“El verdadero urbanizador es el villero”

«A los únicos que hay que preguntarles sobre qué hacer con las villas, es a los habitantes de esos barrios. Ellos tienen muchos conocimientos y nadie les pregunta nada», señaló el coordinador del equipo de sacerdotes para las villas de emergencia en diálogo con ZOOM, respecto al plebiscito que el gobierno de Mauricio Macri analiza para «que los porteños decidan qué hacer con las villas de emergencia». En esta nota, el Padre Pepe habla de la vida y la integración urbana de las villas.

El párroco José María Di Paola es uno de los tres delegados del Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia creado en 1968. Este organismo (que reúne a 16 sacerdotes de villas porteñas) advirtió hace un año a los principales candidatos a la jefatura comunal que «es fundamental poner el oído en el corazón del villero para que las posibles soluciones no provengan de oficinas donde trabajan técnicos que ignoran la realidad, y que en lugar de mejorarla la empeoran.»

Muchos meses después de la publicación de ese documento, la mayoría considera que la situación en los barrios ha empeorado por la indiferencia oficial. «La ausencia del estado ha hecho que los villeros urbanizaran por mano propia esos lugares, por eso nosotros no hablamos ni de erradicación ni de urbanización, sino de integración urbana», dijo Di Paola. El padre, con 12 años en la villa de Barracas, anticipó que el equipo que integra se pronunciará públicamente sobre el polémico anuncio de Mauricio Macri.

«El Equipo». Así lo llaman sus militantes, adherentes, simpatizantes y las demás organizaciones del campo popular que reverencian su opción en el sentir y pensar de las villas de la ciudad de Buenos Aires. Han pasado 40 años y «lo difícil es tener que repetir cosas que dijeron los curas del primer equipo, en el año ’68. Es una herida abierta«. Hablan de la época en que el dictador Onganía quería congelar la problemática de las villas.

«El problema de las villas no es un problema urbanístico, es un problema mucho mas global, por eso invitamos a que se debata el tema entre las provincias, el estado nacional y la ciudad de Buenos Aires. Las villas están creciendo porque su población es cada vez mayor y las economías regionales no se han recuperado. Es un tema más complejo, y si no se sientan a pensarlo bien será peor, pero no se resuelve con construir casas, el desafío requiere mucho más», explica el padre Pepe.

—Buenos Aires es una de las ciudades con mayor aglomeración poblacional urbana. ¿Cuáles son los temas pendientes más importantes, y cuales son las principales expectativas? ¿Qué es lo que esperan de Macri?

—La gente llega buscando una vida más digna y desde sus lugares de origen viene sufriendo un doloroso desarraigo. Hay nostalgia por el lugar de origen. Yo creo que se trata de un asunto delicado porque la gente ya viene golpeada, ya han vivido la imposibilidad de amasar el pan de cada día con trabajo, no hay posibilidades de estudiar, hay mucha gente que viene buscando salud para un familiar, para un conocido, hay un deseo de progreso, e incluso a veces muchos piensan que la gente no quiere mejorar su vida y que está achanchada. Pero es falso, porque se pusieron en movimiento y desde hace décadas están en Buenos Aires buscando una vida más digna.

Uno se sienta a comer con una familia y se encuentra con toda Latinoamérica: una era tucumana, pero el jefe de familia se había casado con una paraguaya, y luego con una peruana. Así, sin querer, se da esa integración en pequeño. Esa integración que a veces se declama en grandes encuentros, o acuerdos regionales, pero que se practica de manera espontánea en los barrios. Las villas son barrios obreros, no se trata de una idea de los curas de las villas, sino de la idea de mirar la realidad, tomarla de ahí y devolverla a la gente.

—¿Por qué decimos que son barrios obreros?

—Porque la mayoría de la gente quiere trabajar y lo hace sacrificadamente. Va pasando de la chapa y el cartón al ladrillo. Y si usted camina el barrio, ve a un grupo de vecinos ayudando a otros a hacer su loza, mientras el vecino pone el asado. Al tiempo esa loza ya está pensada para sus hijos y sus nietos. Hay un movimiento permanente, como un hormigueo, de querer progresar.

—¿Y desde el Estado, cuál ha sido el desarrollo?

—La ausencia del Estado ha hecho ese desarrollo. No decimos que todo se deba a este último año, porque es algo que se remonta al origen de las villas. La ausencia del Estado ha provocado que en general las villas hayan crecido con muy poco aporte estatal y con mucho esfuerzo villero. El año pasado decíamos que las villas son barrios obreros: hay mucha gente que ha muerto, que ha dado su vida para salir adelante y hacer su casa y que ha vivido en situaciones precarias.

En los barrios, no es que uno puede llegar y decir cómo son las cosas, se trata de una historia de vida, de sacrificio, de hombres y mujeres que ya no están y que dieron todo para que sus hijos y sus nietos tengan un lugarcito donde vivir. Han hecho el sacrificio de desterrarse de su lugar y luego han originado todo en medio de la pobreza.

Así fue que lograron urbanizar terrenos que el estado nunca había urbanizado. Antes eran basurales y lagunas. Por eso sabemos y decimos que cada villa ha pasado por lo mismo. Están sobre terrenos que siempre fueron considerados inutilizables y que el villero hizo habitables. Por eso estamos convencidos de que el verdadero urbanizador fue el villero, no el estado. Es un punto desde el que partimos, y por eso vemos cómo piensa su familia. En cada uno se vive otra historia: si viene un viejito no lo mandan a un geriátrico. Liberan una pieza, le meten una cama y así el abuelo se queda a vivir ahí. Estamos frente a un concepto de solidaridad que parte de un cristianismo popular que vemos todos los días. Se da naturalmente y de forma espontánea.

—Ustedes acompañan una red enorme, pero los niños y jóvenes se deprimen mucho frente al deterioro de su lugar de vida…

—Por eso no hablamos de urbanización, sino de integración urbana. Practicamos y creemos que la integración urbana es mucho más que un nuevo vocablo. Este concepto está en la Constitución de la Ciudad. Así fue que analizamos tres etapas en la historia de las villas porteñas: la erradicación, que fue un fracaso y se hizo con el desprecio a la gente. La urbanización, que es la ciudad que acepta que existen villas, y desde el regreso de la democracia, el crecimiento de las villas.

Nos consta que no hubo una coherencia en el trabajo estatal y que la gente ha hecho sus barrios con esfuerzo propio. Todos estos valores que vemos en la villa, son valores que la ciudad debería conocer, pero no descubre porque es inaccesible para el consumidor. La prensa amarilla muestra asesinatos, pero la vida del resto del barrio no aparece y la ciudad debería conocerla.

—¿Por qué?

—Porque la integración urbana es la única forma de sintetizar este problema. Busca reconocer que los villeros son vecinos de la ciudad de Buenos Aires y así debe darles oportunidades de crecer como personas. Hay un espíritu de progreso frente a las cosas que el villero no puede hacer: no puede decretar hacer una escuela y tener más vacantes para sus hijos. Es un ejemplo, pero los padres están interesados en mandar sus chicos a las escuelas y si bien pasan por una grave incertidumbre en cada comienzo de año, luchan por ir a la primaria, a la secundaria y a la facultad. Sin embargo, no es solo un tema de las villas, sino de toda la zona sur. Por eso decimos que estaría bueno que les consulten a los vecinos del sur qué es lo mejor que se puede hacer.

—Buenos Aires es una ciudad muy cruel con los niños y con los viejos. ¿Cómo juega la integración urbana frente a este problema crucial?

—El cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio, dijo que son las dos puntas de la vida las que estaban maltratadas. La gente está preocupada por los chicos tanto como por los abuelos. La franja de la tercera edad es muy vulnerable, muchos no pudieron trabajar en blanco, muchos son inmigrantes, muchos vinieron porque tienen un problema de salud serio. Estamos frente a un punto difícil. Hay gente que cree que está en el grupo de los abuelos y tienen 46 años. Han sido protagonistas de una vida muy golpeada y muchas veces se nota en ese envejecimiento prematuro.

—¿Y los niños?

—Son el tesoro del pobre. Quizás no puedan tener los muchos recursos económicos que quisieran, pero tienen a sus hijos. En este aspecto, como cualquier ciudad grande, el tema de la salud es muy complejo. Por eso no nos gusta que el tema de las villas sea tratado de forma tan particular cuando toda esta complejidad es mucho más grande. Estamos convencidos que una persona del gran Buenos Aires que viene a atenderse a un hospital de la Capital es un hermano como cualquier otro. Son hermanos, y los hermanos no son un tema de jurisdicciones.

—Hace un año presentaron un documento con recomendaciones antes de las elecciones. ¿Cuál es el balance? ¿Qué mejoró y qué empeoró?

—En el documento de 2007 dejamos claro que el progresismo y el conservadurismo son indistintos, porque para entender las villas hay que caminarlas, y si no las caminan nada podrá cambiar. Los gobiernos anteriores, igual que el actual, van a poder aportar algo en la medida que caminen, que la escuchen, que no se queden con lo que dice un puntero. En ese primer documento dejamos claro que es muy importante que haya un oído puesto en el villero y otro en la realidad. Si el oído no está puesto en el villero nada va a cambiar. Hablamos del encuentro de dos culturas.

El progresismo o el conservadurismo son hijos de una misma cultura que intenta entrar en diálogo con estos barrios. Desde una vertiente o desde la otra miran desde una misma cultura. Uno tiene que hacer un esfuerzo de conocimiento y hablar con la gente. Nosotros no queremos ser interlocutores, por eso buscamos instancias para escuchar a la gente. Es obvio que esto requiere esfuerzo y decisión de hacerlo. A veces los políticos están urgidos por la eficacia y los resultados, y como el abandono ha sido mucho el trabajo es muy a largo plazo. Hay que tratar de hacer las cosas bien y nada se logra sin escuchar a nuestro pueblo.

—¿Y qué ha hecho el Estado?

—La red de contención se cayó en 1955 y desde entonces nunca más se reconstruyó. Una cosa que tenemos clara, es que buscamos acompañar la fe del pueblo. Debemos ponernos al lado de la religiosidad enorme que viven los barrios. Quisimos de entrada apuntar a un trabajo que atendiera a niños, adolescentes y jóvenes. Luego desarrollamos un montón de programas donde surgieran líderes positivos. Buscamos marcarlos desde el deporte, el campamento, la educación y la escuela de oficios. La Iglesia debe servir como vehículo para potenciar esas capacidades. Aunque el crecimiento vegetativo de los barrios es altísimo, la Iglesia, los comedores y las capillas han sido levantados por los hombres del barrio.

—¿Creció el flujo de intercambio entre el barrio y la ciudad?

—Hay miles de niños que no conocen el centro de la Ciudad y cuando van a la Catedral no lo pueden creer. Hay gente que te dice: —Yo estoy en Capital, ¿qué me tomo? Y les contestamos, —Yo estoy en Capital también. Es un clásico. No se puede englobar. Hay que caminar más los barrios, charlar más con la gente, preguntarles qué necesitan, mejorar los servicios, la recolección de basura, la salud, las escuelas, el transporte y las cloacas, además del tendido de agua. El cura no puede hablar de todo. No somos arquitectos ni ingenieros, pero tenemos intuiciones que tratamos de plasmar porque es lo que le escuchamos a los vecinos. Y la principal demanda es que esta ciudad no los ignore ni discrimine.

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