El valor de orinar de parado

Según parece, Suecia es un país infinitamente más igualitario que Argentina, porque allá los hombres están obligados, si una mujer lo exige, a orinar sentados en el inodoro.
Todo para que ella no se sienta discriminada.

Aquí, no, porque seguimos siendo unos brutos.

En un país avanzado como Suecia, unas salpicaduras en la tabla pueden tener derivaciones tan problemáticas como almacenar explosivo plástico bajo la cama, llevar una mochila en el subterráneo de Londres o portar una Glock en un aeropuerto.

Por eso es tan alta la tasa de suicidios.

Se nos repite que la discriminación es un valor negativo, y el respeto a la diversidad un valor positivo.
Se me ocurre que no discriminar tiende a crear una cierta homogeneidad, de modo que todos nos sintamos -y seamos percibidos por los otros como- iguales.

Respetar la diversidad, entretanto, busca reafirmar lo heterogéneo, porque todos seríamos distintos.

Cuando se señala a Carlitos Tévez como un pibe de Fuerte Apache, por ejemplo, realmente no se si estamos celebrado la diversidad o discriminando.

No se si se quiere decir que, por haberse criado allí, es menos que otros; si todos quisiéramos haber nacido en Fuerte Apache; o si de ese modo aplaudimos la diversidad desde nuestro cómodo living en el barrio Parque.
Los nuevos patrones culturales nos impelen a la vez a no discriminar, que es como tender a ser iguales; y a respetar la diversidad, que es como tender a ser distintos.

¿Pero somos iguales o distintos? ¿Podemos ser lo uno y lo otro al mismo tiempo?

Esas preguntas no me dejan dormir.

En esto, como deben respetarse las opiniones diversas, hay distintos puntos de vista.

Mi amiga Monika Riefenstahl, por ejemplo, sostiene que somos todos iguales y que las diferencias sexuales son solo atavismos. Esa igualación, razona Monika, se produjo luego de que se constatara que la mujer pertenece a una raza superior, por lo que los hombres en el futuro sólo serán bancos espermáticos.

Es una opinión un tanto extrema.

Si la ciencia sigue avanzado tan vertiginosamente como hoy en día, se podría acabar con esos bancos, es decir con nosotros, creando esperma artificial en un laboratorio.
Cuando esto suceda, nuestro papel en la Historia Oficial habrá concluido.

Y si así se presenta el futuro, ¿para qué seguir discutiéndolo con Monika, que siempre cree tener razón?
La lucha implacable contra la discriminación ha borrado las anteriores diferencias sexuales, hoy consideradas abominables.

Algunas mujeres se dedican al karate; ciertos hombres prefieren bordar.

En Sos mi vida, la protagonista es boxeadora y el protagonista llora cada vez que el libreto se lo permite.
Se ha entronizado lo gay masculino como si fuera un buen ejemplo de indiferenciación, escondiendo que en esas relaciones necesariamente uno tiene que hacer de hombre y el otro de mujer, incluso si los participantes deciden tener roles intercambiables.

Al fin y al cabo, la diferencia sería sólo cultural, y hoy se puede gestionar la cultura, mediarla, motivarla y manipularla. En este nuevo sistema moral, profundamente discriminatorio, todo lo que antes era malo, ahora es bueno; y todo lo que era bueno, ahora es malo.

Nadie se pregunta por qué lo gay femenino no reviste mayor interés, y tampoco se da el caso de mujeres que orinen paradas, excepto, quizás, en los cuarteles.

El error consiste en creer que orinar de parado es un símbolo de la superioridad del macho, cuando es solo una forma práctica de encarar una tarea fisiológica sin consecuencias posteriores.

La nueva Historia Oficial anuncia con valor evengélico que, al orinar de parado, el hombre ejerció un primer acto de dominación sobre la hembra, cuando lo único que deseaba era apagar las brasas del asado sin tener que acarrear agua desde el río, distante a dos días de marcha.

Deberán pasar unos cuantos siglos antes que un varón se anime a presentarse ante la justicia para reclamar lo contrario de lo que ahora se señala como correcto, argumentado, si se anima, a sostener que se lo discrimina cuando sus partes pudendas, tal como le fueron trasmitidas, le impiden orinar sentado en determinadas circunstancias.

Quisiera ver a una mujer intentándolo en medio de una erección, y no se si habrá juez que se declare competente en el tema.

Se me podrá responder que es imposible, porque las mujeres no sufren ese condicionamiento biológico, ese que Monika señala como espantoso, pero con el actual desarrollo quirúrgico nada es imposible.

Según el doctor Avelino Margulis, catedrático en cirugía plástica y reparadora, no pasará mucho tiempo antes que se consiga una erección clitórica en la sala de operaciones.
“Sólo hay que implantar un pequeño músculo y adosarlo a terminales nerviosas que ya existen”, dice Margulis mientras ladea la cabeza de un lado a otro.

En los últimos cincuenta años cambió el papel de la mujer en el mercado de trabajo: hoy en día, cientos de miles, millones o decenas de millones, son jefas de familia.
Hoy vemos mujeres dirigiendo países, corporaciones multinacionales, o ejércitos, y -ni falta hace aclararlo- lo realizan con suma eficacia.

Haber aclarado que “ni falta hace aclararlo” me previene de cualquier acusación, pero lo aclaro por las dudas.

Resulta imposible comparar a Condoleezza Rice con Sofía Loren, para no hablar de Eloísa, la amante de Abelardo, o Dalila, la de Sansón. Tiendo a creer que no pertenecen a la misma especie.

Todo cambió en muy poco tiempo.

Las mujeres que forman el cuerpo expedicionario destacado en Irak son tal letales como los varones con sus enemigos, muchas veces niños, y en su función militar están muy lejos del papel que anteriormente se tenía asignado a la mujer, que era preservar la vida.

Quizás la humanidad y la civilización se equivocaron al fijárselo, porque nunca se le dio a la mujer la posibilidad de elegir si deseaba crear y preservar vida, o si prefería quitarla.

Ahora sí.

Quizás el hombre debió tener esa función después de todo. Según se comenta, la reina Victoria así lo hubiera deseado.
Se equivocan los que creen que todo esto se debe al dominio universal de cierta cultura norteamericana, o que es algo nuevo.

Hace treinta años, la directora de cine Lina Wertmuller fue implacable mostrando la conducta de las vigilantes femeninas en los campos de concentración alemanes (ver “Pascualino sette belleze”), algo que había sucedido otros treinta años atrás. Hasta se atrevió a relacionarla con el acoso sexual, que hoy parece una cuestión reservada a las mujeres.

La actitud del gobierno de Israel con los palestinos de Gaza recuerda mucho a la de Hitler en los sudetes, y al pobre Pascualino, acosado por la sargento Pumpernikel en el campo de concentración.

Pero nadie puede condenarlo, -al gobierno de Israel-, porque estaría cometiendo antisemitismo de facto, y por eso nos esforzamos por tomarlo como algo natural, de todos los días, y sobre todo, como justo y muy fundado, cuando más se parece a un cuento chino según el cual un viejo demagogo prometió una tontería a todo un pueblo para mantener su optimismo, y otro pueblo tiene que hacerse cargo.

¿Y si Moisés señalaba a Manhattan como la Tierra Prometida?
Siempre vuelvo sobre una sospecha, la de que Hitler no murió en un sótano de Berlín.

Amigo, le aconsejo que siga orinando de parado pero no salpique la tabla: puede tener serias derivaciones para el futuro de la humanidad.

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