El autor

Germán Rozenmacher nació en 1936 en Buenos Aires. Fue un escritor y dramaturgo que se destacó por su narrativa relacionada con el desarraigo, la soledad, la discriminación y las preocupaciones político-sociales derivadas de su adhesión al peronismo. Rozenmacher murió trágicamente en Mar del Plata, junto con uno de sus hijos, en 1971, con apenas 35 años.

Su cuento Cabecita negra, de 1962, es un clásico de la literatura argentina. En la década del ’80, Francisco Solano López, dibujante de El Eternauta, ilustró este cuento para ser incluido en el libro La Argentina en pedazos de Ricardo Piglia.

En Antología consultada del cuento argentino, Fabril Editora, 1971, Rozenmacher escribió de sí mismo.

“¿Qué quiere que diga? Como diría el marqués de Bradomín, soy feo, judío, rante y sentimental. Nací en el hospital Rivadavia -en el ‘36- y mi cuna, literalmente, fue un conventillo, pero eso sí, en una sala grande de una casa de la calle Larrea. De mi padre, que canta y que alguna vez fue actor y anduvo en gira por las colonias de Entre Ríos, o por Santa Fe y otras partes, me viene la vocación que pueda tener, el ser artista. Me gusta cantar, soplar el trombón a vara y la trompeta, pero como no sé tocar, me entretengo haciendo toda una orquesta con la boca.

Aparte de Cabecita negra y Los ojos del tigre (mi dos libros de cuentos), hay dos obras de teatro todas mías (Réquiem para un viernes a la noche y El caballero de Indias), otra en colaboración con Roberto Cossa, Carlos Somigliana y Ricardo Talesnik (El avión negro), y una versión escénica de «El lazarillo de Tormes». Además de todo lo que tiré, que es realmente un vagón (dos o tres borradores de novelas, una pieza y varios borradores de otros espectáculos teatrales), aparte de infinitos cuentos que nunca fueron. Escribo con horario, todos los días, porque si no no se puede y ojalá dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo estemos, alguien se acuerde de un cuento, o de alguna frase o aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces -muy pocos en una vida- y entonces el lector diga: «Esto es verdad, esto está vivo todavía». Si eso pasa yo, desde el purgatorio, voy a guiñar este ojo miope, sincero pero desconfiable, bastante agradecido. No creo que pase, pero, por las dudas, qué quiere que le diga, es una de las tantas mentiras que me ayudan a trabajar como una máquina, como un loco, hasta que se me acaben las pilas. Y siempre hablando de lo mismo. Porque será un lugar común, pero, ¿no tienen la impresión de que los autores escribimos siempre un solo libro a lo largo de todas nuestras páginas? Y es difícil hacerlo, no crea, porque el striptís al principio parece lindo, pero después…

En fin, señores, más o menos, un poco por afuera, éste soy yo. Lo demás, para bien o para mal, está en los cuentos que van a leer.”

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