El rumor de la calle

Las elecciones, y el inminente arribo de un nuevo gobierno, amortiguan la tensión entre economía y política que se suele expresar en las calles. Pero el estado de movilización social permanece. Y puede ser clave para enfrentar los desafíos que vienen.

Un momento político ocurre cuando la temporalidad del consenso es interrumpida. La frase es del pensador francés Jacques Ranciere, pero bien nos sirve para pensar la escena contemporánea de la Argentina. Al menos, para indagar el momento que se abrió tras la realización de las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, las PASO que devinieron en un plebiscito sobre la gestión Cambiemos y sus intenciones de seguir gobernando el país por cuatro años más.

 

El peronazo del 11 de agosto permitió empezar a pensar en el principio del fin del macrismo, pero también, problematizar el concepto mismo de democracia, y poder revisar los vínculos tradiciones que se han establecido entre las urnas y las calles y entre los movimientos sociales y las instituciones del Estado.

 

Alguna vez, tratando de inscribir al fenómeno kirchnerista en sus conceptualizaciones sobre el peronismo, el ensayista Alejandro Horowicz sostuvo que el kirchnerismo era “peronismo sin programa”. Daba cuenta así no sólo de la histórica elasticidad del peronismo, sino incluso de la gran capacidad de improvisación que anidaba en la experiencia que se hizo cargo del gobierno nacional a partir del 25 de mayo de 2003.

 

Pasado el momento de debate en torno a si el kirchnerismo era una nueva experiencia política o tan sólo un momento más (bajo otras condiciones) del histórico movimiento peronista, la resolución de la fórmula Fernández/Fernández estableció una línea de continuidad (no sin tensiones) entre el kirchnerismo y el peronismo más clásico (o tradicional), y puso (otra vez) a este movimiento en el centro de la política nacional.

 

Quizás ya no se trate de dilucidar si el kirchnerismo o el albertismo que contiene también al kirchnerismo es un quinto peronismo sino de dar cuenta que, aún con todas sus mutaciones (del neoliberalismo de Menem a la transversalidad de Cristina o el progresismo de Cristina), el peronismo de posdictadura sigue siendo, por un lado, la expresión electoral con mayor intención de voto a la hora de contraponerse en las urnas al neoliberalismo más descarnado y, por otro lado, una de las corrientes a través de las cuales una importante (aunque no la única) franja de las militancias populares se siguen expresando políticamente.

 

En 1976, en un texto redactado en el marco de una discusión que el sector (de Inteligencia) en el que participaba sostiene con la conducción nacional de Montoneros, el escritor, periodista y militante revolucionario Rodolfo Walsh escribe: “las masas no se repliegan hacia el vacío, sino al terreno malo pero conocido, hacia relaciones que dominan, hacia prácticas comunes, en definitiva hacia su propia historia, su propia cultura y su propia psicología, o sea los componentes de su identidad social y política”. Obviamente, Walsh se refiere al peronismo, el nombre de esa “experiencia” que ha realizado la clase obrera argentina a lo largo de los años, que ha mutado innumerables veces y que en la “democracia de la derrota” merece ser pensado bajo otras condiciones a las que le dieron origen y en las cuales se desarrollo durante el siglo XX, pero evidentemente no puede ser descartada del escenario político de estas primeras décadas del siglo XXI.

 

“El Fernandismo nace con la necesidad de pausar la agenda callejera (porque divide) para que ´la política´ pueda hacer su trabajo de victoriosa componenda”, puede leerse en la editorial del último número de la revista Crisis. La conclusión a la que arriba el texto parte de una hipótesis de doble vía: por un lado, ese fenomenal “experimento de transferencia” nunca visto, por el cual Cristina Fernández de Kirchner acuerda con Alberto Fernández (que no contaba con votos propios ni figuraba como candidato) que encabece la lista del Frente de Todos; por otro lado trazar –por parte de CFK– dos objetivos para 2019: unir al peronismo para ganar las elecciones; sentar las bases para una gobernabilidad futura.

 

Al parecer, el primer aspecto –en principio– estaría garantizado tras el peronazo del 11 de agosto, pero ¿qué pasa con el segundo?

 

Las corrientes mayoritarias del movimiento popular argentino se han encolumnado tras esas candidaturas. Están los ortodoxos (peronistas y kirchneristas), los heterodoxos (kirchneristas y peronistas) e incluso quienes ni siquiera se dejan interpelar por ese imaginario histórico; pero todos –como decía Perón; todes, como dirían muches hoy– trabajan por el movimiento (al menos por el movimiento que pone en marcha una corriente de opinión en pos de desalojar a Mauricio Macri de la presidencia).

 

La izquierda que no adscribe a la fórmula Fernández/Fernández ya ha estado en las calles la semana pasada (movilización a Plaza de Mayo el jueves 15 de agosto). Esta semana hay asambleas de las trabajadoras y trabajadores de la economía popular (jueves 22) y la semana que viene se desarrollará una Jornada Nacional de Lucha del sector. Voces del feminismo, por su parte, ya han advertido acerca de cómo el “terror financiero” golpea los bolsillos populares y, sobre todo, el mundo de la reproducción social a cargo de las mujeres, y la necesidad de permanecer activas ante esta situación.

 

Para Gildo Onorato, dirigente del Movimiento Evita y uno de los principales referentes de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), está claro que los movimientos populares tienen que seguir en las calles, argumentando que “la firmeza en la lucha social y la agenda reivindicativa es muy importante para oxigenar las demandas en el marco de la democracia, impulsando que los conflictos tengan una canalización institucional”. Por otro lado, el referente destacó que, en el marco de la disputa electoral, los movimientos van fijando posición, sin dejar de tener en cuenta que esos procesos pueden ser un instrumento para visibilizar parte de su agenda. “Pero la fortaleza de nuestro sector está en la unidad en la diversidad, una unidad que se da con firmeza en la lucha, en la que se construye un programa y una articulación con otros sectores, como los gremios (sobre todo de la CGT) y la Pastoral Social de la Iglesia, y esa agenda trasciende los momentos electorales”, sentenció.

 

Verónica Gago, investigadora militante y referente de espacios feministas –por su parte– subrayó la importancia de la pedagogía popular que los feminismos han realizado durante los últimos años sobre la cuestión financiera, y cómo para muchos sectores hoy está claro que tras la derrota electoral el macrismo pasó a hacer política por otros medios, más precisamente, por la “guerra de la moneda”.

 

Así, la cuestión de la deuda pasa a ocupar un lugar central en este momento político, porque es uno de los grandes temas sobre los cuales el nuevo gobierno deberá tomar cartas en el asunto, si se pretende torcer el rumbo por el que Cambiemos hizo transitar al país, como ciego caminando por una cornisa.

 

En tal sentido, así como la contienda electoral volvió a poner en el centro de los debates la cuestión de la economía, la relación entre economía y política vuelve a ser crucial. Así lo entienden al menos algunos economistas, como el cordobés Santiago Buraschi (integrante del Observatorio de Trabajo, Economía y Sociedad), quien destacó que “en escenarios de deuda creciente los margenes de maniobra son cada vez menores”, y por lo tanto, no se puede pensar en resoluciones económicas desmarcadas de decisiones políticas.

 

El nivel de intensidad política que la sociedad argentina muestre a la hora de sostener futuros próximos de movilización para enfrentar la adversidad de presiones internacionales será entonces fundamental.

 

Quizás los movimientos sociales no tengan gran traducción de su impulso de base en cantidades de votos, pero seguro son quienes pueden garantizar encauzar fuerzas a la hora de imaginar escenarios atravesados por grandes movilizaciones populares, e incluso, incentivar a sectores desorganizados a copar las calles.

 

En estos días la discusión sobre la gobernabilidad volvió también a reactualizarse.

 

¿Será gobernabilidad sinónimo de impase en las calles o en estos meses –los del “fin del macrismo” y los inicios del albertismo– gobernar será dar cuenta, una y otra vez, del rumor que se entreteja en las calles?

 

 

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