El invitado llega con energía

Como invitado a la Cumbre del Grupo de los Ocho (G-8) de esta semana en Alemania, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva lleva argumentos suficientes como para convencer a sus pares de la importancia de los biocombustibles en la lucha contra el recalentamiento global. La posibilidad de que Brasil se convierta en el futuro cercano en una especie de Arabia Saudita verde, como dice el mandatario izquierdista, trae empero tanta euforia como temores.

Con los altos precios del petróleo y la presión de los países ricos para reducir la emisión de gases invernadero, Brasil tiene todas las condiciones para convertirse en el mayor productor de combustibles renovables, extraídos de aceites vegetales o a partir de la caña de azúcar, aseguró Adriano Pires, experto en energía del Centro Brasileño de Infraestructura.

El gigante sudamericano, que ya produce 17.000 millones de litros de etanol por año, y Estados Unidos son responsables de 70 por ciento de este combustible usado en el mundo.

Las plantaciones de caña de azúcar se extienden actualmente a seis millones de hectáreas en Brasil, lo cual ya significa un crecimiento de 13 por ciento en los últimos tres años.

Pero para atender el incremento de la demanda interna y externa, según los empresarios cañeros, se deberá duplicar la producción en los próximos seis o siete años y, por tanto, expandir las plantaciones de tres a cuatro millones de hectáreas.

El temor que esta política genera, según la organización no gubernamental Action Aid, es que ocurra lo mismo que con la soja, el monocultivo que en cinco años llevó a la deforestación de más de siete millones de hectáreas de la selva amazónica.

Esta es una preocupación compartida por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), la organización campesina que lucha por la reforma agraria.

La expansión de la caña de azúcar «acelera la tendencia historia de la concentración de la tierra» y una vez más, como fue con la implantación del alcohol en 1975, renueva una política agraria «dirigida al mercado mundial sin importar la producción interna de alimentos», advirtió Alexandre Conceicao, de la dirección nacional del MST en el norteño estado de Pernambuco.

El MST alerta también sobre las tradicionales condiciones laborales «esclavistas» del sector azucarero.

«El costo social de esa política es la superexplotación del trabajo con un ejército de trabajadores zafrales que cortan una tonelada de caña por 2,50 reales (unos 1,28 dólares), en condiciones precarias, una situación que ya causó la muerte de centenas de personas», indicó el dirigente campesino.

Entrevistada por IPS, Camila Moreno, experta en desarrollo agrario de la Universidad Rural de Río de Janeiro, sostuvo que con el auge del etanol se reedite en Brasil «una moderna versión del pasado colonial esclavista azucarero», con un agregado como es la expansión de una nueva forma de «imperialismo» ecológico.

Moreno recordó que muchas tierras son compradas por fondos de inversiones internacionales (estadounidenses y europeos), lo cual trae a colación «un nueva forma de capitalismo que no se conocía en Brasil».

La tendencia se hizo evidente en la primera Cumbre del Etanol, organizada el lunes y este martes en Sao Paulo por la Unión de la Industria de la Caña de Azúcar (Unica) y a la que asistieron expertos y políticos de distintas partes del mundo.

Fuentes del sector confirmaron en ese ámbito que se están volcando más de 15.000 millones de dólares en la construcción de nuevas plantas de fabricación de etanol, que estarán prontas en 2012, unas 77 adicionales a las 300 ya existentes en Brasil. En esas inversiones aparecen capitales estadounidenses japoneses y chinos.

Pero el parámetro tal vez más claro de la euforia de etanol fue el anuncio en esa cumbre del inversionista húngaro-estadounidense George Soros de que invertirá unos 900 millones de dólares en tres usinas de producción de etanol en el estado de Mato Grosso do Sul.

Una compra realizada a través de la empresa Adeco, ya presente en Argentina y de la que Soros es uno de los principales accionistas, que ya es propietario en Brasil de 150.000 hectáreas para plantar caña de azúcar.

Celso Marcatto, coordinador de seguridad alimentaria de Action Aid, comentó que, para poder realmente llamar a los biocombustibles «energía limpia o renovable», es necesario tener en cuenta los impactos sociales y ambientales de «la expansión desenfrenada» de la soja o de la caña de azúcar.

El activista entiende que el Estado debe regular los sectores de producción, transporte y comercialización de los biocombustibles para evitar que el país se «transforme en un gran monocultivo» o «en varios monocultivos (más precisamente de eucaliptos, soja y caña de azúcar)

Action Aid propone garantizar la protección de la agricultura familiar de las comunidades campesinas e indígenas «contra la voracidad de expansión de las grandes empresas productoras de biocombustibles», e incorporarlas en la actividad agrícola sustentable como fuente de renta.

Asimismo plantea la necesidad de establecer zonas de desarrollo para este tipo de cultivos, que no afecten los sistemas ecológicos, y de la definición de estrictos controles gubernamentales para evitar que su expansión afecte la producción de alimentos, y contribuya a la superexplotación de mano de obra, principalmente en el corte de cana.

Pero los representantes de la industria de la caña y del gobierno desestiman esos temores.

Geraldo Coutinho, vicepresidente de los productores de caña de azúcar y etanol de Río de Janeiro, dijo a IPS que, aunque es importante determinar áreas prioritarias y de restricción para el cultivo de la caña, Brasil tiene todavía un «potencial fenomenal para ser explorado en tierras ociosas o subaprovechadas».

Por su parte el presidente Lula negó que sus planes de convertir a Brasil en un productor mundial de etanol atenten contra la soberanía alimentaria o contribuya aun más a la deforestación de la selva amazónica con la expansión de la frontera agrícola en cultivos como la caña de azúcar.

Según el gobernante, este país destina 440 millones de hectáreas a la agricultura, de las cuales apenas uno por ciento es de caña de azúcar.

Por su parte, el vicepresidente de Brasil, José Alencar, destacó en la Cumbre del Etanol que, en vez de provocar daños ambientales, la inversión en biocombustibles puede contribuir a generar en los países pobres un crecimiento.

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