El revés de la trama del caso AMIA

Cuando pasaron pocos días del décimo aniversario de la masacre en la mutual judía, la hipótesis del coche bomba sigue siendo muy dudosa.
En este reportaje el investigador Juan Salinas explica por qué.
“Hasta cinco minutos antes de volar por los aires -(18 de julio de 1994, a las 09:53) los albañiles bolivianos que estaban haciendo refacciones en el edificio ingresaron a la AMIA un número indeterminado de bolsas blancas, supuestamente con materiales de construcción. Esas bolsas, de aspecto muy limpio, fueron descargadas desde la caja de un camión pequeño o de una camioneta de color blanco por un hombre joven, de no más de 30 años, de cabello rubio y cara pecosa, recuerda Luisa Miednik, la veterana ascensorista de la AMIA, que sobrevivió a la tragedia.”

Por Juan Salinas / Especial para Causa Popular

Miednik calcula que ello sucedió alrededor de las 09:43-09:46. Tras entrar al edificio, la mujer (que llevaba 34 años como empleada de la mutual hebrea lo que le confería rango de auténtica institución) dijo haberse demorado hablando con el personal de limpieza y de seguridad hasta que fichó su ingreso a las 09:49.

A hacerlo -agregó- observó dos cosas: La primera, que tan pronto habían superado la primera puerta -la externa, que era cerrada con una pesada puerta corrediza que emergía del sótano- los albañiles habían apilado las bolsas hacia la derecha, contra a la medianera. A menos de un metro de la línea de edificación y antes de atravesar la puerta de bronce y vidrio detrás de la cual deberían ser inspeccionadas por el personal de seguridad.

La segunda, que un hombre joven y moreno, con aspecto arábigo y que pasaba en esos instantes por la puerta de la AMIA rumbo a la calle Viamonte, se detuvo un segundo volviendo su cabeza hacia atrás, mirando precisamente el lugar donde aquellas bolsas habían sido dejadas.

Fue exactamente ese el lugar el epicentro de la explosión o de las explosiones que hicieron desplomar el edificio, coinciden prácticamente todos los expertos, incluidos los que todavía sostienen que la AMIA fue volada con el concurso de una Trafic-bomba que habría embestido la puerta de la mutual hebrea e ingresado parcialmente en el hall del edificio.

Era muy fácil de ver y lo es hoy todavía: si nos guiamos por las fotos tomadas aquel trágico 18 de julio de 1994 puede apreciarse que aquella medianera presentaba un enorme boquete. Observándolo, los artificieros y expertos en explosivos coincidían en apreciar que la explosión había sido interna, o bien que el edificio había sido atacado por dos explosiones sucesivas, la primera, interna, y una segunda, externa, como describió el principal testigo visual, Gabriel Villalba.

Así también lo reflejó Clarín el miércoles 20 de julio (página 18) : “… los terroristas habrían puesto una bomba dentro de la sede judía a través de un edificio vecino. Es posible que hayan colocado otra en la puerta de entrada a la AMIA. Está prácticamente descartada la utilización de un coche bomba. (…) La primera conclusión de los expertos de Gendarmería es que hubo una acción combinada entre una o dos cargas explosivas colocadas en el interior del edificio, en su sector delantero, y otra bomba, que estaba en la puerta principal” .. Al dia siguiente, al ser entrevistado por la agencia Interdiarios, el segundo comandante de Gendarmería Osvaldo Laborda (perito designado por la Corte Suprema para investigar el atentado a la embajada de Israel) fue enfático al decir que se podía “descartar” que el atentado hubiera sido cometido por un vehículo-bomba.

Todo indicaba, agregó, que el explosivo había sido “puesto en un edificio lindero”.[1]
Por increíble que parezca, Luisa Miednik jamás había sido interrogada por el juez Juan José Galeano, ahora apartado de la causa y al borde del juicio político y una segura destitución.

El héroe que vino a llenar y suturar este agujero negro fue el abogado Juan Carlos García Dietze, letrado del mecánico y chapista Ariel Nitzaner, de origen judío, arrastrado al juicio por sus relaciones con Carlos Alberto Telleldín y compañía, particularmente con su concubina, Ana María Boragni, quien acostumbraba pagarle las reparaciones que le encomendaba con servicios personalísimos. Nitzcaner ni siquiera sigue acusado, por lo que su abogado, obligado a combatir el tedio, descubrió la crucial importancia del testimonio de Miednik y verificó que estaba ratificado por uno de los policías que custodiaba el edificio, el sargento Adolfo Guido Guzmán, de la comisaría 7ª, quien salvó la vida por encontrarse al momento de la explosión en el pequeño bar de enfrente de la AMIA, llamado “Kaoba”.

Escasos minutos antes, mientras un camión amarillo huevo maniobraba descargando volquetes frente a la puerta de la AMIA, Guzmán dijo haber necesitado ir al baño e ingresado a la AMIA, pero añadió que encontró el baño de la planta clausurado a causa de las refacciones, por lo que cruzó al “Kaoba”, donde le pidió un té a una de las camareras.
Al salir de la AMIA, Guzmán dijo haber visto apiladas a su izquierda y contra la medianera a las bolsas que poco antes habían sido descargadas de una camioneta blanca en una maniobra que había durado varios minutos.

Ni lerdo ni perezoso, García Dietze impulsó la investigación para determinar quienes eran los proveedores de materiales para las refacciones que se hacían en el edificio, investigación que Galeano jamás había hecho.
Resultó ser el corralón Mazotta. El interrogatorio de su personal permitió determinar que aquel 18 de julio una camioneta estaba siendo cargada para una entrega en la AMIA cuando se produjo la tragedia.

Dicho de otro modo: nadie sabe quienes fueron los que descargaron aquellas bolsas que los albañiles introdujeron en el edificio sin advertir que al hacerlo estaban condenándose a muerte.

El giro copernicano que acaba de imprimirle al juicio que conduce con riendas cortas el Tribunal Oral Federal nº 3 la muy oportuna intervención de García Dietze pone en duda que los señores jueces convaliden a libro cerrado las pericias que apuntalan la presunta existencia de un vehículo-bomba.

Dicha existencia -y ésta era la piedra basal de toda la elevación a juicio- habría estado probada por un trozo de motor supuestamente encontrado entre los escombros de la AMIA pasada una semana de su voladura. Pero hete aquí que en el proceso oral y público pudo determinarse que el acta de hallazgo confeccionada por un oficial de la PFA sospechado de simpatías nazis era tan rematadamente falsa como una perla de vidrio. El juicio se desplomaba irremisiblemente, pero Israel tomó la decisión polítíca de salvarlo y envió a un general y otros oficiales que aseguraron haber sido ellos quienes encontraron ese pedazo de motor, prueba basal que aparece así – al sardónico decir de uno de los defensores de oficio- aportada por “una potencia extranjera”.

Aun con este remiendo, el porcentaje de supuestas piezas de la reconstrucción de la supuesta Trafic-bomba es muy pequeño, y todas esas piezas fueron recogidas sin otros testigos que algunos efectivos de la Policía Federal, lo que constituye una grosera infracción al Código Penal Procesal.

Otro de los posibles escándalos en ciernes es la constatación de que, o bien había explosivos en un doble fondo del volquete dejado frente a la puerta de la AMIA, o bien se dejaron allí dos volquetes superpuestos. Porque un volquete prácticamente entero, aunque desflorado, fue encontrado a más de diez metros de la puerta de la AMIA hacia la calle Viamonte, mientras un gran pedazo de volquete de unos 40 x 60 cm. (de la parte del reborde superior) fue encontrado por un agente de la SIDE, Isaac García, pasando la calle Tucumán, es decir para el otro lado.

Todo esto le pone especial sabor a los tramos finales de un proceso oral y público en el que, sorprendentemente, la abogada de la DAIA, Marta Nercellas, aparece como la principal defensora de la instrucción pergeñada por Galeano con la complicidad de los fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia. Nercellas se encuentra empeñada en defender al trío de réprobos apartados de la causa por el tribunal desde que se comprobó que aceptaron que se le pagase más de 400.000 dólares de los fondos reservados de la SIDE a Carlos Alberto Telleldín para que éste acusara falsamente a un grupo de policías bonaerenses, desviando las investigaciones a una vía muerta.

Tras pedir una licencia sine die a la presidencia de la DAIA y aclarar que no reasumirá el cargo a menos que su directiva no se haga una profunda autocrítica por su virtual fusión con el menemismo y el encubrimiento que desplegó, Gilbert Lewi explicó que bajo la conducción del hoy encarcelado Raúl Beraja, “en lugar de ser fiscales de una causa, fuimos cómplices de una trama”.

La misma trama que puesta de revés deja ver nudos tan gruesos como los expuestos.

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