El caso Maldonado y la pregunta que interpela a Macri

Un laberinto del que se sale politizando. Del debate por la violencia estatal al por qué una hipotética salida de Patricia Bullrich puede, por sí misma, no cambiar nada.

La mejor forma de hablar del caso Santiago Maldonado es hacerlo lo más esquemáticamente posible y descartando la tentación de las hipótesis. Así las cosas, puede decirse que existen dos planos de discusión: uno estrictamente jurídico y otro político, que en parte se deriva del primero. En cuanto a lo legal, pues, cualquier estudiante de abogacía con conocimientos básicos de Derecho Penal que, con lo recolectado como pruebas hasta ahora en el expediente, no respondiera en un examen que el primer timbre que tiene que tocar para averiguar es el del Ministerio de Seguridad, debería ser aplazado sin atenuantes. Ello no supone, valga la aclaración, culpar a nadie antes de tiempo.

 

En resumidas cuentas, hay un círculo que se va cerrando en torno a Gendarmería nacional, lo cual conduce directamente a interpelar acerca de esto a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Aquí no se abundará demasiado en relación al debate sobre la politización de este proceso, pero la primera conclusión sería, pues, que si por evitarla (a la llamada politización) quienes están encargados de la investigación se abstuvieran de por lo menos consultar a la responsable política de aquella fuerza de seguridad, estarían contaminando el territorio específico de su trabajo. ¿Es eso politizar? Mala suerte, pero no hay otra forma de hacerlo bien que interrogando a Bullrich.

“En algún momento desde que este tema estalló en la esfera pública, y sin que nadie sepa muy bien cómo, se terminó hablando de una de las pocas políticas de Estado que hay en pie en el país, el Nunca Más”

Lo político es, en cambio, más complejo. Y, como se dijo arriba, se dispara parcialmente a partir de lo acontecido en los tribunales. Por las respuestas que dio el gobierno nacional cuando el asunto llegó hasta sus costas. Otro tanto corresponde a las iniciativas propias de Olivos. Aquellas que no dependieron de impulso ajeno. Respecto de las primeras, el circuito oficial, que incluye a periodistas profesionales y opineitors reales y de los otros en redes sociales, lanzó versiones falsas o se prendió de ellas, se victimizó, negó colaboración, sobreprotegió a la fuerza involucrada y la mantuvo en la escena de los hechos todo tiempo que haría falta para que pueda hacer lo necesario para el supuesto de que tenga finalmente algo que ver. No se afirma que así vaya a ser, pero no hubo la prudencia que habría merecido una denuncia semejante. Y lo más peligroso de todo: contraatacó ensuciando a la presunta víctima y poniendo sobre la mesa teorías delirantes sobre el grupo RAM, que según esta especie estaría impulsando acciones terroristas para fragmentar el territorio argentino en la Patagonia. El periodista Iván Schargrodsky dio en la tecla en su cuenta de Twitter: pasa eso con RAM, ¿y el gobierno nacional esperó a que estallara esto para alertar a la población?

 

Pero lo peor va por otra cuerda: suponiendo veraz todo lo que se inventó sobre Maldonado y sobre los mapuches cuya causa defendía, ¿qué? ¿Fue acaso un intento de justificación de lo que supuestamente pudo haber sucedido, es decir, un final sangriento? ¿Esto también es politizar? Mala suerte, fue el propio macrismo quien, por lengua larga, se metió en el lodo.

 

Por último, lo que Casa Rosada deliberadamente y por su propia voluntad quiso poner en juego. En algún momento desde que este tema estalló en la esfera pública, y sin que nadie sepa muy bien cómo, se terminó hablando de una de las pocas políticas de Estado que hay en pie en el país, el Nunca Más. Es cierto que la sola posibilidad de una desaparición forzada por armas estatales remite a la memoria más triste de esta tierra. Pero no formaba parte de la polémica inicialmente. La introdujo el gobierno nacional cuando vio chance de hacerlo: y una vez más, como cuando el fallo de la Corte Suprema que habilitó el beneficio del dos por uno para los genocidas encarcelados por delitos de lesa humanidad, quedó del lado del negacionismo. A gusto, o no; lo haya buscado, o no, así fue.

 

Jorge Fontevecchia e Ignacio Fidanza escribieron el último fin de semana brillantes notas sobre este tema en las que hablan de errores e incomprensiones del cambiemismo en la materia. Hay que, al menos, dudar de que haya equívocos allí, cuando, aparte de los capítulos mencionados, están los recordados de Darío Lopérfido y Juan José Gómez Centurión, sólo por citar un par. ¿Tantas veces se puede errar? Aquí cabe citar al bloguero Mariano Grimoldi, quien en cierta ocasión, atinadamente, afirmó que un gobierno se define en buena medida por lo que elige poner en debate.

“¿Le pasa algo al oficialismo con el Nunca Más? ¿Qué quiere decir al respecto y no encuentra cómo? ¿Con qué no termina de estar de acuerdo?”

De nuevo, la CEOcracia se vio obligada a retroceder. La movilización popular lo obligó a ello otra vez, cosa que no consigue con el ajuste. ¿Le pasa algo al oficialismo con el Nunca Más? ¿Qué quiere decir al respecto y no encuentra cómo? ¿Con qué no termina de estar de acuerdo?

 

La columna de Fidanza cerraba sugiriendo, con muy solapada elegancia, el despido de Bullrich, para descomprimir y recomponer la situación política. Ahora bien, ¿servirá eso de algo? Yendo al grano, ¿para qué vendría otro ministro de Seguridad: para reiterar, en línea con la ex montonera en la mesa de Mirtha Legrand, que en los setenta no hubo ángeles ni demonios? Si así fuera, de nada serviría. En algún otro momento, por alguna otra razón, con ese sustrato filosófico a cuestas, una nueva crisis como ésta estallará, porque el amarillismo pareciera no terminar de comprender o aceptar las relaciones de fuerzas que aquí se baten. Al menos en esta arena, no le alcanza para imponerse.

 

Mal que le pese a Macri, de esto saldrá politizando. Respondiéndose, de una buena vez por todas, qué quiere hacer con la violencia estatal, cuyo monopolio el pueblo le otorgó en las urnas.

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