El tiro por la culata

La política de alianzas y de construcción política oficial tocó fondo. Antes que lamerse las heridas con la teoría de la traición, la hora impone estimular la participación política y abrir el juego a otros sectores para reanimar el espacio nacional y popular de centroizquierda y renovar el compromiso con la distribución de la riqueza y la intervención estatal en la economía.

Cuando 14 diputados, una decena de senadores y un vicepresidente votan en contra de una iniciativa de su propio gobierno, refugiarse en la teoría de la traición solo puede servir a efectos de una catarsis epidérmica. Por más que el Parlamento posea una concentración de hijos de puta superior al promedio, en términos políticos resulta más eficaz ponerse a analizar las políticas de alianzas que se llevaron a cabo y los actores que las protagonizaron para encontrar explicaciones conducentes.

La estrategia de polarización al mango que los Kirchner empujaron en el conflicto con la patronal agropecuaria sirvió para marcar la cancha pero resultó un tiro por la culata: sus resultados fueron nefastos a la hora de contar los porotos, dentro y fuera del Congreso. Si bien es cierto que el nivel de homogeneidad ideológica de los que apoyaron al Gobierno (en las bancas y en la calle) es harto superior que la comparsa opositora que juntó a Vilma Ripoll con la Sociedad Rural y a Carrió con Barrionuevo, esa ventaja cualitativa no solo no alcanzó a la hora de los números: el grado de apoyo crítico al Gobierno es alto y esa supuesta homogeneidad a la hora de defender la democracia y valores altos como la redistribución de la riqueza se empieza a diluir cuando comienza el hilado fino.

En la edición de este martes dijimos al respecto de la votación en el Senado: “Si el oficialismo triunfa, será por un pelo y le quedará gusto a poco. Si la oposición da el batacazo, el Gobierno sufrirá una derrota dura pero no será el fin ni mucho menos.” Es cierto que nunca esperamos el final de película en manos del vicepresidente, que regaló un bonus track de desgaste oficial por sobre la ya inesperada victoria de los ruralistas. Lo que no cambia es la convicción de que el matrimonio K enfrenta por primera vez en cinco años el reto de gobernar con una oposición aun desarticulada en términos electorales pero con virtualidad de poder de cara al 2011. Frente a ese escenario, su mayor desafío será recomponer una política de alianzas y de construcción política que tocó fondo.

En la casilla de correo, en los blogs, en la calle, en el bar, por teléfono, las conversaciones y los testimonios de compañeros y amigos desnudaban la impotencia por la trasnochada estéril frente a la TV y una enorme necesidad de juntarse a buscarle la vuelta al asunto. Vale decir que esa sensación nos invade desde hace rato, acentuada en el día de la fecha por la carga de la novelesca sesión. La frase más escuchada como salvoconducto a tiempos mejores, como solución para espantar la mufa y revertir el humor es cambio de gabinete. Los medios la agitan desde hace rato, seguramente con expectativas diferentes a las nuestras. Sin ánimo agorero, hay que decir que el valor de un eventual cambio de gabinete dependerá de las alianzas político, sociales y económicas que represente.

Esto no se arregla con maquillaje. Para conformar el espacio de centroizquierda nacional y popular que tanto pregonó el ex presidente hará falta abrir el juego y estimular y canalizar la participación política a otros actores, hacia adentro y hacia fuera del universo K. Reafirmar los ejes políticos que despuntaron en 2003 y comenzar a tejer acuerdos con sectores que jueguen en serio a favor de redistribuir la riqueza en una sociedad más justa y en un país cuyo proyecto no se quede en el modelo agroexportador que menta De Angeli.

¿Cómo se arma ese nuevo gabinete? Desde ya que nos excede la respuesta. A modo de ejercicio, algunas preguntas cuya consistencia vale menos que la intención de esbozar el rumbo de la búsqueda.

¿Es desestabilizador pensar en el senador Eric Calcagno en la cartera de Hacienda para poner en marcha una batería de medidas que favorezcan a los asalariados y reivindiquen la intervención estatal en la economía, gravemente herida por el traspié de la 125? ¿O conviene sostener a un funcionario gris que no parece decidir ninguna variable ni macro ni micro?

¿Sería ilógico convocar a los equipos del intendente de Morón Martín Sabatella y de los socialistas que gobiernan exitosamente Rosario hace 15 años para sumarlos a trabajar en programas de fortalecimiento para los municipios de todo el país?

¿Es tan descabellado suponer que entre los cientos de intelectuales del espacio Carta Abierta puede surgir un equipo con ideas y capacidad de gestión que resucite a la exangüe Secretaría de Cultura de la Nación?

Más allá del peso real y simbólico que posee el otorgamiento de la merecida y postergada personería gremial, ¿no existen otros elementos para convocar a la CTA (o lo que quede de ella) para la formulación de políticas públicas que operen sobre un mercado laboral estragado por la informalidad y el negreo?

¿No tendría un poco de sentido, después de lo escuchado estos cuatro meses, que representantes de colectivos como el MOCASE y el Grupo de Reflexión Rural tuvieran participación en las políticas agrarias y de Medio Ambiente para atenuar los efectos de los agrotóxicos y la siembra directa?

¿Sería una locura incorporar a la gente del Grupo MORENO para desarrollar una política energética a mediano y largo plazo o a los expertos de FLACSO para la regulación de los servicios públicos?

¿Sería una claudicación implementar la propuesta del ingreso universal por hijo por el solo hecho de que haya sido impulsada en algún lejano momento por la pitonisa mesiánica de Carrió?

En medio de estos días de conmoción, una verdad sencilla quizá sirva para otorgarle un poco de aire a la esperanza. Con 50 mil millones de dólares de reservas y un poco de ganas de hacer política en serio, alguna cosa se podría intentar. Impulsar una nueva ley antimonopólica de comunicación y gravar la renta financiera son medidas que caen de maduras, aunque supongan otros choques de fuste con el poder concentrado para los cuales seguramente convenga tomarse un respiro.

En cualquier caso, como escribió Dolina alguna vez, “más vale perder con los amigos que ganar con los indeseables”. Y nada peor puede haber, está visto, que comerse el garrón de la derrota con demasiados indeseables como aliados y encima no hacer nada para torcer el rumbo.

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