El partido del extranjero

Grupos financieros, importadores, representantes de empresas trasnacionales, extractores de productos primarios y lenguaraces varios disfrazan los afanes minoritarios apelando al interés común. Encima, concitan la adhesión de una porción significativa de la población. La reconstrucción del movimiento nacional y una pregunta inquietante: ¿qué son las elecciones sin un propósito?

El principal de los problemas que deben afrontar los países subdesarrollados, o en vías de desarrollo o emergentes o el que se prefiera de los variados eufemismos que aluden a la condición semicolonial, es la pervivencia –entre nosotros, con excelente estado de salud– de lo que genéricamente podríamos denominar un “partido del extranjero”. Se trata de un sector cuyos intereses por lo general resultan contradictorios con el desarrollo y autodeterminación nacionales.

Dicho así, podría decirse que es un fenómeno común a todos los países, puesto que en todas partes –aun en las regiones centrales– existen los grupos financieros, importadores, representantes de empresas trasnacionales, extractores de productos primarios, y lenguaraces cuyo trabajo consiste en disfrazar los afanes minoritarios con las pilchas del interés nacional. Sin embargo, no en todas partes el partido del extranjero llega a concitar la adhesión de una porción significativa de la población, contando además con partidos políticos y organizaciones de la sociedad capaces de representar explícitamente esos intereses. Por ejemplo, sólo en el marco de una monumental confusión es concebible que la mayor parte de las clases medias argentinas hayan recientemente simpatizado con un reclamo agrario cuyo propósito era y es incrementar el precio de los alimentos. Por lo general, las personas normales no desean emplear más horas de trabajo para comer y vestirse. Si bien es razonable que los exportadores de granos pretendan obtener los mismos precios que en el primer mundo a costos del tercero, resulta a primera vista inadmisible que algunos partidos políticos hayan tomado una causa tan minoritaria y tan perjudicial al interés de industriales, comerciantes y asalariados como el elemento esencial de sus plataformas electorales.

Y mucho más loco es que los propios industriales y comerciantes asuman esa causa como propia.

Títeres

¿Demencia colectiva? No: colonización cultural y pedagógica. Esa clase de enajenación que lleva a un importante dirigente del Partido Socialista a sostener que la Argentina debe retornar a su condición de “granero del mundo”. Vale decir, producir granos y cereales para la exportación, lo que, para resultar competitivo, presupone bajos salarios, insumos subsidiados e ínfima presión tributaria. Fuera de las previsibles (por recientes y conocidas) consecuencias de un esquema semejante, baste decir que la actividad agrícola especializada en granos requiere de una mínima mano de obra, por lo que un país abocado a la producción primaria supondría muy bajos salarios. Además de una desocupación sin precedentes, habida cuenta de que por lo menos veinte de los treinta millones de habitantes estarían de más, fuera del mercado de trabajo y privados del más elemental consumo. Descontando que se trataría de una situación insostenible, no se entiende qué clase de socialismo sería ese.

Y así como personas inteligentes y supuestamente preparadas hablan por boca de ganso y sin pensar en lo que dicen, puesto que no hacen más que repetir los lugares comunes de manuales de enseñanza que quedaron obsoletos décadas atrás, hay una parte significativa de la sociedad muy predispuesta a creer en esas mismas pavadas que alguna vez le escucharon a la maestra de primer grado. O al lenguaraz al que los círculos constructores del prestigio han destinado al papel de vocero del sentido común. O al intelectual patético y pretencioso que viene a repetir esos mismos lugares comunes, pero con empaque de escribano.

Desde ya, no es prudente creer que se puede trazar una línea y afirmar que todos los que están de aquel lado forman parte de los enemigos del país. Y no es prudente porque no es así como funcionan las cosas. No es que el partido del extranjero lo integren Macri y Carrió, con ayuda de Schiaretti, Solá & Co. Estos son los títeres ocasionales del gran titiritero, a quien en los últimos tiempos hemos tenido la oportunidad de volver a vislumbrar en carne y hueso.

Siete

Convocadas por Héctor Méndez, titular de la autodenominada Unión Industrial Argentina, las organizaciones empresarias de la banca vernácula y extranjera, la Bolsa, el comercio y la construcción volvieron a reunirse la semana pasada, por segunda vez en lo que va del año, luego de una década de sigiloso silencio. Faltó la Sociedad Rural, por estar de viaje su presidente, el inefable Biolcatti. Por su parte, Confederaciones Rurales se negó a asistir disconforme por la tibieza con la que el grupo ataca las políticas gubernamentales. Dicho sea de paso, la Federación Agraria no tiene vela en esta procesión, que es la de verdad, lo que da una idea del papel de comparsa que la entidad juega en la Mesa de Enlace.

Este grupo, autodenominado G-7, fue originalmente G-8 cuando nació para combatir el temprano intento de Alfonsín de esbozar una política económica nacional, cuestionar la deuda externa y sacudirse el abrazo mortal del FMI. El surgimiento del G-8 y la sistemática campaña de demolición que éste llevó a cabo contra el ministro Grinspun, fueron notablemente oportunos y de enorme ayuda para los intereses financieros trasnacionales: ese momento, el de los inicios del primer gobierno democrático luego de la dictadura, era tal vez el único en que nuestro país podría haber recusado in totum la deuda externa, obra maestra de una dictadura de facto que gozaba de la peor de las famas en los países centrales. Todo lo que posteriormente algunos le exigieran a Néstor Kirchner, luego de tres presidencias constitucionales que habían convalidado la obra de la dictadura, podría haber sido llevado a cabo por el gobierno de Alfonsín con bastantes posibilidades de éxito.

No pudo ser, y en esa imposibilidad, además de la impericia alfonsinista de pretender desarticular a los mandos militares y a los sindicatos peronistas al mismo tiempo que Grinspun enfrentaba al sector financiero, tuvieron destacadísimo papel los Méndez, Biolcatti y Brito de entonces. Fue la primera de la serie de claudicaciones de Raúl Alfonsín, que le valieron –aunque recién el día de su muerte, ni un minuto antes, cuando ya no podía abrir la boca–, integrar el panteón de los héroes democráticos que regentea los grandes medios de comunicación.

Y si Alfonsín tuvo que inaugurar su gestión con el antagonismo del G-8, fue el G-8 el que aceleró su final, con el monumental golpe de mercado que apresuró la salida del ex presidente y de paso aleccionó a su sucesor, quien, práctico, no amagó la menor resistencia y se pasó con bandera y bombo al partido del extranjero.

Hoy, después de algunos años de un silencio que dudamos en creer “culposo” por haber apoyado explícita y entusiastamente la entrega del patrimonio nacional y la desarticulación del Estado, el G-7 vuelve, con nuevas caras, pero con el oprobioso designo de siempre.

La autodeterminación nacional

Ese es el auténtico partido del extranjero. Lo demás, va y viene, al compás de las miserabilidades de los Morales y las Carrió, la irresponsabilidad de los Luis Juez, y la venalidad de los De Narváez, los Macri y los Schiaretti. Todos ellos medrando de ese magma informe en que la colonización cultural ha transformado eso que alguna vez fue el pueblo argentino.

Y así como existe un partido del extranjero que goza de una gran vitalidad y de todos los recursos, debe existir su contraparte. Aquella que en general tiende a olvidarse y se desestima a la luz de nuevas teorías políticas y concepciones sociales, del espejismo de una sociedad normal, capaz de concebir dos formas de ver la misma cosa, la forma de la izquierda y la de la derecha, o centroizquierda y centroderecha, como le gusta decir a los cientistas sociales.

Las sociedades coloniales en general, y la nuestra en particular, no son sociedades normales, capaz de prohijar dos formas o dos ángulos de ver la misma cosa. No hay entre nosotros una forma de izquierda, más “socialista”, y otra forma de derecha –más conservadora– de concebir la construcción nacional. Lo que existe es una pulsión por la autodeterminación nacional, que contiene en sí diferentes formas y matices, y una simultánea y simétrica fuerza abocada a ratificar nuestra impotencia.

Seguramente estas líneas, en medio de una campaña electoral, suenen anacrónicas y extemporáneas. Pero ¿qué son las elecciones sin un propósito?

Todos sabemos que no da lo mismo quién gane y quién pierda bancas. En líneas generales, la mayor parte de la oposición, o al menos la oposición con chances de buen desempeño electoral, se opone frontalmente a la política gubernamental y amenaza con desmontar lo bueno y dejar intacto lo malo. La prueba es que tanto ese espectro de lo que fue el radicalismo, como la derecha macrista o el menemismo camuflado de peronismo disidente se ensañan con los aciertos gubernamentales y jamás critican sus déficit, que los hay, y muchos.

Independientemente del resultado del 28 de junio, estamos ante un panorama sombrío en el que, a través de sus distintas ofertas políticas, el partido del extranjero ha conseguido encuadrar a una porción considerable de los argentinos en base a fórmulas y aparentes recetas que hace muy poco llevaron a la sociedad a uno de sus más portentosos colapsos.

Como contrapartida, no hay nada. Las fuerzas que pretenden representar los intereses populares, obnubiladas por disquisiciones ideológicas que a menudo encubren la puja por espacios de poder, lugares en las listas y bancas en disputa, parecen haber olvidado que el único modo de combatir la influencia del partido del extranjero es la reconstrucción del movimiento nacional.

Recordarlo tal vez sea bueno, no sólo porque indica la envergadura de la tarea que queda por delante, sino porque ese objetivo común seguramente da una mejor perspectiva para encarar estas votaciones y los contenidos y orientación de las campañas electorales.

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