Entre el progresismo menottista y la realidad bilardiana

Derrotar al macrismo en 2011 no depende de una épica patriada sin protagonistas concretos, sino de una militancia cotidiana que exprese los conflictos reales de la ciudad en primera persona. La clave es trabajar por una articulación virtuosa de las luchas existentes que supere el coro trágico de lamentos fatalistas.

¿Cómo vencer a Macri? En 2007, la pregunta hubiese sonado a tarea imposible, puesto que su fuerza superó el 45% en primera vuelta y el 60% en segunda vuelta. En aquellos días de pesimismo, el derrape electoral de las propuestas progresistas sumergía en el interrogante al entero arco de la vida pública porteña, arrasada por el discurso privatista y la cultura de mercado, la proclamada asepsia de la gestión y el consenso de la desigualdad naturalizada.

Dos años más tarde, no obstante, la ilusión terminó: el macrismo apenas llegó al 31% de los sufragios, seguido de cerca por la asombrosa performance de Pino Solanas, apenas a seis puntos de distancia. El candidato de Proyecto Sur, sin embargo, emergió de la marea de oposiciones con un discurso dirigido menos contra el oficialismo citadino que contra el gobierno nacional.

Esto plantea un escenario complejo: por una parte, es indudable la erosión que Macri ha sufrido en el seno del electorado; mientras que por la otra, aparece como principal opositor un referente poco identificado con los problemas de la ciudad, carente de militancia propia, mimado por los medios opositores al kirchnerismo, y completamente despreocupado de la tarea de edificar una mayoría perdurable en el tiempo. El peligro inherente a este panorama reside en la eventual recomposición de una derecha que tiene a su disposición los recursos nada desdeñables de la gestión, aún cuando no ha mostrado, hasta ahora, lucidez alguna en su ejercicio.

Recorriendo estos dos años de gestión macrista, resulta paradójico observar que la mayoría de los conflictos desatados en la ciudad, desde la lucha por las becas en las escuelas –que generó un emergente en la figura de Francisco Tito Nenna-, hasta las jornadas de protesta contra la UCEP y la Policía Metropolitana, fueron políticamente conducidos por un kirchnerismo incapaz de presentarse como propuesta política diferenciada. En parte, ello se debió a la oposición light –por no decir connivencia- de las huestes K con el macrismo en la Legislatura, fenómeno que incubaba la actual fractura del espacio. Con esos antecedentes, sumados a la dificultad del kirchnerismo local para presentar una fórmula competitiva que unificase los esfuerzos detrás de una candidatura reconocida por los vecinos, era esperable el resultado final.

Pero ahora, con el Encuentro Popular para la Victoria efectivamente constituido como fuerza distrital propia, el panorama aparece diferente. En el reciente plenario del EPV en Ciencias Económicas, pudimos observar, con notorio agrado, la presencia de las principales organizaciones sociales, barriales, culturales y territoriales del distrito, así como una renovada vocación por articular la militancia opositora con la construcción de una propuesta genuinamente alternativa. Sobre todo, nos impresionó el interés de todas las fuerzas en articular iniciativas conjuntas desde los barrios.

¿Cómo se convierte esa voluntad en mayoría? Primero, reconociendo la vital importancia de una construcción y articulación militante. La última elección mostró un desempeño muy superior de Heller en los barrios y comunas donde contaba con una militancia, propia o prestada, que en aquellos en los que había seguido la política de afiche y pegatina. Mostró, también, que el descontento era creciente en la zona sur de la ciudad, donde se multiplican los desalojos, las prestaciones sociales han empeorado, y la infraestructura pública en general se encuentra desbordada o en estado calamitoso. La ciudad no es un conjunto homogéneo, y por ende las políticas a promover desde los territorios deberán reflejar esa diversidad.

Fortalecer la dimensión barrial de la política, reorganizando las mesas de acción política por comunas, unificando criterios y propugnando proyectos de interés general, supone un desafío renovado: acercar la política y la cultura a las calles, disputando el espacio, real y simbólico, con quienes sostienen la inutilidad de la política y la vacuidad de las ideologías. Integrar a los vecinos a las actividades, recuperar la iniciativa en materia de planificación urbana, pasar del reclamo a la propuesta, no son meros enunciados: son tareas concretas que se deben abordar en una praxis multifacética, social, cultural y política, que abreve en las estructuras existentes sin por ello renunciar a expandir su alcance.

La gestión Macri ha profundizado la brecha histórica que segmenta a nuestra ciudad, imponiendo en el camino sus criterios urbanísticos, inmobiliarios y de servicios. Pudo hacerlo, en parte, gracias a la complicidad de quienes debieron impedirlo, pero también merced a la crisis ideológica, cultural y política que nos aquejaba, a la falta de conducción estratégica y al relegamiento de la militancia. Revertir el camino de la derrota requiere, necesariamente, revisar cada uno de estos temas, a fin de enhebrar una propuesta que supere la impugnación ética y se disponga a pelear cada asignatura, oponiendo una urbanización distinta, desde abajo, a la ciudad de servicios propuesta por el macrismo. Descentralizar el presupuesto, multiplicar la presión social para que se realicen las elecciones por comunas, revisar las partidas asignadas a salud y educación, sancionar una nueva ley de seguridad que permita un mayor control comunitario de la labor policial: he aquí algunas de las tareas que debemos encarar a partir de diciembre.

¿Existe el margen para lograr algunas de las tareas mencionadas? La pregunta remite a una explicación habitual de nuestros fracasos: aquella que apela al argumento facilista de la “división” del campo progresista, nacional y popular. Como si Carlos Heller y Claudio Lozano, Fernando Solanas y Víctor Santa María, Diego Kravetz y Tito Nenna, Jorge Telerman y Alcira Argumedo, Aníbal Ibarra y Julio Piumato, por sólo mencionar algunos nombres propios, formasen parte de un esfuerzo naturalmente común, sólo escindido por alguna clase de maleficio. Como si la ciudad y el país que esos nombres evocan fuesen los mismos.

Entre el progresismo “menottista” que define a la política como un conjunto de valores trascendentes compartidos, una suerte de agenda transversal supuestamente indiscutible, siempre diferenciada del “escándalo moral” de la gestión concreta, y la realidad, inevitablemente bilardiana, del conjunto de oposiciones reticulares, barriales y territoriales, que el macrismo ha generado, es preferible lo segundo.

Quienes trabajamos por una articulación virtuosa de las luchas existentes, que supere el coro trágico de lamentos fatalistas, no vemos con agrado la convocatoria a una épica patriada sin protagonistas concretos: acompañamos una militancia cotidiana que exprese, como hasta ahora, los conflictos reales de la ciudad en primera persona. No habrá gestión progresista factible sin participación ciudadana, y no hay participación ciudadana sin política real, que es algo más que una pose de ocasión y un flash oportuno.

*Escritor, docente, militante. Administrador del blog Pre-textos. Notas sobre política argentina contemporánea.

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