Entre religión y nación

La lucha armada entre Hamas y Al Fatah en la Franja de Gaza va mucho más allá de una simple pugna por el poder o por el liderazgo de la estrategia en el camino hacia la independencia palestina. Se trata de una nueva erupción de un conflicto aún no resuelto en el mundo musulmán y que se interroga sobre si el poder secular emana de la mezquita. Esta semana ambos grupos dialogaron en busca de un entendimiento en La Meca.

En el caso palestino la laicidad de Al Fatah agrava mucho más el dilema y la hostilidad de los sectores fundamentalistas. A diferencia de Al Fatah, que es un movimiento nacionalista, para Hamas la independencia palestina no es una meta básica. Sí lo es el obtener un gobierno teocrático y enmarcarlo en una lucha por la creación de un vasto dominio islámico, que incluya también a los regímenes seculares árabes. Una palestina islámica, incluso no plenamente independiente, no es considerada una amenaza sólo para Israel (a semejanza de Hizbolá dentro del Líbano), sino también para los regímenes árabes que temen un resurgimiento del movimiento integrista de los Hermanos Musulmanes, principalmente Egipto y Jordania.

La influencia iraní sobre Hamas es vista como una amenaza también por el régimen saudita, anfitrión del diálogo de La Meca (veáse página 38), que no vacila en calificar al empuje chiita como “un intento de convertir a los sauditas a una religión diferente”. La vertiente sunita, que tradicionalmente alía al clero con el poder económico, vuelve a estar preocupada por la chía, la religión de los desposeídos, a la que venció al comienzo de la expansión del islam y relegó a los bolsones de pobreza. El peso de Irán en el mundo chiita, junto a la inmensa brecha social y al autoritarismo de los regímenes árabes, hacen prever un recrudecimiento general de esta lucha.

El presente estallido se localiza en Gaza, por dos factores determinantes: la enorme pobreza (Gaza está considerada como una de las mayores concentraciones de pobreza a nivel mundial) y el vacío de poder generado por la retirada unilateral de Israel. La población se alegró enormemente de liberarse de la presencia del ejército israelí, y muy especialmente de las odiadas colonias (cuya manifiesta opulencia económica y su apoderamiento de los escasos recursos adicionales de tierra y agua exacerbaban aun más el resentimiento contra el ocupante), pero no dejó de reclamar a sus gobernantes una rápida mejora del nivel de vida. Desaparecida la excusa de la ocupación, la inoperancia y la corrupción de los líderes locales de Al Fatah, y la falta de logros en las áreas social y económica, llevaron a un inesperado y contundente voto de castigo en las primeras elecciones parlamentarias luego de la retirada, y a la constitución de un gobierno de Hamas.

Pero tampoco éstos supieron o quisieron priorizar el alivio de la penuria. Los escasos recursos se volcaron en fortalecer sus propias milicias e instituciones sociales y educativas, que en definitiva son centros de reclutamiento y formación de nuevos fieles.

Vivir mejor.

Diversos analistas coinciden en que la mayoría de la población palestina da más importancia a una mejora de sus condiciones de vida que a la expansión del islam o incluso el nacionalismo panárabe, y ve con buenos ojos una convivencia con Israel basada en el retorno a las fronteras de junio de 1967, la independencia palestina que incluya los lugares sagrados de Jerusalén oriental, y una solución al problema de los refugiados (que no necesariamente pasa por un retorno masivo a lo que es hoy Israel). Estos son los fundamentos de la “Iniciativa de Beirut” de la Liga Árabe y de la “Iniciativa de los prisioneros” firmada por líderes de todos los sectores que están en cárceles israelíes. A ojos de los palestinos, esto no sólo les proporcionaría sus objetivos nacionales inmediatos, y evitaría continuar desangrándose en vidas y recursos, sino que abriría las puertas a una prosperidad relativa, como reserva de mano de obra barata de la muy industrializada Israel.

Un escenario tal podría representar para Hamas el fin de su expansión y el traspaso inevitable del poder a la sociedad civil. Esto, unido a su incapacidad -por dogmas religiosos- de pactar de modo alguno con la existencia de Israel, llevó a un creciente descontento, y al intento del presidente palestino Mahmoud Abbas de retomar la iniciativa política y promover la agenda antes mencionada. Hamas no aceptó traspasar el liderato al área nacional a expensas de la agenda religiosa, y de aquí que el conflicto interno fuera inevitable.

En estos momentos la Franja de Gaza vive una anarquía total. La lealtad de los pobladores vuelve a la base primaria de esta sociedad: la lealtad al clan familiar ante todo. Clanes armados traspasan su apoyo de un grupo político a otro basándose en intereses locales y puntuales, y las venganzas de sangre priman sobre los intentos de conciliación.

Las mencionadas dificultades internas palestinas, más la injerencia de múltiples factores regionales que tienen sus propios intereses, hacen difícil ser optimista en cuanto a la viabilidad de un escenario que posibilite aliviar el sufrimiento de la población palestina.

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