El diario La Nación contra Jauretche

Por Jorge L. Devincenzi, especial para Causa Popular.- En la Sección Política de la edición del domingo último del diario La Nación, un artículo firmado por Pablo Mendelevich cuestiona con dureza cierto proyecto del gobierno de la provincia de Buenos Aires que, llegado el momento y si vale la pena, debería merecer una crítica en la página de Espectáculos.

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“He was rejected, despised”

La nota en cuestión expresa la “honda preocupación” del diario de los Mitre por una iniciativa que se estaría gestando en una oficina del gobierno provincial, a la que se le ha encargado la producción integral de un show que recreará algunos tramos de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, y que deberá estrenarse para el época en que se conmemora otro aniversario de aquellos sucesos históricos.

Una urticaria gigante debe haber invadido la redacción de los Mitre cuando se filtró la noticia de que Ernesto Jauretche, sobrino de don Arturo, era el director del espectáculo.
Es la vuelta del pensamiento mágico. El patronímico Jauretche, así invocado, pareciera sabotear con su sola y maligna enunciación los objetivos de la Madre Patria (del diario) en estas tierras, a saber, una irrestricta libertad de comercio y los beneficios generales de la cultura del Norte culto.

En cualquier caso, para La Nación el espectáculo subvertirá nuestros tradicionales valores, esos que La Nación depositaba en el general Videla.

Dueño de una incuestionable habilidad profesional, Mendelevich se las ingenia para llenar un espacio, cometiendo algunas inexactitudes y acudiendo a opiniones diversas. Cubierto el objetivo principal de no dejar en blanco una página del diario, algo inadmisible, la nota parece concluir, sin concluirlo del todo, que se está cometiendo uno de los peores pecados capitales en que puede estar incurso un funcionario del Estado, esto es, no pedir la previa opinión de nuestro diario decano, cuando es la Historia Oficial la que está en juego.

No se sabe el por qué de esta acusación, ni Mendelevich da más pistas que el desagrado por la idea de “pueblo en armas” citada como un bolazo más en el decreto que da el puntapié inicial al espectáculo. Es curioso que la nota comience imaginando reuniones cívico-militares donde se atesoran armas a escondidas, sin mencionar que provienen de algún museo, estableciendo una relación casual y causal con los sucesos que todos conocemos. El golpismo no muere, sólo se recicla.

“¡No fogo, no fogo!”

Mitre, Vicente Fidel López, Levene y Grosso podrían certificar que, en el castellano elemental de Willam Carr Beresford, esa frase pronunciada en algún momento del 12 de agosto de 1806, clausuró la resistencia de las tropas británicas.

Entretanto, Mendelevich no afirma ni niega haber tenido acceso a aspectos (para él) cuestionables del guión. Empavorecido, quizás imaginó un primer plano del gaucho Luis de Elía ordenando avanzar a degüello mientras resuena el clarín. Ironías del destino, también Manuel Belgrano era dueño de una voz aflautada, y nadie le niega, por esa condición natural de sus cuerdas vocales, ser un Padre de la Patria. O podría conjeturar la actuación de auténticos veteranos de Malvinas, quienes, a bayonetazos, tendrán así la oportunidad de vengarse simbólicamente de los gurkas.

Para que todo cierre según Mendelevich, los figurantes que enfrentan a los extras disfrazados como soldados del Regimiento 71 de Rifleros Escoceses no serían aquellos anárquicos gauchos matreros que intentaba comandar Pueyrredón sino modernos piqueteros oficialistas con trajes de época, quienes en lugar de mosquetes y culebrinas, enarbolarán pacíficos carteles y globos con leyendas de apoyo al Presidente Kirchner y su reelección.

Nada se sabe sobre quiénes actuarán de “malos”: ¿un Beresford con la máscara de Lilita Carrió? ¿un cabo con la del niño Mauricio? ¿el grumete Carlitos Saúl empujando una carretilla con pólvora? ¿un sargento escocés que recuerde a L. Murphy?

El sindicato de actores deberá pedir garantías por escrito a los realizadores, y éstos asegurar que los “britanos” terminarán siendo aplaudidos después de rendirse.
Sea como fuere, la puesta en escena debería estar discretamente vigilada por la policía provincial, ya que los grandes movimientos de masas siempre resultaron problemáticos para los directores.

Comparando dificultades, Cecil B. de Mille se las ingenió para que el pueblo judío atravesara por segunda y hasta por tercera vez el desierto camino a la Tierra Prometida, de modo que el recorrido de Quilmes al Riachuelo puede considerarse un paseo.

“Rule Britannia, rule the waves”

En tren de inexactitudes, Mendelevich asigna la paternidad de la invasión a sir Home Riggs Popham, lo que sugiere (¡todo un lord al frente de semejante empresa!) la importancia que daba el rey Jorge III a las pampas húmedas del virreinato.

Popham será nombrado caballero en los últimos años de su vida, más precisamente en 1819, luego de prestar otros muy importantes servicios a Su Majestad, servicios que superaban con creces los 1.086.208 pesos que, arrebatados al timorato Sobremonte en Luján, fueron embarcados prontamente en el HMS Narcissus.

Aunque tal arrebato fuera un objetivo secundario (el principal consistía en publicitar la libertad de comercio) el buque fue luego recibido con hurras, loas y la Música para los reales fuegos de artificio de Händel al atracar en el Támesis, a tiro de pistola de la Catedral de San Pablo, para gloria de Inglaterra, y los comerciantes declararon “su universal alegría” por el afortunado resultado de las operaciones.

Educado en Cambridge, Popham era un simple comodoro al intentar la aventura del Río de la Plata.

Entre sus antecedentes notables pueden citarse:

– Reconoció las costas del África sudoccidental, Penang (Malasia) y la desembocadura del río Hooghly en Bengala, donde construyó arsenales; allí se hizo amigote del comerciante norteamericano Guillermo White, quien luego, en largas cartas, le escribió sobre los beneficios generales de su nuevo domicilio en el Río de la Plata.

– Modernizó el sistema naval de comunicación mediante banderas y semáforos; y los cálculos astronómicos para determinar la distancia sobre el agua con el uso de un cronómetro, lo que le valió ser elegido miembro de la Royal Society.

– Brindó ganancias a la flota china de la Compañía de las Indias Orientales mediante el contrabando, por lo que hizo una gran fortuna.

– Negoció tratados de comercio en Yeddah y Moscú, donde el Zar lo nombró caballero y la zarina le regaló un anillo de diamantes.

– Secundó al duque de Wellington en la derrota de la flota de Dinamarca, aliada de Napoleón.
Sus biógrafos señalan que Popham debió comparecer ante un tribunal naval por haberse enriquecido indebidamente con la reparación de un buque, cargo del que fue absuelto.

En su Memoria sobre el estado de la Marina Real, lord Samuel Pepys relata sin turbación los habituales enjuagues de los caballeros británicos en el Almirantazgo, quienes siempre se quedaban con algún vuelto para gloria de sus fortunas personales y de Inglaterra.

Todos estos antecedentes merecían un título nobiliario. Con mucho menos, también lo había logrado Henry Morgan luego de saquear Panamá, Maracaibo y Santiago de Cuba.

Jorge III de Hannover (quién padecía una clase rara de demencia y gobernaba de a ratos) le concedió la Orden del Baño, cuyos beneficiarios adquirían el privilegio de higienizarse junto a Su Majestad y recibían de los tesoros reales una fuerte suma de por vida.

En 1816, nuestro hombre ofreció sus servicios al conde Fernán Núñez, embajador del rey Fernando VII en Londres, para elaborar un plan que permitiera a España recuperar las colonias perdidas.

God save the King

Otra de las inexactitudes en que incurre Mendelevich, por sí o por las opiniones que intercala, es sobrestimar el acatamiento con que la población de Buenos Aires recibió a los conquistadores.

Según carta de Popham al Almirantazgo: “Las personas que se presentaron (a jurar fidelidad a Su Majestad) eran generalmente comerciantes que hablaban inglés y que habían estado comerciando aquí bajo colores neutrales, y en consecuencia, muy dados a halagarnos con la opinión más favorable del asunto”, refiriéndose a las ordenes para que se tanteara a los habitantes de Buenos Aires con la sugerencia de que recibirían con agrado la noticia de convertirse prontamente en súbditos de Su Majestad, aunque en condición de colonos o kelpers según las ordenes de Beresford.

En los archivos reales se dejó constancia de que sólo cincuenta y ocho personas, además de los connacionales, se presentaron en esa ocasión.

Más tarde, en comunicación a Castlereagh, el teniente general Whitelocke admite que “nada indica más vigorosamente la disposición hostil del país respecto de nosotros que la circunstancia de que sólo dos hombres de alguna respetabilidad sacrificaran sus relaciones y perspectivas españolas para apoyarnos”.

Beresford fue el jefe militar de la primera invasión, y Whitelocke de la segunda. Ambos acabaron rindiéndose, el primero con 1365 bajas, y el segundo con 2500.

Beresford jamás admitió lo que el segundo, y fue nombrado vizconde.

Whitelocke fue degradado.

La tercera inexactitud de Mendelevich se refiere a los objetivos de las invasiones: asegurar la libertad irrestricta del comercio frente al monopolio de la Corona Española y contribuir a su independencia.

Nada dice de la apuesta en metálico que habría hecho Popham a su amigo White, a quien, como se vio, había conocido en la India.

El primer punto de las instrucciones recibidas por el coronel Beresford (ascendido a brigadier para acotar el poder de Popham) indicaban que debía erigirse en vicegobernador “en todas las varias colonias españolas del Río de la Plata”, lo que excluía la posibilidad de decretar su independencia.

La segunda orden era “pedir a los habitantes un juramento de fidelidad al rey Jorge III”. Luego de la primera capitulación, el gabinete británico instruyó al nuevo militar a cargo para que “redujera la provincia de Buenos Aires a la autoridad de Su Majestad”.

Para no dejar dudas sobre la libertad de comercio tal como la concebía Inglaterra, el 18 de julio de 1806 Beresford decretó que los derechos de importación para los artículos británicos se fijaban en un 10%, mientras que los no-británicos estarían cargados con un 15%.

No se dejó flotar libremente la moneda. Mientras el tesoro local viajaba a Londres a bordo del Narcissus para gloria de Inglaterra, Popham fijó su valor en 5 chelines por peso, toda una convertibilidad sin respaldo oro.

Se determinó que el comercio de esclavos se haría desde entonces por buques británicos, un negocio que estaba en manos de los portugueses.
En carta a Whitelocke, el secretario de Guerra, vizconde de Castlereagh, ordenó no abrir el puerto de Buenos Aires al libre comercio de vinos y alcoholes.

Las invasiones sirvieron para que el pueblo viera la dominación española desde una perspectiva distinta, levantando los vientos de la independencia.

¿Por qué se ensaña La Nación con un espectáculo que sólo buscar divertir sanamente al público, luego de enseñarle en formato mediático lo que no aprendió en el sistema escolar?

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