El Teatro Colón, la zanja Matorras y “Master Plan”

José Piazza, delegado en el Teatro Colón por ATE, reflexiona con ironía que «si el gobierno italiano hubiera contratado al Master Plan para remodelar el Coliseo, hoy Roma tendría un monumento milenario… impecablemente nuevo.»

Transcurría el año 1827 cuando el ciudadano inglés radicado en Buenos Aires, don Santiago S. Wilde, hombre dedicado a los espectáculos teatrales y otros emprendimientos en el ambiente cultural, decidió la creación de un parque de entretenimientos, con teatro incluido, al estilo de los que existían en su país de origen. Lo ubicó en una hectárea de su propiedad, en el lugar que hoy delimitan las calles Viamonte, Uruguay, Paraná y Córdoba. Se lo conoció como el Parque Vauxhall.

El proyecto fue un fracaso comercial, debido principalmente a su lejanía del entonces centro de la ciudad, la actual Plaza de Mayo. No menos importante para comprometer la vida del parque fue la existencia de la zanja Matorras, riacho que imprescindiblemente había que sortear para llegar al Vauxhall desde la Plaza de Mayo.

Perdido el recuerdo del malogrado jardín en las brumas del tiempo, imprevistamente en estos días hemos vuelto a tener noticias de la zanja Matorras.

El «Master Plan», encargado de las obras de remodelación del Teatro Colón, desoyendo los consejos del personal técnico del Teatro, realizó trabajos de perforado en el tercer subsuelo del teatro, provocando una inundación que ha inhabilitado el montacargas del escenario. La zanja Matorras, ahora entubada, ha encontrado un nuevo cauce en su camino y lo ha aprovechado.

Como resultado, el foso del montacargas tiene ahora entre 40 y 45 metros cúbicos de agua que habrá que bombear hacia algún lado. Tal vez directamente a la avenida 9 de Julio.

De recorrida por el Teatro hemos comprobado además otras discutibles modificaciones en su propia estructura.

Por ejemplo, sin claros motivos que lo justifiquen, se han abierto puertas de paso en el pasillo a nivel de los palcos bajos, realizando aberturas en los muros que conllevan la destrucción de las paredes originales del edificio. Es muy difícil calcular cuáles serán las consecuencias de estas modificaciones.

No menos interrogantes ofrece la técnica usada para remodelar las molduras y otros detalles arquitectónicos exteriores del edificio. Donde se encontró un desgaste o una rotura se picó hasta el ladrillo y se incorporó un cuerpo similar.

Con ese sistema, si el gobierno italiano hubiera contratado al «Master Plan» para remodelar el Coliseo, hoy Roma tendría un monumento milenario… impecablemente nuevo.

Los técnicos que aún sobreviven en el Teatro sufren la angustia de verse totalmente ignorados en las decisiones tomadas en las obras. Esto no los rescata del sentimiento de un futuro incierto.

Entre los actuales funcionarios existen opiniones dispares para pronosticar la posible fecha de reapertura del Teatro. Ninguno presume que será antes de dos años pero, off the record, otros hablan de no menos de cinco.

Es demasiado tiempo y demasiado dinero para una obra que, de acuerdo con lo manifestado por la Dirección Técnica saliente, nadie pidió, a nadie le hace falta y carece de beneficios prácticos para el trabajo cotidiano de las secciones artísticas y técnicas del Teatro.

Por otra parte queda claro que un edificio colapsado a largo plazo por obras de remodelación, condena la vida de los cuerpos estables que trabajan en él.

En estos momentos rescatar la salud y el funcionamiento del Teatro presupone la defensa inmediata de nuestros puestos de trabajo.

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