Esma, modelo para armar

Causa Popular reproduce con enorme orgullo el siguiente artículo escrito por la periodista Lila Pastoriza, ex detenida – desaparecida y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención y Exterminio de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), cuyas instalaciones han sido destinadas por el Gobierno Nacional para un “Museo de la Memoria” el pasado 24 de marzo, cuando se cumplieron 28 años del último golpe de estado argentino que dejó 30 mil desparecidos. La nota forma parte del último número de “Puentes”, la publicación de la Comsión de la Memoria de la Provincia de Buenos Aires. A la luz de la convocatoria nacional para resolver los destinos de las instalaciones de la ESMA, este documento resulta un aporte didáctico ineludible.
Por Lila Pastoriza

El anuncio presidencial de creación de un Museo de la Memoria ha generado debates en los que con frecuencia se superponen y entremezclan cuestiones dispares, incluyendo temas básicos relativos a la memoria y sus usos ( qué se hace con el pasado, cómo y para qué se lo aborda), las referidas en particular a nuestra historia reciente (qué se busca trasmitir, cuál es el relato, quienes lo construyen), la relación específica entre el Estado y los organismos de la sociedad civil, entre los numerosos temas que, desde distintas miradas, atraviesan la discusión.

Se trata de un debate que recién empieza y no funcionan aún de modo estable ámbitos que reunan las diferentes voces. Es entendible. Aunque durante años la lucha de los organismos de derechos humanos por la verdad y la justicia constituyó en si misma una ímproba tarea de sostén de la memoria, los trabajos específicos dirigidos a la posibilidad de una política pública de memoria recien comenzaron a ser encaminados hacia fines de los 90 por parte de actores especialmente interesados (organismos de derechos humanos, estudiosos de esta temática y algunos funcionarios públicos). El anuncio gubernamental, inserto en cambios inimaginables un año atrás, a la vez que transformó el tema en punto clave de la agenda política , extendió su debate a nuevos actores y sectores sociales, exigió a quienes ya venían trabajando una “puesta al día” a tono con las nuevas demandas.

De todos modos, tomando en cuenta los temas abordados en reuniones, charlas y en las numerosas discusiones que re-lecturas y artículos publicados recientes suscitaran , es posible destacar algunos ejes del debate, siempre vinculados entre sí. Hay cuestiones estrechamente ligadas a un gran tema, los modos de construcción del relato del pasado en relación con el presente y con sus usos. Otro eje es el centrado específicamente en la narración de nuestra historia reciente y el tercero, las visiones del Museo.

Construir memoria

¿Qué es la memoria? ¿ Un retorno al pasado que a través de bases de datos y redes de archivos logre la “memoria verdadera”? ¿O una elección, nunca neutral, jamás aséptica que se reapropia críticamente de lo ya acontecido?”. La pregunta por la “inocencia” o intencionalidad de la memoria, directamente vinculada con su modo de operar sobre el pasado y sus usos hacia el presente y futuro aparece como cuestión clave a la hora de interrogarse sobre las políticas públicas de memoria.

¿ Hablamos de un cántaro vacío a “llenar” con documentos y recuerdos o de un proceso que, desde interpretaciones y deseos , va y viene hacia el pasado, rehaciéndolo? “Toda memoria es una construcción de memoria : qué se recuerda, que se olvida y qué sentidos se le otorgan a los recuerdos no es algo que esté implícito en el curso de los acontecimientos sino que obedece a una selección con implicancias éticas y políticas”, sostienen Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga.[1] No hay memorias “puras” ni que “broten”espontáneamente de los hechos. “La memoria es un instrumento maravilloso pero falaz”, decía Primo Levy. Si la memoria es política, si es “espacio de batallas”, si es lugar de verdades y mentiras , como sostiene Ricardo Foster, puede tener “malos usos”: banalizar el pasado, tergiversarlo o repetirlo hasta hacerlo estéril , sacralizarlo , emplearlo para aliviar conciencias, para ejercicio nostálgico y paralizante.

Este carácter selectivo para olvidar y recordar que es “hacer memoria” puede sostener discursos únicos y relatos hegemónicos sobre el pasado. Mónica Muñoz lo ejemplifica con el prólogo del Nunca Mas cuando éste afirma que la mayoría de los desaparecidos eran “ inocentes de terrorismo”, forzándose así una determinada interpretación de los hechos con sus consiguientes efectos en términos de eximir al lector de todo cuestionamiento acerca de si quiénes no eran “inocentes” merecían ser torturados y desaparecidos.

¿De qué modo trabajar con la memoria entonces? Si la memoria se construye , ¿cómo construirla? Muñoz, citando a Walter Benjamín ( “ el articular históricamente lo pasado no significa conocerlo ‘tal y como verdaderamente ha sido’ sino adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro”) concluye que “no se trata de construir memoria porque sí” sino de hacerlo en función de un proyecto que discuta de qué queremos apropiarnos para “transformar la historia en memoria y construir un camino por el cual marchar(…) el camino que le da a un pueblo el sentido de su identidad y su destino”.

Desde un lugar similar, Pilar Calveiro[2] ubica al presente, a la realidad actual, como impulso de la memoria. Aludiendo a nuestro pasado reciente, se pregunta : “¿Cómo construir las memorias colectivas, necesariamente múltiples de esta historia?” Y responde, tambien siguiendo a Benjamín : “Es el presente , o mas bien, son los peligros del presente , de nuestras sociedades actuales , las que convocan la memoria. En este sentido se podría decir que ella no viene de lo ocurrido en los años setenta sino que arranca de esta realidad nuestra y se lanza al pasado para traerlo, como iluminación fugaz , como relámpago, al instante de peligro actual ” .

Si de esto se trata, construir la memoria pública del terrorismo de estado debería partir de un debate inicial que determine desde las necesidades del presente, aquello del pasado que busquemos apropiarnos. ¿Qué valores deben afianzarse hoy socialmente para sustentar la salida de la situación que atravesamos? ¿En qué espacio de nuestra historia próxima resuenan fuertemente? De las respuestas dependerá qué pasado se convoque. A riesgo de simplificar demasiado, parece obvio que seleccionarán recuerdos y olvidos al menos dispares quienes demanden orden y seguridad y aquellos que reclamen una sociedad justa y solidaria. Y también que amplios sectores que acuerden fuertes puntos de partida construirán memorias que convivan y discutan.

Qué historia contar

Y aquí parece otro de los ejes del debate. ¿Qué historia “contará” el Museo de la Memoria? ¿Desde qué consenso se impulsará la construcción de memorias disímiles que puedan sostener un relato? ¿Cuál será el “guión” que sustente lo que allí se exponga o represente?
La narración de lo ocurrido en nuestro país es una brasa ardiente. Por ser una historia tan próxima, cuyos protagonistas participan del debate actual y que implicó a toda a una sociedad que aun no termina de asumirlo. Y fundamentalmente por la naturaleza de lo aquí ocurrido, la ejecución planificada de crímenes de lesa humanidad a manos del terrorismo estado contra un sector de los argentinos, algo que supera largamente la violencia histórica pero que durante bastante tiempo permaneció “naturalizado”, inmerso en ella.

Daniel Feierstein[3] analiza la relación entre el modo en que narran lo ocurrido las sociedades pos-genocidas y los resultados que estas narraciones producen, en tanto logren o no realizar simbólicamente lo que los genocidas se propusieron cuando eliminaron a un determinado grupo social : esto es, clausurar la posibilidad de que se reintente otra modalidad en la formas de relacionarse de los hombres..Según el autor, esta “realización simbólica “ se produce si las narraciones, en lugar de negar burdamente los hechos ocurridos, trastocan la lógica, intencionalidad y sentido que se les atribuye. Ocurre si se desvincula al genocidio del orden social que lo produjo, al presentarlo como “inenarrable” (y, por consiguiente imposible de ser comprendido teóricamente), al remitirlo a la patología de la perversión o la locura, al negar la identidad de las víctimas en la figura del “inocente”, al transferir la culpa – y equiparar la responsabilidad de genocidas y víctimas resistentes – a través de la lógica de la responsabilidad colectiva, al hacer de la recreación morbosa del horror el vehículo del terror y la parálisis.
Algunos de los elementos sobre los que alerta Feierstein aparecen en versiones circulantes sobre la etapa del terrorismo de estado. Hay varios relatos posibles y en conflicto. ¿ Cuál de ellos incorporará otras voces y logrará sustentar nuestro relato público de estos hechos? ¿El de la lucha entre dos facciones frente a una sociedad atónita? ¿ El de la reacción impuesta a las Fuerzas Armadas por la agresión terrorista de jóvenes idealistas instrumentados ? ¿El de los excesos a manos de psicópatas y enfermos que asesinaron víctimas inocentes? ¿El de una intransferible irrupción del “mal absoluto” en nuestra historia? ¿El de una prolongada lucha social, política y armada donde el sistema planificó eliminar a la oposición política radicalizada? Estas y otras posturas – libran una batalla política en la escena argentina presente sobre temas no resueltos. De ahí el fuerte impacto que se produce desde el advenimiento de la democracia cada vez que se pone en juego la memoria.

En los días que rodearon al anuncio de la creación del Museo , numerosos artículos periodísticos y programas televisivos dieron cuenta de la polémica generada. La derecha y sectores vinculados a la represión argumentaron que la medida reabriría heridas e impediría la reconciliación, impulsando el poco novedoso “borrón y cuenta nueva”. .

Por su parte, los numerosos sectores que demandan verdad y justicia y sostienen la memoria del terrorismo de estado integran un amplio arco de miradas diferenciadas frente a la comprensión del período. El debate que en forma larvada o abierta se desarrolla entre ellos no apunta tanto a la centralidad del terrorismo de estado (cuya responsabilidad diferencian claramente de la correspondiente a otras violencias) sino acerca de la explicación del proceso histórico que lo hizo posible, con especial énfasis en el rol que jugaron las organizaciones armadas.

Así, el historiador Federico Lorenz señala que “la responsabilidad de las organizaciones guerrilleras en hechos de violencia debe ser explicitada y expuesta tanto como el terrorismo de estado. Pero no de un modo tal que permita una operación de homologación entre una y otra forma de violencias, fundamentalmente distintas.” Feierstein , por su parte, enfatiza que, con frecuencia, “ se confunden y entrecruzan dos discusiones. Una cosa es plantear el análisis crítico de la política desarrrollada por cualquiera de las organizaciones de izquierda de aquellos años(….) Pero otro asunto muy distinto (y con otros efectos) es utilizar esta crítica necesaria, para adjudicar una parte (sea la que fuera) de la responsabilidad de los asesinatos a las organizaciones que los sufrieron”.

El trabajo de Oberti y Pittaluga, desde una fuerte preocupación por el análisis de la militancia de los años 70, avanza también en este tema : “Si hay algo que ofrece pocas dudas es la desmesura del terror que se implementó (…).Pero esto no nos impide señalar otras cuestiones; pretendemos que sean las prácticas y las definiciones políticas de la izquierda armada de aquellos años el objeto d e una memoria crítica. Si el terror de la dictadura no se explica por sus antecedentes inmediatos, tambien es cierto que el accionar de las fuerzas de la izquierda armada debe ser desmontado si se quiere comprender a esas fuerzas- junto con sus experiencias y expectativas- como sujetos activos antes que como víctimas pasivas”.

El momento actual puede ser, sobre la base de considerar múltiples miradas, la oportunidad de dar un debate profundo. Por ahora, las discusiones se desarrollan de modo disperso. Los organismos de derechos humanos se reunen regularmente en torno al tema del Museo de la ESMA y es probable que también lo hagan otros actores. Se requiere definir el vínculo entre Estado y los organismos de la sociedad civil, trazar los canales que interrelacionen a los distintos ámbitos en los que hoy se registran discusiones e intercambios y precisar el modo en que los diferentes actores intenten construir los consensos necesarios y posibles. Quizás éste sea uno de los caminos para evitar las eventuales manipulaciones y discursos hegemónicos que algunos sectores parecen temer tras la fuerte presencia del estado en el impulso a las políticas públicas de memoria. En todo caso, se trata de que la participación, la definición de los roles y el fortalecimiento del debate hagan de este impulso estatal una palanca que ayude a avanzar hacia la apropiación crítica de una etapa- la del terrorismo de estado, la de la militancia- que sigue siendo asignatura pendiente en términos de presente y de futuro.

Las visiones del Museo

¿Cómo se vinculan estos análisis con la discusión sobre el Museo a instalarse en la ESMA? Un espacio/museo sobre el terrorismo de estado debe representar y trasmitir qué fue, en qué consistió, como se gestó ese fenómeno. Si además, el museo está ubicado en al ESMA (un ex centro clandestino de detención y exterminio de tipo emblemático) cumple de hecho una intransferible función testimonial: la ESMA en sí misma, expuesta y aun desnuda representa incontrastablemente el gran crimen que constituyó el terrorismo de estado. Este es el punto de máximo consenso para empezar a pensar en el Museo. A partir de aquí, y sobre la base precisamente del necesario y prolongado debate exigido por la multiplicidad de visiones sobre el período, se esbozan distintas propuestas . Varias de ellas plantean alternativas que separan en mayor o menor grado el rol “ testimonial ” del museo del Centro Clandestino de Detención ( “ museo de sitio” o “sitio histórico”) de la “explicación/interpretación” del terrorismo de estado, localizada en otro ámbito, por lo general, dentro del mismo predio. Otras no incluyen este aspecto, restringiéndose al museo de la ESMA en tanto centro de detención.

La propuesta del sociólogo Alejandro Kaufman[4] plantea que el Museo (del “Nunca Mas”) debe representar con rigor el crimen de lesa humanidad allí perpetrado, contextualizándolo históricamente pero prescindiendo de las explicaciones y causalidades y de cualquier tipo de intervención que relativice lo acontecido. Kaufman sostiene que esta “barrera a la negación del horror” podría constituir un punto de partida para la convivencia en el país, un “nunca más” que no dividiría sino todo lo contrario.

“(El Museo) no necesita polemizar ni sostener un debate -señala-. Sólo debe mostrar y demostrar la naturaleza del dispositivo, de la mecánica del crimen…”. No es un museo sobre los 70 ni dedicado a recordar o mostrar la violencia. “ Porque no se trata del contexto ni de las causas, ni tampoco siquiera de las responsabilidades. Todo ello también es indispensable, pero es una tarea compleja y sin fin ,alrededor de la cual no es posible ni deseable articular una sola voz ni una sola versión”

Para Kaufman, el sentido de este Museo es mostrar de una vez y para siempre, ante nosotros y el mundo, “qué fue la ESMA, cómo fue la ESMA y qué sucedió en la ESMA”. Y agrega : “Tal museo no puede emprender más que esta tarea ciclópea. No tiene como misión comprender ni enseñar sobre la historia ni sobre la violencia sino mostrar eso y nada mas que eso que tuvo lugar allí. Tendría un grado de contextualización e historicidad, pero solo en la medida necesaria para sostener la base material de la memoria”. El museo – que no impediría otros emprendimientos dispares, allí mismo o en otro lado- debería incorporar, testimonios, historiografía rigurosa, lugares, objetos, disposición, recuerdos .

Desde la mirada de un historiador, Federico Lorenz sostiene que si pueden pensarse dos destinos para la ESMA – el que busque “fijar la memoria de un hecho traumático” y el que pretenda “contar qué sucedió allí, cómo y porqué”- el sitio ESMA debe ser preservado, señalizado, abierto a los visitantes como emblema de “una forma específica de violencia social”, pero sugiere que su historia se explique y cuente en otro Museo y que se haga con el concurso de mas actores que los directamente implicados en los hechos.
Entre los organismos de derechos humanos, dos de ellos han aportado sendas propuestas de discusión sobre el destino del predio de la ESMA como Espacio de la Memoria en las que diferencian nítidamente al “sitio histórico ESMA, Centro Clandestino” del lugar ”Museo del terrorismo de Estado”/ “Muestra Permanente”) que daría cuenta de los temas generalmente incluidos en la comprensión de los hechos de la etapa. En ambas propuestas el “sitio ESMA ” abarcaría el Casino de Oficiales (y algunos otros edificios del predio) donde se representaría lo que allí ocurrió (con el aporte de varios elementos -maquetas, listas de detenidos, fotografías, relatos orales, etc- según cada proyecto, pero sin proponer la reconstrucción de las condiciones anteriores ). Las dos propuestas incluyen otras actividades, como centros de información y documentación , muestras itinerantes, exhibición de materiales audiovisuales. Uno de los proyectos propone una Colección permanente de Arte Político y un Centro de Estudios Universitarios en Derechos Humanos (además de un Lugar de Escrache Permanente , a propuesta de HIJOS, con fotografías e historias de los represores).

Una propuesta claramente diferenciada[5] es la que plantea que el predio en su totalidad (declarado Monumento Nacional y resguardado por su carácter probatorio en las acciones judiciales) no deberá tener otro destino ni función que el de ser testimonio del terrorismo de estado en su calidad de centro clandestino de detención y con sus consiguientes efectos pedagógicos. Se considera que no debe funcionar en ese predio ninguna institución estatal ni privada , al entenderse que el movimiento que supondrían vaciaría de contenido el espacio. Esta prpuesta plantea, además de señalizar, colocar paneles explicativos, etc, la reconstrucción de todo el predio y sus instalaciones, como cuando funcionaba como centro clandestino.

Más allá de los debates pendientes sobre éstas y otras propuestas, varios organismos de Derechos Humanos – entre ellos los nucleados en Memoria Abierta y la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos – del mismo modo que sobrevivientes de la ESMA, académicos y profesionales han señalado la necesidad de realizar jornadas, exposiciones y debates sobre los temas que hacen al Museo y a la construcción de la memoria. Esta tarea, cuyo antecedente es la emprendida hace unos años en las discusiones previas a la elaboración del proyecto del Instituto Espacio de la Memoria que sancionó la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, puede generar ámbitos propicios para avanzar en la discusión de los proyectos hacia eventuales consensos.

En este sentido, y siendo la relación entre el Estado y el movimiento de los derechos humanos un tema históricamente conflictivo entre los organismos y que hoy deberá redefinirse en torno a las políticas publicas de memoria y la creación del Museo, parece conveniente incorporar a las discusiones las experiencias realizadas en estos años, en particular en la Ciudad de Buenos Aires(cuyo gobierno desarrolló varias iniciativas de construcción de memoria con la participación de organismos y actores sociales) en la Comisión Provincial de la Memoria de la Provincia de Buenos Aires y en otros emprendimientos del interior del país.

Otro aspecto en discusión es el referido a quiénes construirán las memorias y relatos. Es indudable que deben incorporarse a la discusión nuevos actores que a partir de sus distintas historias, intereses, actividades y pertenencias generacionales aporten otras miradas sobre cuestiones que con frecuencia se discuten en grupos relativamente cerrados sobre su práctica. Sin embargo, esto no puede llevar a cuestionar o subestimar la participación en los debates de personas “implicadas” (familiares, ex detenidos, etc), relativizando el peso de sus opiniones, supuestamente “sesgadas por el sufrimiento”, como algunos afirman. El hecho de que estas personas hayan vivido experiencias dolorosas por haber recibido en carne propia los embates del terrorismo de estado no puede constituir un factor que afecte su participación, más aun cuando muchas de ellas han sido el sostén de la memoria durante décadas.

Otro tema sería que cualquiera -“ implicado” o no- pretendiera imponer su postura recurriendo a “titulos” que sustituyeran a la validez de los argumentos. Como en otras cuestiones, también respecto de la existencia de “dueños “ de la memoria, la única garantía contra pasa por el ejercicio de la participación democrática.

Este 24 de marzo

Creo que en el debate informal en curso ha incidido notoriamente, además de la decisión de crear el Museo , el marco en que esa medida fue tomada. La decisión presidencial estuvo acompañada por actitudes de fuerte implicancia política y simbólica, como lo es en sí misma la recuperación de la ESMA y los gestos consiguientes, dirigidos a la condena sin atenuantes del terrorismo de estado y, a la vez, a la reinvindicación de las víctimas en tanto integrantes de una generación militante.

Así apareció en varios hechos. La visita del Presidente al predio junto con los sobrevivientes implicó de parte del estado un categórico “hacerse cargo” de su responsabilidad y el reconocimiento hacia quienes se intentó invisibilizar tanto como a los propios desaparecidos. La lectura de los poemas de Ana María Ponce, militante montonera asesinada en la ESMA , y la voz de los hijos allí nacidos y robados a sus madres, supusieron actos de hondo sentido reinvindicatorio de las víctimas. La exaltación de su lucha por una sociedad mas justa y solidaria, y la condena inapelable al crimen de lesa humanidad del terrorismo de estado fueron los elementos centrales del mensaje que quedó inscripto.

Más allá de la hojarasca levantada por “errores comunicacionales” y disputas, y más allá también del caso Blumberg,, lo cierto es que los hechos que alcanzaron su punto mas alto el 24 de marzo extendieron al conjunto de la sociedad civil un debate que estaba circunscripto a los sectores mas implicados , generando una nueva “oleada de memoria” y el consiguiente estallido de la disputa política por el sentido del pasado presente. En 1985, el Juicio a las Juntas Militares probaba de modo tajante – aun bajo el vigente discurso de los dos demonios- el papel central del estado terrorista en la masacre ocurrida en el país. Los casi veinte años transcurridos desde entonces estuvieron signados por la lucha sorda o abierta por imponer la impunidad o la justicia, el olvido o la memoria.

Esa tensión que en otros momentos produjo las rebeliones carapintadas por la impunidad, o las movilizaciones de 1996 que marcaron el comienzo de su fin, pareció apuntar, este 24 de marzo en la ESMA , a recorrer un trayecto diferente: él que busque establecer, en interacción con el pasado, los valores que el país pueda darse para regir la convivencia y las relaciones sociales. “ Asistimos al proceso que conduce a la construcción de nuevas valoraciones fuertes, es decir, a la decisión de ligar los aberrantes hechos del pasado con un ideal de justicia que ahora encontró su espacio moral en un espacio urbano”, señaló la psicoanalista Eva Giberti[6], a propósito del Museo de la Esma

Si esto llega a ser así, no es un hecho subestimable en un país donde muchas conductas indiferentes ante los crímenes de ayer se reiteran hoy ante la pobreza y exclusión . Y no lo es tampoco en relación con la necesidad de construir memoria. Sobre todo si, como sostiene Pilar Calveiro, ella “arranca de esta realidad nuestra y se lanza al pasado para traerlo, como iluminación fugaz , como relámpago, al instante de peligro actual ”.

RECUADRO APARTE

Respecto al Casino de Oficiales como centro de debate sobre lo que allí se debería mostrar. Para vos como sobreviviente, qué debería mostrarse, qué de tu experiencia tendría que estar «expuesta»?.
Pienso que en el predio de la ESMA deberán asignarse espacios diferenciados al Museo específico de ese centro clandestino, al Espacio de la memoria del Terrorismo de Estado y a otras iniciativas (históricas, artísticas, educativas, académicas, etc) en torno a la memoria de nuestra historia próxima.

Creo que en el casino de Oficiales y demás edificios adonde eran llevados los prisioneros deberá funcionar el Museo del Centro Clandestino de Detención y Exterminio que fue la Escuela de Mecánica de la Armada.
Este Museo debe representar lo que allí ocurrió: el funcionamiento de la mecánica desaparecedora : el circuito del secuestro/tortura al traslado, la burocratización de la represión, su organización, el arrasamiento y deshumanización de los prisioneros , el camino a los NN).

A la vez debe dar cuenta de la persistencia de lo humano en las formas de resistencia de los prisioneros, sus líneas de fuga, su cotidianeidad.. Debe consignar los nombres de los prisioneros, quienes eran y, en los casos en que sea posible, su vida en prisión. .

Debe consignar la historia de la ESMA como centro clandestino, la de sus “grupos de tareas”, quienes eran los represores, y las especificidades de ese centro: el proyecto de Massera, la colaboración y la actitud de los prisioneros. El funcionamiento de la ESMA como centro de exterminio y de partos. Las prisioneras embarazadas.

Me interesa que el Museo logre que el visitante, al conocer y sentir lo allí ocurrido, reflexione sobre cómo esto fue posible y de qué modo se puede evitar su reiteración. A este fin creo que debe quedar claro que éste no fue un sitio al margen del mundo, de la sociedad, del sistema en que vivimos, sino todo lo contrario. Importan entonces la contextualización histórica, los elementos que ayuden a situar y entender, pero también los que muestren que esta planificada ejecución de la muerte no fue obra de psicópatas sino de gente mas bien común decidida a eliminar “ los elementos extraños al ‘ser nacional’ : los subversivos y disolventes”. De ahí la importancia de mostrar las rutinas, las personas, la relación entre los prisioneros, y su vínculo con guardias y represores, la vida cotidiana de los prisioneros.

Como sobreviviente, hay un mandato casi imposible en relación con los compañeros ausente , el que enuncia Primo Levy : “ que un resto de las palabras de los que ya no pueden hablar encuentre un espacio, un ámbito de audición , una representación, en el propio presente”. Ese es nuestro intento. El museo algo puede hacer. Rescatarlos como sujetos activos que apostaron sus vidas a proyecto que transformaran la sociedad y mostrarlos en su humanidad: sus grandezas y desaciertos , dramas, dudas y flaquezas.

El museo debe recurrir a objetos, lugares, señalizaciones, maquetas, fotografías, voces grabadas, relatos de sobrevivientes, etc, para narrar y representar lo ocurrido. Creo que es posible hacerlo evitando las reconstrucciones y formas de exhibir que supongan un montaje del horror.
Pienso que hay textos imprescindibles para elaborar el guión de este Museo : el libro “Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina”, escrito por Pilar Calveiro, ex detenida en la ESMA, y numerosos testimonios y relatos.

[1] Oberti, Alejandrta y Pittaluga, Roberto. “¿Qué memorias para qué políticas?”.En El Rodaballo No 13, Buenos Aires, invierno 2001

[2] Calveiro, Pilar. “Memorias virósicas. Poder concentracionario y desaparición de personas en Argentina”, México DF, 2003

[3] Feirestein, Daniel. “las formas de realización de las prácticas genocidas”, en Seis estudios sobre el Genocidio, Eudeba, Buenos Aires, abril 2000.

[4] Kaufman,Alejandro. “Museo del Nunca Más”, en Página 12, Buenos Aires, 7 de abril de 2004.

[6] Giberti, Eva. “La Esma ay el Museo de la Memeoria”,en Clarin, 24 de marzo 2004

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