El legado de Horacio González

La perdida es enorme. La figura del ex director de la Biblioteca Nacional y ensayista es mucho más que la de un intelectual. Sus ideas quedan como banderas.

por Emiliano Campos Medina

En la batalla por la descolonización cultural y pedagógica

Desde que se dio a conocer la noticia sobre el fallecimiento del notable ensayista, docente y ex director de la Biblioteca Nacional el martes de esta semana, se han escrito numerosas semblanzas y despedidas. Algunas de ellas publicadas por compañeros de letras y militancia, otras por muchos de sus alumnos de distintas procedencias y edades, en alguna de las varias universidades nacionales, en las que será recordado como un entrañable e irrepetible docente. La intención de esta nota es centrarnos aunque más no sea de modo parcial, por la vastedad de su obra, en algunas líneas de su pensamiento que consideramos constituyen un verdadero legado que hacen a la enorme talla intelectual de Horacio González; aquellas que nos atrevemos a señalar como definidamente orientadas a la construcción de un pensar nacional, que sin hurtarle el cuerpo a las discusiones y corrientes transoceánicas, se caracterizó por una auténtica vocación de descolonización pedagógica y cultural. Esta impronta intelectual ya la hallamos presente desde su participación, de las recordadas “cátedras nacionales” en la universidad de Filosofía y Letras de la UBA entre los años 1967 y 1972. En el marco de esta experiencia que marcó un verdadero hito en el camino de la descolonización pedagógica (concepto acuñado por Rodolfo Puiggrós) y que se proponía estimular y concretar una corriente de pensamiento propio puesto en situación con la realidad de nuestro pueblo, con nuestra historia y ya no meramente imitativas de las trayectorias intelectuales de moda en las metrópolis europeas; Gonzales participó además en el consejo de redacción de la revista Envido, donde escribieron entre otros José Pablo Feinman y Conrado Eggers Lan. Nos atrevemos a señalar que hasta el último de sus escritos González mantuvo el talante de estas experiencias seminales de un auténtico pensamiento nacional en actitud de dispuesta polémica con las corrientes hegemónicas.
Es así que, que en una de sus obras más significativas y ya en el umbral del nuevo siglo, desde el prólogo a “Restos Pampeanos” (1999) nos brinda uno de los combates más lúcidos frente a la corriente intelectual que por la época hacía estragos, mientras cosechaba alegres adhesiones incluso entre sectores del pensamiento vernáculo supuestamente progresistas. Eran los años en que cualquier mención de la palabra “pueblo”, “popular”, “patria”, “nación”, “nacionalismo” en ambientes académicos (y también en sus correspondientes ramificaciones a modo de colectoras: los círculos de artistas cool, revistas culturales de moda, centros culturales, etcétera) producían automáticos torcimientos de bocas, colapsos estomacales, desvanecimientos y reacciones anafilácticas entre los sumos sacerdotes del pensamiento europeizado.

“Es entonces del dominio público académico, como obra mayúscula de su romo y desesperante sentido común, lanzar la acusación de “identitario” a los que osan poner en duda el programa obispal que a cada paso se siente obligado a declarar que “argentino” es una “construcción social”, que la “tradición nacional” nos lleva a una situación del tipo “inventing traditions”, que la “cuestión nacional” nos pone a un paso de un horrísono “sustancialismo” en el cual vemos asomar el fiero rostro del “fundamentalismo autoritario”. ¿No se parece esta administración de eslóganes periodísticos a un evento vinculado más a la cesación del pensar que a la crítica histórica y cultural?”

Aún bajo el impulso de las corrientes del pensamiento posmoderno europeo, decidido a batallar contra toda tentativa de reponer los “grandes relatos totalizantes” que según el juicio de sus autores debían desembocar fatalmente, en la repetición de las experiencias totalitarias del SXX, los exégetas vernáculos de este pensamiento hegemónico profirieron todo tipo de saltos de profundidad y acrobacias aéreas con el objetivo, triste, de desterrar de las cátedras de nuestras universidades todo atisbo identitario nacional. De algún modo danzaban en sintonía con el proyecto político económico neoliberal, accionando como su brazo ejecutor de políticas culturales. Esta orientación se construyó efectivamente a través de distintas mecánicas y dispositivos, desde la selección o descarte de papers y ponencias, hasta el otorgamiento de becas, premios y publicaciones. González desde su lugar como docente y como escritor continuó polemizando y dando batalla contra la tendencia a pensar lo social y las subjetividades populares desde un “invencionismo” desensamblado de las tradiciones políticas, del tejido de subjetividades plebeyas de nuestra historia; como si apenas se estuviera describiendo un fenómeno atmosférico y no el emergente de profundas tensiones hacia el interior de nuestra sociedad, y constituido también en el entramado de conflictos, resistencias y derrotas de la historia popular.
“Por eso, pensar sobre la base de la mera actualidad invencionista, nos deja ante un politicismo inerte; es no entender la historia de la emancipación humana que se libró en los estambres del texto argentino. Porque tal como la vemos, la praxis argentina es ante todo un conjunto de textos que debaten entre sí y pueden ser sometidos a una interpretación que los libere del engarce que los atrapa al artificio de la dominación (con los hombres como instrumentos, como “obreros parcelarios del autómata central”, que en este caso sería una nación concebida como organismo de propiedad y vigilancia). ¿Qué ganamos con disolver esos textos en una ideología de “control biopolítico” o “dominación burocrática del patriciado” si por esa vía nos quedamos no solo sin el horizonte nacional sino sin los ecos estremecedores de esos escritos que hacen al símbolo y al sueño de millares de hombres que son un tímido rastro ceniciento en nuestra memoria. Desapareciendo ese texto argentino, son ellos los que desaparecen, quedan como ignotos cadáveres solitarios cuyos actos parecerán ciegos de sentido, víctimas del equívoco de haberse creído parte de un tiempo colectivo cuyo sentido había que disputar con otros hombres, sus adversarios o enemigos.”
Vale la pena traer a cuenta estos fragmentos de “Restos pampeanos” ; su escritura de trazos largos y metáforas luminosas constituye también una singularidad en el teatro de operaciones de la narrativa intelectual argentina. Hasta el último de sus escritos Horacio González fue un creador de metáforas que visibiliza los pliegues, las corrientes internas, las fluctuaciones y cruces de la tradición literaria y política nacional. Un sutil deconstructor de símbolos, pero no en función de la tentación por el vacío, sino para alumbrar mejor; supo poner a dialogar a José Ingenieros, Martínez Estrada, Roberto Arlt, Carlos Astrada, Hernández Arregui. William Cooke y también las corrientes filosóficas que postulaban un “determinismo dispositivista” traído de los pelos a partir de lecturas superficiales de Foucault y otros autores.
Traeremos a modo de cita un último fragmento de este libro paradigmático y más que recomendado, antes de ocuparnos brevemente de uno de los últimos textos del autor publicados ya en el contexto de la vigente pandemia.
“Debemos señalar que nos parece que toda la discusión de este siglo que ya concluye, puede pensarse como un debate en torno del mito: sus potencialidades, sus capacidades diferentes de impulsar una actividad social, de llevar a una develación o, en caso contrario, a una recaída en la fabulación yerma, despótica y exterminadora de lo humano. Si optáramos por descartar el mito como una figura disonante del conocer, que le pone a la práctica humana los inadecuados añadidos de la mixtificación y la quimera, no podríamos alcanzar el verdadero corazón de las luchas sociales de esta época y acaso de las que vengan. Porque las luchas son para definir el sentido constructivo de emancipación del mito.”

Hacia un Estado y un humanismo post pandemia

Desde el domicilio compartido con su compañera Liliana Herrero, y en el contexto del aislamiento social preventivo decretado por el gobierno de Alberto Fernández, para disminuir la circulación y los efectos de la actual pandemia, González no cesó mientras la salud se lo permitió, de escribir para diferentes publicaciones gráficas y virtuales. Su última participación en el diario Página/12 fue, paradójicamente, para despedir al querido y gran poeta argentino Alberto Szpunberg víctima del virus en la ciudad de Barcelona, en octubre del 2020. Pero hay un artículo entre todos los que escribió antes de ser internado, que nos interesa particularmente a los efectos de esta nota. En él queda materializado para siempre y casi a modo de legado, la lúcida mirada «gonzaliana» respecto a las posibles derivaciones y mutaciones culturales, políticas y sociales que puede deparar la post pandemia. Se trata de un texto elaborado para la antología “El futuro después del covid-19” de la plataforma Argentina Futura, coordinada por Alejandro Grimson. El texto de González que se titula “Sobre las perspectivas nuevas del lenguaje público y estatal” no se limita a especular transformaciones posibles a partir de los cambios en las modalidades de trabajo y educativas, sino que es también un llamado a repensar el Estado y las disciplinas humanistas.
“En el futuro inmediato habrá una gran discusión sobre las humanidades y las artes, que tienen la peculiaridad de ocuparse de la pregunta por la conciencia histórica que debe ser descifrada en cada momento con instrumentos conceptuales que justamente pertenecen a ese mismo momento que transcurre ante nuestra conciencia. He allí el dilema de las llamadas ciencias humanas. La discusión no debe cesar porque es propia de nuestro legado, por lo que sería un error sostener en esta nueva situación, la asociación inmediatista entre gobierno y ciencia. De modo que, aunque parezca limitado mi punto de vista por estar ausente la dimensión económica, creo que un futuro debate es sobre el lenguaje y los recursos gnoseológicos que corresponden a las humanidades, frente a regímenes de conocimiento más estables y acumulativos, vinculados a la economía productiva y a la reproducción de la vida.”
González nos interpela a replantear el trazado urbanístico de las ciudades, esa invención de la modernidad y el modo de producción capitalista, atravesado de reagrupamientos feudalizantes promovidos por las desigualdades de clase y en la distribución de la tierra. Deberemos pensar, de qué modo queremos habitar un mundo donde las relaciones sociales seguramente se verán afectadas definitivamente por aquello que llama “interfaz entre la enfermedad animal y la enfermedad humana”. Convoca a reformular el lenguaje estatal a la luz de esa resignificación de las tradiciones humanistas, que necesariamente deberán dar cuenta a mediano plazo, de las conmociones que el despliegue de la pandemia va produciendo. Nos advierte de evitar ser capturados por el lenguaje bio-tecnológico, por una internalización de los dispositivos sanitarios.
“Tanto el núcleo biológico del problema como el núcleo productivo que resulta el problema de la subsistencia de las poblaciones sin ningún tipo de renacido darwinismo social, trazan el esqueleto intelectual que en el futuro justificará a las naciones. Esperamos que la nuestra, que tiene acervos acumulados de gran importancia, tanto el núcleo biológico del problema como el núcleo productivo que resulta el problema en estos temas, pueda desplegar los ámbitos adecuados para desarrollar tanto vacunas como conceptos, que en última instancia son instancias curadoras de modo desigual pero computables en la misma idea de continuidad de lo humano como condición renacida en su autoconciencia y en sus actos de presencia real. Sin desmedro de los influyentes deconstructivismos, pero como una filosofía de lo humano autogenerado desde una territorialidad propia.”

Nuevamente y hasta en el contexto de una pandemia que pareciera borrar las fronteras con el horror de una muerte común, homogénea, despersonalizada, el sociólogo nos convoca a repensar lo humano “desde una territorialidad propia”. En la huella de las cátedras nacionales, quizá el último de nuestros grandes intelectuales; el militante y compañero peronista, el docente universitario que no solo supo advertir las movidas destituyentes de los sectores concentrados de nuestra economía allá en 2008 (cuando se autoproclamaban “El Campo” desde su opulencia de camionetas Ranger y vidrios polarizados); sino que además fue el impulsor y organizador de la plataforma Carta Abierta, desde donde se desarmaron los discursos reaccionarios de los mismos que, hace nada, construyeron los conceptos de “infectadura” y quemaron barbijos en el obelisco llamando a una nueva movida destituyente. Abatido por el virus que conmociona a la época finalmente nos dejó físicamente este habitante de trincheras discursivas, militantes, nacionales y populares. En ellas, y en las que vienen, lo seguiremos encontrando.

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