Esperança não tem fim…

La postura del presidente de Brasil en su breve paso por Uruguay abrió cautas expectativas sobre la superación de los múltiples conflictos con los socios menores del Mercosur. Sólo resta encarnar en hechos la inocultable voluntad política expresada.

No hacía falta ser un fino analista para entender que las cosas entre Brasil y Uruguay no andaban bien cuando, el 3 de noviembre último, Luiz Inácio Lula da Silva dejó plantado a Tabaré Vázquez en la Cumbre Iberoamericana de Montevideo. El reelecto presidente de la octava economía del mundo adujo cansancio por la larga y dura campaña electoral que lo mantendrá otros cuatro años en Planalto y se fue con su esposa a una playa nordestina mientras en el hotel Radisson el rey de España hacía el gasto y ensayaba su “facilitación” en el conflicto entre Uruguay y Argentina.

Vázquez jugó fuerte y le devolvió el desplante: cuando Brasilia propuso que Lula llegara a Montevideo el 8 de diciembre, desde aquí le contestaron que eso no sería posible por “problemas de agenda”, y en cambio sí fue recibido en Suárez el presidente venezolano Hugo Chávez para almorzar y luego volar juntos a Cochabamba. No conforme con ello, el equipo económico encabezado por Danilo Astori boicoteó un seminario académico sobre el Mercosur que organizó la embajada brasileña en Montevideo ese mismo día, al cual a ningún jerarca de esa área le fue permitido asistir.

Más allá de la conveniencia de un gesto así, motivos para el hastío no faltaban: un camión que quiera pasar la frontera uruguayo-brasileña debe esperar en promedio 40 horas, mientras que si lo hace por el lado argentino el trámite lleva tres veces menos; la cosecha de arroz, que en su mayor parte era exportada a Brasil, tuvo que ser otra vez malvendida porque una ley estadual de Río Grande del Sur impide la entrada; y aunque en 2006 el vecino norteño volvió a ser el principal destino de las exportaciones (14% frente a 13% de Estados Unidos), la balanza comercial entre ambos países sigue siendo muy favorable a Brasil. Para completar un cuadro tan poco alentador, Itamaraty sigue cerrando los ojos al conflicto entre Montevideo y Buenos Aires con el buen pretexto de que ninguno de ambos le pidió ayuda, aunque todo el mundo comprende que en esa postura está defendiendo una alianza estratégica bilateral con su viejo competidor.

Cambio de tono

Cuando el Frente Amplio llegó finalmente al gobierno, muchos analistas destacaron que la coincidencia ideológica entre los presidentes de izquierda sería un gran punto a favor de la integración. De hecho, el segundo acto que realizó Vázquez como presidente, el 2 de marzo de 2005, fue inaugurar con Lula unas obras de la cervecera Ambev en Paysandú.

Pero el estancamiento del Mercosur, que llevó al gobierno uruguayo -con la casi única excepción de la cabeza de la cancillería, no del staff principal del Palacio Santos- a poner los ojos casi fijos en el norte anglosajón, no era ninguna sorpresa cuando Lula asumió su primer gobierno en 2002. Ya en el programa del Partido de los Trabajadores (pt) se aludía críticamente al problema, aunque luego durante los cuatro años de su primer gobierno poco y nada se hizo para cambiar la situación.

Las energías de la política exterior bajo el gobierno de Lula se dirigieron a una escala mundial y a mercados mucho más interesantes: India y Sudáfrica, un compromiso reiterado recientemente durante la primera reunión de alto nivel de los tres países que se realizó en el Palacio de Itamaraty, después de que el presidente se encontrara con su par sudafricano, Thabo Mbeki, y el primer ministro de India, Manmohan Singh. Eso sin contar a China o al África de antiguo dominio lusitano, la Unión Europea y el propio Estados Unidos, donde Brasil colocó históricamente buena parte de sus exportaciones.

Enunciados aparte, para el primer gobierno de izquierda en Brasil la integración regional se limitó casi a reforzar la bilateralidad con Argentina, coincidiendo con el desembarco en ese país de capitales norteños que ayudaron a salir de la brutal crisis haciendo muy buenos negocios.

Por puro azar o por una jugada maestra de Vázquez, la tendencia de éste a seguir, contra todo pronóstico, el camino de Jorge Batlle y profundizar las relaciones “carnales” (y cárnicas) con Estados Unidos, redundó en una reacción positiva de Brasilia.

Eso explica la visita relámpago de Lula a Anchorena, el lunes 26, apenas unos días antes de que llegue el presidente estadounidense.

Para los encargados de la seguridad, el protocolo y las relaciones con la prensa, el arribo de Lula a la estancia presidencial -incluida una pequeña excursión de pesca en el río San Juan- fue una gran cosa porque sirvió como ensayo general para cuando arribe, el viernes 9, el más complicado George W Bush. Para el equipo económico que lidera Astori, sin embargo, que Lula finalmente haya aterrizado en Colonia con buena parte de su staff logrando recuperar credibilidad significa de alguna manera un palo en la rueda en su sueño de una integración regional abierta.

El ministro de Economía no dio señales de haber variado el rumbo tras la breve cumbre. Mientras el presidente habló de un cambio “histórico” y una “profunda inflexión”, y el canciller Reinaldo Gargano lucía complacido porque se veía a sí mismo como artífice de los avances, Astori fue mucho más moderado y, si bien reconoció que se abren mejores perspectivas para solucionar los múltiples diferendos, no perdió oportunidad de insistir en su idea de “seguir explorando” todo lo posible por el lado estadounidense.
Otro de los hombres cercanos a Vázquez, el ministro de Transporte, Víctor Rossi, entrevistado en Televisión Nacional el miércoles 28, también fue moderadamente optimista respecto a las soluciones aportadas por Brasil.

Pero muchos analistas coinciden en que el viaje a Anchorena es parte de un cambio respecto a los socios menores que se está produciendo en la política exterior brasileña durante el segundo mandato de Lula.

El economista José Manuel Quijano dijo a BRECHA que “se trata de un cambio importante” y que existen señales claras respecto de que Brasil, al que por su tamaño las transformaciones le llevan tiempo, está variando la manera de trabajar en la región.

Como posibles cartas que se tienen para avanzar realmente, Quijano ponderó la intención de Brasil de eliminar el doble arancel externo, el impulso a los proyectos conjuntos de inversiones, la reducción del porcentaje de componentes extrazona para el ingreso de productos uruguayos a la región sin pagar impuestos, y la mejora de la situación en la frontera.

Daniel Rótulo, especialista en relaciones internacionales de la Universidad ort, también se mostró optimista. Defensor sin ambages de la integración regional, reconoció no obstante que hasta ahora se agravó el déficit de la balanza comercial, se profundizó el bilateralismo entre Argentina y Brasil, y que existen serias dificultades tanto para localizar inversiones como para el acceso al mercado brasileño, pero destacó que, pese a no compartir la amenaza velada de un posible retiro uruguayo del Mercosur, el gesto autoafirmativo del gobierno uruguayo generó preocupación y cambios en Brasilia.

Rótulo no ocultó su disgusto con la eventual “chilenización” de la política exterior uruguaya y advirtió que el país está en una coyuntura crítica luego de que este gobierno heredara dos situaciones complejas: una inédita aproximación a Estados Unidos y un Mercosur muy devaluado. A su vez, insistió en que la visita es una señal positiva y que se está ante “un muy buen panorama”.

Los más incrédulos, entre ellos la especialista en relaciones internacionales de la Universidad de la República Serrana Castro, sostienen, por el contrario, que se trata apenas de un gesto para calmar un poco las cosas, y destacan que los diplomáticos norteños consultaron con la Casa Rosada antes de dar un paso en Uruguay.

Lula hizo algunos esfuerzos en pos de convencer de que su nuevo planteo es sincero. En su discurso ante la prensa -en el que no aceptó preguntas- trató de justificar los retrasos y dijo que con el aprendizaje de su primer período de gobierno ahora está en condiciones de meterle mano a la integración regional. Con relación al cruce de caminos que representaría que Uruguay avanzara por su cuenta en alianzas fuera del bloque, dejó dudas al mejor estilo de la diplomacia brasileña: por un lado recalcó que cada país es libre de negociar por fuera pero también que existen normas a respetar.

En cuanto a las repercusiones locales, es evidente que el viejo sueño de una política exterior de Estado no parece estar en su mejor momento. Mientras las interpretaciones en el gobierno varían según uno se acerque a Gargano o a Astori, la oposición descree que exista un giro como ha interpretado el presidente. El ex canciller y actual senador blanco Sergio Abreu resumió la visita de Lula como “una palmada en el hombro y una amenaza velada”. Los ex presidentes Jorge Batlle y Luis Alberto Lacalle tampoco se entusiasmaron demasiado, porque en realidad hace tiempo que no creen en esperar a Brasil y Argentina para salir al mundo.

De gendarme a socio

Por una cuestión de escala, Uruguay sólo puede interesar a Estados Unidos en el mismo registro que otrora interesó a los ingleses: como cuña. En la segunda mitad del siglo pasado, Brasil jugó el papel de subimperialismo armado desde el norte. En 2007, más que una Operación 30 horas como se diseñó en 1971 para el caso de que el Frente Amplio ganara las elecciones, el vecino, ya crecido, apuesta a un camino propio con un liderazgo regional que no sea percibido como hegemónico. Aunque hace unos meses un trasnochado general brasileño colocó un tanque mirando a la frontera uruguaya, la “vocación subimperialista” ahora es planificada ya no desde un estado mayor militar sino desde los cuarteles generales de las empresas (véase recuadro).

Pese a que no se lo reconozca, en esa lucha estratégica Brasil compite con Venezuela. Los comentarios críticos que salieron desde Anchorena a propósito de la próxima visita de Chávez a Buenos Aires, y su acto en el estadio Luna Park en simultáneo con la presencia aquí de Bush, son un ejemplo reciente de esa competencia.

En estos dos años Uruguay se ha movido entre Washington, Brasilia y Caracas, aunque nada de ello haya impedido que su frente más problemático siga siendo en Buenos Aires. Si el estancamiento de la integración regional se supera, la opción latinoamericanista -coherente con una posición de izquierda- habrá avanzado varios casilleros. Que Brasilia haya mandado a Montevideo a un hombre muy activo y de confianza de Lula como embajador, es una buena señal para quienes siguen apostando a la región, aunque ningún diplomático por mejores capacidades que despliegue podrá solo contra los intereses de los capitanes de empresa paulistas.

En los próximos meses se sabrá a favor de quién se define esta pulseada: si el arroz logra ingresar a Brasil, los camiones pasan menos horas en la frontera y la balanza comercial logra un equilibrio, las palabras vertidas en Anchorena se verán respaldadas con hechos. Si nada o poco de eso ocurre, el país estará más cerca del camino chileno y de la visita de Lula quedará poco más que las fotos amables, el recuerdo de un asado criollo más y la extensa declaración de 41 puntos (véase recuadro) archivada en algún cajón.

Asimetrías, palabra clave

Si hubiera que juzgar la cumbre de Anchorena por sus resultados concretos, el saldo no sería demasiado alentador. Reparar un puente sobre el río Yaguarón, construir otro, cooperar en materia de biocombustibles (un asunto en el cual Brasil es líder mundial y que Lula se apresta a negociar con Bush), poner en marcha el Fondo de Convergencia Estructural (Focem), establecer comisiones de seguimiento, y estudiar seriamente inversiones en el sector automotor u otras, si bien son medidas positivas no cambian en sustancia una situación complicada.

La prensa brasileña, sin embargo, leyó el encuentro Vázquez-Lula como una concesión a Uruguay. “Brasil hace concesiones para intentar asegurar a Uruguay en el Mercosur”, tituló Estado do São Paulo. Por su parte, Zero Hora interpretó que “Uruguay presiona y Brasil cede”. El verdadero cambio podría producirse si Brasil concreta -tal como aseguró Lula en Anchorena, según dijo a BRECHA una alta fuente del gobierno uruguayo- su disposición a conceder a sus tres socios (incluyendo a Argentina, que alegó ser un “un país chico”) la eliminación del doble cobro del arancel externo común.

Si efectivamente esa medida se concreta, entonces los negocios de exportaciones e importaciones con Brasil podrán hacerse a precios mucho más competitivos, lo que redundaría en un notorio beneficio para Uruguay, especialmente para aumentar el papel del puerto de Montevideo como nodo de distribución a la región.

Esa decisión de Brasil, sumada a una eventual derogación de la ley estadual que impide el ingreso del arroz y a la reducción del porcentaje de componentes extrazona para reexportar un producto sin pagar aranceles, serían los principales avances.

Otro rubro que serviría a Uruguay, aunque no necesariamente para abatir asimetrías, es la inversión que está estudiando el grupo Camargo Correa en Queguay, departamento de Paysandú. Se trata de unos 130 millones de dólares que se colocarían en una planta de cemento destinada a la exportación. El grupo se mueve en varios rubros de la construcción y la industria (entre otros las célebres Hawaianas) y factura una cifra superior a los 4 mil millones de dólares anuales. En el cemento, ancap está negociando también con la venezolana pdvsa para la reconversión de las plantas con que cuenta actualmente la empresa, y que por su obsolescencia producen a un costo cuatro veces mayor que su competidora de origen catalán.

El resto de las inversiones anunciadas ya estaban en marcha desde antes. Por ejemplo, la interconexión energética de 500 megavatios tardará al menos dos años más en concretarse. Otra obra que está en vías de estudio entre Petrobras, ute y ancap es la instalación de una planta de regasificación que permita cierta independencia del gas natural argentino.

Las trabas internas de Lula

Un informe elaborado por varios técnicos uruguayos a fines del año pasado realizó severas críticas a la situación del Mercosur (véase BRECHA, 8-XII-06). La opinión de los técnicos también se vio reflejada en el gobierno, en su mayoría más entusiasmado con la idea de negociar fuera del bloque que con mantener la disciplina detrás de Brasil. La idea del equipo económico se habría visto frenada por dos motivos básicos: la fuerte oposición que se dio en la fuerza política, y los tiempos políticos internos de Estados Unidos que harían inútil seguir discutiendo la firma de un TLC en las actuales condiciones.

Entre los ministros uruguayos que participaron de la reunión con Lula quedó el convencimiento de que el presidente de Brasil efectivamente quiere dar pasos concretos para superar la situación.

Esa actitud de Lula ya se había puesto de manifiesto en marzo de 2005, cuando una delegación del gobierno progresista viajó por primera vez a Brasilia. En ese momento Lula dio la razón a los ministros José Mujica y Jorge Lepra, que habían sufrido serios reveses en las negociaciones con sus pares brasileños.

Pero las dificultades internas de Lula no son fáciles de superar. En el caso concreto del arroz, por ejemplo, el principal dirigente de los arroceros de Río Grande del Sur, Walter Jose Potter, ya se manifestó en contra de las facilidades que daría el gobierno federal y de alguna forma anunció conflictos poco antes de la cosecha.

Una fuente del gobierno brasileño dijo a BRECHA que su país tiene claro cuáles son los obstáculos y está dispuesto a eliminarlos. “Sabemos cuáles son los problemas y no nos sentimos bien con ellos, por ejemplo el superávit a nuestro favor en el comercio con Uruguay. Nos gustaría sí tenerlo con Japón, China, Estados Unidos o la Unión Europea, pero no con Uruguay”, sostuvo.

El funcionario reconoció que su país debe tomar medidas para eliminar trabas burocráticas y fitosanitarias ficticias que entorpecen el tráfico en la frontera, y estimó que las medidas que se están adoptando para corregir las asimetrías darán resultado en el mediano plazo, aunque también llamó la atención sobre la ausencia de proyectos uruguayos concretos. “Con la leche y el agua Salus no alcanza”, se quejó.

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