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El mundo según Milei: radiografía del daño del presidente en política exterior

Un alineamiento sin matices que ofrece alivio inmediato, pero debilita vínculos clave y reduce el margen propio en el mundo. Por Demian Verduga

El mundo según Milei: radiografía del daño que deja el presidente en política exterior

Uno de los políticos más importantes del siglo XX decía: “La verdadera política es la política internacional”. La frase, se sabe, pertenece a Juan Domingo Perón. Muestra hasta qué punto el fundador del Movimiento Justicialista comprendía que el margen de acción en la política nacional de un país está condicionado por el marco internacional. Y que ese margen de maniobra es todavía más angosto cuando se trata de los países periféricos como Argentina.

Esta relevancia de la política exterior suele pasar desapercibida para la mayoría de la población. Quizás haya algún aspecto cultural que genera falta de interés. Quizás sea la ubicación geográfica la que genera la sensación de estar lejos de todo. Excepto en momentos muy críticos, como ahora por la guerra en Medio Oriente, lo que ocurre en la política internacional no despierta demasiado interés público en el país.

Un primer interrogante sobre el gobierno de La Libertad Avanza sería si Javier Milei, un hombre que saltó de panelista provocador a presidente en cinco años, entiende la relevancia de la política exterior. A pesar de su falta de preparación, la respuesta debería ser que sí lo entiende. Esto no es una evaluación sobre qué hace con la política exterior, sino sobre su capacidad de entender la relevancia.

Milei llegó a la presidencia en diciembre de 2023, hace 28 meses. En ese lapso de tiempo hizo 16 viajes a los Estados Unidos, uno cada 50 días. En ese mismo período jamás visitó las provincias de Formosa, Santiago del Estero, San Luis, Jujuy, entre otras.

Milei entiende la importancia de la política exterior. El punto es que su única política exterior es obedecer las órdenes de Washington. Ni siquiera es comparable con las “relaciones carnales” del menemismo. Es peor: se trata de un cadete que obedece instrucciones sin tener una sola impronta personal.

Un ejemplo de las diferencias entre las relaciones carnales de la década de 1990 y el momento actual. Carlos Menem votaba siempre las resoluciones de la ONU que Estados Unidos impulsaba para hostigar a Cuba. Sin embargo, mantuvo una buena relación personal con Fidel Castro. Fidel solía decir: “Hay un Menem público y otro privado, chico”, y luego se acomodaba el habano. Esa buena sintonía no se basaba en la empatía que puede existir entre personas que piensan de manera diametralmente opuesta. Menem había pactado con Fidel que Argentina no reclamaría el préstamo que el país le había hecho a la isla durante el gobierno de Héctor Cámpora, en 1973. A cambio de esto, Castro dejaba a Menem afuera del radar de sus ataques políticos, es decir, no contribuía al discurso antimenemista que acusaba al riojano de “lamebotas del imperio”. Milei es incapaz de una sagacidad política como la de Menem. Entiende la importancia de la política exterior, pero tiene la cintura de un elefante. Su alineamiento absoluto con la Casa Blanca descuida varios frentes que son fundamentales para el interés nacional.

China, Brasil, Irán

La torpeza del presidente argentino lo ha llevado a descuidar, y en algunos casos, dañar relaciones que son tan estratégicas para la Argentina como el vínculo con Estados Unidos.

Antes de seguir, un reconocimiento a Milei: su alineamiento le rindió frutos en un momento crítico. En las semanas previas a la elección de medio término de 2025, la intervención directa del Tesoro norteamericano lo salvó de una devaluación que hubiera dejado al desnudo el fracaso de la política económica de Luis “Toto” Caputo. El punto es que la política exterior no se puede medir por lo que ocurre dos semanas antes de una elección, sino con una mirada que contenga un poco más de mediano plazo.

Una de las relaciones que Milei ha dañado es con Brasil. Se trata del principal socio comercial de la Argentina. En 2025, el volumen del comercio bilateral fue de más de 30 mil millones de dólares, entre exportaciones e importaciones. Es cerca del 20% del total del comercio exterior argentino. A esto hay que sumarle el acompañamiento que Argentina ha recibido de Brasil en temas estratégicos como el reclamo por Malvinas, la renegociación de la deuda y, más recientemente, en el juicio que el fondo buitre Burford le hizo a la petrolera nacional YPF.

En la primera década de este siglo, cuando el presidente era Néstor Kirchner, la alianza con Brasil permitió que ambos países cancelaran el total de su deuda con el FMI. Esto le dio a la Argentina mayor margen de soberanía para la política económica y le permitió tomar distancia de los planes del Fondo, que siempre fracasan.

Es casi imposible imaginar un destino de un mínimo de dignidad y bienestar para la sociedad argentina sin consolidar la relación estratégica con Brasil. Es como pensar que España hubiera podido alcanzar en pocas décadas el nivel de desarrollo que tiene sin sumarse al proyecto de la Unión Europea que Alemania y Francia venían impulsando desde finales de la década de 1950.

La relación con Brasilia ha sido dañada por el fundamentalismo ideológico de Milei. Uno de sus últimos gestos displicentes fue en la última reunión del Mercosur en Paraguay. El mandatario argentino evitó aplaudir cuando la presidenta de la UE, Ursula von der Leyen, reconoció que Luiz Inácio Lula da Silva había sido el actor clave para el acuerdo UE-Mercosur.

El caso de China es comparable. El país que está desplazando a EE. UU. como principal economía del mundo es el segundo socio comercial de Argentina. Además, a diferencia de los norteamericanos, los chinos venían haciendo inversiones de infraestructura estratégica, desde las represas en Santa Cruz hasta una nueva central nuclear para la generación de energía eléctrica. Todo quedó frenado. Y no se hizo para reemplazar a los chinos por los estadounidenses. Washington no le propone a la Argentina inversión estratégica con transferencia de tecnología. La Rosada abandonó esos proyectos a cambio de un puñado de dólares para contener el tipo de cambio antes de la elección.

Hay un punto muy importante para destacar en el vínculo con China. Milei es el único presidente de derecha de la región que, por hacer seguidismo de Washington, enfrió la relación con Beijing. El chileno Antonio Kast jamás se sumó al discurso antichino de Donald Trump. Para el interés nacional chileno, la relación con el gigante asiático es fundamental. El 32% de las exportaciones de Chile son a China. Lo mismo puede decirse del presidente Daniel Noboa de Ecuador o de Nayib Bukele de El Salvador. Todos son “trumpistas”. Ninguno se subió a la retórica contra el gigante asiático.

La guerra contra Irán

Algo similar ocurre con la guerra que EE. UU. e Israel emprendieron contra Irán a principios de marzo. Los países de la región con gobiernos de derecha o extrema derecha mantienen una posición equidistante. Quizás en la Rosada crean que ponen a la Argentina en una especie de vanguardia. En realidad, la exponen en todos los frentes por apoyar una guerra que comenzó 48 horas después de que el propio Trump dijera que había grandes avances en la negociación con Teherán por la cuestión nuclear.

De hecho, los aliados de Washington en la OTAN tampoco respaldan la actual guerra en el Golfo Pérsico, que tiene al planeta en vilo. ¿Acaso Milei creerá que es un genio de la política internacional por hacer algo distinto a lo que hacen todos los países de la región, además de los europeos? Puede ser que lo piense. Lo cierto es que, como en tantos otros aspectos de la vida argentina, cuando el mileísmo se acabe, en política exterior habrá que dedicarle mucha energía a reparar todo lo que el actual gobierno rompió en pedazos.

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