El negocio de pasar de pantalla

Argentina parece decidida a adoptar la norma japonesa junto a Brasil. La puja de intereses privados se tensa conforme el gobierno no define políticas públicas que sirvan para establecer criterios de protección de la soberanía comunicacional y del ciudadano. Un informe sobre cómo cambiará la manera de ver tele en el futuro.

En 2009 se apagarán las transmisiones analógicas de televisión en Estados Unidos. España anunció que ejecutará su apagón en 2010. El gobierno argentino, a pesar de que la industria emplea una dotación de técnicos altamente capacitados, carece de intelectuales que puedan pensar las telecomunicaciones desde una perspectiva política moderna y democrática, desprejuiciada y pluralista. Desde el off the record, los ingenieros de la televisión abierta pronostican una transición de, más o menos, veinte años.

El negocio

Restringir el “fenómeno” de la digitalización a la mera actualización tecnológica de las plataformas teleaudiovisuales resulta, a esta altura, una estupidez mayúscula. Entre otras cosas porque el desarrollo de esas novedades responde, antes que nada, a los imperativos de un negocio hipermillonario que desafía la voracidad de industriales y prestadores de servicios. La pregunta es, ¿por qué la tecnología digital aplicada a las comunicaciones y el entretenimiento debiera escapar a la lógica abusiva y desencajada del mercado?

Una respuesta posible es que las telecomunicaciones son asuntos cruciales para el ejercicio del poder en los tiempos que corren. En los tiempos que corren, además, el poder adopta modalidades quirúrgicas que impactan en la comunidad y alcanzan la vida privada de los sujetos. Ahora bien, ¿cuántos políticos en cargo gubernamental o desde la oposición tienen la solvencia intelectual e ideológica para comprender, asumir y aportar ideas a una cuestión que la filosofía francesa agotó hace treinta años?

De vuelta a la Argentina 2008, la puja de intereses (privados) se tensa conforme el gobierno no define políticas (públicas) que sirvan para establecer criterios de protección de la soberanía comunicacional, por un lado, y del ciudadano, por el otro, de manera que la población sea beneficiaria en vez de víctima del “progreso” tecnológico y la imprudencia capitalista.

Es un hecho que la tensión se exaspera más aún, dado que la dinámica de la digitalización resulta vertiginosa en relación a los tiempos (y los costos) de adecuación de los sistemas analógicos a la red digital. En este punto, la presión que ejercen los líderes del negocio (cableoperadores, canales, IPS’s y empresas de telefonía) apunta a obtener leyes favorables a la reducción de la inversión que les demandará la digitalización del sistema televisivo completo. La fórmula de la infamia es conocida: como el libre mercado no alcanza, el Estado debe subsidiar…

Panorama

En el mundo ideal, las ventajas primordiales de la digitalización son la alta definición de imagen y sonido, y la amplitud de banda. Las dos primeras, mejoran la performance de la transmisión y recepción de contenidos audiovisuales. Mientras que, la segunda, posibilita un tráfico mayor de información y, en consecuencia, un aumento exponencial de la oferta de canales en línea.

Para las empresas productoras, el nuevo escenario implica un reto: generar contenidos destinados a grupos de espectadores ultrasegmentados (lo que algunos ya definen como “personalización de contenidos”). Grupos como LAPTV (Movie City, Cinecanal, The Film Zone, etcétera), HBO (Hbo, Cinemax, etcétera), Discovery (con todas sus marcas), entre otros, fueron pioneros en la especialización de programación destinada a “nichos de audiencia” acotados.

En lo que al entorno doméstico se refiere, en teoría, la digitalización brindará la oportunidad de articular los intereses del grupo familiar mediante la optimización de las plataformas que llegan al hogar (TV, telefonía e Internet) integrando prácticas de formación intelectual, consumo y esparcimiento.

Según esta dinámica, resulta esperable que algunos bloques de programación que los canales configuraron como marcas o franquicias (a fin de asegurarse la libre transmisión de los contenidos), se autonomicen en un porvenir a mediano plazo.

La situación argentina

Ahora bien, ¿en qué fase de digitalización se encuentra la televisión en Argentina? Antes de responder este interrogante, recordemos que lo que denominamos “televisión” consta de tres instancias consecutivas pero autónomas: producción, transmisión y recepción. Por ahora, sólo se ha digitalizado una parte de la transmisión de contenidos por suscripción (cable), aunque los usuarios de TV satelital (digital por definición, distribuida en el país por DirecTV) hace ya diez años que gozan de esos beneficios.

De modo que, tomando el proceso como una unidad (producción-transmisión-recepción), hay que decir que los sistemas analógicos pueden convivir con los digitales sin que eso afecte, perceptible y significativamente, la calidad de lo que llega al hogar.

En el caso de la televisión “abierta” cuyas emisiones son aéreas y, por lo tanto, deben estar reguladas por el Estado —propietario soberano de la autopista por la que circulan—, la definición de la norma incumbe, en primer lugar, la fase de transmisión y, en consecuencia, la de recepción. Hasta que esto no ocurra, la producción de contenidos se mantiene dentro del entorno analógico sin comprometer el resto del proceso.

En este aspecto, no hay ni hubo experiencias piloto ni cosa que se le parezca. En cambio, se han rodado programas con cámaras de HD (High Definition) y parámetros cinematográficos con el propósito de exhibir y promocionar, en las ferias internacionales de televisión, el estándar de realización que alcanzan las productoras locales.

Divina trinidad

En 1998, el entonces Secretario de Comunicación del gobierno de Carlos Menem — Germán Kammerath— de manera intempestiva y unilateral respecto de los países integrantes del Mercosur, mediante la resolución SECOM N° 2357/98, adoptó para el sistema de televisión digital terrestre de la Argentina, el Estándar de Televisión Digital de origen estadounidense: ATSC (Advanced Television Systems Comite).

En 2000, el gobierno de Fernando De la Rúa no llegó más lejos que declarar verbalmente la nulidad de aquella reglamentación que, de hecho, desconoció las evaluaciones técnicas y operativas de las normas disponible: además de la mencionada, DVB (Digital Video Broadcasting) de procedencia europea, y la japonesa ya adoptada por Brasil, ISDB (Integrated Services Digital Broadcasting).

En lo que va de gestión K, los ministros Alberto Fernández (entonces Jefe de Gabinete) y Julio de Vido (Planificación) participaron de reuniones en Casa de Gobierno con algunos de los representantes de la industria (Grupo Clarín, Telefónica, Telecom).

¿Qué ofrece cada sistema y en qué se diferencia de los otros? Técnicamente, las tres normas presentan ventajas y desventajas que son materia opinable. Sin embargo, el carácter de la prestación es diametralmente opuesto: mientras que los estándares estadounidense o europeo contemplan el cobro del servicio de TV digital que van a proveer, la norma japonesa no lo hará. Asimismo, la ISDB permitirá la recepción gratuita de contenidos en teléfonos móviles sin abonar un centavo extra, siempre y cuando, se disponga de un aparato que admita ese tipo de configuración. Por último, bajo la norma ISDB, la señal digital podrá ser recepcionada desde otro tipo de equipos como PC’s, notebooks, grabadoras de DVD, televisores para automóviles y handhelds.

A pesar del interés que despierta en el sector multinacional de la industria (por lo menos, las dos últimas ediciones de las jornadas anuales que organiza el cable, estuvieron dedicadas a la TV digital), hasta ahora no ha habido ninguna redefinición. Como tampoco la hubo en relación con la Ley de radiodifusión (que debería ser el marco que contenga cualquier decisión respecto a la norma elegida para las transmisiones televisivas), o el Observatorio de Medios (una posible usina de producción teórica en torno a las telecomunicaciones y su impacto en la vida social y privada).

Mientras el gobierno y las empresas se mojan la oreja mutuamente, la realidad sucede en otro lado: la proliferación doméstica de pantallas y las nuevas formas de consumo (compras a través de Internet, transmisión de textos por teléfono, masificación del cable, etcétera), aun cuando son prácticas circunscriptas a la clase media, también son datos nuevos que, más temprano que tarde, obligarán a reformatear la TV para adecuarla a otros usos y otros espectadores.

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