¿Dónde la besó Nuestro Señor?

El éxito de taquilla de “El Código Da Vinci” ha dividido a la humanidad: algunos aceptan que Jesús haya dado un “piquito” en la boca a María Magdalena; pero el resto se ha permitido elegir entre otras partes de la anatomía femenina, sin despreciar ninguna.

Después de haber reconocido que no todos los judíos (sino sólo algunos) asesinaron a Jesucristo; de haber aceptado a regañadientes que Pío XII sentía simpatía por la Solución Final; y de haber ayudado a defenestrar al comunismo con aquellos actos masivos del sindicato polaco “Solidaridad” en Gdansk, la Iglesia Católica, compitiendo con los Bush, ahora inventa a sus enemigos y se ensaña con un novelista que apenas desea aumentar su cuenta bancaria.

Se acabaron las controversias religiosas.

El ecumenismo del siglo XXI, muy a tono con la globalización de la cultura y la economía, incluye una mirada histórica que se limita a interrogarse sobre la intimidad de próceres, héroes y personajes históricos -en ese sentido, la historia ha muerto de un síncope- y todos pueden ser presentados en calzoncillos, masturbándose o padeciendo el período menstrual sin mengua alguna del papel que tuvieron en la construcción de la civilización occidental.

Esta generalizada banalización exime a este cronista de tomar las cosas con la debida prudencia y respeto.
Si Dan Brown y su película “El Código Da Vinci” constituyen una herejía, o una novedad religiosa, es preferible refugiarse en explicaciones sobre la condición humana en formato de historietas por entrega.

El Vaticano -que con su actual versión germánica de la infalibilidad exige el copyright de sus opiniones- ha condenado un film sólo porque no coincide con su versión oficial de los hechos en base a especulaciones sobre la verosimilitud de unos u otros Evangelios.

Nadie puede afirmar con absoluta certeza que los tormentos de la Inquisición fueran más letales que este bombardeo mediático.

Cubierta ampliamente por los medios de comunicación de modo de tapar cuestiones mucho más urgentes, una frase incompleta de uno de los Evangelios está siendo interpretada y reinterpretada por teólogos, periodistas, opinólogos, escribas del marketing cinematográfico y comentaristas de toda laya.

¿Qué parte de la anatomía femenina de María Magdalena fue besada por Nuestro Señor Jesucristo? Tal el interrogante.
¿Cuál es el sexo de los ángeles? ¿Cuántos ángeles pueden pararse sobre un alfiler?

La frase de la discordia consta en un Evangelio al parecer apócrifo donde se lee: “La compañera del Salvador es María Magdalena. Cristo la amó más que a todos sus discípulos, y solía besarla frecuentemente en…”.

El resto se ha perdido por acción del tiempo, las ratas o por algún monje misógino que copió el manuscrito cuando recién salía del horno.

Según Dan Brown, el beso fue en la boca, y eso sería prueba de que entre Jesús y María Magdalena existía una relación erótica.

Algunos teólogos se escandalizaron.

Otros se dedicaron a elaborar hipótesis sobre la opinión de Brown, argumentando que en esa época el beso en la boca era usado para “trasmitir una sabiduría especial y un conocimiento secreto”.

Los Caballeros Templarios obligaban a los novicios a besar el trasero de su Superior como muestra de acatamiento. Si se le pidiera opinión a Alejandra Pradón, y ya va a llegar, ella opinaría que el beso bien pudo ser en la vulva, y que lamentablemente María Magdalena no tuvo oportunidad de pasar por una cirugía plástica.

Esta suerte de controversia-light incluye la discusión sobre el término “compañera”. ¿Era sinónimo de amante, esposa, camarada de lucha, o acaso estaba afiliada al PJ de su época?

Otro argumento que los teólogos utilizan para intentar destruir la opinión de Brown es que los textos que usó para construir una ficción muy marketinera son posteriores a la época en que vivió Jesucristo. Uno de ellos, el Evangelio de María, habría sido escrito en el año 200; el de Felipe, cerca del 250.

También san Pablo dictó sus epístolas después de la muerte de Cristo, a quien no conoció, y no por eso se las considera apócrifas.

Pablo ni siquiera fue un apóstol, sino un judío helenizado de la Diáspora y celoso defensor de la ortodoxia que había perseguido a los primeros cristianos, participando en la lapidación de un diácono cristiano llamado Esteban. Nunca reconoció haberse convertido a una nueva fe, lo que le hubiera acarreado la misma suerte que le cupo al diácono.

Sin embargo, la obra escrita por Saulo de Tarso bajo el alias de “Pablo” es la base de la teología cristiana, sobre ella pivotó la Reforma protestante y él mismo creó la “herejía”, del griego hairesis, “elección propia”, para justificar su cambio luego de la tronante aparición que sufriera en el desierto. Basado en esa elección, el protestantismo habilitó la interpretación privada de la Biblia lo que, con un sesgo similar al de la Inquisición católica, lo autorizaría a perpetrar iniquidades varias.

Toda idea opuesta al dogma oficial, cualquiera fuera, puede caer en el rango de herejía.

Es apócrifo todo lo que está fuera del canon.
Dan Brown es un hereje que quiere confundir a las grandes masas de consumidores de cine con los dogmas heréticos.
La Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio, ex Inquisición) con sede en el Vaticano duda en ubicar a Brown y su película en algunas de las herejías tabuladas hasta el momento: arrianos, bogomilos, cátaros, docetistas, donatistas, dualistas, ebionitas, garatenses, gnósticos, maniqueos, melquitas, monofisistas, montanistas, nestorianos, neumatómacos, novacianos, patarines, paulicianos, poblicantes, triteistas… sin contar a las religiones reformadas.

La mayoría de los teólogos se inclina por definirlo como gnóstico, aunque no se sabe si a él o a la película. El gnosticismo es un movimiento religioso que floreció durante el siglo II relacionado con fórmulas mágicas, revelaciones, cámaras nupciales donde debían concurrir los iniciados, y a veces el más abierto libertinaje. Lejos de morir (gnosis significa “conocimiento revelado”), sobrevive en el pensamiento neoliberal y en los programas de Marianito Grondona.

Las verdades neoliberales son “conocimiento revelado” por los economistas: el mercado puede resolver todas las iniquidades, tener superávit fiscal es la virtud cardinal del Estado, etc.

Cabe concluir que el mundo no se ha vuelto loco de repente, sino que lo está desde hace rato porque nunca fue claro el límite entre herejía, dogma, simulación y chifladura.
Algunas no están directamente relacionadas con la religión: en la víspera del Día de Todos los Santos de 1938, las tropas de EEUU alistaron en todo el territorio sus cañones antiaéreos para hacer frente a la invasión marciana que trasmitía Orson Welles desde el Mercury Theatre.
Muchas otras, sí.

Según la Biblia (Samuel 21:13-15) David se hizo el loco para ser aceptado por el rey Aquis el filisteo. Saúl osciló entre el éxtasis profético y la locura (Samuel 10: 10-11-12; 19: 22-24)

El monje Peter de Herental juró haber sido testigo ocular de una locura colectiva en 1374, padecida por una secta de danzantes alemanes seducidos por el diablo, que saltaban y bailaban medio desnudos hasta quedar exhaustos. Una crónica de Flandes relata que otra epidemia de locura bailable comenzó en Aquisgrán, y luego los danzarines se trasladaron bailando a Colonia, Maastrich, Lieja y Gante. Hechos similares se produjeron en Estrasburgo durante 1518, y en Bruselas en 1564, y ello fue documentado por Breughel en un lienzo.

En 1489, los inquisidores alemanes Sprenger y Krämer publicaron Malleus maleficarum (Martillo de Brujas), manual de procedimientos anti-brujería. Según los compatriotas del actual Papa, los crímenes de brujería son cometidos mayormente por mujeres, y su móvil es la lujuria. Eso parece dar la razón a Brown, luego de descubrirse que, contrariamente a lo que siempre se creyó, María Magdalena no era prostituta sino una virtuosa mujer judía.

Los seguidores religiosos de George Fox habían sido llamados cuáqueros por quake, temblor. En 1653, los jueces de Lancashire redactaron una petición contra Fox dictaminando que “gran número de las personas sufren en las reuniones religiosas, extrañas agitaciones corporales a consecuencia de las cuales caen al suelo, arrojan espuma por la boca, braman y se les hincha el vientre”.

Los primitivos cuáqueros corrían por las calles completamente desnudos, actitud que Fox justificaba por razones teológicas.

Tras la emigración de los puritanos del Mayflower al Nuevo Mundo, la locura colectiva también viajó en los barcos.
En 1692, veinte mujeres fueron asadas en Salem, Massachusetts, luego de que un jurado popular las considerara incursas en brujería.

En 1774 se estableció en Albany un grupo numeroso de shakers (shake: sacudida) secta religiosa que se expresaba, según relata Benjamín Franklin, con furiosas convulsiones, fuertes temblores, violentos estremecimientos, “y a veces se ejercitaban gritando, empujándose unos a otros” como muestra de agradecimiento a Dios.

Diversos predicadores crearon un nuevo movimiento religioso-bailable en 1797, el Great Revival, en el que miles de personas se reunían en sesiones semanales donde se practicaban ejercicios como “la caída” (un grito agudo seguido de caída al suelo con pérdida de sentido), o “el ladrido”.

Esta última experiencia religiosa unía a cientos de hombres y mujeres que se ponían a gatas y gruñían, mordían y ladraban alrededor de los árboles para acorralar al diablo que al parecer estaba refugiado en las ramas.

En la vieja URSS, el rechazo al comunismo era considerado una intolerable herejía, y los señalados, lejos de ser perseguidos por sus ideas heréticas, se convertían en pacientes de neuropsiquiátricos, con cama, tratamiento y comida gratuitas a cargo del Estado y un diagnóstico de esquizofrenia irreversible. La doctrina oficial era que sólo un esquizofrénico era incapaz de apreciar las bondades del comunismo soviético.

Las polémicas religiosas del siglo XIX entre las iglesias y Hollywood han actualizado un viejo proverbio judío, aplicable a todos los involucrados:

“¿También lo tenemos a Saúl entre los profetas?”

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