Espectros de Cooke, filósofo militante

Ante un nuevo aniversario de su partida, el retorno de un maldito, más allá de efemérides y ceremonias, la actualidad de un pensamiento en acción

Cooke es nuestro filósofo militante, el que supo albergar en su ser las preocupaciones por el presente y la historia nacional, la perspectiva de unidad de la Patria Grande Latinoamericana y los desafíos de construir una nueva humanidad, a la vez que comprendió de manera cabal que toda batalla política, económica y social requería de una profunda lucha cultural.

Por eso en Cooke no hay teleología ni etapismo posible. No se trata de librar primero la lucha económico-social (reivindicativa- sindical), luego la política (disputa en y por los sentidos del Estado) y finalmente, en el algún tiempo remoto, la cultural (el “tipo-humano” de la nueva sociedad). Tampoco se trata de librar la resistencia por abajo y después disputar el Estado y, quedarse en él más allá de los planteos en torno a qué hacer en los lugares de poder estatal que se ocupen. 

Es en este sentido que no suena raro escuchar (o leer), el trayecto vital de Cooke: de Diputado Nacional a un simple militante fundador de la Revista De Frente; de delegado personal de Perón y único heredero del General (por única vez en la historia del peronismo), a militante de ARP, Acción Revolucionaria Peronista, una agrupación más bien marginal dentro de la tendencia oficial del Movimiento en aquél entonces; de organizador de la perspectiva insurreccional a escritor de diversas revistas políticas y culturales. Este carácter siempre militante hace que no haya en él escisión entre los libros, las armas y las alpargatas. 

Cooke pensó con los pies bien asentados en las tierras de su patria, enarboló discursos siendo un jovencísimo diputado durante el primer peronismo y empuñó un arma para defender el gobierno popular cuando la reacción conservadora interrumpió por la violencia homicida el segundo mandato de Juan Perón (escena que se repetiría en la resistencia, primero a escala nacional, con caños y sabotajes –incluso tras padecer la cárcel— y luego, en el plano continental, siendo miliciano de la Revolución Cubana, haciendo el aguante con uniforme verde oliva a las tropas imperialistas norteamericanas que desembarcaron en la Isla). 

Quizás por todo esto, apelando a referencias claramente gramscianas, Horacio González se refirió al Bebe como “nuestro filósofo de la praxis”, definición que de algún modo podemos poner en serie con la de Gabriel Fernández, para quien Cooke representó “el punto más alto de reflexión teórica al interior del universo cultural del peronismo”. Ese gramscismo, junto con un temprano sartrismo, hicieron de Cooke un creativo marxista, sin por eso dejar de ser peronista. Un “hereje de dos iglesias”, al decir de Miguel Mazzeo. Porque en Cooke son tan importantes Antonio Gramsci como Evita; Jean Paul Sartre como Perón; Ernesto Guevara como Juan Manuel de Rosas; Alicia Eguren como Fidel Castro. 

El modo en que aparece conceptualizado el peronismo, por todo esto, es uno de los más lúcidos, tempranos y persistentes. En Cooke el peronismo siempre es dinámico, nunca estático. Por eso más que como identidad, aparece como experiencia, adelantándose así a su mejor discípulo, Carlos Olmedo, quien años más tarde reelaborará con tintes propios algunos de estos planteos. 

Perspectiva plebeya 

En su libro Humanismo, resistencia e impugnación. Cuadernos olvidados en un viejo pupitre, Horacio González recupera un debate en torno a Cooke que hoy, entendemos, se nos torna fundamental. A saber: la diferencia entre las lecturas populistas y las plebeyas, éstas últimas –entre las que quisiéramos inscribir asimismo estas líneas- al calor de dos nombres propios que expresan una búsqueda generacional: la de Miguel Mazzeo y la de Diego Sztulwark. De éste último González cita un breve pasaje de su libro la Ofensiva sensible. Populismo y el reverso de lo político, que asimismo aquí volvemos a recuperar:

VA EN FORMA DE CITA: “El cookismo es una manera de leer la lucha de clases en Argentina, aprendiendo a distinguir plebeyismo de populismo. El peronismo supo contener, sobre todo luego de 1955 –fecha a partir de la cual Cooke da por agotado el programa de la revolución burguesa de 1945– dos vertientes antagónicas de lo nacional-popular: una resistencia obrera antiimperialista en constante radicalización y un sistema de liderazgos estratégicos conservadores, incapaces de ir más allá del sistema burgués, marcado por la intervención del estado en la regulación del conflicto. Si el plebeyismo es un movimiento de decodificación, de ruptura del mando del capital, el populismo implica una operación de captura de lo plebeyo: es un movimiento que se orienta ´desde arriba´ para contener e imitar lo que emerge desde abajo”.

Respecto de Mazzeo, González destaca que es un autor en el que el peronismo aparece para el populismo bajo el “fenómeno de la simulación”. El biógrafo de Cooke y temprano compilador de algunos de los “textos traspapelados” del Bebe y de varios trabajos sobre su obra y trayectoria, retornará en su libro Poder popular y nación algunas cuestiones, fundamentalmente sobre esta contraposición entre la perspectiva populista y la no-populista para leer lo popular. Por eso Mazzeo insiste en los aspectos equívocos e indefinidos y en los ejes oscilantes de lo nacional-popular, que en nuestro país –como en buena parte de Nuestra América—se ha desempeñado como plafón para políticas diversas y divergentes, incluso incompatibles, sin por eso negar su importancia como “narrativa interna” de las clases subalternas. Y de allí su importancia para proyectar una perspectiva revolucionaria de lo nacional-popular, en claro linaje con los planteos de Cooke. Escribe Mazzeo:

“La disputa hegemónica contiene necesariamente una disputa por el significado de la nación y la patria. Si se abandona irresponsablemente este plano, si la fuerza política, organizativa, institucional alternativa no se combina con el desarrollo de un poder cultural y simbólico capaz de obtener un liderazgo nacional (la nación como proyecto político remite también a un hecho cultural), directamente se anula todo horizonte hegemónico, toda capacidad contra-hegemónica”. 

En estas perspectivas de articulación entre pueblo, nación y revolución, anidan algunos de los aspectos fundamentales del legado Cooke. 

Espectros

El ensayista argentino Eduardo Rinesi, que ha tomado a Hamlet para desde el teatro clásico dar un paso en la reflexión y la elaboración teórica sobre la política, supo escribir –en su libro Restos y desechos. El estatuto de lo residual en la política– que la emblemática obra de Shakespeare era una tragedia sobre la derrota. “Sobre la derrota y también (pero, también) sobre la vuelta. Sobre la derrota pero también sobre el no quedarse quieto y derrotado, sobre el estar siempre volviendo, como un espectro, de aquello o de aquellos que han sido sacados, corridos, desplazados –por lo general, violentamente—del camino. De la ruta. Tirados, por así decir, a los basurales de la historia”. 

Cooke murió el 19 de septiembre de 1968. No fue, como tantos otros militantes revolucionarios, asesinados por las fuerzas de la reacción. Murió enfermo de cáncer, luego de años de lucha que incluyeron momentos de prisión, de fuga, de exilio. Cooke murió en las vísperas del ciclo de luchas de masas más intenso de la historia argentina, cortado abruptamente por el terrorismo de Estado, que pretendió cortar de raíz esa memoria popular que se expresó con claridad en el peronismo, pero que a su vez retomó otras estaciones de lo nacional-popular. Sin embargo, luego de la última dictadura cívico-militar, incluso en los momentos de mayor recuperación de nuestra historia, su figura no brilló como la de otras. De algún modo, Cooke quedó siendo el gran descartado de la historia, el que se menciona pero no se recupera plenamente, y el que supo caracterizar al peronismo como hecho maldito del país burgués, terminó siendo él mismo la parte maldita del peronismo burgués. 

Por eso, su recuperación, hoy, más allá de efemérides o conmemoraciones, requiere de un trabajo intenso sobre el archivo: leerlo, volver a publicarlo, ponerlo a circular (como viene haciendo la editorial Punto de Encuentro dentro de su colección “Cabecita negra”).

Como filósofo militante, Cooke pensó, escribió, teorizó sobre el suelo histórico en el que accionó. Por eso toda lectura suya en la actualidad requiere de las mediaciones del balance histórico, que es el balance de la derrota histórica de las apuestas por la revolución. 

Ante la comandancia cubana, en pleno auge de la primera revolución socialista del continente, Cooke supo decir: “en Argentina, los comunistas somos nosotros (los peronistas)”. Era su forma provocadora de afirmar que la revolución en nuestro país pasaba centralmente por el movimiento que emergió con una insurrección obrera en octubre de 1945. Discutir hoy que quiere decir peronismo y revolución en nuestro contexto es una tarea cookista por excelencia. 

El crítico cultural británico Mark Fisher supo sostener, en su libro Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, que, de lo que se trata, es de no dejar ir al fantasma (del comunismo, ese que Marx y Engels anunciaron en 1848). “El espectro no nos permitirá acomodarnos en las mediocres satisfacciones que podemos cosechar en un mundo gobernado por el realismo capitalista” (donde es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo). 

Cooke, resto maldito de la historia del peronismo, puede ser ese resto que no resta, que retorna como lo reprimido incluso dentro de las propias filas (como síntoma de un deseo de emancipación aún vigente). 

No acomodarnos a un peronismo de la derrota, que actúe en una democracia de la desigualdad que se asume como dato natural de la época, es el mejor modo de homenajear a Cooke, de traerlo a la actualidad, de proyectarlo a hacia un porvenir donde la justicia social y la soberanía nacional vuelvan a estar en el centro de la escena de un proyecto que se proponga cambiar todo lo que deba ser cambiado.

 


Mariano Pacheco. Ensayista y comunicador popular, nacido y criado en la Zona Sur del Conurbano. En la actualidad vive en la ciudad de Alta Gracia, provincia de Córdoba.

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