En el 51 aniversario del Asalto al Cuartel Moncada

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Fidel anunció la derrota de Bush

Discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz, Presidente de la República de Cuba, en el acto por el 51 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, realizado en la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, el 26 de julio de 2004.

(Edición y subtítulos de la Redacción)

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Queridos compatriotas

distinguidos invitados:

En este 51 aniversario del asalto a la fortaleza del Moncada el 26 de julio de 1953, dedicaré mis palabras a un personaje siniestro que nos amenaza, nos insulta y nos calumnia. No es un capricho o una opción agradable, es una necesidad y un deber.

El día 21 de junio en la Tribuna Antiimperialista leí la epístola número dos al Presidente de Estados Unidos, respondiendo a un infame informe del Departamento de Estado sobre el tráfico de seres humanos de los que suele hacer, cual supuesto juez supremo moral del mundo, el gobierno de ese país, en el que se acusa a Cuba de estar entre los países que promueven el turismo sexual y la pornografía infantil.

Pasaron apenas dos semanas y, en lugar de guardar decoroso silencio ante verdades irrefutables contenidas en la epístola, los cables trajeron noticias de un discurso electoral de Bush en Tampa, Florida, con nuevas y más alevosas acusaciones e insultos, que tenían el claro propósito de calumniar a Cuba y justificar las amenazas de agresión y las brutales medidas que acaba de tomar contra nuestro pueblo.

Hay muchos en el mundo que conocen muy poco de la Revolución Cubana y pueden ser víctimas de las mentiras y engaños que el gobierno de Estados Unidos difunde a través de los enormes medios de divulgación de que dispone.

Pero hay también muchos, especialmente en los países pobres, que conocen lo que es la Revolución Cubana, el esmero con que se consagró desde el primer instante a la educación y a la salud de los niños y de toda la población, su espíritu de solidaridad que la ha llevado a cooperar desinteresadamente con decenas de países del Tercer Mundo, su apego a los más altos valores morales, sus principios éticos, su insuperable concepto de la dignidad y el honor de su Patria y de su pueblo, por los cuales los revolucionarios cubanos han estado siempre dispuestos a ofrendar sus vidas. Sin duda esos muchos amigos, en cualquier rincón del mundo, se preguntarán cómo es posible que se lancen contra Cuba tan incalificables y groseras calumnias.

Esto me obliga a explicar con toda seriedad y franqueza las causas que, desde mi punto de vista, dan lugar a tales inconcebibles e irresponsables afirmaciones por parte del Presidente de la potencia más poderosa del planeta, quien además nos amenaza con hacer desaparecer a la Revolución Cubana de la faz de la Tierra.

Lo haré con el máximo de objetividad posible, sin afirmaciones arbitrarias ni adulteraciones vergonzosas de palabras, frases y conceptos de otros, o guiado por mezquinos sentimientos de venganza u odio personal.

«Bush en el diván»

Un tema ampliamente documentado en varios libros de eminentes autores científicos y otras personalidades norteamericanas es la adicción del actual Presidente de Estados Unidos al alcohol durante dos décadas, entre los 20 y los 40 años. Este punto ha sido rigurosamente abordado de forma impresionante con criterio científico y desde el punto de vista psiquiátrico por el doctor Justin A. Frank en un libro ya famoso titulado «Bush en el diván».

El doctor Frank comienza aclarando que resulta valioso definir científicamente si Bush era un alcohólico o si sigue siéndolo, expresando textualmente a continuación: «…la interrogante más apremiante es si la influencia de esos años de bebedor empedernido y su abstinencia posterior aún inciden en él y en los que lo rodean». Prosigue explicando, y lo cito de forma textual: «El alcoholismo es una enfermedad potencialmente fatal, un mal de toda la vida que resulta sumamente difícil de detener de forma permanente» (p.40).

A continuación, refiriéndose ya al Presidente de Estados Unidos en particular, expone:

«Bush ha dicho públicamente que dejó de consumir alcohol sin la ayuda de Alcohólicos Anónimos, ni de ningún programa contra el uso indebido de sustancias prohibidas, y ha afirmado que dejó el hábito para siempre con la ayuda de instrumentos espirituales, tales como el estudio de la Biblia y conversaciones con el evangelista Billy Graham».

El libro en la página 40 cuenta que, según el ex escritor de discursos David Frum, al llegar a la Oficina Oval Bush convocó a un grupo de líderes religiosos, les pidió sus oraciones y les dijo: «Sólo hay una razón por la que estoy en la Oficina Oval y no en un bar». «Encontré la fe, encontré a Dios. Estoy aquí por el poder de la oración».
Al respecto el Dr. Frank analiza que esta aseveración puede ser verdad, y apunta con sus propias palabras lo siguiente: «Seguramente todos los estadounidenses quisieran creer que el Presidente ya no bebe, aun cuando no tengamos la forma de saber si es cierto. De ser así, se ajusta al perfil del antiguo bebedor cuyo alcoholismo ha sido detenido pero no tratado».

Y ya refiriéndose concretamente a Bush, hace el siguiente razonamiento: «El patrón de culpa y negación, que tan arduamente intentan romper los alcohólicos en recuperación, parece estar arraigado en la personalidad alcohólica; raramente se limita a su alcoholismo. El hábito de culpar a otros y negar la responsabilidad es tan dominante en la historia personal de George W. Bush, que evidentemente se dispara ante la más ligera amenaza.

La rigidez en la conducta de Bush es quizás más evidente en su bien documentada confianza en sus rutinas diarias, las reuniones famosamente breves, el programa sacrosanto de ejercicios, las lecturas diarias de la Biblia y las limitadas horas de oficina. Una persona saludable es capaz de alterar su rutina; una persona rígida no puede hacerlo» (p.43).

Continuando con su análisis, el doctor Frank puntualiza: «Hay dos preguntas que, al parecer, la prensa está decidida especialmente a pasar por alto, y que penden silenciosamente en el aire desde antes que Bush asumiera la Presidencia: ¿está aún consumiendo alcohol? Y de no ser así, ¿está incapacitado por todos esos años que pasó consumiendo alcohol? Ambas interrogantes tienen que ser abordadas en cualquier evaluación seria de su estado psicológico» (p.48).

Fundamentalismo religioso

Otro aspecto tratado con profundidad y detalles en el mencionado libro «Bush en el diván», del doctor Justin A. Frank, es el referido al fundamentalismo religioso del Presidente Bush.

El doctor Frank explica cómo tratando de encontrar alivio al caos interior que la bebida en algunos momentos calmó pero en última instancia intensificó, Bush debe haber encontrado en la religión una fuente de calma no totalmente diferente que el alcohol, y un grupo de reglas que lo ayudan a manejar ambos, el mundo externo y su mundo espiritual interno.

Bush depende de la religión como mecanismo de defensa y utiliza la religión para simplificar e incluso sustituir el pensamiento, de modo tal que, en cierta forma, no tenga siquiera que pensar. Agrega que Bush, al colocarse del lado del bien -al lado de Dios-, se coloca por encima de la discusión y del debate mundano.

Y continúa el doctor Frank: «Desde que asumiera la Presidencia, Bush ha continuado citando las instrucciones divinas para justificar sus acciones. Como apareciera en el Haaretz News, de Israel, Bush dijo: ‘Dios me dijo que atacara a Al Qaeda y la ataqué, y luego me instruyó atacar a Saddam, lo cual hice'».

Finalmente el doctor Frank hace la siguiente reflexión: «La batalla bíblica entre el bien y el mal ha resonado en todos sus discursos desde el 11 de septiembre, desde su repetido uso del término ‘Cruzada’, su caracterización de los terroristas como ‘malhechores’, hasta el agrupar a Iraq, Irán y Corea del Norte en el ‘Eje del Mal’. Al mismo tiempo, presenta a los Estados Unidos como una nación de víctimas totalmente inocentes. Al exteriorizar el mal de esta forma, al tiempo que absuelve a Estados Unidos de responsabilidad alguna, Bush ha transformado su visión desintegrada e infantil del mundo en una política exterior absolutamente combativa (y primitiva)».

En su libro «Blancos estúpidos» Michael Moore señala que Bush tiene claros síntomas de incapacidad para leer al nivel de un adulto, y expone lo siguiente como parte de una carta abierta a Bush: «George, ¿puedes leer y escribir al nivel de un adulto? A mí y a muchos otros nos parece que, lamentablemente, pudieras ser un analfabeto funcional. No es algo para avergonzarse. Millones de norteamericanos no pueden leer por encima del nivel de cuarto grado. Pero, permíteme preguntar lo siguiente: si tienes problemas para comprender los documentos acerca de la compleja situación que te son entregados como Líder del Mundo casi Libre, ¿cómo podemos confiarte algo como nuestros secretos nucleares?

Todos los signos de este analfabetismo están ahí -y aparentemente nadie te ha desafiado sobre ellos. La primera pista fue el que nombraste como tu libro favorito de la infancia, ‘The Very Hungry Caterpillar’ (La oruga muy hambrienta). Lamentablemente, ese libro no fue publicado hasta un año después que te graduaste en la universidad. Una cosa está clara para todos: no puedes hablar el idioma inglés en oraciones que podamos comprender».

Hacia la derrota electoral

Las calumnias y mentiras del señor Bush y sus asesores más cercanos, fueron elaboradas precipitadamente para justificar las atroces medidas tomadas contra ciudadanos de origen cubano residentes en Estados Unidos que poseen vínculos con familiares allegados en Cuba.

Tal ultraje, como ya advertimos el pasado 21 de junio, tendría consecuencias políticas adversas en el estado de la Florida, que puede ser decisivo en la actual contienda electoral. La idea de un voto de castigo cobra fuerzas entre miles de cubano-americanos, muchos de los cuales normalmente habrían votado por Bush.

El odio y la ceguera condujeron a la Administración a una acción inmoral y estúpida, presionada por la mafia terrorista que le dio a Bush la victoria fraudulenta con un millón de votos menos que su rival en toda la nación y una mísera ventaja de 537 votos en la Florida donde, además de que muchos muertos «ejercieron» el derecho al sufragio, miles de ciudadanos negros fueron impedidos por la fuerza de ejercerlo. Quince o veinte mil electores podrían hundir sus aspiraciones de reelección.

En su inmensa mayoría esa mafia terrorista, que decidió nada menos que la elección de un Presidente de Estados Unidos, está integrada o dirigida por antiguos batistianos y sus descendientes; por grupos que participaron durante décadas en las acciones terroristas, ataques piratas, planes de asesinato contra líderes revolucionarios cubanos y todo tipo de agresiones armadas contra nuestra Patria; por grandes terratenientes y familiares de la alta burguesía afectada por las leyes revolucionarias, que junto a los anteriores recibieron privilegios de todo tipo, y muchos reunieron grandes fortunas y adquirieron influencia en importantes sectores de poder dentro de los gobiernos de Estados Unidos.

Más del 90 por ciento de los que emigraron de Cuba desde el triunfo de la Revolución lo hicieron por canales normales y motivados por razones económicas, sus salidas fueron autorizadas por la Revolución sin obstáculo alguno. Pero los cubanos emigrantes estaban obligados a pasar bajo las horcas caudinas de aquella mafia poderosa, de cuya influencia no podían fácilmente prescindir.

Sin embargo, Cuba desde hace años, aun antes del derrumbe de la Unión Soviética y el período especial, a pesar de los riesgos de espionaje y planes terroristas procedentes de Estados Unidos, les fue concediendo a los emigrados permisos para visitar a sus familiares y su país de origen, mientras Bush les cierra abruptamente las puertas, en su fanática obsesión de hacer rendir a Cuba por la vía de asfixiarla económicamente.

Con el mismo objetivo de privar al país de ingreso alguno, califica la industria turística en Cuba de turismo sexual, y a las personas procedentes de Estados Unidos que visitan nuestro país, como «pedófilos» y «buscadores de placer».

¿Cómo calificaría el señor Bush a las decenas de millones de turistas que visitan cada año Estados Unidos, donde abundan los casinos, las casas de juego, los centros de prostitución masculina y femenina y otras muchas formas de actividades relacionadas con la pornografía y el sexo?
Ninguna de las actividades mencionadas tiene lugar en Cuba.

Sin embargo, en la mente calenturienta y fundamentalista del todopoderoso señor de la Casa Blanca y sus más íntimos asesores, ahora hay que «salvar» a Cuba no sólo de la «tiranía», hay que «salvar a los niños cubanos de la explotación sexual y del tráfico de personas», «hay que librar al mundo de este atroz problema que tiene lugar a 150 kilómetros de Estados Unidos».

¿Nadie le ha dicho que en Cuba, antes del triunfo revolucionario de 1959, alrededor de 100 mil mujeres por pobreza, discriminación y falta de empleo, ejercían de forma directa o indirecta la prostitución, a las que la Revolución educó y buscó empleo, quedando prohibidas desde entonces las llamadas «zonas de tolerancia» que existían en la república mediatizada y la neocolonia impuestas por Estados Unidos?

¿Nadie le ha dicho que los niños cubanos, cuya salud física, mental y moral constituye el objetivo más priorizado de la Revolución, son protegidos por leyes de mucho mayor severidad que las de Estados Unidos, y están todos escolarizados, incluidos más de 50 mil que por padecer determinadas formas de discapacidad requieren y reciben, sin excepción alguna, esmerada atención en centros de educación especial?

¿Nadie le ha dicho que la mortalidad infantil es menor en Cuba que en Estados Unidos y continúa descendiendo?

¿Nadie se atrevió a susurrarle que Cuba ocupa en la educación un lugar destacado e internacionalmente reconocido; que todos los servicios de educación y salud son gratuitos y abarcan a la totalidad de la población; que en la educación, la salud y la cultura se desarrollan hoy programas que la situarán muy por encima de todos los países del mundo?

Hay que estar rematadamente locos para hablar nada menos que de aplicar programas de alfabetización y vacunación en Cuba, donde hace rato el analfabetismo fue erradicado, la escolaridad mínima alcanza nueve grados y los niños están vacunados contra 13 enfermedades. En todo caso, programas de ese tipo debieran aplicarse a decenas de millones de norteamericanos excluidos, que no disfrutan del beneficio del seguro médico, o no han ido a la escuela, o son analfabetos totales o funcionales.

Ni siquiera la Administración de Estados Unidos se ha atrevido a decir una sola palabra sobre la oferta generosa que hizo nuestro país de salvar, en el breve período de cinco años, una vida por cada una de las personas que murieron en las Torres Gemelas, atendiendo gratuitamente a tres mil ciudadanos norteamericanos que no reciben servicios de salud imprescindibles para preservar la vida.

Tampoco se ha respondido a la pregunta de si serían castigados o no los que decidieran viajar a Cuba y acogerse a esa oportunidad.

El hecho demuestra cómo los frutos de cuanto he dicho antes empiezan a brotar en nuestro país por todas partes, a pesar de 45 años de cruel bloqueo y agresiones por parte de los gobiernos de Estados Unidos.

Y no se trata de armas biológicas, armas químicas ni armas nucleares; se trata de avances científicos que pueden ayudar a toda la humanidad.

¡Ojalá que, en el caso de Cuba, Dios no quiera «dar instrucciones» al señor Bush de atacar a nuestro país, y lo induzca más bien a evitar ese colosal error! El debería cerciorarse de la autenticidad de cualquier mandato bélico divino, consultándolo con el Papa y otros prestigiosos dignatarios y teólogos de las iglesias cristianas, preguntándoles qué opinan.

Excúseme, señor Presidente de Estados Unidos, que en esta ocasión no le escriba una tercera epístola. Habría sido difícil analizar este tema por esa vía. Podría parecer un insulto personal. De todas formas, me adhiero a las normas de la cortesía.

Salve, César, pero esta vez añado: ¡los que estamos dispuestos a morir no tememos a tu enorme poder, tu ira irrefrenable ni tus peligrosas y cobardes amenazas contra Cuba!

¡Viva la verdad!

¡Viva la dignidad humana!

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