El hombre invisible

Aguardientes. Segunda temporada.

Lo descubrió a los cuarenta años. En realidad, el día después de cumplirlos. Una señora muy mayor tropezó con él a las puertas de una farmacia yendo a dar los gruesos lentes de la pobre sobre el cordón de la vereda. Entonces no sospechó, pero tomó nota del evento.

El siguiente dato lo registró en el subte, cuando media docena de muchachones le caminaron en fila por sobre los mocasines Guido intentando descender en la estación Carlos Pellegrini. Allí tuvo el primer atisbo de la verdad terrible.

Cruzando Pavón, a la altura de Vieytes, un animal con ropa casi lo aplasta con un camión repleto de escombros, siendo imposible que no lo hubiera visto cruzar, claro que muy al límite entre el verde y el amarillo del semáforo.

El 540 que lo dejó pintado, con la mano extendida en la parada de Arrotea y Olazábal a las dos de la mañana fue la más terrible de las experiencias de su invisibilidad.

Menos peligroso que lo del colectivo, pero más abochornante, fue su constante frustración con los mozos de Las Carabelas. Noches de insomnio por el dolor en las axilas, contracturadas de tener por interminables minutos el brazo en alto a la espera de la atención de los malditos. Y nada. Siempre su compañero u ocasional compañera tenían que ser los que lograran que los muchachos levantaran el pedido.

En la cola del banco, o de la panadería, el no ser visto le traía terribles pérdidas de tiempo, ya que siempre alguna señora que otra se le instalaba en posición paralela y asaltaba su turno como si nada.

Pero de todas las pruebas fatales de su ser inadvertible, la más dura, la más cruel, la más desgarradora la vivía a diario en su trabajo.

Entrar vestido de fucsia, cargarse tres cuartos litros de perfume, cantar a los gritos mientras ingresaba al salón principal o zapatear en el parquet como Fred Astaire, jamás le dieron resultado alguno. Cinthya, la mujer de sus desvelos, la diosa profana de mayor belleza de los once pisos de la Corporación, el prototipo vivo de lo femenino, miraba cada día a través de su persona, como si se tratara de una miserable estatua de agua.

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