El mayor de mis defectos

Una de las más curiosas formas de la autocrítica es la de apuntar como defecto lo que no es más que una virtud, aunque convengamos que los atributos no son igual de meritorios cualquiera sea el contexto. Y señalar que algo es curioso no equivale a decir que es inusual sino que es sorprendente, por paradójico o por ridículo.

En los últimos días todo el mundo le hizo la autocrítica al kirchnerismo, y en especial a su gestión gubernamental, particularmente sus acólitos y seguidores. El aquí presente ha contribuido anticipadamente al escarnio en la edición del 6 de marzo, y hasta podría insistir en el mismo esquema básico: la elección fue la continuación por otros medios del conflicto disparado por la resolución 125, que resulta muy difícil de defender en sí misma (no hay posibilidad de una política agropecuaria al servicio del desarrollo nacional sin precios sostén y sin intervención estatal en la comercialización de granos, dos “detalles” que encandilan por su ausencia tanto en la redacción original de la ley como en la modificación votada en el Congreso así como en los reclamos de las entidades gremiales ruralistas), pero cuya principal falla sigue estando en el modo en que se tomó la decisión. Muy desafortunado, y muy en sintonía con un estilo en la toma de decisiones, que si en un momento expresó un estado de necesidad y urgencia, a la larga acaba revelando o modelando una concepción, un modo de construcción política autocrático y unilateral.

Como aclaración dejemos establecido que tal como quedaron delineados los “campos” era necesario optar entre el apoyo al inicial error gubernamental (bastante mitigado por las modificaciones introducidas en Diputados) o sumarse a la ofensiva del sector más concentrado de la economía, cuyos intereses están atados al mercado externo. Es la opción de 1877, y resulta muy doloroso ver cómo una parte significativa de nuestra clase dirigente se inclina por el rol de proveedor de materia prima barata que le asignaba ayer al país el imperio inglés y le asigna hoy el mercado mundial de granos.

Tal como quedaron planteadas las cosas, en ese momento no había lugar para neutralismos. Eso entendió Binner, quien decidió regresarse de un saque al siglo XIX, y reclamar para el país el rol de “granero del mundo”, al parecer no entendió Lozano y sigue sin entender Pino Solanas, según se desprende del reportaje que le realizaran Gerardo Yomal y Hugo Presman en junio pasado.

¿O acaso entienden y se hacen los burros?

Parece que seguiremos insistiendo alrededor de la 125, porque más allá de su resolución, del voto de Cobos, de la manipulación mediática, fue en ese momento cuando se expresó en las calles y en la opinión lo que días pasados volvió a expresarse en las urnas.

Vale cualquier explicación que quiera darse. Valen todas, si se quiere. Lo que importa es el marco dentro del cual se producen defecciones en el peronismo, se manipula informativamente, revive el gorilismo, asoma la irresponsabilidad y oportunismo de la dirigencia política, la avaricia y egoísmo de la clase media y se expresa abierta, desfachatadamente –¡y hasta con el apoyo de la “opinión”!– el núcleo más antinacional y antipopular del poder económico, el agrupado en la UIA, las dos asociaciones de Bancos, la Sociedad Rural y Confederaciones Rurales.

¿Cuál es este marco? El de una línea divisoria de intereses que pasa por el lugar equivocado. Línea establecida por el gobierno nacional a partir de la resolución 125 y cuya traza en ningún momento buscó ser corregida, lo que nos remite a la tesis inicial: todo lo que ocurrió el 28 de junio es apenas un momento de un fenómeno desatado con la resolución 125, y que por esas cosas de la inercia, no se sabe cuándo ni en dónde ni en qué acabará.

¿Cuál es el origen de la 125? Muchos se enojarán si decimos “el saldo de caja”, por lo que trataremos de explicarnos: la necesidad de “blindar” la economía argentina por medio del flujo de caja ante la crisis internacional que se avecinaba, lo cual dicho sea de paso, habla muy bien de la perspicacia e inteligencia de quienes conducen los asuntos del Estado, al menos en contraposición a la ignorancia y superficialidad o acaso venalidad de sus opositores.

¿De dónde sacar esos recursos, puesto que en la estrategia o en la concepción kirchnerista no cabe la vuelta atrás en la mayor parte de la obra de demolición menemista, y que cuando en algún caso se produce, es porque no hay otro remedio y siempre en onda vergonzante (Correo, Aysa, Aerolíneas, AFJPes)?

La respuesta estaba a la mano: de la renta extraordinaria que obtenía el sector rural, particularmente el dedicado a la producción de granos.

En todo caso, se habrán dicho los funcionarios, las retenciones siempre tienen que ser móviles, como bien explicó en su momento Rubén Lo Vuolo cuando Lavagna las puso en práctica, corrigiendo el “error” de Remes Lenicov, que devaluó “olvidándose” de las retenciones a la exportación, algo que ni a Kriegger Vasena se le habría ocurrido.

Y como lo indica la lógica más elemental, dicho sea de paso.

Antes de seguir, una pregunta: si las retenciones siempre tienen que ser móviles ¿por qué se esperaron cinco años para hacer lo que se debe hacer siempre?

Efectivamente, el sector granario estaba gozando de una rentabilidad extraordinaria, dicho así, en general, ya que la rentabilidad no era ni es pareja en todas las superficies ni en todos los granos (el mercado mundial de granos prescinde de las necesidades alimenticias y la deseable diversidad productiva. Y es lógico que así sea: no está para eso, sino para ganar dinero y depredar paisitos) ni a lo largo de la entera cadena productiva. La parte del león se la llevaba el exportador, que viene a ser siempre alguna de las “cinco hermanas”, que ahora con Monsanto devinieron en seis. La resolución 125 no introducía en ese punto ninguna novedad.

Pero así como todos los granos no son lo mismo, mucho menos es una misma indiferenciada cosa la entera producción agropecuaria, pero la medida y la actitud gubernamentales tuvieron la virtud de unificar lo diferente y contradictorio, con la ayudita, es claro, de dos de las entidades ruralistas, que no sólo traicionaron sus mandatos históricos sino a su misma base social. Pero en todo caso, en los cinco años que habían transcurrido la autoridad nacional no les había dado la mínima bolilla y, según es sabido, las organizaciones también tienen sus propias necesidades e intereses.

Si la 125 significó el trazado de una línea divisoria en el lugar equivocado, la intervención al Indec provocó la demolición de la palabra estatal, lo que despeja el camino a la palabra interesada, que por esa magia de la comunicación será instantáneamente la palabra autorizada.

Gracias a esa intervención cualquier tilinga incompetente puede dudar del ministro de Salud y sospechosos personajes “sin bandera” acusados de estafa por las Naciones Unidas están autorizados a reclamar una emergencia sanitaria con el exclusivo propósito de recibir subsidios por parte del Estado.

Nadie le cree a nadie, por lo que todo el campo es orégano para delincuentes de toda laya, que cuentan con la complicidad explícita de “periodistas” siempre dispuestos a ir más allá de lo que la patronal les exige. Total, ningún opositor desmentirá sus tonterías o cuestionará sus canalladas. Y si no que lo diga Felipe Solá, que tolera encantado la dictadura del “sentido común” de una actriz provecta devenida en oráculo nacional, para quien Honduras tiene la misma significación que un florero.

Cualquier palabra vale cuando no vale ninguna, porque el único instituto autorizado a hablar con objetividad fue transformado en nada… por razones de caja.

¡Otra vez lo mismo!

Los funcionarios, sacristanes y simpatizantes del gobierno nacional podrán dar todas las explicaciones pertinentes, de seguro acertadas, para la intervención al Indec (las que se pueden dar y las que se ocultan, muy ligadas al pago de intereses de la deuda) pero ¿por qué creerles, si toda palabra oficial puede ser justa o arbitrariamente cuestionada a partir de la pulverización del único organismo nacional (nacional, no oficial ni tampoco sólo estatal) cuya palabra detentaba una razonable credibilidad?

La intervención al Indec fue otra medida basada en la “objetividad”, en la necesidad de regular el drenaje de divisas, lo que objetivamente es beneficioso para todos los argentinos, pero…. ¿cuál fue el costo de esta medida, tan pero tan similar en muchos de sus aspectos a la 125?

La destrucción de la palabra oficial.

Y en política, en la vida entera de las gentes, la palabra es el capital más importante –y a veces el único– con que se cuenta.

Las dos medidas catastróficas que, a juicio o sensación de quien escribe, explican un poco en parte y un poco en última instancia el revés electoral del oficialismo, se originan en graves y serias razones de Estado: blindar la economía y regular el pago de intereses de la deuda externa, la que es de todos nosotros y que pagamos todos nosotros, aunque sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo.

Y es así, somos nosotros los que pagamos la deuda externa y los que aportamos, con nuestro forzado sacrificio, al monto de una reserva capaz de lograr que la economía nacional no sufra gravemente por los efectos de una debacle externa.

Vale aclarar, y si no vale lo haremos igual, que éste es uno de los pocos países del mundo donde se discute el monto del aumentos de salarios y no la cantidad de trabajadores que quedarán en Pampa y la vía y culo al norte para seguir manteniendo la perversidad intrínseca de este sistema económico.

Y estas dos medidas catastróficas fueron seguramente tomadas pensando en el interés nacional. Pero ¿es que cualquier cosa puede hacerse de cualquier manera y se justifica tan sólo por los fines últimos?

Se huele que no.

Volviendo al principio, seguramente el peor de los defectos del actual gobierno sea su responsabilidad administrativa. Se trata, y caben pocas dudas al respecto, de una muy buena administración, de una muy eficiente y seria administración, puesto que –y podríamos dar muchos más que los dos ejemplos anteriores– varios de los errores políticos gubernamentales se explican con facilidad a partir de la lógicas y las necesidades de una administración sensata y responsable.

Otros no. Otro no se explican en absoluto.

Por si alguien lo pregunta, quien habla cree al actual y al anterior, buenos gobiernos. En todo caso, de lo mejorcito que hemos tenido en nuestra vida supuestamente útil, que se remonta mucho más atrás de lo que sería coqueto confesar. Pero es en esa seriedad donde hoy por hoy radica el mayor de los defectos kirchneristas.

Y posible, y no secundariamente, que en una concepción de la política y de la vida, aunque este punto pertenece al ámbito de la interpretación sicoanalítica.

Tanto los actos de Néstor Kirchner como los de Cristina Fernández parecen haber sido guiados por supremas razones de Estado, y fuera del cuestionamiento a sus estrategias está claro que sus móviles y objetivos no se encuentran en sintonía con los intereses antinacionales. Y que por las razones que fueren –por bien del sistema, por sensibilidad social o necesidades nacionales– se trató y trata de gobiernos de orientación popular, inusual rasgo que motivó gran parte de las oposiciones y sin embargo no consiguió movilizar los suficientes apoyos.

La explicación más cara al kirchnerismo consiste en atribuir el extraño fenómeno a la ominosa mano de “los medios”, una explicación inadmisible para un movimiento popular, o que se precie de serlo. Y además, infantil. Algo así como un “Señorita, yo quiero hacer las cosas bien pero el niño Clarín no me deja”.

Por definición, los grandes medios de comunicación siempre están y estarán al servicio de los grandes intereses, y quejarse de ellos es tan cuerdo como quejarse de la ley de gravedad cuando se nos ocurre dar un salto hacia la luna.

Será cuestión de hacer un cohete ¿no?, porque andar echándole la culpa a Newton es cosa de papanatas. Y con mucha más razón cuando uno hace ya seis años y pico que detenta el poder político y administrativo del país, tiempo más que suficiente para haber hecho algo al respecto.

Sin embargo ¿hay algo diferente, que valga la pena “comunicar”?

Si es así, no se nota.

Todo lo que el kirchnerismo desea “comunicar” es lo que en otro marco cualquiera de los grandes medios podrían hacer suyo. E hicieron suyo, en su momento. Este ha sido, desde un punto de vista objetivo, y aun desde el subjetivo del mundo capitalista, un gobierno extraordinario, capaz de resucitar una economía aniquilada, de generar empleo, de aumentar un poco el poder adquisitivo de los salarios, de reactivar el mercado interno, de llevar a cabo un asombroso plan de obras públicas, de acumular reservas, de mantener los superávits gemelos incluso en medio de una crisis internacional.

Y es así: se trata de un gobierno demasiado serio, de una administración extremadamente responsable que hace “los deberes” sin que nadie se lo pida y antes de que nadie lo pida. ¿O acaso alguien puede razonablemente quejarse de que el valor del dólar no dependa de la especulación privada sino de una decisión pública? ¿Que haya reservas suficientes para impedir corridas bancarias? ¿Que se siga discutiendo aumentos de salarios cuando en el plano internacional lo que está en cuestión es la conservación de los empleos? Aburriría seguir con los ejemplos de responsabilidad administrativa.

“Nosotros hacemos”, dice el oficialismo. Y parece ser eso todo lo que tiene para transmitir, como si los argentinos debiéramos sentirnos agradecidos de que un gobierno cumpla con su trabajo. Comparando con los anteriores, es una anormalidad, por supuesto, pero al fin y al cabo les pagamos el sueldo, y lo bien que viven, como para que después de casi siete años podamos conformarnos con tan poco.

Después de casi siete años. Sí señor.

Siete años en la vida de uno es mucho tiempo, excepto que los pasemos panza arriba y tomando ron en una playa caribeña, en cuyo caso será muy poco tiempo.

Siete años en los que el proyecto económico gubernamental ya dio todo lo que le era posible dar en materia de integración y reparación social. No es nuestro ánimo cuestionarlo en este momento, sino apuntar que ha sido insuficiente para conseguir algo que es básico y que, tal vez inconcientemente, la mayoría de los argentinos exige –o así debiera hacerlo– a este gobierno y no le han exigido a otros: la reunificación de la sociedad, la reconstrucción de una sociedad cada vez más igualitaria e integrada.

¿Por qué se exige tanto a éste y a otros no se les ha exigido nada? Pues porque “estos” se han ofrecido para conseguirlo. Y, además de la desmemoria e ingratitud que apuntan algunos analistas, la exigencia indica que la mayoría de las gentes le han tomado la palabra al kirchnerismo, que a regañadientes y con malhumor, le han creído, y ahora dudan de sus intenciones y del valor de esa misma palabra, puesta en duda En todo caso, no se muestran dispuestos a esperar más. Y están en su derecho.

¿Cuál es el por qué y el para qué del sacrificio que cualquier asalariado cree que lleva a cabo?

Cree y tiene razón al creerlo: los supéravits gemelos y las reservas acumuladas son producto del esfuerzo y el ahorro de los argentinos, que si bien es cierto han mejorado su situación, no encuentran en la lógica de Estado y la macroeconomía razones suficientes para seguir postergando la satisfacción de algunos gustos y unas cuantas necesidades.

Las necesidades no son objetivas, por si alguien quiere saberlo. Y mucho menos cuando son analizadas por sociólogos y politólogos medianamente gorditos y satisfechos.

Me decía un amigo: “Quien apele a lo peor, a lo más ruin que los seres humanos llevamos adentro, tendrá éxito.”

Mi amigo descree de la especie. Del homo sapiens, así, en bloque. Y si me apuran, yo también. Y sin embargo, todos y cada uno, a su manera y en su medida, hemos sido testigos de hechos sorprendentes protagonizados por esos mismos humanos de los que descreemos.

Hay algo adentro del más ruin, una cualidad que los creyentes consideran “divina” y los agnósticos optamos por llamar “humana” o “cultural”, que surge en los momentos y las circunstancias indicadas, siempre que alguien sepa invocar eso, lo mejor que tenemos dentro.< Las grandes causas, decía Malraux, son grandes justamente porque son capaces de albergar las mayores miserabilidades. Y si no, no. ¿Y cuál es la gran causa a la que convoca el kirchnerismo? ¿Los superávits gemelos? ¿Cuál es el motivo, la razón, la finalidad que justifica el sacrificio popular? Porque es verdad que la situación de los trabajadores ha mejorado mucho en los últimos siete años, pero ¿algún funcionario, algún dirigente, algún tecnócrata tiene la más remota idea de lo que significa vivir con dos mil pesos al mes? ¿O ni siquiera disponer de esos dos mil pesos y recolectar cartones? ¿Alguien, de los álguienes que cuentan, viaja alguna vez en tren a hora pico desde Varela a Constitución? Tal vez fuera conveniente que los kirchneristas comenzaran a buscar las explicaciones de lo que pasó por ese lado, por el lado de la insatisfacción de las necesidades populares, de las gentes que tienen una sola vida y para la que siete años es mucho tiempo de esperar.

¿Y para qué? ¿Para una abstracción, para algo tan ajeno a la vida cotidiana de uno que es un cualquiera como son las reservas del Banco Central?

¿Por qué no se dejan de joder y gastan de una buena vez “el oro” que juntaron y que “no los deja caminar por los pasillos” del Banco Central?

Las reservas, los superávits gemelos, los correctos parámetros macroeconómicos son importantes. Nadie dice que no. Pero si uno tiene una sola vida y los años van pasando y resulta ser que el invierno sigue siendo para muchos y la cobija para muy pocos, es lógico que se opte por cualquier otra cosa, porque sí, por un albur, “con la escéptica expectativa de quien juega un número a la lotería”.

Dicho sea de paso, el aquí presente acaba de citar, casi en forma textual, a José Antonio Primo de Rivera. Un fascista.

Un fascista es muchas cosas, la mayoría malas. Pero éste era un tipo capaz de comprender algo tan simple como que “nadie da la vida por el sistema métrico decimal”.

Si se pretende apelar a la grandeza popular, a lo bueno que los seres humanos tienen dentro, convóqueselos por grandes causas, no por el sistema métrico decimal, por la racionalidad administrativa o los superávits gemelos.

Y en todo caso, un poco de poesía, de gestos y palabras que nos lleguen al corazón, y menos seriedad, responsabilidad y explicaciones sesudas y académicas. Y un poco más de populismo, demagogia y clientelismo, que bien que nos hace falta.

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