El orgullo, entre las luchas y el mercado

En este nuevo Día del Orgullo, José Scasserra plantea un debate sobre la "disputa del arcoíris". Derechos, igualdades y el mercado que marca sus reglas.

Por José Scasserra

Hace no muchos años fue una novedad que se hablara de un «día del orgullo». Se instituyó como una jornada para recordar las luchas de minorías y disidencias sexo-generizadas, en memoria de las revueltas violentas de Stonewall llevadas a cabo el 28 de junio de 1969 en Nueva York. Hoy en día, la efeméride se ha incluido en una maquinaria de producción novedosa, pero al mismo tiempo estandarizada, del capital.
Ya no es un día, sino un mes. Ya no se recuerdan protestas violentas por parte de una población perseguida y precarizada, sino que se producen campañas publicitarias llenas de arcoíris. Ya no se promueven protestas en las calles, si no, a lo sumo, leyes y protocolos en los espacios instituidos.
Por eso, se vuelve fundamental rescatar un archivo menor de luchas, para evitar que nuestras conquistas políticas se vean banalizadas por el mercado. Ante la tendencia de leer nuestras identidades como si fueran opciones en un bar de cervezas artesanales, es posible oponer un relato disidente con el objetivo de disputar ese arcoíris que, cada día, nos parece más ajeno.

De Stonewall al Frente de liberación homosexual: un archivo de luchas
El mito es conocido: el bar Stonewall, ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, funcionó como refugio para las disidencias sexo-generizadas a lo largo de la década de los 60. Las redadas de la policía eran moneda corriente en la época, hasta que una de ellas se salió de control. La presencia de una muchedumbre que rebalsó a la policía funcionó como hito para las luchas por venir: a las semanas, ya había dos organizaciones activistas funcionando en la ciudad.
Por supuesto, la revuelta es una foto que sirve para ilustrar un proceso más amplio, que la excede. A lo largo de la década de los 70, encontramos en numerosos países movimientos de liberación sexual que buscaron colocar en entredicho la moral heterosexual dominante en la época, desde manifestaciones y enfrentamientos no exentos de violencia.
En Argentina, ya en los años 50 existió una organización que servía como red de apoyo para asistirse entre disidencias, entonces enunciadas como «maricas». La solidaridad se activaba ante las detenciones arbitrarias de la policía, que hacía uso de los edictos que entraron en vigor en la primera presidencia de Perón. Los oficiales de la ley daban rienda suelta a sus campañas de moralización, oficiando como juez y parte en las detenciones arbitrarias que llevaban adelante. Ante esto, «Maricas unidas Argentina», como cuenta su fundadora, Malva Solís, se ocupaba de aportar bienes a la compañera detenida, y a asistirla en su proceso para recuperar la libertad.
Contra los edictos policiales se batió también el Frente de Liberación Homosexual (FLH) en los años 70, del cual participaron el reconocido poeta Néstor Perlongher, y el escritor Manuel Puig, entre otrxs. Rescatando los aportes teóricos y militantes del grupo Nuestro Mundo (1967), el FLH se sumó al concierto de voces revolucionarias que compusieron la década. Sin filiarse del todo a ninguna de las corrientes políticas predominantes en la izquierda de la época, pero tampoco desconociéndolas, el FLH proponía rescatar el carácter propiamente revolucionario de la homosexualidad, como subversión de la masculinidad hegemónica que imperaba no sólo en la derecha, sino también en la izquierda argentina.
El FLH accionó desde el año 1971. Se compuso por grupos celulares autónomos que, si bien poseían una coordinadora, no tenían una organización verticalista, por considerarlo algo propiamente machista. Realizaron intervenciones públicas en marchas, y utilizaron panfletos y comunicados como herramienta de difusión. La manifestación más orgánica que podemos encontrar del FLH es el boletín Somos, en el cuál se publicaban manifiestos, se pasaban revista de situaciones de violencia, se daban recomendaciones de qué responder y qué hacer caso de que se produjera una detención, y se traducían textos publicados en el exterior.
Como ya señalé, el FLH no adscribía puntualmente a ninguna corriente política de la época, y sin embargo apoyó en bloque la candidatura de Cámpora, utilizando su asunción como una oportunidad para realizar su primera manifestación pública. Allí comienza el romance breve entre el FLH y el peronismo, el cuál concluiría poco tiempo después cuando los grupos revolucionarios busquen demarcarse de ellos. El cántico de militantes de la izquierda peronista «no somos putos, no somos faloperos, somos de la FAR y montoneros» marcó el final de la búsqueda de esa alianza. El rechazo de la izquierda revolucionaria, y la persecución intensificada por la Triple A, ya en funcionamiento, llevaría al Frente a dividirse, y a sus participantes, a dirigirse al exilio.

Derechos humanos: disidencias en democracia  
La primavera revolucionaria se vio apagada por la dictadura cívico-militar. El balance fue una sociedad diezmada, pero que de la ruina metabolizó el conflicto bajo una nueva insignia: los derechos humanos. No es forzar mucho las cosas decir que la lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo es el hito fundacional de nuestras militancias de postdictadura. Esto involucra también a las luchas en torno a la disidencia sexual y de género. Ya los militantes del FLH lo sabían: la «causa homosexual» es una causa dentro de los Derechos Humanos.
Esta asociación entre diversidad sexual y derechos humanos es parte de la normalidad de los discursos en materias de géneros y sexualidades desde la restitución democrática. En las décadas de los 80 y 90 los activismos buscaron instalar debates en la arena pública por medio de estrategias de visibilidad, con el objetivo claro de construir un marco de derechos para dar respuesta a sus necesidades. La figura de Carlos Jauregui se vuelve, allí, un paradigma de ruptura del silencio y de articulación organizativa en vistas de reclamar derechos.
Los activismos y militancias de la década de los 90 allanaron el camino para el proceso de reconocimiento de derechos que venimos viviendo, en nuestro país, desde el año 2006. La Ley de Educación Sexual Integral, desde algunas perspectivas, es el gran paraguas para los procesos de ampliación de derechos que decantaron posteriormente. El matrimonio igualitario (2010), la ley de Identidad de género (2012), y el reciente cupo laboral trans (2021) son, entre otras, leyes que se construyeron con años de militancia, lucha, y disputa construida desde abajo, y a la izquierda de la sociedad.
Todos estos procesos legislativos han implicado cambios sustanciales en las vidas de quienes no nos amoldamos a la norma hetero-cis-sexual. Ahora bien, es importante destacar que estos procesos sirven como marco para continuar con nuestras disputas. Lo sabemos: por sancionar una ley, la discriminación no se termina. Los contenidos de la Educación Sexual integral son sistemáticamente cajoneados por escuelas confesionales que se sirven de su artículo 5 para no implementarla; la discriminación por orientación sexual sigue sucediendo día a día en espacios públicos y privados; la población trans sigue siendo arrojada a situaciones de vulnerabilidad extrema. El poco interés que los medios hegemónicos y el Estado mostraron por Tehuel de la Torre en las primeras semanas que pasaron después de su desaparición, es testimonio de ello.
Por todo ello, en el marco de las luchas por los derechos humanos, se vuelve fundamental no perder de vista esta historia conflictiva que nos ha llevado hacia la conquista de más y mejores derechos. Desandar una moral hegemónica es, siempre, una tarea revolucionaria. Este objetivo puede buscarse por distintos caminos. La insurrección popular, la política institucional, y ahora el mercado, se entremezclan en nuestro trayecto. Disputar nuestro arcoíris implica, en cada paso, poner de relieve que se gestó al calor de un combate. Sólo así, quizás, podamos evitar que un eslogan multicolor vuele de un plumazo nuestro archivo de luchas.

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