El mito de Monroe y la intervención de Estados Unidos en Sudamérica (Parte 1)

Por Luis Cobián, especial para Causa Popular.- (Primera entrega: Aislacionismo, expansión, librecambio y proteccionismo en el siglo XIX.) Como el Sarmiento que nunca faltaba a clase, el decreto de supresión de honores que provocó la inoportuna borrachera del capitán Duarte (apellido de connotación populista para el gorilaje), y la frase postrera del sargento Cabral, la doctrina Monroe forma parte del cuerpo de mitos que el poder tradicional de la Argentina ha venido divulgando de generación en generación.
Y permanece incólume, aunque la realidad se empeñe en demostrar que nunca existió algo semejante ni siquiera en las intenciones de quien la habría formulado. Monroe entra al parnaso de la historia oficial argentina recién cuando la oligarquía probritánica comenzó a percibir la crisis del Imperio al que se sentía íntimamente ligada, y el Gran Hermano del norte aparecía en el horizonte como el custodio paternal del progreso.

Es cierto que Sarmiento admiraba algunos aspectos del sistema político de EEUU, pero su voz era marginal para un poder alineado con Su Majestad, cuyos súbditos invertían en electricidad, ferrocarriles y aguas corrientes, y se llevaban a Londres dividendos asegurados por el Estado.
Mientras la política del garrote se enseñoreaba en el Caribe, aquí fue resucitada en 1902 por el canciller Luis María Drago, quien pasó a la historia por enarbolar una tesis romántica sobre la pertinencia de que flotas de Inglaterra, Alemania e Italia bloquearan a Venezuela por una deuda impaga.

El Tribunal de La Haya, notificado de la teoría argentina, llegó a la conclusión contraria y dejó a la doctrina Drago en el papel de letra muerta: para los magistrados, la deuda externa de un país sí puede motivar bloqueo, bombardeo, apropiación de rentas de la Aduana, conquista territorial, ocupación o cualquier otro tipo de resarcimiento y venganza que decidan los acreedores.

Repasaremos en esta primera nota el negativo de la doctrina Monroe, la inacción de los EEUU frente a la ingerencia europea, de la que podría concluirse un nuevo corolario a los ya existentes: “Sudamérica para los norteamericanos”.

Nace el mito

Dicen que James Monroe, quinto presidente de EEUU que gobernó su país entre 1817 y 1825, habría dicho: “América para los americanos”.

La tal frase es la síntesis infeliz de un discurso que pronunciara el 2 de diciembre de 1823 a instancias de su Secretario de Estado John Quincy Adams, quien luego lo sucedería en la presidencia.

El 7° párrafo del discurso de Monroe dice textualmente:
«A propuesta del gobierno imperial de Rusia, hecha por conducto del ministro acreditado en esta capital, se han transmitido instrucciones y poderes bastantes al ministro de los Estados Unidos en San Petersburgo, para arreglar, por medio de negociaciones amistosas, los derechos e intereses respectivos de las dos naciones en la costa Noroeste de este continente.

Su Majestad Imperial ha hecho una propuesta semejante al gobierno de la Gran Bretaña, el cual ha accedido de igual modo. El gobierno de los Estados Unidos ha tenido el deseo de manifestar por medio de este amistoso proceder, el gran valor que invariablemente ha atribuido á la amistad del emperador, y su solicitud para cultivar la mejor inteligencia con el gobierno ruso.

En las discusiones a que esto ha dado origen, y en los arreglos por los cuales puede terminar, se ha juzgado oportuno sostener, como principio en el que van comprendidos derechos é intereses de los Estados Unidos, que los Continentes Americanos, por la libre e independiente condición que han asumido y que mantienen, no deberán ser considerados ya como susceptibles de futura colonización por cualquiera de las potencias europeas».

“Los Continentes Americanos” parece un abuso de la metáfora, y en todo caso, lejos de ser un principio general, la advertencia trataba de impedir el avance de Rusia al sur del paralelo 50, aproximadamente donde hoy se encuentra Vancouver, amenazando las posesiones de Gran Bretaña y EEUU.

En esos años, la mayor parte, y sobre todo la zona central del norte de América era un inmenso territorio en disponibilidad, sobre el que avanzaban Rusia, Gran Bretaña, y (todavía) España por el oeste, mientras Francia amenazaba desde el sur. La California española pasaría a integrar México con su independencia, en 1821. Colonias rusas y tropas del Zar ocupaban Alaska y habían avanzado hacia la actual Canadá Británica y Alberta.

EEUU era poco más que los 13 estados originarios en la costa este sobre el Atlántico. Gran Bretaña conservaba grandes extensiones al norte, y con quien una paz duradera sólo se conseguiría en 1824, un año después de la declaración de Monroe, cuando ya se estaba cocinando la gran disputa entre proteccionismo y librecambio que desembocaría en la Guerra de Secesión (1860).

La tensión era entonces entre el expansionismo norteamericano sobre el territorio que consideraban propio, y el de las potencias europeas que avanzaban sobre él.
En Europa gobernaba la Santa Alianza monárquica de Austria, Prusia, Rusia y la Francia post-napoleónica, que se disputaban los territorios abandonados por España.

Según un texto clásico del mexicano Carlos Pereyra, no hay una sino tres versiones de la doctrina Monroe.
La primera, escrita por el secretario Adams e incorporada al discurso presidencial de James Monroe en 1823.
Una segunda, la del presidente Grant -héroe de la Guerra de Secesión y quien dará el nombre actual al Partido Republicano (GOP, o Grant’s Old Party)-, que tuvo como objetivo conseguir una vía franca en el istmo para unir ambos océanos, compitiendo y a la vez coincidiendo con el interés británico.

Y la tercera, la política del garrote, del destino manifiesto y la democracia del dólar implementadas por Taft, Teddy Roosevelt, McKinley y luego por Wilson, para quienes el texto de Monroe era una premisa de la expansión territorial.

Para Pereyra, el equívoco de Monroe se lanzó con una intriga diplomática provocada por George Canning, por entonces titular del Foreign Office, quien a principios de 1823 había logrado engatusar al gobierno de EEUU con un proyecto de alianza de no-intervención para cubrir con una cortina de humo la negociación que le interesaba y lograría firmar con Polignac, esto es, acordar con la Francia de la monarquía restaurada luego de Waterloo (Luis XVIII y Carlos X) que Gran Bretaña tendría libertad de comercio en toda América y que ambos países se repartirían los restos del imperio español.

Pero la intriga había surtido otros efectos dentro de los EEUU: Monroe pidió la opinión del ex presidente Jefferson, y éste respondió “no debemos complicarnos con las discordias de Europa”, y “La Gran Bretaña es la nación que más puede dañarnos entre todas las de la tierra”, agregando: “Confieso que siempre he considerado a Cuba como la adición más interesante que pudiera hacerse a nuestro sistema de estados. El dominio que esta isla nos daría sobre el Golfo de Méjico… llenaría la medida de nuestro bienestar”.

Esto se decía en 1823.

El deseo se cumpliría recién en 1889, cuando 15 mil soldados al mando de Teddy Roosevelt desembarcaron en Santiago de Cuba, cerca de la playa Daiquiri, nombre con el se bautizaría un cóctel popular entre los norteamericanos.
La “zona de influencia” norteamericana era parte de una cuestión más amplia, centrada en la disputa proteccionismo – libre cambio, del que eran protagonistas verbales el vicepresidente John C. Calhoun y el político Daniel Webster, que se manifestaría como una postura pro o anti esclavista y desembocaría en la guerra de Secesión.

El norte industrializado exigía proteccionismo y contar con mano de obra con un grado de especialización que la esclavitud impedía. El sur agrario era librecambista, y el modo de producción agrario-intensivo funcionaba con mano de obra servil. Para Calhoun, era de temer que Francia se adueñase de las provincias internas de México, sobre todo de Tejas; había que oponerse a que Rusia se extendiera hasta California, defender Florida y Louisiana e impedir que Cuba cayera en manos de una gran potencia (Gran Bretaña).

Entre 1812 y 1815, la guerra entre Estados Unidos y Gran Bretaña se desarrolló por la posesión de territorios en el actual Canadá y por la libre navegación de los ríos que exigía esta última, desde Terranova hasta Tierra del Fuego.

Anexiones

Mientras EEUU se abstenía ante las intervenciones europeas en América, acrecentaba su territorio. Las sucesivas incorporaciones se fueron dando dentro del conflicto del norte industrial y el sur agrícola, fortaleciendo a uno u otro de los bandos.

– Louisiana. Comprada a los franceses en 1803. Sería el centro de la rebelión sudista.

– Texas. Con el argumento de que el este del golfo de México, entre los ríos Bravo (o Grande) y Arkansas, era una zona vacía y disponible, aunque pertenecía a España, el emprendedor norteamericano Stephen Austin ocupó tierras y financió el asentamiento de colonias.

Esta población de nacionalidad norteamericana se opuso a las restricciones impuestas por el gobierno mexicano del general Santa Ana, con quien se enfrentaron en El Álamo (1836) en condiciones muy desfavorables. A pesar de la derrota, se inició, por 9 años y con el liderazgo del patriota Samuel Houston, una era de Texas independiente.

Holywood interpretaría esta particular etapa del destino manifiesto en el clásico de John Ford “El Álamo”, protagonizada, producida y escrita por John Wayne, el wasp impasible, en el papel de Crockett.

En 1845, el territorio de Texas se unió a la Confederación Sudista, que, basada en la economía del algodón exportado a Europa, defendía el librecambio. La independencia texana (que había sido reconocida por Francia e Inglaterra) provocó la lógica reacción de México, y con ello una guerra.

– California y Nuevo México. Además de Texas, México tuvo que cederlos tras su derrota como compensación.

– Florida. Entregada por España en 1819, recién fue incorporada a Estados Unidos en 1845, luego de exterminar a los pobladores primitivos, los seminolas.

– Oregon. Pretendido sucesivamente por Rusia, España y Gran Bretaña, en 1846 se arregló el límite con esta última y dos años mas tarde, pasó a ser territorio estadounidense.

– Alaska. En 1867, Alaska fue adquirida al Imperio Ruso por 7,2 millones de dólares.

En su mensaje presidencial de 1845, James Polk sostuvo su particular interpretación de la doctrina Monroe: “Los Estados Unidos no pueden permitir con su silencio que se realice ninguna intervención en el continente de la América del Norte, y si esa intervención se intentara, la resistirán”.

Abstenciones

A lo largo del siglo XIX, la protección de EEUU sobre sus pares independientes de Sudamérica fue una pura ausencia.

– En 1826, EEUU no quiso estar presente en el Congreso de Panamá organizado por Simón Bolívar.

Para esa misma época, el secretario de Estado Henry Clay declaraba que “… los EEUU se hallan satisfechos de la situación actual (de Cuba y Puerto Rico), abiertas ahora a la empresa y al comercio de los ciudadanos americanos… Si Cuba y Puerto Rico se declararan independientes, el número y la índole de su población harían improbable que pudieran sostener su independencia… que podría determinar una repetición de las escenas horribles de que fue teatro lamentable una isla vecina (se refiere a Haití). Y no se podría evitar tan triste resultado sino con la garantía de una gran fuerza extranjera”.

– En 1833, la corbeta británica Clio atacó las Islas Malvinas, que se convirtieron en dependencia de Inglaterra. Años más tarde, el presidente Cleveland justificaría ante el gobierno argentino su ausencia: “Si las circunstancias hubieran sido diferentes y los actos del gobierno británico una violación de aquella doctrina (Monroe)…”

– En 1838, Francia bombardeó San Juan de Ulloa, frente a Veracruz, exigiendo el pago de una deuda. Estados Unidos no intervino.

– En 1838 el almirante Leblanc bloqueó el Río de la Plata, y Francia apoyaba a los unitarios para derrotar “al tirano Rosas”. La situación continuará hasta 1850.
En esos años, tropas mercenarias al mando de Garibaldi asolaron Entre Ríos, y una flota anglofrancesa remontó el río Paraná al mando del almirante Hotham, quien luego lograría la libre navegación con Urquiza. Diez años antes, y con el apoyo explícito de Inglaterra, Uruguay había obtenido su independencia. Rosas, entretanto, arregló sus diferencias con Gran Bretaña y Francia mediante sendos tratados, en 1849 (Southern) y 1850 (Lepredour), sin intervención norteamericana.

– En 1848, Yucatán pretendió independizarse de México y pidió protección a Europa. Aunque la situación se desvaneció rápidamente, el presidente Polk recomendó al Senado que votara la intervención militar, pero se decidió no hacerlo porque se comprometía la anexión de Texas.

En el siglo XIX, la historia de las intervenciones de EEUU en Sudamérica estuvo signada por el aislacionismo, la expansión y la lucha entre proteccionismo y librecambio, que se definió por el norte industrializado luego de que fuera derrotado el general Lee en Appomatox.

En esa guerra, el general Sherman aplicó en forma sistemática el terror y la destrucción total de recursos civiles y económicos para quebrar la voluntad del oponente interno, una especie de precursor de las doctrinas de seguridad nacional.

La particular interpretación de la Doctrina Monroe consistió en no intervenir sino cuando sus intereses estaban en juego.

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