El divino prepucio

Hoy encontraré algo de qué reírme, incluso si es de mis propias extravagancias”, nos alecciona Woodeene Koenig-Bricker, editora de la revista Padres católicos. Esta reconocida articulista y conferenciante sobre espiritualidad cristiana, evidentemente sabe de qué habla, pues, al fin de cuentas, la extravagancia es un don de Dios. Vean si no:

Un bestia incontinente

El arzobispo Turpin describe a Carlomagno como un gigantón hermoso de cuerpo, pero áspero de rostro, de un palmo y medio de longitud y frente extremadamente ancha, lo que no viene al caso de nada.

Carlomagno, del latín Carolus Magnus, había nacido en 742 en Aquisgrán, en lo que actualmente es Aix-la-Chapelle, que es como decir Alemania.

Y en este mundo ilógico, es lógico que como alemán haya sido, entre 768 y 814, rey de los francos –que vienen a ser los franceses de antes–, y emperador de los romanos –que no son los italianos sino los europeos– entre el 800 y el 814.

En el 814 se murió, por si quieren saberlo.

Este rey y emperador poseía una fuerza descomunal: cierta vez partió de un mandoble a un caballero armado y a su montura. Era también capaz de ensanchar cuatro herraduras juntas con sus propias manos, podía comer de una vez un conejo entero, o dos pollos, o un ganso, pero en la bebida era comedido y el vino lo saboreaba sólo mezclado con agua. En su vida espiritual, en cambio, se hizo culpable de graves pecados de lascivia. Así y todo integra la legión de superhéroes del Señor bajo el nombre de san Carlos el Grande.

El acto de contrición lo hubiera librado del castigo eterno al que lo condenaba su disipada vida, pero la santidad es un asunto más serio. ¿Cómo llegó al estado de Gracia semejante bestia?

Divina merced

En la hora de la muerte del emperador, el arzobispo Turpin –gran fogonero de su candidatura– tuvo una visión: negros y feos guerreros cabalgaban hacia Aquisgrán para llevarse el alma de Carlos, pero Santiago de Compostela colocó en la balanza del Juicio tantas piedras como iglesias había fundado Carlos. Éstas superaron los pecados de lascivia.

Pero eso no fue todo, ni lo más importante.

Ya en vida le había sido deparada al emperador una rara merced: un ángel le entregó nada menos que el prepucio de Jesús, que desde su circuncisión en el templo había desaparecido, como suele ocurrir con el de todos los niños judíos que no son Dios. Carlomagno lo recibió con gran respeto y dispuso fuese enterrado en la Catedral de Aquisgrán, aunque más tarde lo trasladó a Carosia.

En nuestros días se dice que el Divino Prepucio descansa en la iglesia del Sancta Sanctorum en Roma, junto con el cordón umbilical de Jesús y su calzado.

A primera vista puede parecer que es preciso estar verdaderamente desquiciado para dar cristiana sepultura a un prepucio y a un par de sandalias, pero téngase en cuenta que no se trata de objetos vulgares sino de reliquias.

Sin embargo, una inquietante pregunta no deja de atormentar a los teólogos: ¿cuántos prepucios tenía el Señor?

Tentaciones de Satán

Nacida virgen profesional, en Siena, en 1347, Catalina, la menor de veinticuatro hermanos, al igual que sus padres siempre se opuso ardientemente a cualquier forma de contraconcepción, tal vez sin tomar debida conciencia de que su obstinada virginidad la convertía en una verdadera campeona del control de la natalidad.

Su vocación le fue revelada en forma muy temprana, cuando a la edad de seis años Él se le apareció, vestido con los ornamentos papales y flanqueado por san Juan y san Pablo. Un año más tarde la niña hizo voto de castidad, lo que no había considerado necesario hasta entonces.

Sus padres no comenzaron a tomarla muy en serio sino hasta la adolescencia, cuando ya iba siendo hora de que buscase marido. Y le hacían la vida imposible, lo que a Catalina le tenía sin cuidado: se la tornaba imposible ella misma, amortiguando con gran energía sus ansias físicas y mentales de placer y mundanidad. Así, ayunaba semanas enteras, bebía únicamente agua y dormía siempre sobre el piso. Bajo la tosca vestimenta llevaba oculto un cilicio, cuyas púas le torturaban el abdomen, y se flagelaba tres veces al día: una vez por ella misma, otra por los muertos y la última por los vivos.

Fue una adolescencia difícil, que se prolongó hasta que su padre tuvo una visión onírica: una blanca paloma volaba sobre su hija dormida. Se ignora qué conclusiones sacó del fenómeno este rústico tintorero, pero ipso facto abandonó cualquier resistencia y Catalina pudo finalmente ingresar en la Tercera orden de Santo Domingo.

Por espacio de tres años no salió de su celda, donde impúdicas imágenes de atroces voluptuosidades, deseos y fantasías indescriptibles la acosaban con insistencia. Pero al cabo, superó las satánicas tentaciones con la ayuda de Jesús y pudo dejar su encierro para dedicar todo su celo al cuidado de pobres y enfermos.

Habiendo transcurrido su infancia abocada a los cacharros de cocina y a la autoflagelación, nuestra santa era una verdadera iletrada, lo que no le impidió dictar numerosos tratados teológicos, hasta el punto de ser considerada uno de los Doctores de la Iglesia.

La novia celestial

La sabiduría y santidad de Catalina le otorgaron gran influencia política. Fue a instancia suya ella que el papa Gregorio XI regresó de su exilio en Avignón, del mismo modo que apoyó ardorosamente a su sucesor Urbano VI contra el antipapa Clemente VII.

Catalina sufrió tanto por el Cisma que adelgazó hasta los huesos y fue atacada por fuertes dolores, cada vez más intensos. Cuando murió, a la edad de treinta y tres años, se descubrieron en su cuerpo las cinco llagas de Cristo. En su humildad, había rogado al Señor que mientras ella viviera las ocultase a los ojos del mundo.

Parece ser que la relación de Catalina con el Redentor había sido intensa y continua a lo largo de su vida, apareciéndosele éste con frecuencia en una luz sobrenatural. Durante uno de sus éxtasis advirtió que, como anillo de matrimonio, Jesús le había regalado su prepucio, que desde su circuncisión en el templo se creía conservado en lugar secreto o en poder de Carlomagno, ignorándose que lo guardaba Él mismo.

El anillo adorna hasta hoy el hueso del dedo anular de Catalina, que, junto con su cabeza, se halla expuesto en la iglesia de Santo Domingo, en Siena. Sin embargo, la Joya no es visible para las personas comunes y corrientes, habiendo sido tal merced concedida únicamente a dos piadosas francesas que hace exactamente cien años rezaban en la capilla.

Por supuesto, esto constituye motivo de controversia: además de la iglesia de Santo Domingo y del Sancta Sanctorum, otros dieciocho lugares reclaman para sí la posesión de la Divina Reliquia. Sin embargo, hasta donde se sabe, Jesús se limitó a multiplicar panes y peces.

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