El piso de Macri

De la Redacción de ZOOM El líder de la derecha vernácula quiere ser Presidente. Muchos, entre ellos su asesor Durán Barba, le aconsejan recular e ir por la reelección en Capital. El ingeniero sondeará un tiempo más si se tira a la pileta nacional porque siente que tiene las espaldas cubiertas: hace 10 años seguidos que al menos uno de cada tres porteños vota por derecha.

Mauricio Macri está en campaña. Para contrarrestar los efectos de su ¿gobierno? en Buenos Aires, de sus contratiempos judiciales por las escuchas ilegales y de la crisis de su bloque de diputados en el Congreso, el ingeniero montó el evento mediático de su matrimonio y ahora se especula con que intentará ser nuevamente padre en marzo. Esos parecen ser sus argumentos para intentar alcanzar la Presidencia en 2011, menos originales que débiles si recordamos el romance y la tardía paternidad de Carlos Menem con Cecilia Bolocco en la previa de las presidenciales de 2003.

A pesar de los consejos de su asesor estrella, el ecuatoriano Durán Barba, que le recomienda “no pelear contra la viuda” y buscar la reelección, Macri puja por meterse en la pelea nacional. Probablemente, hoy no tenga otra alternativa. Está empujado por los intereses de los grupos económicos que no tienen presidenciable a la vista y por el vacío de opciones electorales a la derecha de la candidatura oficialista (Alfonsín Jr. no ocupará ese espacio). El desmoronamiento de sus eventuales aliados nacionales del peronismo disidente le dejó más libre ese hueco, pero, a la vez, los apoyos que podrá obtener de ese campamento parecen achicarse a medida que la figura de Cristina se fortalece y el peronismo se encolumna tras su figura.

En cualquier caso, los porteños no zafaremos en 2011 de tener a Macri como opción en la ciudad. Ya sea como candidato a Jefe de Gobierno o como postulante a primer mandatario, pues en ese caso de él se colgará (en elecciones unificadas y en horrible y otrora repudiada lista sábana) la lista local con Michetti o Rodríguez Larreta a la cabeza. O sea, en Buenos Aires, habrá que votar a favor o en contra de Macri, sea cual sea la pelea que elija el hijo de Franco.

En esa instancia, parece prudente dejar de lado un momento las calificaciones sobre las perversidades ideológicas y las torpezas ejecutivas del PRO, para tratar de aproximarnos seriamente a un análisis que nos permita calibrar el peso real de Macri candidato.

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En los últimos 10 años, la ciudad ha vivido una sucesión de crisis y cambios a nivel local y nacional verdaderamente conmocionantes en términos institucionales, políticos, sociales, económicos y culturales. El fracaso de la Alianza; el estallido y los más de 30 muertos de 2001; el fin del paradigma de la convertibilidad y la devaluación de 2002; pobreza e indigencia por las nubes; el acto en la Esma de 2004; la recuperación del rol del estado; Cromagnon, el juicio político y la destitución de Ibarra; las manifestaciones multitudinarias y antagónicas del conflicto con el sector agroexportador; los festejos por el Bicentenario; son algunos ejemplos, no todos, de acontecimientos que no pasan sin dejar huella en la epidermis social. Menos, si vienen uno tras otro como puñalada de manco.

No obstante, a pesar de semejantes hamaques y barquinazos, en términos electorales y cuando se trata de dirimir representantes de la ciudad, un sólido piso de votantes elige opciones de derecha. Los caminos y motivaciones quizá sean diversos, pero los resultados son contundentes.

El 7 de mayo del año 2000, en plena recesión y con la Alianza aun intacta (Chacho renunciaría a la vicepresidencia recién en octubre), la fórmula Cavallo-Béliz obtuvo el 33,20 por ciento de los sufragios en la primera vuelta para jefe de gobierno. Se sabe, a Ibarra le faltaron monedas para tocar el 50+1, el Mingo se sacó ante las cámaras y al rato tuvo que entregar el equipo: no hubo balotaje y el fiscal aterrizó en Bolívar 1.

El 24 de agosto de 2003 el país era otro. Con Kirchner presidente y Fidel sentenciando desde las escalinatas de la Facultad de Derecho que los argentinos habíamos hundido a Menem “en la fosa del Pacífico”, Ibarra fue por su reelección. Pero Macri, en su debut, ganó la primera vuelta con el 37,55%. Se sabe también, con un apoyo del kirchnerismo que el crédito de Villa Urquiza malpagó (y que volvería como boomerang mortal cuando su juicio político), la fórmula Ibarra-Telerman dio vuelta la tortilla en la segunda ronda.

Dos años después, el 23 de octubre de 2005, Macri encabezó lista de Diputados Nacionales por la ciudad y ganó con el 34,09 por ciento. Más cercano, el fatal 3 de junio de 2007, el ex presidente de Boca arrasó de la mano de Michetti en la primera vuelta y sumó el 45,76% de los sufragios para jefe de gobierno.

Como se desprende del racconto, y sin necesidad de apelar a las cifras de los balotajes, siempre extremadas por la polarización ya sea favor o en contra, Macri candidato en la ciudad recogió en tres comicios consecutivos entre el 34 y el 45 por ciento de los votos. En sintonía, en cantidad y seguramente en calidad, con el 33 de Cavallo en el 2000. Y muy similar al menguado 31,19% de Michetti al frente de la nómina de diputados nacionales el 28 de junio de 2009. Menguado, claro, si se compara con el tremendo 45 de 2007, pero muy en línea con esa banda ancha constante que se registra en la última década a la derecha de su pantalla, señora, oscilando entre el 31 y el 37 por ciento.

Ese piso electoral, cuya composición y disección excede este artículo pero que se revela consistente en los números (siempre a mano gracias a Andy Tow), es el piso de Macri en Capital. Que no alcanza para ganar en primera vuelta, es verdad… pero ¿cuántos matarían por tenerlo?

Ese cúmulo de votantes casi inalterable es la principal arma que le permite al PRO picar en punta en la carrera porteña. Probablemente, exista en la ciudad una franja similar de ciudadanos que jamás votarían alternativas de derecha. Hoy, tienen un problema. Carecen de una referencia política que los aglutine. Continente mata archipiélago, diría un geógrafo abusando de la metáfora fontanarroseana.

De cara al 2011, las estrategias se multiplicarán en cada discusión. Las mesas de arena serán tan anchas y etéreas como las playas del verano que se viene. Lo cierto es que en Buenos Aires, el descontento con la gestión macrista, evidente en una heterogénea y continua muestra de protestas sectoriales (por la educación, por la salud, por los derrumbes, por la basura cero, por la UCEP, por las escuchas ilegales, por la seudoprivatización del Colón), no encuentra expresión política que lo conduzca y lo transforme en propuesta programática, en calidad de la representación y en voltaje electoral.

Mucho se ha puteado a Macri en estos 3 años desde los sectores nac & pop y desde la izquierda. Y habrá ocasión para seguir haciéndolo, faltaba más. La evidencia es que ese treintaipico por ciento de porteños que vota por derecha desde hace diez años es impermeable a esa prédica. El gran interrogante es si la descalificación permanente de la horrorosa gestión de Macri, aunque justificada, es la mejor herramienta para juntar al treintaipico que vota por izquierda y, sobre todo, para volcar en su favor a la mayoría del otro tercio, ese que viene y va, inimputable y esquivo, insondable como los caminos del Señor. Ese tercio que define la chapa de una elección y que para la política sigue siendo un verdadero enigma.

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