El hombre que se inventó a sí mismo

Faustino Valentín Quiroga nació en la aldea de San Juan de la Frontera, el 15 de febrero de 1811, y murió en Asunción del Paraguay, el 11 de septiembre de 1888, convertido en Domingo Faustino Sarmiento. Entre estos dos momentos, un portentoso acto de creación, del que da cuenta el hecho de que quien muriera no sería el mismo que había nacido.

Podría alegarse que esto le ocurre a todos. No es verdad. No así. No con tanta desmesura. Baste decir que todo cuanto realmente sabemos de él es lo que él mismo dijo y contradijo. Lo demás: comentarios de quienes no lo querían bien, que para regodeo de Faustino o Domingo o ambos, era la inmensa mayoría de sus contemporáneos. Es que los había exasperado.

Si se lo había propuesto, lo ignoramos, aunque es comprobable que solía, y sabía, ser provocativo, humillante, muchas veces injusto. Eso sí: siempre contradictorio, a su muy particular modo, que consistía en contradecirse no por incoherencia sino por naturaleza. No iba a estar jamás de acuerdo con nada, y no habiendo en la inconmensurable infinitud del universo nada fuera de él mismo, o al menos que lo sobrepasase en importancia, es comprensible que acabara siendo su principal contrincante.

¿Es el inventor de la egomanía argentina? Inventó muchas cosas, pero en este caso, si no creador, fue pionero. En sus libros más emotivos, en los que, con auténtico amor y un inocultable dejo de tristeza, evoca a las personas que le fueron más queridas -Recuerdos de provincia y Vida de Dominguito- acaba hablándonos siempre… de Sarmiento.
Sus libros… ¿cómo se puede escribir tanto, y tan bien, desconociendo la sintaxis? Se nos dice que por ignorancia. De ser así, bienvenida sea. Y debe ser así, porque era autodidacta (¿qué otra cosa, si no?) y pudo recibir apenas la instrucción primaria.

Fue en la “Escuela de la Patria”, que pasa por haber sido en aquellos tiempos -desde que Sarmiento lo aseguró- una de las mejores del país. Difícil creerle: San Juan era un modesto poblado de muy escaso desarrollo e importancia ¿por qué habría de tener “una de las mejores escuelas del país”? Porque de ahí egresó Sarmiento, y no de cualquier manera, sino con el título de “primer ciudadano”. Puede ser verdad, pero convengamos que la moderación no era uno de sus defectos.

Suenan en cambio muy verosímiles las razones que nos da para explicar por qué, por dos veces, fracasó en su intento de proseguir sus estudios en Buenos Aires. Provinciano pobre, sin relaciones ni influencias más que en la modesta San Juan, sólo puede aspirar a una beca por sorteo. O los aspirantes eran muchos o las becas pocas o más probablemente los sorteos estuvieran amañados: es demasiada mala suerte la suya.

Como sea, Sarmiento no dice haberse quejado ni se queja, no de esas pequeñas cosas. Su queja, su rebelión, es contra el Destino en mayúsculas, en palabras de Jorge Luis Borges aludiendo a Laprida, contra su destino sudamericano:

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre

de sentencias, de libros, de dictámenes,

a cielo abierto yaceré entre ciénagas;

pero me endiosa el pecho inexplicable

un júbilo secreto. Al fin me encuentro

con mi destino sudamericano.

Pero tampoco la resignación era un defecto suyo, y más que júbilo, si algo le endiosaba el pecho era la ira. Sarmiento no iba a entregarse así nomás a los dictámenes del Destino: lo modelaría a los empujones.

No hay quejas entonces contra el azar ni los acomodos. Tal vez presintiera que no quería ser hombre de sentencias, libros o dictámenes. Más que leer, devoraba los libros, sin masticarlos, digiriéndolos a su peculiar manera: lo suyo no era aprender sino enseñar, no extasiarse con las imaginaciones ajenas sino imaginar, ni siquiera ver. Al cabo, hasta la propia Naturaleza obedecería ciegamente a su imaginación. Qué secreto, íntimo júbilo experimentaría cuando esa pampa a la que nunca había visto y que con tanta brillantez, colorido y exactitud retrató en Facundo, se demostrara a sus ojos tal cual él la había conjeturado, sin faltar detalle, sin una imperfección.

Fracasados entonces sus intentos por seguir los estudios, debe regresar con su familia. Es fácil figurarnos al padre, Clemente. “Ardiente patriota” nos explica Sarmiento. Había servido a las órdenes de San Martín en el Ejército de los Andes, lo que entonces en Cuyo no era una originalidad de la que jactarse, pero Sarmiento no le hace asco a nada y transcurrieron ya muchos años y, además, no habla para ese público.

Por otra parte, debía explicar de alguna manera qué hacía su padre, porque hasta donde se sabe, “ardiente patriota” no es un oficio y careciendo de otra ocupación… porque a don Clemente, ni Sarmiento pudo inventarle trabajos. Y ahí andaba, de tertulias, que los momentos revolucionarios son ideales para no hacer nada. Puesto que está todo por hacerse, hay mucho de qué discutir, en mayor medida cuando eso que ya no es, lejos de adoptar una nueva forma, se despeña lenta y sangrientamente en el caos.

La madre, Paula Albarracín, apellido al que su hijo creería verle la prosapia árabe de la que alardearía décadas después, ya ex presidente, sostenía las necesidades familiares tejiendo infatigablemente a la sombra de una parra. Eso, en verano; en invierno, Sarmiento no nos lo dijo.

Lo demás, cinco hermanos; que con él mismo y don Clemente, hacían siete bocas a las que Paula debía alimentar. Demasiado para la sacrificada mujer. Sarmiento, que la ama con su habitual desmesura, decide dejar de ser una carga y acompaña a San Luis a su tío José de Oro, donde en San Francisco del Monte funda una escuela. El tío la funda, aunque Sarmiento (por entonces un chiquilín de 15 años que apenas habría podido fundar una pandilla) se las ingenia para arrevesar la redacción y hacernos creer otra cosa.

San Francisco del Monte era y sigue siendo un inhóspito pueblo minero en lo alto de la sierra sometido a las inclemencias del clima, entre las que no se cuenta precisamente la lluvia: las precipitaciones son tan escasas como en San Juan. Este detalle ha pasado desapercibido a incontables generaciones de escolares, atormentados por la idea de que Sarmiento alumno y Sarmiento maestro jamás habían faltado a clases ni aun lloviendo, lo que debe haber ocurrido muy pocas veces, acaso nunca.

Digo mal: no es una idea, es un axioma, consustancial al mito, porque desde la nada, Sarmiento ha ido autoconstruyéndose mito. Durante su breve experiencia docente en San Francisco del Monte dice haber concebido la idea de regenerar a la patria por medio de la ilustración pública, pretendido eje y fuerza motriz de toda su vida. No es peregrino suponer que debe haber sacado esa idea de otro lado, o bien de reflexiones posteriores, pero, si no temprana obsesión, la docencia será su oficio, entre muchos otros, porque hizo de todo.

Un año después, de regreso en San Juan, trabaja de dependiente de tienda. Estamos en 1827 y los montoneros federales riojanos ocupan la localidad. Dice haberse sentido muy impresionado y se les opone. ¿Impresionado de qué? ¿Acaso un joven provinciano -y casi montaraz, por otra parte-, va a dejarse impresionar por unos cuantos jinetes que entran a su pueblo, seguramente al galope y los gritos, pero sin mediar derramamientos de sangre? ¿Qué lo lleva a oponerse? ¿Una prematura intuición de la antinomia entre civilización y barbarie? ¿Su natural espíritu contradictor? No es la “impresión”, eso, seguro, que de manfloro no tenía un pelo, pero lo cierto que es entonces cuando hace una temprana opción y se une al ejército del general Paz, un hombre que, como él mismo, viviría incómodo entre unitarios e incomprendido entre federales.

Luego de la derrota de Paz en 1831, pasa prudentemente a Chile, donde tras renunciar como maestro en el pueblito Los Andes, por desavenencias con el director -cuándo no-, crea su propia escuela en Pocura. De sus amores con una alumna, nacería su hija Ana Faustina.

Será ese el primero de los sucesivos, tormentosos y abundantes romances que acumularía en su vida, hasta muy avanzada edad, que la inclinación a la desmesura se le daba también por ese lado. Así como sin ambages, ni tapujos, ni ninguna clase de falso pudor, declararía algunos años después, desde Montevideo, haber salido de una entrevista con la ya sexagenaria Mariquita Sánchez de Thompson con una inocultable erección, ya presidente, serían públicos y conspicuos sus amores con la esposa de uno de sus ministros.

Hay quienes quieren ver -y esos son muchos de sus contemporáneos- en esa avidez suya una monstruosa compulsión, pero es que resulta inseparable de su carácter, propia de la voracidad con la que acometía todas y cada una de las vicisitudes de su vida, la lectura, el combate, la polémica, hasta la ingesta de pepinos, pero fundamentalmente y por sobre todo, la escritura: no han visto estos cielos escritor más notable y a la vez prolífico.

¿Habrá que disculpar la inquina de sus contemporáneos? Posiblemente. Se trataba de un hombre capaz de provocar una gran incomodidad, contradictorio -ya lo dijimos- y al mismo tiempo tozudamente muy seguro de sí, siempre mirando más allá. No era, dicho sea de paso, “un adelantado a su tiempo”, mérito dudoso, si lo es. No era para Sarmiento el tiempo algo por venir, al que ir preparando el cuerpo y acomodando la mente, sino algo por hacer, inexistente -en todo caso, insignificante- fuera de su voluntad.

Así está siempre, haciendo y deshaciendo. Por motivos que no nos es dado comprender, deja la enseñanza y abre un bodegón en Pocuro, marcha de ahí a Valparaíso donde se conchaba como dependiente de tienda y empieza a estudiar inglés. Trabaja también de mayordomo en las minas de Copiapó y finalmente regresa a San Juan, donde Jacinto Benavídez, con esa bonhomía que le sería proverbial y que acabaría por costarle la vida, había iniciado una política de conciliación.

Era un hombre accesible, si no a las ideas liberales, al trato, y deseoso de convocar a esa “intelectualidad” disconforme a fin elevar el nivel cultural de su provincia e impulsar la educación pública.

Sarmiento funda la escuela para mujeres Santa Rita y una sociedad dramática. Extrañamente, tal vez por afinidad política, porque no tenía otras, se integra a la Sociedad Literaria, una suerte de logia romántica ligada a la Asociación de Mayo, fundada en Buenos Aires por Esteban Echeverría. Ahí, los jóvenes de clase alta leían a los nuevos autores europeos, discutían sus doctrinas, proclamaban la libertad e insistían en la necesidad de la organización nacional. Las provincias se mantenían unidas mediante frágiles pactos explícitos y el más sólido acuerdo implícito de constituirse, alguna vez, en una entidad nacional.

El cuándo y el cómo eran el punto en cuestión. Ya mismo, como ansiaban los unitarios, o de a poco, como preferían los federales; a través de acuerdos entre caudillos populares o demagógicos (va en gustos) o mediante la imposición desde Buenos Aires de una república aristocrática.

Al final, resultó ser una mezcla de ambas fórmulas, pero entonces nadie lo sabía, y el caso era que en Buenos Aires gobernaba Rosas, más cerca de la autocracia de tono popular que de la república ilustrada de los aristócratas, y nada podía imponerse sobre las demás provincias como no fuera desde Buenos Aires.

Apunten contra Rosas, era la conclusión natural, y hacia ahí fue frontalmente Sarmiento -¿alguien podría imaginar otra cosa?- que fundó un periódico: El Zonda.
La convivencia de Sarmiento con los unitarios era y siguió siendo turbulenta. Por más que se lamentara de que en San Juan no fuera de uso habitual, no se acomodaba al frac ni el frac se le acomodaba al cuerpo. Algo de su contextura física había en eso, pero mucho de su temperamento.

Profundamente americano, lo suyo era ser guarango, no tilingo, y más que a Byron admiraba a Franklin. Hombre práctico, de poner manos a la obra, además de fundador, fue director y principal redactor de El Zonda, centrándose en un desorbitado ataque a Rosas. Una imprudencia: el periódico se tiraba en la imprenta oficial de Buenos Aires; a Rosas le bastó con aumentar los precios para que El Zonda dejara de existir.

Aunque apenas duró seis semanas, El Zonda fue una experiencia crucial en su vida. De ahí en más, jamás abandonaría el periodismo, adoptándolo como su principal tribuna de combate y trasformándolo radicalmente. Hay un antes y un después de Sarmiento en el periodismo y la literatura de su época. Sus artículos se componen de hechos e ideas, improvisados, joviales, hacen estallar de risa a algunos lectores. A otros, los aludidos, en indignación. Pero jamás mueven a la indiferencia.

Con el cierre de El Zonda, la Sociedad Literaria muestra su verdadera cara y empieza a conspirar con Brizuela, gobernador de La Rioja, arreglado con los unitarios, que pretende deponer a Benavídez. La conjura es descubierta y los “literatos” escapan a Chile, menos Sarmiento. Benavídez detiene a ese loco que se ha quedado a cubrir la huida de sus amigos, lo trata con afabilidad y lo despacha más allá de la cordillera. Sarmiento está obnubilado, o lo estaría después, cuando dice recordar el episodio.

Sostiene haber escrito en una piedra On ne tue point les idés, insólito graffiti con el que se precia de haber desconcertado a sus perseguidores. Lo hubiera conseguido, de haber habido quien lo persiguiera. La patraña -ni que Benavídez le proveyera de un tacho de pintura para que escribiera en su contra en medio de la cordillera- le serviría para parafrasear la cita: “Bárbaros. Las ideas no se degüellan”.

La consigna preanuncia (¿preanuncia? ¿cómo saber qué viene antes y después en la autobiografía de esa gran creación literaria llamada Domingo Faustino Sarmiento?) la oposición Civilización o Barbarie con la que subtitulará un panfleto formidable: Facundo. Está todo ahí, en el subtítulo y en la obra. En uno de sus trastrueques característicos, bárbaro, sinónimo de extranjero, se vuelve lo propio, en especial, con todo lo de hispánico y retrógrado que arrastra. Es que Sarmiento es furibundamente antiespañol, con ese apasionado odio a España que, en palabras de Unamuno, sólo es capaz de profesar un auténtico español. ¿Qué se le opone a lo propio? Lo extranjero, trastocado ahora en Civilización.

Facundo fue publicado en el diario El Progreso, de Santiago de Chile -donde Sarmiento se encontraba exiliado-, en veinticinco entregas, desde el 2 de mayo al 5 de junio de 1845. Un mes después fue dado a conocer en forma de libro, para lo que el autor le añadió dos capítulos finales.
La obra así compuesta consta de tres partes. La primera, la conforman cuatro capítulos que describen el territorio nacional, su gente, su cultura y su historia.

La segunda, es la biografía del Juan Facundo Quiroga, caudillo de la provincia de La Rioja, que Sarmiento transforma en un estudio de la “barbarie”. La tercera parte, el programa político liberal que, con sus más y sus menos, Sarmiento compartía con sus compañeros de la Generación del 37 (Bartolomé Mitre, Esteban Echeverría, Juan B. Alberdi, Vicente F. López, José Mármol, entre otros).

A caballo entre el ensayo y la novela, es un contrapunto de cuatro voces entre el autor-historiador, el autor transformado en uno de los protagonistas, el biografiado y nuevamente el autor, ya como espectador, que interviene para opinar, protestar, proponer o exaltarse. En conjunto, la obra propuso una tesis interpretativa, con pretensiones sociológicas, del hombre americano.

En la idea de que el hombre evoluciona de lo más simple a lo más complejo, para Sarmiento el desarrollo social, partiendo del estado previo del salvajismo (en el que estarían incursos los indios, a quienes no considera integrantes de la nación, lo que demostrará cabalmente al rechazar el pacto con los ranqueles firmado por Lucio V. Mansilla, abriendo así las puertas al genocidio indígena), consta de dos etapas: la “barbarie” y la “civilización”, siendo entonces la “barbarie” el estado intermedio en el camino hacia la “civilización”.

En los primeros capítulos, Sarmiento intenta mostrar cómo en el extenso y despoblado territorio nacional se había ido conformando un tipo humano adaptado a la naturaleza del país, a la difícil vida de la pampa y de los montes: el gaucho. Pero resulta así que la geografía y el hombre que a ella se ha adaptado hacían inviable la “civilización”: en su concepto, ésta equivalía a vida urbana moderna.

Solamente la vida urbana moderna, tal como se daba en Europa Occidental y en los Estados Unidos, podía ser foco de la civilización. Gracias a la concentración urbana el ser humano podía acceder a una educación común popular, democrática y relacionarse con los otros hombres, formarse sus propias ideas y tomar decisiones políticas responsables.

Partiendo de estas ideas, hace en el Facundo el diagnóstico de los males argentinos. Para fomentar este tipo de hombre, educado en las modernas disciplinas del saber europeo era preciso crear la sociedad liberal que, en 1845, no existía en Argentina, gobernada por Rosas.

Es a Rosas a quien en realidad se aboca en la tercera parte del libro, reconociéndole el mérito de haber centralizado el gobierno del país, pero a costa de la anulación de las libertades, sumiéndolo en el atraso.

En contraposición al entonces gobernador de Buenos, a quien acusa de demagogia por practicar el sufragio universal y autorizar plebiscitos populares, así como por cortejar el apoyo político de los negros y las mujeres y hacer tratos con los indios, la propuesta esbozada por Sarmiento restringía la participación política: sólo deberían votar las personas educadas en los valores de la democracia liberal. Era un criterio elitista que excluía sectores mayoritarios de la población. Creía en la voluntad de acción de las minorías ilustradas, minorías que debían ejercer el liderazgo político en la sociedad liberal futura.

El gaucho sería socialmente superado por el progreso, quedando como un representante de la nación primitiva y bárbara. El argentino del futuro sería un individuo civilizado, urbano, educado, trabajador.

Pero Sarmiento no es tan simple. Por otra parte, esperar de él una visión distante, reflexiva y desapasionada de la realidad, es desconocerlo. Todo es turbulencia, contradicción y anatema, y sobre todo, ambigüedad. «Casi siempre llamamos barbarie a lo que no nos conviene” proclama años después en un acalorado debate.

En el paisaje de la pampa se proyecta la sombra terrible de Facundo, a cuyo amparo se desenvuelve la barbarie, por la que Sarmiento trasunta una conmovida admiración. El baqueano, el rastreador, el cantor, hasta el gaucho malo desfilan por sus páginas enaltecidos más allá de sus propios méritos. Es que este hombre, que reclamará a Mitre “No ahorrar sangre de gauchos, que es barata”, dirá también que “con estos gauchos San Martín liberó a la patria” o increpará a “la aristocracia con olor a bosta” por usar a los gauchos en su propio beneficio, “negándoles la educación, el bienestar y hasta el fruto de su trabajo”

Es con Facundo y a golpes de párrafos, que iniciará su sorprendente carrera política, desde la invención del insólito grado de “boletinero” en el Ejército Grande, para el que diseñó su propio funambulesco uniforme, hasta el Ministerio de Gobierno, la Dirección General de Escuelas, la senaduría y la Presidencia de la Nación. Y es también Facundo su primer gran obra, novela y biografía, tratado histórico, pintura sociológica, retrato de costumbres y auténtica plataforma política: ahí están desde sus planes de educador hasta la justificación de la violencia como instrumento civilizador. Su profundo amor por su tierra y sus paisanos y la colérica insatisfacción que le provocan.

Ahí, ya desde el subtítulo y plenamente desarrolladas en el interior, están las bases de una mitología política que recorrerá toda nuestra historia.

Desde entonces, ya no es la de Facundo, sino la de Sarmiento -tal vez vueltos ambos un colosal ser bifronte- la sombra terrible que se proyecta sobre nosotros, hasta estos mismos días

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