El cajero

Aguardientes.

Primero creyó que era producto de su agotamiento y, en consecuencia, arrebatos de imaginación. Después fue una sospecha, y para el tiempo de la historia que hemos elegido contar, estado de pánico.

Necesitaba cargar el celular con una tarjeta, así es que entró esa tarde de domingo en que se habían comido cuatro goles de visitante, y encima con los malditos de enfrente, a sacar un “veinte” del cajero automático.

Hizo la rutina. Contraseña: 1966 (año del Rácing campeón del mundo), Caja de Ahorro, Cuenta en pesos, Extracción… y entonces sucedió.

“Muertos”, leyó.

Sintió un extraño calor subirle a la garganta, la primera reacción tenía relación con su estado de ánimo. Sólo después, un segundo después del fuego ascendiendo y trastornando, se dio cuenta de que no podía ser. No podía ser que el cajero, esa cosa mecánica, electrónica, inánime, exánime, resultara instrumento de burla, que expresara una cosa que no podía ser sentida ni manifiesta por ese sujeto de hojalata y cuarzo. Al segundo siguiente, como vuelto de un éxtasis no deseado, estaba retirando los veinte pesos de la garganta felpada del buzón de la maquineja.

Tres días después ocurrió en Once. Hacía los pagos por cajero, como siempre; esencialmente la tarjeta de crédito y un par de servicios, antes de meter mano a los escasos billetes que componían el pago de la renta.

“No sé cómo hacés para vivir” titilaba el letrero en una tipografía verdeburlona.

Parpadeó. Esta vez barrió los ojos varias veces para desalojar cualquier duda y sí, allí estaba el cartel entre sentencioso e insolente, recordándole que su economía era un perfecto desastre. Sintió que ahora el calor era húmedo, y que a la sorpresa se le empezaba a sumar el temor. Miró hacia atrás, una rubia cuarentona esperaba su turno. La observó y oteó la pantalla, como buscando un gesto solidario, una ratificación de su salud mental. La rubia se dedicó a perfeccionar a filo de uña un canto de su tarjeta personificando en el gesto lo más alto de su impaciencia.

De allí en más todo sucedió sin vértigo pero con escalonada perfección.

Los cajeros visitados, siempre diferentes, le anunciaron la enfermedad de la abuela, que su hermana estaba embarazada y que Simeone se iba a hacer cargo del equipo, pero que a menos de un fracaso iba a salir campeón, pero con Estudiantes. Con la misma precisión con que modulaba sus sentimientos, las máquinas le iban anunciando acontecimientos aún no sucedidos, o sucedidos pero no advertidos, como cuando el Banelco de Gorriti y la avenida lo desayunó con que Anita lo engañaba.

Nunca supo aprovechar las situaciones que se le presentaban, había desperdiciado una gran parte de su vida dejando pasar a la fortuna por incapacidad para verle a las cosas su lado productivo.

Así fue que cuando la pantalla le empezó a cantar los resultados del clausura 2007 y todas las octavas carreras de los miércoles de San Isidro sacó la tarjeta, la rompió y se fue al banco a cerrar la cuenta.

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