El fin de los buenos tiempos

No es una típica crisis cíclica del capitalismo ni es un simple problema de expectativas. Esta vez, como en el ’29, va en serio. Durante más de un lustro, Estados Unidos intentó disimular la basura arrojándola al jardín del vecino -el resto del mundo-, pero ya no le alcanzan las manos para sacar la que a diario produce. Y la acumulada huele cada vez peor. La preocupación es para dónde se desmoronará la montaña de basura que ya alcanza una altura considerable. ¿Sepultará a algún vecino? Argentina, entre otros, se pregunta qué le tocará en suerte.

Tarde y mal, Bush reconoció el viernes pasado la existencia de dificultades, aunque sin admitir la crisis. Propuso medidas fiscales para mejorar la situación de liquidez de las familias e incentivos varios a las empresas para generar inversión y empleo.

Un plan “temporal”, explicó, para que “la economía siga creciendo y creando empleos”. Tanta prudencia tuvo su lógico resultado: nadie creyó en el plan ni en su efectividad, y las bolsas del mundo se desplomaron. La sensación es que la crisis ya es inevitable.
Una voz bastante más autorizada que la de Bush, la del economista Joseph Stiglitz, advirtió que “es posible que los buenos tiempos estén llegando a su fin”, en referencia a las altas tasas de crecimiento económico mundial de los últimos años.

En referencia a “los desequilibrios mundiales causados por el enorme endeudamiento externo de Estados Unidos”, Stiglitz precisó que constituía uno de los pilares del crecimiento de la primera potencia mundial. “El crecimiento de Estados Unidos durante el mandato de Bush era insostenible: ahora se acerca el día del ajuste final”, sentenció.

Estados Unidos perdió hace rato la carrera por la productividad contra las nuevas potencias asiáticas. En servicios y tecnología había sido desplazada en varios terrenos en las últimas décadas por firmas europeas. Sin embargo, los estadounidenses mantuvieron su alto estándar de consumo y de gastos como si aún siguieran siendo los más virtuosos productores de bienes demandados por el mundo.

La incompatibilidad se resolvía mediante un fuerte endeudamiento y la exportación de sus problemas a través de un dólar cada vez más débil, que aun así siguió siendo el medio de pago aceptado por el mundo. Y cuando algún signo de debilidad apareció en el terreno de la economía doméstica, el genial Alan Greenspan inventó una bomba de tiempo: créditos hipotecarios a muy bajo costo incluso para aquellos sin capacidad demostrable para su devolución.

Si la economía estadounidense no estalló antes es porque su enorme poder mundial le permitió continuar imponiendo impunemente los costos de su insolvencia al resto del mundo. La depreciación del dólar no provocó inflación fronteras adentro, sino en los países que aceptaron esas divisas a cambio de sus productos, que Estados Unidos deglutía a cambio de inundar de billetes verdes a sus proveedores. Pero ni así pudo evitar que, algún día, la crisis tuviera manifestación en su propio territorio.

Todavía no se percibe cuál es la salida, pero antes de que aparezca habrá que asistir a varios intentos fallidos y el pase de facturas aun para aquellos que no hayan participado de la fiesta. Es previsible una retracción generalizada en los volúmenes del comercio mundial y, por tanto, de los valores intercambiados. Los países más poderosos intentarán imponerles restricciones a sus socios menos fuertes, de modo de repartir los costos en contra de estos últimos. La disputa por los recursos escasos, que ya tiene manifestaciones bélicas, podría hacerse más violenta aún.

¿Qué les queda a países como Argentina? En principio, el beneficio relativo de ser hoy mucho menos dependientes de decisiones externas, tanto de inversión como de abastecimiento. Pero también el desafío inmediato de acelerar los procesos de consolidación de acuerdos con otros países con intereses comunes, que garanticen el abastecimiento mutuo de recursos básicos (energía por alimentos, por ejemplo) y el afianzamiento de instrumentos autónomos (Banco del Sur, v.g.) para enfrentar el desafío que se avecina.

Los costos de lo que se viene son altos, y los más poderosos no están muy predispuestos a meter la mano en sus propios bolsillos.

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