunque de magnitud menor, en el resto de la región. Y me parece que en varios países la derecha tratará de capitalizarla.

La crisis obliga a un reacomodamiento de las fuerzas sociales pero esto no significa que el mismo sea, necesariamente, favorable para las fuerzas populares.

—¿Cuáles cree que son o van a ser los principales campos de disputa de la derecha en nuestro país?

—A mí me preocupa el clima ideológico que es capaz de generar. Ya lo vimos con el conflicto del campo y ahora se ve con las AFJP: “Yo lo que quiero son mis fondos, yo lo que quiero es mantener la renta”. De todas maneras, hay que reconocer acciones en el sentido contrario, pero todavía no veo el salto de las broncas populares a los proyectos políticos. Y las broncas pueden terminar en fascismo, eso ya lo sabemos. Entonces el asunto es como se procesan las broncas genuinas y cómo ganamos el sentido común, pero hemos avanzado poco en esa dirección pese a una realidad propicia para intervenir en ese plano. Esta crisis, de todos modos, con el salvataje desesperado del capital financiero por el estado, pone en ridículo al neoliberalismo, demostrando que en definitiva los beneficios son para el capital y las pérdidas son para la sociedad. Esto debería ser un detonador, pero solo puede ser detonador en un discurso que ponga de manifiesto esto y que a la vez ofrezca salidas. Pensar que la salida es espontánea, que automáticamente las masas procesan esto, no es cierto. Ahí está el papel que deben jugar los movimientos, los partidos políticos y los intelectuales.

—Volviendo al plano internacional, vemos cómo en las últimas décadas se fortalecieron organismos supranacionales representando bloques o alianzas. ¿Cuál va a ser el papel del Mercosur en esta crisis?

—A mí me gustaría poder responder que se fortalece lo regional y pasamos a nuevas políticas. Yo tengo muchas dudas, sobre todo por el reciente viraje de Brasil, y la posición que tuvo de dejar pedaleando a Argentina en la ronda de Doha. Ahí apoyó la posición de Estados Unidos buscando entrar al mercado norteamericano, aún a costa de sacrificar sectores de su industria, suponiéndola suficientemente fuerte para no ser arrasada completamente. Brasil está haciendo una apuesta muy grande a su capacidad de producción de biocombustible a partir de la caña de azúcar, ya que todavía tiene una frontera agraria a expandir y esta es una diferencia fundamental con la Argentina. En estas condiciones, yo estaría muy atento a lo que pase con la política energética de Estados Unidos. Mc Cain planteaba liberar la entrada de biodiesel, para bajar los costos de la energía y limitar la dependencia. Obama no dijo que no a esta opción, aunque sumó diversas alternativas. Y esta es una gran carta para Brasil.

Frente a esto, hay proyectos muy claros, como el de Venezuela, que pretende el pasaje del Mercosur de un mercado común a un proyecto común de desarrollo. En lo inmediato, el peso de Brasil es decisivo y por eso impulsa la conformación de UNASUR, pero desde una política que procura consolidar el predominio brasilero sobre América Latina y desde esa posición negociar con Estado Unidos. Esta no es, evidentemente, la estrategia de los otros países, y esta es una tensión real cuyo desenlace depende, en buena medida, de lo que pase políticamente en Brasil, que va a elecciones, y de cuál sea la política energética de los Estados Unidos. En términos estrictamente económicos y dejando de lado los discursos, Argentina está tratando de acomodar todo lo que puede los acuerdos del Mercosur para defender su industria. Uruguay pretende llegar a un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos y Paraguay busca aún su espacio. Esto es solamente superable en el marco de un proyecto de crecimiento conjunto en el marco de estrategias comunes de desarrollo.

—Pero hay escollos importantes para poder lograrlo. La volatilidad política de los países dificulta trazar estrategias a mediano plazo…

—Exactamente, pero además no hay sujeto interesado en esto, no hay burguesías nacionales que estén empujando este proceso. Y los gobiernos populares están realmente en situaciones volátiles. La resolución de las contradicciones dependerá de cómo se estructuren políticamente los sectores populares en la región. Depende de cuál sea su evolución. Si el PT va a seguir siendo lo que es hoy o si va a devenir un partido revolucionario. De cuáles sean las características que asuman los sectores populares en la confrontación política que hay en Argentina, etc… Estas son variables que nos remiten al plano político y para las cuales no creo que las condiciones económicas sean determinantes. Son los cambios de relaciones de fuerzas políticas internas y en la región en su conjunto, los que pueden determinar que en vez de romperse de hecho el Mercosur se genere un proyecto superador. Creo, en definitiva, en la necesidad de eliminar cualquier análisis reduccionista. Marx decía que los hombres hacen la historia en condiciones determinadas. Las condiciones cambian, pero cómo hacen la historia los hombres tiene que ver con lo político, lo ideológico, con las relaciones de las fuerzas sociales, con las construcciones históricas.

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