El alcohol desata pasiones

El acercamiento de los mandatarios Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil, y George W. Bush, de Estados Unidos, era personal y de pocas consecuencias. Pero todo cambia ahora que el etanol los une en una alianza de efectos económicos, geopolíticos y ambientales de escala mundial.

Dos encuentros en un solo mes, el 9 de marzo en la brasileña São Paulo y este sábado en Camp David, la residencia campestre de los presidentes estadounidenses, sellan la cooperación bilateral para crear un mercado internacional del alcohol carburante y actuar de modo conjunto en otros campos.

Un ejemplo de esta nueva relación es el acuerdo que los cancilleres de los dos países, Celso Amorim y Condoleezza Rice, firmaron el viernes en Washington para apoyar la democracia en Guinea-Bissau capacitando a parlamentarios y a otros actores políticos de ese país africano. África, el Caribe y América Central son destinos previstos de otras acciones conjuntas.

Rice suele destacar las similitudes entre su país y Brasil, ambos multiétnicos, multiculturales y multirreligiosos, para realzar las potencialidades de esa cooperación. Amorim reconoció en el etanol la «palanca» que impulsa el acercamiento.

En realidad, los dos gobiernos discreparon y siguen en desacuerdo en cuestiones prioritarias para Estados Unidos, como la invasión a Iraq y la creación de un área de Libre Comercio de las Américas abortada por críticas latinoamericanas y disensos entre ambos países. El problema del cambio climático también enfrenta a Brasilia y a Washington por el rechazo estadounidense al Protocolo de Kyoto.

En Brasil, los opositores acusaban a la política exterior del izquierdista Lula de ser antiestadounidense, pese a las buenas relaciones de los dos mandatarios, y de provocar pérdidas económicas y políticas internas por priorizar vínculos con el hemisferio Sur en desmedro de los grandes mercados del Norte.

La inesperada acogida de Bush a la diplomacia brasileña del etanol pone en entredicho tales críticas, pero despierta otras.

El acuerdo Brasil-Estados Unidos tiene por fin fomentar la producción de etanol en otros países tropicales y pobres, como los de África, América Central y el Caribe. Brasil ofrece la tecnología, equipos y su experiencia de 30 años en sustituir gasolina por alcohol de caña de azúcar, un combustible renovable, menos contaminante y capaz de impulsar el desarrollo, pues genera más empleos que la industria del petróleo.

Los presidentes Fidel Castro, de Cuba, y Hugo Chávez, de Venezuela, sin embargo, condenaron la idea de promover una inmensa expansión de cultivos para combustibles, que agravaría el hambre en el mundo al desplazar las plantaciones de alimentos. Movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales, incluso ambientales, también atacaron la alianza alcohólica Bush-Lula.

Resultan preocupantes la forma precipitada en que actúa Estados Unidos y la falta de «instrumentos para contener los daños de los monocultivos» de la caña de azúcar en Brasil, dijo a IPS el experto en energía Delcio Rodrigues, de la organización no gubernamental Vitae Civilis, que trabaja en cuestiones de cambio climático.

La meta anunciada por Bush en enero, de reducir el consumo de gasolina de su país en 20 por ciento en sólo 10 años, desató una carrera contra el tiempo que ya causó un alza abrupta de los precios del maíz, principal fuente del etanol en Estados Unidos, debido a la demanda adicional con fines energéticos. Su escasez encarece también la soja, sustituto natural en la alimentación animal.

La meta exige multiplicar por siete la actual producción anual estadounidense de más de 18.000 millones de litros de etanol. Es imposible cumplirla con la tecnología y la materia prima actuales, pero los gobernantes estadounidenses no parecen dispuestos a eliminar las barreras comerciales que traban la importación de etanol desde Brasil, segundo productor mundial con 17.800 millones de litros anuales y con mayor capacidad para expandir la producción.

Además, el maíz presenta el problema de su baja eficiencia. De él sólo se extrae 30 por ciento más energía que la empleada en su producción, mientras la caña de azúcar brasileña genera entre 700 y 800 por ciento más, observó Rodrigues.

En Brasil son conocidos los males ambientales y sociales de las extensas plantaciones de caña. La quema de sus hojas para facilitar el corte contamina el aire, provocando muchas enfermedades, especialmente respiratorias. Los cortadores de caña son sometidos a condiciones laborales inhumanas a cambio de un empleo que es temporal.

El alcohol es el combustible que mueve hoy 2,6 millones de automóviles en este país, cantidad en rápido aumento, y se mezcla a la gasolina en una proporción de 23 por ciento. Gran parte de su producción se hace a costa de la «concentración de la propiedad de la tierra, la deforestación, la contaminación del suelo, el aire y el agua, y la expulsión de campesinos», sostuvo esta semana la organización no gubernamental internacional ActionAid.

El fuerte incremento de la demanda en Estados Unidos, Japón y Europa, ante los precios del petróleo en alza y la necesidad de reducir los gases de efecto invernadero que liberan los combustibles fósiles, da pie a temores de que Brasil y otros países tropicales acaben convertidos en «inmensos cañaverales», encareciendo las tierras cultivables y estimulando la deforestación.

Pero la sustitución de petróleo por etanol y biodiésel –otro combustible agrícola que se mezcla con gasóleo– tiene límites. Podría alcanzar a 20 por ciento en el mundo, según la investigadora Suzana Kahn Ribeiro, del centro de posgrado en ingeniería de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

El petróleo seguirá siendo importante en la matriz energética, que se diversificará por cuestión de precios y de seguridad, buscando reducir las dependencias, pronosticó a IPS. El transporte absorbe más de mitad del petróleo consumido en el mundo, y es en ese sector donde los biocombustibles jugarán su papel, contribuyendo a mitigar el cambio climático y a prolongar las existencias petroleras, observó.

Brasil «ya es una potencia energética» con su singular programa de alcohol carburante iniciado en 1975, recordó Ribeiro. Pero no está solo, ya que China, India y Sudáfrica hacen importantes inversiones en el sector, además de Estados Unidos, advirtió.

La alianza entre Brasil y Estados Unidos, hoy responsables de 72 por ciento de la producción mundial de etanol, agrava tensiones en la sensible área de la energía.

Bush, como sorpresivo protagonista, intensifica esas reacciones. Pero sería poco realista esperar que Brasil renunciara a esta oportunidad, después de más de una década intentando abrir el mercado mundial para su alcohol y su experiencia pionera.

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