El arte de morderse la cola

A pesar del cimbronazo que significó para Macri la renuncia de Fino Palacios, la oposición porteña corre el peligro de funcionar como el coro de la tragedia griega: comentando un argumento cuyo devenir no controla. ¿Cómo se apunta hacia una mayoría con un electorado despolitizado, la mitad del cual no envía a sus hijos a la escuela pública ni se atiende en los hospitales, y a quien la discusión sobre salario universal o democratización de los medios lo tiene sin cuidado?

El paso al costado del comisario Palacios, casi al mismo tiempo en que se anunciaba la fractura del peronismo metropolitano, ahora dividido en tres, pone en cuestión si Macri está intentando pisar en el suelo movedizo de la política, o si por el contrario insiste en la estrategia autorreferencial de que todo tema público sea para él y su grupo gerenciador un asunto cerrado.

En las empresas privadas, el CEO no consulta su decisión a los trabajadores. Con ese mismo “formato” se mueven las oligarquías. Quien crea que esto que nos gobierna no es una oligarquía, no entendió lo sucedido aquí en los ’90.

La oligarquía tradicional hizo su apropiación primitiva en las distintas campañas de exterminio de aborígenes y el avance del modo de producción capitalista con su diseño centro-periferia. Los otros, éstos, los advenedizos, saqueando lo público con el aval de parte del electorado cuando hubo democracia. Por eso lucen esos apellidos de inmigrantes: Biolcati, Menem, Macri.

La fórmula mágica del menemismo, la alianza social imposible, sigue siendo referencia insuperable para esta gente. A Macri no lo votó solo parte de la gente paqueta de Buenos Aires: también lo hicieron quienes serán las primeras víctimas de la próxima policía metropolitana.

Y es aquí donde aparece “la pata peronista”. Son esos “peronistas” que quieren entregar a buen precio las referencias institucionales o folklóricas del PJ al empresario Macri, repitiendo el mismo esquema noventista: la política primero se convierte en la autopista del ascenso social, y luego ese ascenso termina cristalizando una casta de negocios privados.

Eso explica también por qué decenas o cientos de menemistas pululan hoy en los bolsones todavía difusos del kirchnerismo a fin de esperar su oportunidad. Hay miles de Felipes Solá dando vuelta por ahí: se los reconoce enseguida por el lenguaje, su habilidad por el poroteo, por el modo en que analizan los acontecimientos, por estar clavados en la ausencia no solo de objetivos de largo plazo sino de las épicas necesarias para cambiar de verdad este estado de cosas.

Es una mentalidad constituida más que una adscripción partidaria, y en esto no se verifican constantes de ninguna especie respecto de las historias militantes personales: vienen de todos los lados imaginables, y a veces verificar esa línea que une con el pasado puede resultarnos más que sorprendente. Tan sorprendente como que, en general, el gobierno nacional recurre a ese criadero de próximos traidores para elegir a sus funcionarios, en lugar de posar la mirada sobre quienes parecen ser sus semejantes o iguales.

El hilo se corta por lo más Fino

El comisario despertó inmediatos rechazos, pero es legítimo preguntarse si su renuncia obedeció a esa presión –con lo cual cabe el aplauso para sus impulsores y participantes– o si fue resultado de: 1) atajarse antes de un seguro procesamiento de Palacios en las varias causas donde aparece entre salpicado y quasi-sospechoso (secuestro de Axel Blumberg, AMIA, Masacre de Fátima, represión del 2001), siendo que Macri no controla la justicia federal, o 2) un interludio dispuesto por la Policía Federal relacionado con el traspaso de los negocios territoriales, que no son nada despreciables: recordamos a Garbellano.

Su reemplazo por el comisario Osvaldo Chamorro, que participa junto con Palacios en la seguridad privada y perteneció a la cúpula de la Federal, abre un abanico de sospechas respecto de esta última posibilidad, como lo trasunta la nerviosa respuesta de Montenegro a un cronista.

Algo estamos haciendo mal en la ciudad de Buenos Aires a pesar de esta buena noticia. En política, el espacio vacío lo ocupa el adversario pero la confrontación por el espacio es un juego que no suele cambiar la realidad, y en definitiva esa realidad la termina diseñando y conduciendo quien tiene el poder y el escenario.

Este cronista no lo señala desde las alturas, o porque sea dueño del secreto iniciático capaz de cambiar semejante estado de cosas. Sabemos que la historia no comenzó con Mauricio ni terminará en él, aunque sí puede que con él. Sabemos también que para el intendente no hay Otro. Parece difícil entenderlo, pero esa gente ha sido educada como winner: echemos un vistazo a los Rodríguez Larreta, Santilli, Michetti, Peña, Grindetti; en la creencia sólida (aunque no deja de ser light y chirle) de que esto es lo que es, lo que debe ser y lo que va a ser; que el mundo se ha hecho a su imagen y semejanza; que no hay límite al dominio de lo privado sobre lo público; que hay un orden natural donde un Chief Executive Officer es el príncipe, acaso el mismo Dios o su representante, lo que lleva a pretender subordinación y acatamiento. Estos tipos son inmunes al diálogo, autoritarios, apolíticos y totalitarios, y no reconocen más juez que a sí mismos. Eso es Macri, lo que explica su desconcierto cuando se vio obligado a anunciar ante las cámaras el alejamiento de su protegido, el que lo sacó de la casa donde estaba secuestrado (por policías), a metros de una comisaría en la avenida Caseros.

Quizás la fuerza movilizadora del campo nacional y popular antes del 28 de junio, el entusiasmo, la dedicación de tantos militantes, el esfuerzo, debieron anunciar –si no un triunfo en un territorio esquivo– al menos un resultado menos cruel. Compárese con los activistas contratados (“contratistas”) que desplegó el Pro y la Coalición Cívica en las calles.

Mas no es solo por las mayorías silenciosas y apolíticas: también debemos contabilizar las prácticas de más de una estructura partidaria o para-partidaria que siguen haciendo política menemista. Es un fenómeno similar al de la crisis financiera mundial: el “modelo” se fue al tacho, pero la ideología y el método siguen formando parte de las conductas sociales.

La oposición y el coro trágico

Ante eso, se corre el peligro de que la política opositora a Macri termine funcionando como el coro de la tragedia griega: comenta un argumento cuyo devenir no controla. Que aplauda o se revuelque histérico por una situación escénica crítica (entre muchas otras, la designación del comisario, la política de salud mental, la cultura convertida en turismo, el endeudamiento público combinado con escamoteo de los depósitos previsionales, etc.), no cambia su condición coral, incluso ante una realidad no tan tosca y ramplona como bestial, la que vivimos en este Buenos Aires. El ausente FpV oficialmente funcionaba así en la Legislatura. Ahora tenemos tres patas peronistas y una de ellas parece preanunciar su ingreso al mundo de los negocios.

Fuera de las inexistentes estructuras partidarias, que no son sino desprendimientos a la cola de los legisladores, el campo está en movimiento (no confundir con “el campo” sojero: este era el aviso que daban los vigías castigados desde los mangrullo, cuando se venía el malón) pero todavía no se avizora cómo cuajará.

No se pueden desechar las deserciones, las rupturas y las mezquindades en el camino, como la que ya deparó Lozano con el colectivo de Sabatella. Si el objetivo de máxima es pelear por el electorado que cosechó Proyecto Sur estamos fritos, y sería resultado de una lectura muy equivocada de las elecciones de junio, lo que no es una novedad en Lozano.

El campo nacional y popular de la ciudad tiene una oportunidad inmejorable, si la sabe aprovechar, de ir armándose hacia la ruta que parece estar siguiendo el gobierno nacional. Habrá que ver cómo se apunta hacia una mayoría con un electorado despolitizado, silencioso, la mitad del cual no envía a sus hijos a la escuela pública ni se atiende en los hospitales, y a quien la discusión sobre salario universal o democratización de los medios lo tiene sin cuidado.

Pero una cosa es adecuar el discurso, y otra muy distinta, pensar como el enemigo que tenemos en casa. Sea como fuere, Macri está aprendiendo que “asuntos cerrados”, no hay ni va a haber.

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