El campo fumiga las ciudades

La persistente humareda que envolvió a Buenos Aires toda una semana, volviéndola una suerte de Santa María onettiana filmada por Pino Solanas, reveló cuan vacuo es el concepto «campo» acuñado por el Grupo Clarín (que el pasado 2 de abril, créase o no, utilizó el término 14 veces en los títulos de las primeras doce páginas, ciscándose en todos los manuales de estilo y estableciendo un récord imposible de superar) y otros medios y multimedios que baten el mismo parche, oficiándole de claque. Y lo ayudan en su desembozado propósito de torcerle el brazo al gobierno nacional (y, si fuera posible, también el pescuezo).

El ahumado de las ciudades (después de Buenos Aires les tocó a La Plata, Rosario, Zárate, Baradero, San Nicolás, Montevideo y Carmelo) por las nubes procedentes de «la campiña» (como algunos famosos sin miedo al ridículo llaman a sus terrenos sampedrinos) y del delta entrerriano también puso en evidencia cuán enorme es la hipocresÍa de quienes se llenan la boca y saturan titulares con la sacrosanta palabra «campo» utilizándola para casi cualquier cosa, pero que en esta ocasión, incomprensiblemente, se inhibieron de titular «El campo fumiga las ciudades»… algo muchísimo más preciso que el fatigado «El campo quiere…», como si las pampas fueran un individuo dotado de voluntad unívoca.

Es sabido: el campo tiene el ombú. Y también mulitas, vizcachas, nutrias y ñandúes. Y, como bien señala Boot, en este mismo número, «apicultores, horticultores, productores de frutas finas, granjeros avícolas o criadores de cerdos» que no son considerados por los medios auténticos productores sino poco más que marginales. Y, por cierto, el campo también tiene peones a los que se les paga en negro 800 pesos mensuales sin que a su teórico representante sindical, el Momo Venegas, se le mueva una ceja.

No parece que el campo así descripto se oponga, en lo más mínimo, a las retenciones. Y es que un campo, por definición, es algo que se ha recortado. Todavía más en la pampa húmeda, ese ancho mar de vegetación cuyos lindes son casi siempre trazados por agrimensores, y no determinados por accidentes geográficos insoslayables.

Un campo es, casi siempre, un recorte. ¡Qué cosa que el que recorta no quiera admitirlo! Por eso, a la hora de escuchar hablar de «el campo», conviene pedir precisiones. Y decir que hay un hilo conductor entre la Colombina de la Coalición Cívica Libertadora y ese Momo que amenaza con hacer no sé qué si nos metemos con Perón en la tarea de difuminar las cortinas de humo que velan el accionar de la Triple A (quizá por temor a que, una vez disipadas, se vea que él y/o sus amigotes fueron sponsors y acaso hasta instigadores de las escuadras de asesinos). Y es que ambos constituyen las alas de un «campo» del cual el Grupo Clarín es su caballería blindada y su señal de cable, TN, vanguardia y punta de lanza.

Vi el otro día fugazmente un pasaje de la entrevista que dos primeras espadas del gran diario argentino le hacían, por TN, al jefe de gabinete. Nunca jamás escribí a favor de Alberto Fernández y alguna vez lo critiqué con mucha dureza, pero los tarascones de esos mastines que responden a las indicaciones que se le imparten a través de una cucaracha inserta en los oídos, contrastaban con su placidez budista mientras explicaba cosas tan obvias como la necesidad de una ley de radiodifusión que reemplace a la de la dictadura aun en vigor o por qué es lógico y natural que una facultad de Ciencias de la Comunicación observe si los medios discriminan. ¡Son su objeto de estudio!

No es sólo que ver oficiar de esbirros de una patronal presidida por una apropiadora de hijos de desaparecidos a un supuesto progre dé vergüenza ajena. También es fascinante ver cómo, salpicado por frecuentes invocaciones al metafísico «campo», podía verse configurar ahí mismo, como una emanación del mal, el campo antinacional y antipopular. Porque Clarín, más allá de esta retórica argentinista que ríanse de Coto y de Moneta, parece estar actuando en un todo de acuerdo con La Embajada.

A este acuerdo, Embajada-Monsanto-Cargill-Expoagro, etc. sirve la indecente, casi sicalíptica actitud de Elisa Carrió, que en su desvarío ególatra, incluso se atrevió a denunciar ¡ante el demócrata Mariano Grondona! (que la observaba embelesado) un supuesto fraude en las pasadas elecciones generales.

Carrió incluso hasta se permite criticar a los multimedios que la llevan como mascarón de proa… por no haber denunciado el supuesto pucherazo a manos de los maquiavélicos Néstor & Cristina. Y trata a su otrora contetertulia habitual, la actual Presidenta (ambas solían reunirse casi a diario con Alicia Castro a tomar el té cuando las tres eran diputadas) como si no fuera elegida por el voto popular, sino una tirana depositada en la Casa Rosada por un plato volador de extraterrestres.

El humo también oculta que una crisis financiera global con epicentro en los Estados Unidos y profundidad y duración todavía desconocidas ha dado lugar, o coincide, con una crisis planetaria de alimentos, muy visible a medida que se producen alzamientos populares en protesta por su carestía en distintos puntos del globo. Una crisis que era también muy fácil de prever —tal como alertó cual oráculo, antes de que se iniciara, el postrado Fidel Castro— desde que, a consecuencia de los altos precios del petróleo, muchos países decidieron sembrar soja, caña de azúcar o maíz para fabricar biocombustibles. Es decir, se sustrayeron enormes extensiones al cultivo de alimentos para la humanidad, provocando un alza del precio que comenzó con el del maíz con el que se fabrican las tortillas que son la comida básica de los mexicanos.

Mientras menudean las sublevaciones populares en África y Latinoamérica a causa del encarecimeinto de los alimentos básicos (en Haití hubo varios muertos por balazos de las tropas de la ONU, casi por entero brasileñas y argentinas), los pobres de esas regiones están reduciendo drásticamente su dieta de tres a una sola ingesta diaria, casi siempre de cereales cuyos precios se han disparado, lo que preludia una ola inédita de jóvenes inmigrantes ilegales decididos a todo con tal de llegar a hacer pie en los Estados Unidos y en la Unión Europea. Justo en momentos en que reelecto Silvio Berlusconi, mostrando abiertamente el carácter abiertamente racista de la coalición que lo devolvió al poder, promete formar nada menos que un «Ejército del Bien» para expulsar manu militari a los inmigrantes indocumentados, comenzando por los negros africanos y los albaneses. A nadie parece ocurrírsele que la única manera de fijar las poblaciones a sus terruños natales es conseguir que estos les ofrezcan alimentos suficientes para crecer y desarrollarse. Y que no hay fuerza en el mundo capaz de impedir que quien no tiene comida suficiente la busque en los lugares donde la hay.

Por último, hablando de albaneses y de albano-kosovares. La semana pasada les dije que hace toda una década que las policías europeas saben perfectamente que las huestes de Thaçi, el presidente de Kosovo, son delincuentes polirubro y prometí archivos que dan fe de ello. Están aquí y aquí. Sepan disculpar las repeticiones y si les interesa el tema, léanlos, sobre todo el segundo.

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