El penal

Aguardientes

Llegamos a la medianía de la vida, me dijo, poniéndole un leño tardío a una charla que se había encendido un lustro atrás.

—No somos ni viejos ni jóvenes, de manera que no se espera de nosotros la sabiduría ni se nos perdonarán arrebatos— lanzó como sonda previa a lo que se avecinaba como una teoría del “sevévenir”.

Lo conozco mucho, y lo escucho más que a la mayoría, de manera que digerí con prolijo cuidado cada rama de la idea árbol que venía detrás del leñito añadido al fogón.

La idea era una autoadvertencia: ¡Basta de tirarle piedras a la comisaría! Nosotros estamos parados frente a una oportunidad. Tenemos obra, supimos granjearnos simpatías, aprecios y valoraciones positivas, y los enemigos elegidos han sido siempre tan grandes que ni siquiera se han dado cuenta de nuestra presencia, como la banda de Ulises frente a Polifemo. Dejarse de joder es la declinación del verbo compuesto en infinitivo, esa era la idea.

Autor de la frase “uno es viejo a la edad que tiene”, esta sentencia novedosa era una revisión de la postura inicial. No un viraje grosero, sino un golpe actualizador de timón, una revisión en el sentido de una vuelta a verse, de una segunda mirada.

En ese hacer, los tipos de nuestra edad inconfesa, estamos parados frente a la pelota parada, a doce pasos de una valla, y frente a un arquero sin rostro que salta en el espacio de la amenaza, de los malos augurios, de la promesa de fracaso. Y entre eso y nosotros está el gol, el grito, la fiesta, la poesía, la razón de ser para vivir.
Saber patear es saber qué hacer. Hacer el gol es saber qué cosa es el gol, el arco y el arquero, conocer la distancia, entender la cadencia del tiempo, medir el arte del amague, temperar, ejecutar, construir la escena y recordar que gritar el gol es consagrar la alegría.

Por la noche tuve el viejo sueño del penal. Un sueño efectista, de consuelo, que arrastro desde los doce años. Me tomo la cintura, encaro para darle de derecha, y le pego de zurda, abajo y bien combada, con rosca, como le dicen ahora. Sube y baja, para meterse pegada al palo, no muy arriba, pero muy desde afuera, muy arriesgada, muy borde, muy insolente, muy innecesariamente imprecisa, muy como si no se jugara nada.

El ancho del arco de la vida también tiene más de siete metros, y es alto como el chiquito Merviginer. Puesto a patear, si me toca, si sale cierta tu profecía de la oportunidad, le voy a dar con la de palo y con la locura combada, bien combada, muy combada, como apuntándole a una cosa que es más que el arco, que la cancha y que el juego.

¿Y sabés una cosa Beto? Si no gritás, amargo… te mato.

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